A propósito de la situación política argentina después de la elección legislativa del 22 de octubre

Documento del colectivo de redacción de Horizontes del Sur sobre la situación política*

     La Alianza Cambiemos ha superado exitosamente la prueba de las elecciones de medio término. Ha Triunfado con guarismos importantes en los distritos decisivos y obtuvo una clara diferencia a su favor en la dimensión nacional del voto. La dispersión opositora facilitó el resultado favorable, el cual es presentado como la plena habilitación para avanzar en su proyecto sin obstáculos importantes. Como era previsible, no son las consecuencias directas del resultado en la relación de fuerzas en el Congreso las que explican el clima que se vive en estas horas: el oficialismo no tiene mayorías propias en ninguna de las cámaras y, en principio, no tendría despejado el camino para la batería de medidas que viene insinuando desde hace tiempo. El clima político no se explica por ese plano; el triunfalismo macrista está alentado por la capacidad de la derecha de imponer su propia interpretación de los hechos, ayudada por una innegable expectativa social y, principalmente, por el inédito predominio que ejerce en el espacio informativo y comunicativo.

     La dispersión en el espacio opositor fue fundamental para el triunfo del gobierno y facilita, del mismo modo, el clima de “nueva época” que su frente de agitación y propaganda siembra intensamente en estas horas. Estamos ante el hecho innegable e históricamente novedoso de una derecha que no solamente gana legalmente el gobierno, sino que logra legitimar su dominio después de un proceso signado por la disminución del salario real, la pérdida de derechos de los sectores más postergados, una nueva y vertiginosa catarata de endeudamiento externo y el ataque sistemático contra el estado de derecho. El conservadorismo argentino, por primera vez, no controla el gobierno por la fuerza de las armas o la capacidad de extorsión de gobiernos de origen popular, sino que gana elecciones y genera expectativas en vastos sectores de nuestra sociedad. Al mismo tiempo, ha logrado contar con una llamativa condescendencia de sectores tradicionalmente adversos a sus políticas en los partidos políticos que se reconocen en una tradición popular. La dirección del radicalismo parece convencida del acierto en su incorporación a Cambiemos a pesar de la visible marginación del partido de toda decisión importante y de la clara tendencia a una licuación de sus propias fuerzas a lo largo y ancho del país a manos del PRO. Su argumento es la supervivencia de la estructura y la conservación de su fuerza legislativa. El Partido Justicialista está sumido en una aguda crisis cuya base no está en el resultado electoral en sí mismo, sino en la incertidumbre sobre su futuro, cuando un considerable sector dirigente parece más interesado en debilitar a su líder más votada que en frenar el curso antisocial en marcha desde diciembre de 2015. La indeterminación entre el macrismo y un proyecto nacional-popular revela una profunda crisis de la identidad partidaria y la consecuente ausencia de parámetros políticos indispensables para conservar credibilidad política.

     La dispersión opositora obliga a que una parte importante del análisis poselectoral se concentre en ese universo en busca de señales para el futuro político del país. Lo más evidente que arroja esa mirada es el estrepitoso fracaso de las variantes del llamado panperonismo, fuerzas políticas más inclinadas a la moderación frente al gobierno y su plan neoliberal, que van en complemento con una sistemática demonización del kirchnerismo. El massismo, que emergió en 2013 con más del 40% de los votos en la provincia de Buenos Aires, obtuvo en la última elección legislativa 11 puntos porcentuales, además de perder la elección en su distrito, Tigre. Entre las primarias y la elección definitiva sufrió, además, una verdadera transfusión de votos que fueron a fortalecer la opción oficialista, lo que pone en un serio entredicho su futuro político inmediato. Por su parte, Randazzo obtuvo poco más del 5% y se ubicó quinto, detrás del Frente de Izquierda. Urtubey tuvo que postergar sin fecha su lanzamiento como precandidato presidencial después de un duro traspié en Salta que lo colocó segundo a un punto y medio del tercero. Schiaretti, el más macrista de los peronistas, fue vapuleado por Cambiemos en su provincia. Paradójicamente, el triunfo de la derecha le quitó sustento a la perspectiva de una democracia ideal del establishment, en el que dos coaliciones disputan el gobierno bajo el tácito compromiso de consolidar las “políticas de estado” neoliberales en el caso de ocupar el gobierno. Mientras tanto, Unidad Ciudadana realizó un muy buen desempeño electoral en un conjunto de provincias y logró, con Cristina a la cabeza, el mejor porcentaje entre los distritos electorales más importantes. Todo esto en medio de una persecución y estigmatización inédita en el país desde 1983. Lejos de justificarse las profecías sobre el fin del kirchnerismo, emerge una fuerza de gran atractivo político, concentrado en los sectores populares y particularmente entre los más jóvenes. A la hora de dirimir liderazgos futuros no se podrá dejar de tomar en cuenta esta experiencia, sobre todo si se logra seguir alentando nuevos modos de construcción política más atractivos para amplios sectores de la sociedad que no se sienten representados  por el neoliberalismo; está a prueba la capacidad de superación e innovación de una fuerza política que sigue manteniendo el más importante de los liderazgos políticos vigentes en el campo nacional y popular, a lo que se le suma su gran arraigo social.

