100 años de búsqueda de atajos en pos del socialismo      

Por Mario Toer

A la víspera del centenario de la Revolución de Octubre, Mario Toer indaga en forma clara y precisa las principales cuestiones de índole teórico y practica que este suceso clave de la historia moderna trajo consigo. De la misma forma, comprender la dimensión histórica propia de la Revolución Bolchevique, no nos exime a dejar de lado el análisis de las múltiples vías contestatarias al capitalismo financiero de nuestros días, las cuales dejaron de ser un mero patrimonio latinoamericano. 

 

Es de esperar que el debate que habrá de tener lugar este año del centenario de la “Revolución de Octubre”, contribuya a despejar algunos temas que aún siguen confundiendo a un sector importante de las corrientes que ponen en cuestión la sociedad en que vivimos. De mi parte me interesa presentar un par de argumentos que creo atendibles en esta dirección.

El primero tiene que ver con lo que Marx y Engels dejaron establecido en lo relativo al “socialismo” que fue suficientemente explícito en su sentido último y en la lógica que les permitía tomar distancia de lo que llamaron “socialismo utópico”. Destacaron que la fase “socialista”, en tránsito a la sociedad “comunista”, solo podía ser posible y consecuencia del desarrollo de las fuerzas productivas producidas por el capitalismo y, en particular, asociada a ellas, por la maduración y capacidad de los productores directos, los proletarios, quienes debían encontrarse en condiciones para tomar la iniciativa de enviar a sus casas a los burgueses y reorganizar el proceso productivo para atender a las necesidades de todos y ya no el beneficio de lo producido en tanto mercancías. Obviamente, para sustentarse, este curso debía iniciarse en los países más avanzados en esta dirección. Hasta incluso aventuran que, eventualmente, los burgueses podían llegar a ser indemnizados. Claro que sería una opción difícil, propia de un país donde las instituciones democráticas alcanzaran una gran solidez, por lo que lo más plausible podía esperarse que fuera como en “la Comuna de París”. Los burgueses no iban a aceptar retirarse amablemente. Pero lo esencial es que recalcan que había que aguardar que el capitalismo proporcionara “todo lo que puede dar de sí” y que la clave estaba en avanzar en la organización consciente de los protagonistas que serían artífices del porvenir. A la que ellos se abocan, como es sabido.

Con esta perspectiva, participan de la convicción de la vigencia de un factor que cien años atrás no era puesto en duda: en los países centrales estos futuros protagonistas no tardarían en ser una clara mayoría. Concebir otros rumbos para alguna construcción que pretendiera concebirse como “socialista”, era fruto de las buenas intenciones sin destino de los “socialistas utópicos”. En el célebre debate de la Segunda Internacional, al finalizar el siglo XIX, entre Berstein, Kautsky, Rosa Luxemburgo y Parvus, las discrepancias se centraban, más allá de algún mayor o menor énfasis, en cómo actuar sustentándose en esa mayoría, que todos esperan en términos que el propio “Manifiesto Comunista” había anticipado.

El capitalismo se mundializaba, pero lo sustancial del plusvalor que se apropiaban los burgueses de cada país provenía entonces de la explotación obrera en el marco de sus propias fronteras, y estas definían el espacio en el que debería producirse el ajuste de cuentas entre ambas clases. El horizonte, sin duda, era planetario, pero el escenario de partida se remitía a los Estados – nación, en donde burgueses y proletarios se enfrentaban cara a cara.

En el contexto de la guerra feroz que comienza en 1914, Lenin habría de avanzar argumentando que ya el mundo era decididamente más complejo en su tiempo y generaba nuevas diferenciaciones. El imperialismo redefinía también a los protagonistas, y este es otro aspecto digno de destacarse. Con su desarrollo, el capitalismo ha configurado diferentes épocas, y mal podemos permanecer aferrados al “frente de trabajadores” tal cual había sido concebido más de un siglo atrás, como era de esperarse que se constituyera en los principales estados capitalistas.

En la era del Imperialismo que Lenin describe, podía esperarse una revolución sui generis en un eslabón débil en esa cadena, en donde los proletarios, en alianza con los campesinos, trastocara el rumbo y afectaran los recursos de los países centrales. No para constituirse en un baluarte que podía sustentarse por sus propios medios. Lenin conocía muy bien el pensamiento marxista y no podía dejar de aguardar que este primer paso se emprendiese para aportar a la implosión del centro, particularmente con la revolución en Alemania, lo que comprometía el propio curso de la revolución que él encabeza.

