¿China se ha convertido al capitalismo? Reflexiones sobre la transición del capitalismo al socialismo

Por Domenico Losurdo

Al analizar los primeros 15 años de la Rusia soviética, podemos ver tres experimentos sociales. El primer experimento, basado en la distribución equitativa de la pobreza, sugiere un “ascetismo universal” y un “áspero igualitarismo”, criticado por el Manifiesto Comunista. Así, es posible entender que la decisión de Lenin de establecer la Nueva Política Económica, a menudo fuera interpretaba como un retorno al capitalismo. La creciente amenaza  de guerra llevó a Stalin a virar hacia la colectivización de la economía. El tercer experimento produjo un muy avanzado Estado de Bienestar pero que terminó en fracaso: los últimos años de la Unión Soviética, se caracterizaron por un masivo  ausentismo y falta de compromiso en el lugar de trabajo; esto estancó la productividad, lo que hizo muy difícil aplicar el principio que Marx estableciera sobre la remuneración socialista acorde a la cantidad y calidad del trabajo desplegado. La historia de China es diferente: Mao creía que, a diferencia del “capital político”, el “capital económico” de la burguesía no debía expropiarse, a menos que fuera de utilidad para el desarrollo de la economía nacional. Después de la tragedia del Gran Salto Adelante y de la Revolución Cultural, Deng Xiaoping va a enfatizar que el socialismo implica el desarrollo de las fuerzas productivas. Desde entonces, el “socialismo de mercado chino” ha logrado un éxito extraordinario.

La Rusia soviética y varios experimentos en el post-capitalismo

Hoy en día es común decir que se ha producido la restauración del capitalismo en China como consecuencia de las reformas de Deng Xiaoping. ¿Pero en qué se sustenta este juicio? ¿Hay una visión del socialismo, más o menos coherente, que pueda contrastarse con la situación de las actuales relaciones socioeconómicas en China? Echemos un vistazo a la historia de los intentos de construir una sociedad post-capitalista. Si analizamos los primeros 15 años de la Rusia Soviética, nos encontramos con el comunismo de guerra, luego la Nueva Política Económica (NEP), y finalmente la completa colectivización de la economía (incluida la agricultura) en rápida sucesión. Fueron tres experimentos totalmente diferentes, pero todos ellos intentaron construir una sociedad post-capitalista. Entonces,¿ por qué nos debería sorprender que, en el curso de los más de 80 años que siguieron a estos experimentos, otras variantes como el socialismo de mercado chino hayan aparecido?

Concentrémonos ahora en la Rusia soviética: ¿cuál de los tres experimentos mencionados se acerca al socialismo defendido por Marx y Engels? El comunismo de guerra fue considerado por un devoto católico francés, Pierre Pascal, entonces en Moscú, como una “única y poderosa situación […] Los ricos se han ido: sólo quedaron los pobres y los muy pobres […] los salarios altos y bajos se acercan de manera notable. El derecho a la propiedad se restringe a los efectos personales”. Este autor entiende a la pobreza generalizada y las privaciones no como miserias provocadas por la guerra, que tienen que ser superadas lo más rápido posible; para su mirada, en tanto haya una distribución más o menos equitativa, la pobreza y las aspiraciones son garantía de la pureza y de la integridad moral; de lo contrario, la opulencia y la riqueza devienen en pecado. Es una visión que podemos llamar populista, que fue criticada con gran precisión por el Manifiesto Comunista: no hay “nada más fácil que darle una capa de pintura socialista al ascetismo cristiano”; los “primeros movimientos del proletariado” suelen presentar demandas en nombre del “ascetismo universal y de un crudo igualitarismo”. La orientación de Lenin era opuesta a la de Pascal, ya que estaba lejos de suponer que el socialismo debía consistir en la colectivización de la pobreza o una más o menos igualitaria distribución de las privaciones.

En octubre de 1920 (“Las tareas de las Asociaciones de Jóvenes”) Lenin declaró: “Queremos transformar a Rusia de un país pobre y necesitado en un país rico”. Primero, el país necesitaba ser modernizado y dotado de electricidad; por lo tanto, requiere “trabajo organizado” y “trabajo consciente y disciplinado”, superando la anarquía en el lugar de trabajo, con una metódica asimilación de los “últimos avances técnológicos”, importándolos, si es necesario, de los países capitalistas más avanzados”.

Unos años más tarde, la NEP desplaza al comunismo de guerra. Era esencial superar la desesperante pobreza masiva y el hambre que siguió a la catástrofe de la Primera Guerra Mundial y la guerra civil, para reiniciar la economía y desarrollar sus fuerzas productivas. Esto era necesario no sólo para mejorar las condiciones de vida de la población y para ampliar la base social de consenso del poder revolucionario; se trataba también de superar el retraso del desarrollo de Rusia en comparación con los países capitalistas más avanzados, lo que podía afectar la seguridad nacional del país que emergía de la Revolución de Octubre, rodeada y sitiada por las potencias capitalistas. Para alcanzar estos objetivos, el gobierno soviético también hizo uso de la iniciativa privada y una (limitada) parte de la economía capitalista; utilizó a especialistas “burgueses” que fueron recompensados generosamente, y buscó tomar tecnología avanzada y capital de occidente, garantizándoles atractivos rendimientos. La NEP tuvo resultados positivos: creció la producción y un cierto desarrollo de las fuerzas productivas comenzó a tener lugar. Por sobre todo, la situación en la Rusia soviética mejoró notablemente: a nivel internacional no siguió el retroceso; más bien, comenzó a disminuir la distancia en comparación con los países capitalistas más exitosos. A nivel nacional, las condiciones de vida de las masas mejoraron significativamente. Precisamente porque la producción aumentó, hubo más que “pobres y muy pobres”, como en el comunismo de guerra, celebrado por Pierre Pascal; las hambrunas desesperantes desaparecieron,  pero las desigualdades sociales aumentaron.

