Al borde del precipicio

      Por Julio Maier 

     Tanto los porteños, como los hoy llamados bonaerenses —después que la Provincia de Buenos Aires entregó su capital a la federación—, se trate de periodistas, maestros, profesores, ciudadanos sin título especial, etc., llaman a sus habitantes “argentinos” y nunca se sabe bien, por el uso del idioma, si ese calificativo realmente atrapa a otros territorios, los provinciales, a otras personas, o los deja de lado. Costumbres, historia, leyendas han ido definiendo tal adjetivación, por influencia de los medios de comunicación oligopólicos —de la televisión, como medio principal repetido en todo el país, de emisoras que funcionan en Buenos Aires y hasta periódicos y revistas editados aquí—, desconociéndose si pertenecen en verdad a todos o a pocos “seres humanos” —como hoy se llama a las personas físicas según un ministro—, a unos o a otros. La temperatura, el viento, la lluvia, el análisis y proyección del clima son los mismos en todo el país, con excepciones menores y captables de modo difícil.

Resumen: la “Argentina” es la ciudad de Buenos Aires y sus alrededores, y hasta me animaría a decir que las necesidades y la cultura de los pobladores de los territorios que comprende el país son idénticos según aquellos medios. Todos somos “argentinos” en el sentido de “porteños” o, al menos, de su cultura y sus necesidades. No es cierto. A eso se le llama “colonización” y depende casi siempre del poderío económico-social. Ésta fue una de las primeras “grietas”. El calificativo vituperador —antes bien, descalificador— de “cabecitas negras” fue un ejemplo porteño en el siglo XX, que pretendió instalar dos clases de personas; quizás le antecedió como lucha de clases el más cruel, la llamada “campaña del desierto”, todavía defendida por ciertos núcleos de población e influyente en sus efectos; el más sentido para mí se llama Pozo de Vargas y Felipe Varela, final de la “organización nacional” y triunfo de la actual, que puede verse todavía, con cierta imaginación, en cordones del llamado Gran Buenos Aires, y genialmente atrapada por Hernández en nuestro libro de identidad nacional.

                Pues bien, ha sucedido que varios han comenzado a hallar otra “grieta”, esto es, unos habitantes cuyo interés se expresa y tiene valor práctico, y otros que carecen de esa expresión o de ese valor, sin referencia aún al efecto que esa “grieta” produce. La “grieta” parece poner de un lado a “argentinos emprendedores”, con capital para desarrollar ciertos proyectos —malos o buenos, eso no interesa ahora—, con dinero para salvar y aumentar, y del otro a “argentinos” vagos, choripaneros, cabecitas negras, sucios, sin necesidades que cubrir o, cuando menos, sin mérito para ser cubiertos. No existe aquí tampoco una sola clase de seres humanos sino, al menos, dos clases que se enfrentan cada tanto en un juego democrático sin duda extraño a la definición. Dentro de esa grieta ingresan también los niños que nacen casi con un futuro señalado, unos “meritorios” para comer, ser educados y saludables, otros, por lo contrario, con hambre, sin vivienda, sin salud ni educación, esto es, sin mérito para esas actividades.

