Apuntes sobre las PASO

 Por Edgardo Mocca*

            Quedó rotundamente confirmado que la elección legislativa de octubre fue, es y será la de la provincia de Buenos Aires. Patéticamente lo reconoció la maquinaria de la mentira. Concentró toda su estrategia en evitar que a una hora razonable de la noche se supiera lo que tarde o temprano se va a saber: en la provincia ganó Cristina.

          ¿Empate técnico? Esa es una jerga de las encuestas. En las elecciones no hay empate, se cuentan todos los votos y el que sacó más votos gana. No se conoce, en elecciones con millones de electores, caso alguno de empate. Mucho menos puede usarse esa palabra para un cotejo donde el que gana por un voto se coloca en la foto como el que puede quedarse con dos de las tres bancas de senadores que se disputa. No hubo empate. Cuando se terminen de contar los votos se va a demostrar que ganó Cristina. Lo que perfectamente sabe todo aquel que siguió el insólito registro de la llegada de los votos desde las 11 de la noche hasta las 3 de la mañana. Durante casi todo ese tiempo, CFK crecía y Buhlrich bajaba. Hasta el estricto momento en que la diferencia era de ¡un centésimo!, momento en el cual, después de un pequeño intervalo ocurrió lo insólito: apareció el primer registro que ampliaba la diferencia a favor del amarillo. Si después de esto vamos a creer en un triunfo del macrismo o derrapamos en la pamplina del empate nos merecemos cualquier cosa.

            ¿Triunfo del macrismo? Quien esto escribe sostiene desde que empezó toda esta historia que el macrismo “ganaba” la elección nacional antes de que esta empezara. Sencillamente porque constituyó la única marca nacional que acumula en un mismo registro la votación de sus partidarios en todos los distritos. El peronismo –volveremos sobre esto- no podía hacerlo, sencillamente porque hoy no tiene una línea política compartida ni un liderazgo unificado, lo que no quiere decir que sea un dato menor que bajo ese paraguas o en sus orillas se concentró la primera minoría en las primarias. Por eso, lo que esta elección definía no era un “ganador” sino otras dos cuestiones centrales: por un lado el clima social del enfrentamiento entre el saqueo macrista y los intereses populares y, por otro lado, el punto de partida de las relaciones de fuerza que ordenarán la marcha hacia la contienda presidencial de 2019. Sigo sosteniendo que esa es la clave de lectura de lo que pasó el domingo.

            Sobre la base de ese enfoque, conviene concentrarse en cómo quedó dibujado el campo de la oposición. En este lugar confluyeron las dos terceras partes de los votos, lo que no equivale a restarle significado a los avances de la derecha en varios distritos importantes. Lo que salta a la vista es un debilitamiento manifiesto de la “avenida del centro” que no parece que vaya a revertirse sino a profundizarse en octubre. Este es un sector de electores que no ha sido capturado por la revolución de la alegría, pero sobre el que pesan fuertes resistencias a la experiencia previa, en la que convergen debilidades ciertas de la misma con la batería estigmatizadora desplegada de modo incesante y con inédita intensidad contra ella por la troika mediático-judicial-comunicativa. Este sector – que en algunos distritos aparece representado por sectores “consensualistas” del PJ y en otros por sellos constituidos más o menos recientemente- no se ha fortalecido en las PASO. La fuerza de Massa ha quedado limitada a un frente bonaerense que juntó un 15% de los votos. Para una fuerza que emergiera en agosto de 2017 no estaría mal; para una que llegó a ganar la elección en Buenos Aires y mantuvo una quinta parte del padrón en la muy polarizada votación de 2015, tiene toda la pinta de un progresivo ocaso. Ese debilitamiento del centro es una mala noticia para los arquitectos de la “normalización política” de la Argentina. Es decir para los que militan a favor de un sistema de partidos capaz de garantizar una tranquila alternancia entre fuerzas que compitan ferozmente por el voto pero cumplan rigurosamente el viejo pacto nunca escrito de las democracias neoliberales: los intereses del capital concentrado no se tocan.

            El terreno de la disputa por el orden político se ha desplazado hacia lo que se ha dado en llamar el “panperonismo”. Abundan en estas horas los análisis centrados en el futuro del peronismo, muchas veces más comprendido como una etiqueta que fortalece las chances de cualquier empresa política que como un legado popular transformador. Desde esa perspectiva se critica la iniciativa del “frente ciudadano” al que se interpreta como un abandono de la identidad peronista y el derrape en una vía “centroizquierdista” de minorías. Si así fuera sería difícil contestar una pregunta: ¿dónde estuvo el peronismo en la provincia de Buenos Aires?, ¿en el 35 o en el 5%? Lo que en realidad se está discutiendo es muy claro: es si el peronismo se ordena hacia su constitución en la pata popular de un bipartidismo que administre la regresión neoliberal o hacia la ocupación de un sitio central en el cuestionamiento de ese rumbo y el rescate de un rumbo nacional, industrialista y socialmente justo del país. Entonces el análisis de lo que ocurrió el domingo tiene que hacerse no desde la abstracción de los números justicialistas sino desde el sentido concreto que asumen los resultados en esa contienda.

