Apuntes de Coyuntura

Por Ariel Colombo

    “Gastamos más de lo que producimos. Por eso tenemos que endeudarnos”. Esta frase sería una perversa estupidez si no fuera por los cuarenta años de espiritualidad neoliberal. En realidad, nos endeudan porque producimos más de lo que gastamos. El capitalismo siempre produce más que lo que los capitalistas pueden realizar, esto es, más mercancías de las que pueden vender en base a la demanda que existe en el momento de ser producidas. Si no puede colocarse en el mercado, este excedente (o plusvalor o plustrabajo) pasa a ser un quebranto.

      Hubo dos soluciones (a lo largo de lo que podríamos llamar cuarto ciclo de Arrighi, es decir, desde la Segunda Guerra).  Una,  keynesiana, como la que aplicó el kirchnerismo, por la vía del incremento de salarios y de la inversión pública, con base en el desendeudamiento en relación al producto y a las exportaciones, que resolvía la cuestión del excedente por medio de un mayor desarrollo liderado por el Estado. Tarde o temprano esta estrategia traía la insuficiencia de divisas, que se podía resolver profundizando la sustitución de importaciones, reemplazando exportaciones primarias por manufactureras, creando empresas estatales, reformando en sentido progresivo el sistema impositivo, y en nuestro caso enganchando al país definitivamente a China como nueva locomotora mundial; el requisito era una fuerza política mayor a la inicial.

    La otra es la rentística, cediendo rentas a los capitalistas en forma directa por medio de aumentos alternados en la tasa de interés y en el tipo de cambio. Con rentas sostenidas  en el sobreendeudamiento externo que opera como instrumento político de dominio político duradero antes que como solución transitoria de eventuales déficit de divisas. Esta estrategia surge como respuesta anticipada a la construcción de una fuerza política capaz de avanzar por medio del keynesianismo hasta condiciones de no retorno. El pasaje del liberalismo hegemónico al extorsivo, del keynesianismo al neoliberalismo, del plusvalor saldado por medio de un mayor consumo popular al plusvalor saldado por medio de rentas financieras, supone no un cambio de gobierno sino de régimen político. El chantaje es estructural: o la sociedad acepta un presente permanente (ya que el futuro ha sido confiscado por los acreedores) o deberá sufrir las penurias (imaginarias o reales) del pasado. En nuestro caso, dado que nunca se pudo imputar seriamente al kirchnerismo tales penurias, se lo asoció al fuerte antagonismo que la sociedad debería reasumir de no aceptar las buenas ondas del macrismo. La “pesada herencia” consiste, realmente, en el conflicto que la sociedad mantuvo con lo que hoy es el oficialismo, por lo que su mensaje es: si el kirchnerismo vuelve tendrán también tendrán que volver a enfrentarse a nosotros.

     El tipo de cambio y la tasa de interés se turnan para transferir rentas al estrato superior de la coalición liberal-extorsiva. La inestabilidad del tipo de cambio y la estabilidad de la tasa de interés, y viceversa, están en contradicción objetiva pero no llegan a convertirse en una batalla política porque la coalición gobernante se formó, precisamente, para fugar hacia adelante a través del endeudamiento que cumple la función de encadenamiento político y de resolución rentística de excedentes irrealizados. Los intereses delincuenciales de esta cúpula antimercado, tanto productivos como financieros, se concilian por medio de la oscilación coordinada de esas variables. La magnitud del plusvalor que se materializa es la contraparte de la reducción de los ingresos asalariados y previsionales, presentes y futuros, y su fracción no realizada puede calcularse por el nivel del déficit fiscal. No es casual que la preocupación central del gobierno sea este déficit y no el déficit en balanza de pagos. No hay “error” de diagnóstico como estiman los analistas en general. Una crisis, como la reciente, solo expone un juego normalmente oculto o desapercibido pero que es la forma neoliberal (restaurada anacrónicamente en Argentina con el macrismo) de resolver problemas de  realización.

     Cambiemos no resuelve la crisis ya que su solución es la crisis, a la que espera de antemano. Sus operadores no son ciegos aunque la mano que los guía, la maximización sin fin, lo sea. Además, si bien la política es para ellos un apéndice de la economía, la emplean intensivamente para que la transferencia de los costos del endeudamiento con inflación hacia la sociedad sea aceptada con el consenso y pasividad de sus víctimas, dentro de los cuales deben sumarse los “transactivos” de la negociación con la oposición blanda. Tales costos representan antes que nada la expropiación del futuro, la liquidación de cualquier alternativa al “único camino posible” por medio de una política de descrédito y persecución del opositor que pueda llegar a expresarla, imponiendo de hecho un Estado de sitio que destruye el espacio público en el que se vuelve imposible informar y posicionarse argumentativamente.

     El procedimiento seguido por el gobierno ha sido (aproximadamente) el siguiente: Primero transfiere ingresos devaluando el peso y reduciendo impuestos. La devaluación genera excedentes (o plusvalor no realizado por la inflación desencadenada contra el salario) y la desgravación tributaria los compensa. Luego, como esta reducción aumenta el déficit fiscal, este es compensado por un endeudamiento en divisas que incrementa el déficit externo por el pago de intereses (agravado catastróficamente por la apertura importadora y otras calamidades). Finalmente, la deuda externa adicional con que se solventa este déficit, es convertida en pesos que son pedidos prestados a una tasa superior a la de inflación. Como ni la reducción de impuestos ni la deuda tomada se destinan a la capacidad de repago, el déficit externo presionará finalmente por una nueva devaluación que reinicia la espiral.