     No ha crecido ninguna tercera vía entre el neoliberalismo y un proyecto de recuperación política nacional, popular y democrática. Ese hecho innegable es el que pone en entredicho la sensación de fin de época que propagan las usinas del poder mediático y reverberan miradas supuestamente críticas del macrismo que parecen seducidas por su adversario. Se presenta al macrismo como una fuerza en expansión que impone una “nueva hegemonía” cuando, en realidad, se trata del reagrupamiento electoral de las viejas fuerzas del conservadorismo y el antiperonismo; su futuro no se dilucida en gabinetes que hagan futurología sino en la experiencia popular argentina que ha dado muchas muestras históricas de su rechazo a los atropellos patronales y a los designios autoritarios. No hay duda de que el triunfo de la derecha es un hecho históricamente nuevo en la Argentina desde la ley Sáenz Peña. No hay duda tampoco de que el proyecto del bloque de poder consiste en que el actual gobierno sea un punto de quiebre raigal en la tradición político-cultural de la sociedad argentina, en el cual, orquestado en la  escena del diálogo y el consenso se esconde el designio de revisar la historia argentina, particularmente la etapa que abre el primer triunfo de Perón en 1946. El sueño es terminar con el arraigo popular de una idea de país industrializado, soberano e inclusivo. Es terminar con la tradición de resistencia del movimiento obrero organizado a los proyectos antipopulares. Así también se intenta neutralizar definitivamente la sensibilidad democrática y antiautoritaria renacida, tal vez como nunca, después de la caída de la última dictadura, durante el gobierno de Raúl Alfonsín. Es la utopía del individuo aislado, del emprendedor, del competidor, del empresario de sí mismo. Es la exhortación al “cambio”, que reniega de todo impulso socialmente solidario, que propone el horizonte de la reconciliación que supuestamente vendrá de la mano de la destrucción del antagonismo que habría nacido con los Kirchner. Todo esto es innegable. Pero eso no equivale a dar por cumplido ese sueño y prepararse para sobrevivir en el territorio políticamente arrasado del neoliberalismo. No equivale a surfear sobre las olas de una brutal transferencia de ingresos a favor de los más ricos entre los ricos. Ni a postular tradiciones populares que esperen mejores tiempos para ejercer un rol de oposición y alternativa política y mientras tanto sirvan como taparrabos del saqueo.

     Curiosamente, el futuro político se juega en gran parte en el futuro del peronismo. Ironías de la historia, hace más de sesenta años un golpe militar sanguinario también se propuso ese borrón y cuenta nueva. Proscripción, persecución, estigmatización, violencia y cooptación fueron las herramientas de la dictadura que derrocó a Perón. También en esa época se usaba el sonsonete de la “corrupción del régimen depuesto”. Seis décadas después los mismos cantos de sirena tienen enfrente el mismo problema, el futuro del peronismo. La discusión central de hoy es la cuestión de la unidad de la oposición al macrismo y en gran parte se resuelve en la unidad (o en la no unidad) del peronismo. No se debería reemplazar este planteo por una abstracta invocación de la unidad “por abajo”, forjada en los conflictos contra la prepotencia de los poderosos: eso es fundamental en todo tiempo y lugar, pero no habrá transformación si la rebeldía popular no es reconocida y acompañada por un sector del sistema político, lo único que puede convertirla en alternativa política real. La crisis peronista no es circunstancial ni pasajera. No se puede resolver y superar desde piruetas institucionales como la llamada “liga de gobernadores” que se impulsa desde los sectores más conciliadores y se propaga intensamente desde el frente de propaganda macrista. Nunca el peronismo resolvió sus querellas ni superó sus crisis desde una institucionalidad burocrática y políticamente vacía. Siempre fueron nuevos liderazgos promovidos por el pueblo los que dirimieron los conflictos y abrieron una nueva etapa. Los liderazgos, se sabe, no se inventan desde la nada. No son tampoco un problema estadístico de opinión pública; son respuestas a enigmas que cada coyuntura crea. En este caso, un liderazgo superador tiene que resolver un interrogante principal para el peronismo: ¿será la conducción del peronismo que consagre su plena y definitiva adaptación al régimen político neoliberal, a una dinámica de alternancia entre partidos comprometidos a no interferir en los grandes negocios locales y globales o será la que recupere un curso de defensa de los intereses populares  y formule una propuesta capaz de entusiasmar a las mayorías enfrentando al bloque de poder dominante y combatiendo su sentido común?