Eso queda notablemente claro en la polémica con Karl Kautsky, cuando éste cuestiona el futuro de la revolución en Rusia, en un “mar campesino”. Lenin responde que lo que los bolcheviques impulsan se ajusta a los acuerdos del último congreso de la Internacional Socialista, en Basilea, en 1912, sobre la existencia de una “situación revolucionaria” en toda Europa, que la guerra no ha hecho más que intensificar. De allí que encaren la revolución “posible” en Rusia, como un prólogo de la revolución europea. La ironía de Kautsky sobre que está apostando a una revolución ajena recibe una respuesta digna: los bolcheviques están cumpliendo con su parte y esperan que Kautsky no reniegue y haga lo propio en Alemania, como parte de una tarea en común. De eso se trata el internacionalismo. Lenin sabe que es una apuesta, y en sus últimos años, cuando es consciente de que esa apuesta se ha perdido, que el capitalismo se recompone en Europa, procura imaginar un curso para esa revolución, ahora sí, decididamente rusa, a sabiendas que no había sido concebida como tal (claro ejemplo de ello es la NEP, o la difusión de cooperativas).

Como habría de verse décadas después, se trató de un atajo que no fructificó. A pesar de lo cual, fue defendida con fervor por legiones de revolucionarios en el mundo entero. Con el agregado que se la concibió como “patria del socialismo”, cuando en rigor no estaba en ella constituirse como tal ni asumir tamaña misión. A pesar del estoicismo que permite su supervivencia y las significativas transformaciones que produce. Era algo así como un refugio, a lo sumo una fortaleza, muy digna de ser defendida, pero sin condiciones, de por sí, de erigirse en avanzada.

No se puede dejar de reconocerle al curso abierto por la Revolución Rusa el mérito de haber expandido un justo anhelo por el mundo entero. Y hasta de haber incidido en las concesiones que dieran lugar a los “estados de bienestar” en el occidente europeo, como así también facilitando la insurgencia de vastos pueblos que cuestionan a sus metrópolis y a las minorías que los mantenían sometidos.

Me sumo a la solidaridad con las apuestas revolucionarias con sentido, que provocan crecientes despertares, aunque haya retrocesos o incluso una dolorosa inmolación.

La huella que abrieron los revolucionarios rusos no iba a ser la última fortaleza. Con sus parecidos y diferencias sigue habiendo refugios de la esperanza (se sucedieron nuevos “atajos” y hasta se supuso, durante los años ’60, que podía haber un cerco al centro imperial, con “dos, tres, muchos Vietnam”).

Hoy se han producido virajes, se redefine el camino acorde con los tiempos que corren. El más sorprendente tiene lugar en la República Popular China, con sus “colinas” y la cesión de considerables llanuras. Otro tanto en Vietnam y todo indica que Cuba intenta encontrar un rumbo análogo.

Para la evaluación que debemos hacer, no es dable olvidar las condiciones en que se produce la Revolución de Octubre y es bueno evitar los recursos, tan propios del idealismo, como el de culpar a las malas artes de algún liderazgo (que, en cualquier caso, construyó un férreo cuartel para detener el avance de la maquinaria nazi, y lo consigue) cuando, de últimas, son sus limitaciones estructurales, más que los variados despropósitos de una conducción, las que explican el curso posterior.

Y es sabido que se pasa de la guerra caliente, casi sin pausa, a la “guerra fría”. Y un cuartel no puede devenir en “patria del socialismo”, claro está. En las trincheras no se delibera. Pero invertir otra vez la lógica materialista y suponer que algunos sujetos son artífices de las derrotas y no emergentes de situaciones concretas resulta inconducente. Al menos este contexto de la crítica no puede perderse, ya que resulta un retroceso conceptual en toda la línea.

Personalmente no me van los puritanismos y sus monsergas, rara mezcla de lamentos de desplazados y ensoñaciones de liberales. No es el socialismo el que fracasa en Rusia. No se trató del fin del “socialismo”, de su “colapso” (aunque el clamor capitalista lo haya hecho verosímil). En cambio, si asistimos al derrumbe de una construcción cuyos cimientos carecían de la solidez necesaria.

En todo caso el escenario de “la derrota” tiene otra dimensión, aunque no sea definitiva. Abarca al planeta entero. Y de los que somos protagonistas de este tiempo tienen que surgir los diagnósticos apropiados. El curso que ha seguido el desarrollo capitalista permite constatar que el grueso del excedente que se apropia el capital concentrado proviene del planeta en su integridad, distante de aquellas fronteras del siglo XIX. La lógica del Capital se mantiene. Pero cambia la escala y el perfil de los protagonistas. Por de pronto, las situaciones en la periferia no pueden abordarse con las mismas fórmulas que se pensaron para los países centrales, menos aún con muchas décadas de retraso.