    La implicancia crucial es que el interés de la clase dominante es sucesivo, obteniendo renta tanto en pesos como en dólares, alternadamente. Su negocio es siempre esta cuadratura circular, mientras aguarda la concreción legal y fáctica de las reformas estructurales que le permitan recuperar el control sobre las fuerzas del trabajo (en parte perdido en la etapa anterior) induciendo una oferta de mano de obra abundante y barata a la que acudir para preservar la continuidad de los flujos para el pago de los intereses de una deuda que no se contrae para ser pagada sino para extorsionar. Es decir, luego de confiscar el futuro y de anticipar un bloqueo para cualquier política de autonomía nacional, su tarea política es garantizar un porvenir rentístico para aquel estrato capitalista, y que requiere para ello organizar la reducción de los ingresos de trabajadores y jubilados y la extracción impositiva y tarifaria.

    Habiendo buscado, desde un primer momento, la “unidad peronista” que avalara desde la oposición la gestión represiva y endeudadora del modelo, y que surgiendo como pieza de relevo “responsable” aporte solidez al gobierno hasta 2019, ahora el gobierno se enfrenta a la inviabilidad política. La sola presencia del kirchnerismo, como fuerza política capaz de legitimar el antagonismo social, ha frustrado el intento. El “peronismo perdonable” ha sufrido la misma derrota que el gobierno, siendo ahora su disyuntiva o la de contribuir a la  persecución del kirchnerismo, como lo ha hecho hasta el presente, o  subordinarse a la alternatividad que este encarna excluyentemente. Esta es la principal coincidencia del macri-magnetismo con los dirigentes peronistas que en su totalidad han testimoniado, cada cual en su momento, su predisposición colaboracionista congénita, la que fue lentamente desarticulada por la persistencia del demonio hasta un punto en que, cuando la metástasis anti-K parece completa, la propia demonización parece un artilugio contraproducente.

    El dilema persistirá. La exigencia interna al modelo se resumen en el cierre de la brecha fiscal, pero aún cuando se verifique igual quedarán afectadas negativamente las expectativas inversoras por el incremento del déficit fiscal futuro (que expresa todo lo que el Estado ha dejado de hacer pero tendrá que hacer en algún momento dado el alto nivel de movilización callejera y huelguística). Si el ajuste se hace sobre el gasto e inversión pública, ante la imposibilidad de aniquilar al kirchnerismo, que es quien puede  convalidar políticamente tal impugnación social, dicho déficit potencial disuadirá contra las decisiones posibles de inversión privada. Si además se lleva a cabo reimponiendo gravámenes a los grandes empresarios, como parece pretender el FMI, estos no podrían colocar sus excedentes rentablemente ante la caída de la demanda agregada.

    Pero en el corto plazo el problema político fundamental es la pérdida de verosimilitud de la naturaleza extorsiva del gobierno. Ya no puede amenazar con que ocurra algo peor a lo que él mismo ocasiona. El gobierno ha desembocado progresivamente en herramientas asociadas al propio mecanismo de endeudamiento, y que consiste en hacer creer a la sociedad que este es necesario y que él mismo es el único actor con las credenciales para obtener su renovación, como lo hizo el cavallismo después que el menemismo hubiese agotado la amenaza con el retorno de la hiperinflación. Para superar la prueba tiene que provocar los males públicos que falsamente atribuyó al gobierno nacional-popular, y por tal razón se vuelve reaccionario y contraproducente todo entendimiento opositor para 2019.  La experiencia del propio kirchnerismo pudo demostrar que el antagonismo con los poderes dominantes, y no la búsqueda de aliados, fue siempre la carta de triunfo y perdurabilidad. Las aves de rapiña que siguen sobrevolando a su alrededor constatan una y otra vez que el muerto que esperaban devorar sigue gozando de buena salud. La antagonización sin tregua es la única posibilidad de retomar el proyecto de democratización y que todo el peso de desastre caiga sobre sus artífices y cómplices.

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One thought on “Apuntes de Coyuntura

  1. En un texto denos y de impecable coherencia interna, Ariel Colombo presenta las bases estructurales en las que se asienta el gobierno macrista. “Para ganar competitividad hay que reducir los costos. Y el salario es un costo más…” dijo Macri, mucho antes de ganar la presidencia. Solución neoliberal frente al proyecto “keynesiano” del kirchnerismo, dice Ariel. Punto aparte: el kirchnerismo no es estrictamente un keynesianismo porque este último fue un fenómeno de época posterior a la segunda guerra y propio de la guerra fría, pero la analogía es justa cuando se mira desde la dinámica de la relación entre estado y mercado en un país estructuralmente dependiente. Endeudamiento masivo, bajas tasas, devaluaciones… “El macrismo no resuelve la crisis porque la crisis es su solución”.
    Se trata de una dinámica global, la del automatismo capitalista sostenido en el consumo artificial y en la especulación financiera. En países como el nuestro muestra su rostro más perverso por el lugar que ocupamos en la división del trabajo mundial.
    Muy picante la idea del antagonismo como camino de la recuperación de un rumbo nacional-popular. Yo no lo opondría drásticamente a la ampliación de los acuerdos políticos superestructurales. Desde mi punto de vista ambos procesos están dialécticamente vinculados. Desde las movilizaciones de diciembre, la resistencia popular ha ido abriendo brechas en el interior del peronismo conciliador. La tradición peronista es un componente principal del movimiento popular actual, lo que claramente no significa el predominio de una camiseta, sino la persistencia histórica de sus banderas constitutivas. La movilización popular amplía el margen para la amplitud en la lucha electoral y ésta, a su vez, estimula la movilización. Claro que lo decisivo en última instancia será el grado en que la ilusión amarilla continúe agotándose en la conciencia de millones de argentinos.

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