     La derecha gobernante sabe muy bien que es eso lo que se está dirimiendo. Desde las primeras horas posteriores a la elección, se vislumbra muy claramente la combinación de dos herramientas complementarias: la violencia y la seducción. Dicen que se abre un período de diálogo nacional y al mismo tiempo se desarrolla un espectáculo estremecedor como el que se montó dentro y fuera de la cámara de diputados en torno del atropello injusto y antidemocrático que culminó con el desafuero parlamentario de Julio De Vido. El plan es asignar ventajas particularistas a los gobernadores, dirigentes sindicales y sociales en general,  a cambio de acallar lo más posible los conflictos y, paralelamente, profundizar el uso de los carpetazos, las persecuciones judiciales y la represión callejera a todos los que no quieran reconocer y adaptarse al “cambio” de la Argentina. Todo esto no empezó ahora. Es el proceso de “normalización nacional” que se lanzó desde el mismo momento en que asumió este gobierno. Pero ahora entró en una etapa cualitativamente nueva, en la que el triunfo electoral y la confusión que reina en buena parte de la oposición política y social generan un nuevo impulso para actuar con rapidez y en profundidad. Ante todo porque esta es para ellos la etapa de avanzar en las reformas que el mundo de los negocios concentrados necesita e impulsa. Es la hora del “reformismo permanente”,  la reforma regresiva del derecho laboral, del régimen previsional, del sistema de salud y de educación, en una palabra de la remoción de los obstáculos a la lógica del mercado que es, en última instancia, la del capital financiero concentrado. Todo esto en el contexto de una balanza comercial en creciente deterioro para la cual los expertos neoliberales no tienen otra receta que la del endeudamiento vertiginoso, cuyos resultados en el tiempo los argentinos ya vivimos en más de una oportunidad.

     Ante estas tendencias amenazantes hay dos actitudes que deberían ser evitadas por quienes impulsan una alternativa antagónica a este rumbo. Una es la del catastrofismo que espera y confía en que la sola marcha de las reformas neoliberales conduzcan a la crisis, la ingobernabilidad y el estallido. Se trata de una visión economicista, análoga a la de los neoliberales, que lleva a la parálisis, a la pérdida de iniciativa política, a la espera de un atajo salvador por falta de capacidades políticas propias. El neoliberalismo no es solamente un programa económico. Es una cosmovisión con mucha capacidad de captura –directa o indirecta- de los sectores que antes o después terminan sufriendo sus consecuencias. A la crisis de 2001 sobrevino la emergencia de Néstor Kirchner, pero en el medio estuvo la política, los conflictos, los partidos, las elecciones, es decir acontecimientos que podrían haber ocurrido o no y que tienen que ver con fenómenos de la conciencia colectiva. De igual modo, hay que evitar una mirada fatalista y resignada, que termina fascinándose por los éxitos de los antagonistas, concibiéndolos como históricamente inevitables. Entre el triunfo electoral de la derecha y la sustentabilidad y durabilidad en el tiempo de sus políticas hay una distancia considerable. Una cosa es la previsión política y otra la predicción. La previsión es un atributo de la política que va unido a una voluntad, a un programa. Solo se puede prever, decía Gramsci, si se tiene un programa de acción. Si junto con lo que “ellos” pueden hacer, se tiene en cuenta lo que nosotros queremos hacer. Si se excluye la voluntad propia, la previsión se mutila y se desnaturaliza. La predicción es, en cambio, imposible en política. Es una pretensión pseudocientífica que desdeña lo contingente, lo incierto, que son la esencia misma de la política. En la época en que vivimos, a las contingencias nacionales hay que sumarles las de un mundo envuelto en un halo de incertidumbre como hace mucho no veíamos. Las alternativas políticas de un proyecto neoliberal como el que vivimos no pueden separarse de la situación del capital financiero a escala global, cuya inestabilidad e imprevisibilidad se multiplican día a día. Si a eso se le suma la circunstancia geopolítica, atravesada por tensiones crecientes, conviene ser muy prudente con los cálculos hacia el futuro.

