A propósito de los resultados de las PASO

Por Fernando Collizzolli

En un texto clásico de la década del ´70, Aldo Ferrer escribió que, desde la emergencia del peronismo, el liberalismo había tenido grandes dificultades para construir consenso político, y que por lo tanto, no había podido enmarcar las sucesivas reconquistas de la conducción económica del Estado sobre una base política firme que le permitiera conducir la economía en el marco de una estrategia de largo plazo. Ante cada “reconquista”, entonces, había optado por intentar desmantelar rápidamente el poder de los sectores populares, antes que por asentar su estrategia política en el tiempo1.

Desde que Ferrer escribiera aquel texto notable, podemos decir, simplificando, que el liberalismo “recuperó” la conducción económica del Estado en nuestro país en tres oportunidades, mediante estrategias bien diferenciadas: 1) a mediados de los ´70, a través de una dictadura genocida y como laboratorio para la aplicación de los principales lineamientos en su fase neo-liberal; 2) en los ´90, a través de la cooptación y asalto del partido peronista, en los tiempos arrolladores del “Consenso de Washington”; 3) y en la actualidad, a través de la conformación de un partido propio (Pro) en alianza con el otro partido tradicional (UCR), en el marco de una ofensiva conservadora a nivel regional.

Vale una aclaración: estas sucesivas reconquistas de los resortes claves del Estado por parte del proyecto liberal, no suponen necesariamente que el liberalismo haya dejado de ser hegemónico en algún momento del periodo, si bien fue puesto en cuestión durante los primeros tres lustros del siglo XXI.

Así las cosas, entonces, la novedad actual no radica en el supuesto carácter democrático, posneoliberal o con rostro social de esta “nueva derecha” liberal, que quedó sepultado en las prácticas (no en el “discurso”) tras un año y medio de ejercicio del gobierno, sino la forma a través de la cual recuperó el control del Estado (ganando electoralmente con un partido netamente propio), la capacidad que viene demostrando para acomodar su estrategia a la voluntad de establecer su proyecto en un marco de largo alcance, y su disposición a utilizar todo tipo de artilugios para lograrlo.

Quiero decir, antes de continuar, la victoria de Cambiemos en el balotage de 2015, supuso la conformación de una articulación de poder que reúne partido-gobierno-y corporaciones, dispuesta a clausurar toda posibilidad de retorno de las fuerzas populares pero también a solidificar un nuevo entramado social (“un profundo cambio cultural” en palabras de Macri). Estos objetivos tienen algunos desafíos y serias dificultades de ser alcanzados en el marco del juego democrático, lo cual ha sido comprendido por esta coalición de poder, tal como se evidenció (no solo) durante la campaña, sino también en la ultima jornada electoral legislativa.

Por una parte, el gobierno de Mauricio Macri mostró una importante dosis de pragmatismo durante este 2017, postergando para después de las elecciones todas aquellas reformas que considera necesarias y que podrían haber sido piantavotos en un contexto electoral.

En estas ultimas elecciones, el gobierno fue menos favorecido en muchos de los lugares donde las consecuencias de sus políticas más se hicieron sentir hasta ahora: en el conurbano bonaerense, en Rosario, en gran parte del norte del fallido Plan Belgrano o en Tierra del Fuego, por mencionar algunos casos.

No obstante, redondeó una buena elección (se impuso en 10 de las 24 provincias del país), lo que le permite al Pro proyectarse nacionalmente, sobre la base de sostener y ampliar (relativamente) el tercio del electorado que lo había acompañado en la primera vuelta de las presidenciales dos años atrás (34,15% en 2015 a 35,9% aprox.) De allí a hablar de un “nuevo orden hegemonizado por el PRO”, como esgrimieron algunos analistas estos días, nos parece que hay una distancia difícil de sostener y argumentar.

En ese sentido, debemos decir que si bien el deterioro de las condiciones de vida de las mayorías (entre las que se cuentan muchos de los votantes del gobierno) ha sido constante desde la asunción de Macri, hubiera sido un tanto esquizofrénico que el tercio del electorado que apostó por un cambio en la primera vuelta de las elecciones de 2015, cambiara nuevamente su voto. Menos ilusionados y más desalentados, muchos decidieron renovar el voto de confianza a la espera de resultados que no se podrán postergar otros dos años más.

Pero, además, el gobierno volvió a mostrar su disposición a utilizar todo tipo de artilugios ajenos al correcto manejo de las instituciones democráticas, al manipular el escrutinio electoral para montar un show televisivo en horario de prime time, y sobre todo, para negarle al kirchnerismo la posibilidad de cantar victoria en el principal distrito electoral del país.

No existe el “empate técnico” en una elección. Cristina Fernández de Kirchner ganó las primarias en la provincia de Buenos Aires, aunque deberemos esperar a la terminación del escrutinio definitivo. Es cierto, probablemente por una diferencia menor a la prevista, debido entre otras cosas, a la persecución mediática y judicial que viene sufriendo y a la agitación a través de la difusión de las encuestas que la daban como ganadora, del voto antikirchnerista, que apalancó la elección de Cambiemos en la provincia y desinfló el caudal de votos de Massa, anticipando en las PASO lo que el gobierno esperaba para octubre.

Dicha victoria, que deberá sudar para retener, se suma así a las que el kirchnerismo obtuvo en Santa Fé (cuarto distrito electoral del país), Chubut, Rio Negro, Tierra del Fuego, y a las que se podrían agregar, los triunfos del peronismo del Chaco, Formosa y Tucumán.

En ese sentido, frente a los malos resultados obtenidos por Massa, Randazzo y también por gran parte de los principales integrantes de la “liga de los gobernadores”, Cristina Kirchner aparece mejor perfilada de cara al principal desafío que tiene la oposición en este 2017: comenzar a dirimir la cuestión del liderazgo.

No obstante, debe acelerar y profundizar las transformaciones iniciadas al interior del espacio (Unidad Ciudadana, mediante) con miras a lograr empezar a desarticular el antikirchnerismo, que permea a un amplio sector de la sociedad y de la dirigencia, y a recuperar a gran parte de los sectores que se escindieron en el último tiempo.

La fragmentación de las opciones opositores, es la llave de la victoria de Cambiemos. Luego de octubre, el kirchnerismo debe trabajar por la unidad del movimiento nacional, popular y democrático con miras a lograr una gran fórmula opositora al macrismo, que integre a amplios sectores del peronismo que hoy no lo acompañan, y también de otras tradiciones políticas históricas de nuestro país (radicales, socialistas, etc).

Cuenta con un elemento importante a su favor. En las elecciones del 2019, la gran mayoría de los gobernadores e intendentes someterán a escrutinio el dominio de sus terruños, y necesitarán hacerlo con el acompañamiento de una opción competitiva a nivel nacional. Hoy, la única que puede garantizarla es Cristina Fernández de Kirchner.

Show 1 footnote

  1. Ferrer, Aldo (1977): Crisis y alternativas de la política económica argentina, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires.
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