El capitalismo contó, con su expansión, con más recursos de los esperados para sobreponerse,  lo que sin embargo no lo inmuniza para el futuro. Las épocas han ido cambiando. Muy poco nos asemeja a la de 100 años atrás. Pero en todo caso, y más ahora, el entramado, los vínculos, de quienes lo sufrimos en la periferia y en los países centrales tiene que seguir en construcción. Con sus particularidades, unos y otros aportamos a la holgura grosera de lo que ha sido llamado el “1%”. Seguramente nos debemos una asociación más sólida entre unos y otros. Las palabras de un Corbyn o un Sanders lo hacen menos distante. No solían escucharse, en protagonistas de primera línea de los dos grandes imperios de la era capitalista, alusiones claras a la índole de los procesos que tienen lugar. Ni tampoco decires en Europa, de parte de fuerzas crecientes, que América latina ha desplegado enseñanzas a las que se debe atender.

Y para que, lo que podamos forjar, pueda llegar a ser una alternativa clara, es dable esperar que su trama no esté enchalecada por las leyes de la guerra, como lo estuvo en casi todo el siglo XX. No es dable convocar a una Internacional que se inspire en todos los casos en las células que debían eludir la represión zarista ni tampoco estamos compelidos a una extrema lealtad que lleve a que se desdibujen las perspectivas de cada nación. Indagar sobre qué es lo que permitió que las causas nacionales hayan sido alentadas desde espacios distantes a la Internacional, sigue siendo elocuente. Valorar los avances o crecimientos que devienen de llevar a fondo los requerimientos de la unidad popular, también lo es.

La bizantina discusión sobre la índole de las tareas y el sustento del nuevo poder que atravesaron las filas de la izquierda no condujo al hallazgo de fórmulas compartidas, pero estuvo claro que solo el “análisis concreto de la situación concreta” puede definir los perfiles del bloque social y político capaz de forjar una alternativa sustentable. Ha quedado en evidencia que no resulta productivo convocar a “revoluciones socialistas” en la periferia. Vale como horizonte, pero no puede asumirse simplificando espacios y tareas. Siguiendo a Deng Xiaoping, que retoma a Marx, en el contexto del cambio de época a escala global que se produce en los años ’70, podemos decir que no es posible modificar el modo de producir si no se está a la cabeza de los avances científico tecnológicos a escala global. En todo caso, los protagonistas podrán encarar las tareas subsiguientes o, si se quiere, como afirma mi amigo Pablo Martinez Sameck retomando a Gramsci: “construir un nuevo sentido común sobre la base de los núcleos de buen sentido que la praxis de los actores políticos y sociales sepan y puedan construir. La revolución científica y técnica construye otra referencia y otra lucha por el sentido.” Seguramente es dable pensar que van en paralelo y de alguna manera se suponen.

En América Latina es muy profunda la transformación que se tiene que llevar a cabo en el plano de lo democrático y esa perspectiva es la que permitirá a las mayorías dar pasos ulteriores. Creo que nos debemos hoy una programática de profundización permanente de lo democrático y construir frentes suficientemente amplios que lo sustenten. Debemos tener claro cuáles son las “colinas” en las que nos debemos fortalecer y cuáles son las llanuras que hoy no podemos disputar. Sabiendo cuales son nuestras fuerzas y las del que tenemos en frente, como en el Go, o en las artes marciales, que tan bien parecen cultivar los que las inventaron…  No se trata de una Revolución menor. De eso conversamos con Carlos Medina Gallego, hombre clave en la búsqueda del acuerdo con las FARC en Colombia, que Horizontes del Sur ha reproducido. Esto no le quita vigencia a la necesaria organización de los trabajadores para alcanzar su concreción y trascendencia.

Quizá también ahora podamos inspirarnos con mayor soltura en el atrevimiento de un Podemos y también de la Francia Insumisa, combinando la contestación con la sabiduría de seguir gravitando en las instituciones. Combinando con astucia la “plaza” con el “palacio”, como nos dice Álvaro García Linera. Y volver a repasar nuestra experiencia reciente, incluyendo a la elocuencia de más de un liderazgo de nuestra América Latina. A quienes nos precedieron, gracias por tanto esfuerzo y sacrificio. Están dispensados de vuestros errores. Seguiremos aprendiendo de unos y otros e inventando, con conocimiento de causa.

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