     La cuestión política principal es la unidad de la oposición. Con el necesario agregado de que la palabra oposición no debe limitarse a su significado formal e institucional. Lo que se discute no es quiénes y cuántos se sientan en la bancada de enfrente en el Congreso, sino cómo se frena el avance del neoliberalismo y se abre paso a una etapa nueva y distinta en la vida nacional. La unidad es un tema para el movimiento social tanto como para el sistema político. Es un tema de negociaciones, de acuerdos, de listas y de votos. Pero también un tema de luchas, de rebeldías, de movilizaciones, de comunicación popular. La elección del domingo 22 no ha autorizado a las oposiciones más interesadas en dar por agotado al kirchnerismo que en enfrentar el proyecto del gobierno. Está claro que la unidad no se construye sobre la base de exclusiones ni de proscripciones. La pregunta clave es unidad para qué. Si de lo que se trata no es de limitarse a discutir la supervivencia de un sello y el mantenimiento de posiciones personales o de grupo sino de construir una alternativa de poder de signo nacional-popular y democrático hay que definir un amplio programa de coincidencias. Y los nombres propios deberán ser los que sean popularmente confiables para defender y aplicar ese programa.

     El marco en el que deberemos construir esa unidad será sin duda muy tenso y complejo. Estamos ante una derecha agresiva y envalentonada. En un estado de achicamiento de los espacios comunicativos que pone en cuestión el funcionamiento de la democracia. Existe un régimen político de la comunicación que no es democrático. No funciona una arena de debate público como la que presupone la más modesta mirada liberal. Hay censura política  lisa y llana. La forma que adquiere es la del ahogo económico de ciertas empresas del rubro, en todos los casos emisoras de voces alternativas al establishment mediático y político. Curiosamente las voces que se silencian son todas del mismo lado. Claramente esta no es una simple consecuencia de la competencia en el mercado. No hay un libre mercado en la comunicación sino una estructura oligopólica, hoy claramente asociada al rumbo gubernamental. Son los oligopolios mediáticos y el Estado los que hoy regulan –por medios irregulares y con propósitos de censura y proscripción- la circulación de información y de opinión. Será este un campo de resistencia. Una prueba de la capacidad de un proyecto político alternativo para construir un sistema de comunicación alternativo cuya base principal sea la articulación y mutuo respaldo de la vasta experiencia acumulada por las emisoras comunitarias en el último período. Las nuevas tecnologías ofrecen soportes posibles para la empresa de una vasta y articulada coalición que le dé voz a las corrientes de opinión autoritariamente silenciadas en este período.

     La etapa que se abre es la de la intensificación de la puesta en práctica del ajuste neoliberal, morigerado en la última etapa por las necesidades electorales. Será en medio de las tensiones y conflictos que la atravesarán que habrá que construir la nueva herramienta que el pueblo argentino necesita para frenar el avance que contra sus derechos puso en marcha el sector más rico y poderoso de la sociedad argentina. No es el regreso a ningún pasado la brújula que llevará a buen puerto este camino. Tiene que ser una ruta innovadora, creativa, crítica. Al mismo tiempo no se puede renunciar a la memoria. No puede admitirse el intento de borrar de la memoria colectiva los años en los que después de la catástrofe anterior del neoliberalismo se puso en marcha un proceso de transformaciones favorables a los trabajadores y el pueblo, inédito en más de seis décadas. Un intento provisionalmente interrumpido de recuperar la gran línea histórica que une nuestras luchas actuales con las que forjaron nuestra independencia y la defendieron contra el neocolonialismo imperial en las condiciones más duras durante más de dos siglos de historia.

 *Ricardo Aronskind, Ariel Colombo, Adrián Dubinsky, Maximiliano Fernández, Ricardo Forster, Antolín Magallanes, Mariano Massaro, José Massoni, Sebastián Mauro, Edgardo Mocca, Silvina Mohnen, Federico Montero, Damián Paikin, Eliana Persky, Eduardo Rinesi, Daniel Rosso, Mario Toer, Juan Vallerga, Juan Videla.

 

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