Más aún: los primeros desprecian a los últimos y los eluden, incluso físicamente al apartarse de la vereda en la cual los vulnerados duermen o comen friolentos. Uno se pregunta: ¿qué se debería hacer con ellos, con esta segunda clase, desde el punto de vista del desprecio de los integrantes de la primera clase?: ¿matarlos, exportarlos, permitirles extrañarse, incluso pagarles el voto que a cada uno le cabe conforme a la ley, surgida en un rapto de igualdad mendaz de algún gobierno —seguramente kirchnerista, familia y gobierno autores de todos nuestros males—, etc.?, con tal de que no molesten más o para derrumbar la “grieta” con alguna sinceridad, sin hipocresía. El desprecio de unos para con los otros señala la “grieta”. Ejemplos: varios. La libertad de conversión de nuestra moneda en una extranjera, el célebre “cepo”, cuya negación o defensa separa hoy a quienes sostienen eufóricamente esa “libertad” y a aquellos que nunca pretendieron tal negocio, que incluso ni conocen la moneda extranjera ni están en condiciones de trabajar con ella, pone más o menos, redondeando, a un millón de habitantes del lado “libre” y a 44 millones del segundo lado. Piénsese también en la extraordinaria emisión de deuda, investida en beneficio de unos pocos y sin efecto alguno para unos muchos, empréstitos que, por supuesto, deberán afrontar los denominados “muchos”. Del mismo estilo ha sido, más modernamente y desde el atalaya político, la separación entre “peronistas” y adherentes varios con “no peronistas” o “gorilas” —según nuestro diccionario—, enfrentamiento que aún refleja lucha de clases, que también ha provocado violencias extremas y que aún perdura, según se puede apreciar en ciertas manifestaciones callejeras y por TV, alimentado por la intolerancia social de los últimos nombrados hacia los primeros, un “odio” casi ancestral, odio que, sin duda, marca la existencia de al menos dos clases de seres humanos con distintas capacidades y derechos, tributo a la desigualdad.

                Aun si dejamos de lado el problema idéntico que provocó la conquista y colonización de estas tierras por España, todavía subsistente, existen al menos dos países para un solo Estado, calificado como “nacional”. Allí parece residir la raíz de nuestros problemas, la subsistencia de dos tipos de seres humanos en un único Estado, que debería representar a todos y que sólo representa a unos, los menos pero poderosos, plenos de derechos, frente a los más pero vulnerables y con escaso acceso a esos derechos. Esto no es, precisamente, lo que nuestra ley fundamental ni la ética política moderna promete a todos los habitantes de aquello que considera una única “Nación”, pero es lo real, la característica que hoy gobierna al mundo y que manda a unos, los más, a ahogarse en el mar, y a otros a disfrutar de la playa. ¿Qué habrá querido decir Karl Marx con aquello de “dictadura del proletariado”? ¿No habrá querido decir aquello a lo que también aspira su rival, el capitalismo, la destrucción del otro, esto es, de aquello que es despreciado por inútil, vago, “cabecita negra”, peronista, etc.? Al menos nuestro gobierno actual parece haberlo comprendido así, desde el atalaya capitalista, pues, según lo indican públicamente sus representantes, el “cambio” esperado consiste en la destrucción de todo aquello realizado para intentar igualar a los habitantes en una única clase, y nuestra desgracia reside, precisamente, en aquella perspectiva de igualdad buscada “durante los últimos 70 —u 80— años”. A más de la incultura cívica que representa esta frase de nuestro presidente, pues en estos “últimos 70 —u 80— años” ha habido de todo, avances y retrocesos políticos en relación a la igualdad, lo cierto es que nuestra cultura no tolera más la distinción entre seres humanos y del mismo planeta, menos aún el desprecio de unos sobre otros. Por lo contrario, la igualdad debería ser la meta confesada de nuestras acciones, su único metro ético y jurídico.

             Sr. Presidente, no intente más destrucción conociendo ya que éste no será su mundo. Permítanos la chance de intentar construir el nuestro, sin “grieta”, sin odio, con igualdad, para todos. Su indicación acerca de la razón de ser de nuestro desastre actual —no sólo económico—, los comicios intermedios llamados PASO, parte de nuestra construcción electoral democrática en el Estado nacional, son más asimilables, por su resultado y efecto, a una institución de democracia directa bien conocida por Ud. desde su anterior cargo de jefe de gobierno de la C.A.B.A., que a una “encuesta cara”, según Ud. menciona a esos comicios de modo reiterado. Conforme a su resultado, sorpresa para varios, ese resultado no representa otra cosa que algo similar a una revocación de mandato conforme a la ley fundamental de la Ciudad Autónoma (arts. 65 y 98). Así debe razonar y comprenderlo Ud. en lugar de vociferar contra nuestras instituciones y echarle la culpa a quienes votan en cumplimiento de nuestra ley fundamental.

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