Boudou Preso

Por Edgardo Mocca

        La noche del 7 de agosto, Amado Boudou y yo íbamos a empezar formalmente una actividad en común. Íbamos a juntarnos con diversos grupos de personas (de amigos, de compañeros) para pensar la coyuntura argentina. El dibujo de la escena correspondía a una especie de división del trabajo en la que él (vicepresidente de la nación mandato cumplido) hacía de “economista” y yo era el que hablaba de “política”.

        Amado aceptaba gustoso la farsa. Yo sé por qué la aceptaba. La aceptaba porque las formas, los títulos, las caretas no le importan un carajo. Aprendió –algún día me explicará cómo- a despreciarlas, a no darles lugar, a reírse de ellas. Yo supongo que el tiempo anterior de la cana, del castigo de los que se sintieron traicionados por el cheto kirchnerista, le enseñó, o terminó de enseñarle, que él tenía una misión. No sé si él sabría decir cuál es esa misión, yo claramente no sé nombrarla. Pero la sonrisa de pibe travieso con la que él vive, con la que él piensa, con la que él sufre la más abyecta de las venganzas de su propia clase, dice que él conoce su misión.

            Y lo que dijo ayer a sus verdugos revela que la conoce. Lo único que le interesó decirles a la hora de su condena lo revela. Les dijo que sabe la causa de su condena. La causa es que no se arrepintió de formar parte del gobierno de Cristina Kirchner. Les dijo que considera esa pertenencia como el orgullo más importante de su vida. Es decir, les dijo que no le importaba nada lo que pudieran hacerle porque él ama lo que hace, lo que hizo…y lo que hará. Que tiene fe en la misión que le ha tocado. Que se ríe de los autómatas que con voz engolada lo invitan a decir “sus últimas palabras”. Que son jueces pero no son el Juez. Que se sabe invencible porque invencibles son las convicciones.

            No hay nada que ennoblezca más a un ser humano en el mundo de hoy que proclamar a los cuatro vientos que es un mundo injusto, insoportablemente injusto. Y algo peor: que no es un mundo inevitable. Ya se los había dicho en lo que tal vez sea la más hermosa de las poesías escritas en mucho tiempo. La que dice que la guita de los laburantes que aportan para su jubilación no es de los más ricos entre los ricos. Es de los laburantes.

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