            El sentido común de los analistas neoliberales caminará por un sendero previsible. Dará, como siempre, por concluida la experiencia kirchnerista y declarará abierto el capítulo de la “renovación peronista”: gente joven que viva la época y no quede anclada en la nostalgia del pasado, gente que entienda que hay que serenar los ánimos y aceptar la realidad, y toda la saraza de ese porte. Ya se escucha. Se dice que el kirchnerismo está “refugiado” en el conurbano. De entrada hay que decir que no es un mal “refugio” para una fuerza popular transformadora. Pero la cuestión que echa a perder el análisis es la falta de una mirada adecuada de la realidad del peronismo vista desde las urgencias que plantea el duro ataque a los trabajadores y el pueblo que estamos viviendo. El peronismo, en tanto recurso político central de la lucha contra el neoliberalismo no se reestructurará, como interesadamente se dice, sobre la base de una ancha mesa de gobernadores y caciques locales que establezca una hoja de ruta hacia 2019; eso no tiene nada que ver con la historia del peronismo aunque quienes lo afirmen tengan al día el carnet. No fue así como se forjó el liderazgo de Perón. Tampoco fue así como alcanzaron Néstor y Cristina la conducción del movimiento. Al peronismo siempre lo ha ordenado una política y un liderazgo. Desde 1983 en adelante, la conducción ha estado en manos de los que alcanzan el liderazgo sobre la base de su fuerza político-electoral y no sobre el resultado de tal o cual congreso o consejo superior. Así Cafiero se impuso sobre Herminio. Así Menem se impuso sobre Cafiero. Así fue siempre y nada indica que ahora vaya a ser de otra manera.

            Si miramos desde ese punto de vista, la elección del domingo no parecen cumplirse los deseos del “peronismo del orden” (neoliberal). El triunfo de Cristina en el principal distrito del país la coloca en un lugar central. No es por otra cosa que se produjo la desaforada operación de ocultamiento del domingo a la noche. Ahora la cuestión se desplaza hacia la comparación de la votación de Cristina con otras votaciones, de ella misma y del peronismo. Es decir un curioso comparativismo que ignora las reales condiciones en las que se desarrolló la campaña, los recursos puestos en juego, las operaciones judiciales y mediáticas desarrolladas y que llegaron hasta la pública reivindicación de su proscripción y de su prisión. Así no se compara, señores analistas políticos…

            Claro, la cuestión no puede limitarse a la provincia de Buenos Aires, hay que mirar todo el país. Podemos, por ejemplo, mirar lo que pasó en Córdoba con Schiaretti, uno de los emblemas del neoperonismo promacrista. Derrota absoluta. Urtubey, el acompañante de Macri en el viaje a Davos, ganó en Salta, juntó 240.000 votos. No está mal, habrá que ver qué más puede sumar para una controversia sobre el futuro del país. En el mapa nacional del peronismo sobresale sin ningún lugar a dudas la provincia de Santa Fé. Ahí ganó el peronismo, con Agustín Rossi al frente: parece que el “refugio” del kirchnerismo no se limita al conurbano bonaerense. ¿Cuál de los ganadores reales del peronismo marcará la pauta del futuro del movimiento?

            Pero ¿es esa la pregunta principal que está planteada en la Argentina? Es, sin duda, una pregunta decisiva para la clase política, en el más respetuoso sentido de la expresión. Vistas las cosas desde las personas que perdieron el empleo o sienten miedo de perderlo, desde los que perdieron salario y conquistas sociales, desde los que son amenazados por la precarización laboral y abrumados por tarifazos confiscatorios no podría formularse así. En un país donde hay un detenido-desaparecido por la acción de una fuerza estatal y donde está ilegalmente detenida Milagro Sala y otros militantes sociales la cuestión no puede agotarse en la suerte de una identidad política por importante que esta sea. La verdadera pregunta principal –y que como tal incluye la cuestión de la suerte del peronismo- es la de si será posible y cómo será posible la gestación de una nueva mayoría política reunida en torno a un programa de urgente reparación y recuperación nacional. Una fuerza con un programa de defensa del trabajo, la producción, la industria nacional, la educación, la investigación científico-técnica, la pluralidad comunicativa, la libertad política: eso es lo que está en juego, ese es el liderazgo que vale la pena discutir.

            No hay análisis neutrales. Aquí se analiza desde un programa, desde una voluntad política explícita y no desde la pretensión del saber neutral. Y desde esa perspectiva se establecen las fortalezas y debilidades de un rumbo, de un sentido de la acción política. Aquí se entiende la “unidad ciudadana” como el principio de la construcción de una nueva mayoría política plural, participativa, sensible a las demandas populares y profundamente democrática. Indisolublemente ligada a la suerte de los pueblos hermanos de la región y del mundo que enfrentan al neoliberalismo, que bajo la promesa del derrame y el bienestar desarrolla el proceso de concentración de la riqueza, descarte de seres humanos, abusos y guerras que conoce la historia de la civilización.

* Articulo publicado el 15 de Agosto en la revista “La Tecl@ eñe”.

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