Estas desigualdades en la Rusia soviética provocaron un extendido e intenso sentimiento de traición de los ideales originales. Pierre Pascal no era el único que quería abandonar el Partido Comunista de la Unión Soviética; Había literalmente decenas de miles de trabajadores bolcheviques que rompían sus tarjetas del partido en disgusto con la NEP, que fue rebautizada como “Nueva Extorsión del Proletariado”. En los años cuarenta, un militante de base describió con mucha elocuencia la atmósfera espiritual que prevalecía como consecuencia de la Revolución de Octubre : “la atmósfera existente emergía del horror a la guerra causada por la competencia de los imperialistas, en el saqueo de las colonias con el fin de conquistar los mercados y materias primas, así como por los capitalistas en su busqueda de ganancias y super-ganancias:

Nosotros, los jóvenes comunistas, crecimos creyendo que el dinero se había acabado de una vez por todas. […] Si el dinero reaparecía, ¿no volverían a aparecer también los ricos? ¿No estábamos en la pendiente resbaladiza que conduce de nuevo al capitalismo? 

Por lo tanto, se puede entender el escándalo y el persistente sentimiento de repugnancia por el mercado y por la economía de los productos básicos con la introducción de la NEP; fue sobre todo el creciente peligro de guerra lo que provocó el abandono de la NEP y la eliminación de todo rastro de economía privada. La colectivización generalizada de la agricultura del país provocó una guerra civil encarnizada por ambas partes. Y pese a esta horrible tragedia, la economía soviética parecía proceder maravillosamente: el rápido desarrollo de la industria moderna se entretejía con la construcción de un estado de bienestar que garantizaba los derechos económicos y sociales de los ciudadanos de una manera sin precedentes. Esto, sin embargo, fue un modelo que entró en crisis después de un par de décadas. Con la transición de la gran crisis histórica a un período más “normal” (“o de coexistencia pacífica”), el entusiasmo de las masas y su compromiso con la producción y el trabajo se debilitaron y luego desaparecieron. En los últimos años de su existencia, la Unión Soviética se caracterizó por un ausentismo masivo y la falta de compromiso con el lugar de trabajo: no sólo el desarrollo de la producción se estancó, sino que ya no se aplicó el principio que Marx había previsto sobre la remuneración-socialista, según la cantidad y calidad del trabajo producido. Podríamos decir que durante la etapa final de la sociedad soviética, la dialéctica de la sociedad capitalista que Marx había descripto en La Miseria de la Filosofía se había invertido:

“Mientras que dentro de la fábrica moderna la división del trabajo está meticulosamente regulada por la autoridad del empresario, la sociedad moderna no tiene otra regla o autoridad para distribuir el trabajo, excepto por la libre competencia. [. . .] También se puede determinar, como principio general, que cuanto menor es la autoridad sobre la división del trabajo dentro de la sociedad, más se desarrolla la división del trabajo dentro de la fábrica y se coloca bajo la autoridad de una sola persona. Así, la autoridad en la fábrica y en la sociedad, en relación con la división del trabajo, están inversamente relacionadas entre sí”.

En los últimos años de la Unión Soviética, el control estricto ejercido por los poderes políticos sobre la sociedad civil coincidió con una cantidad considerable de anarquía en los lugares de trabajo. Fue el revés de la dialéctica de la sociedad capitalista, pero esta inversión de la dialéctica de la sociedad capitalista no dio lugar al socialismo y, por lo tanto, produjo un débil orden económico incapaz de resistir las ofensivas ideológicas y políticas del mundo capitalista-imperialista.

 

La peculiaridad de la experiencia china

 La historia de China es diferente. Aunque el Partido Comunista de China tomó el poder a nivel nacional en 1949, 20 años antes había comenzado a ejercer su poder en una región u otra, regiones cuyo tamaño y población eran comparables a los de un país europeo pequeño o mediano . Durante gran parte de estos 85 años en el poder, la China gobernada parte o totalmente por los comunistas, se caracterizó por la coexistencia de diferentes formas de economía y propiedad. Así fue como Edgar Snow describió la situación a finales de los años treinta en las áreas “liberadas”:

Para garantizar el éxito en estas tareas era necesario para los rojos, incluso desde los primeros días, comenzar una especie de construcción económica. […] La economía soviética en el Noroeste era una curiosa mezcla de capitalismo privado, capitalismo de estado y socialismo primitivo. Las empresas privadas y la industria fueron permitidas y fomentadas, y las transacciones privadas que se ocupan de la tierra y sus productos fueron autorizadas aunque con restricciones. Al mismo tiempo, el Estado poseía y explotaba empresas tales como pozos de petróleo, pozos de sal y minas de carbón, y comerciaba con ganado, pieles, sal, lana, algodón, papel y otras materias primas. Pero no estableció un monopolio en estos artículos y en todas ellas las empresas privadas podían, hasta cierto punto, competir. Una tercera clase de economía fue creada con el establecimiento de cooperativas, en las que el gobierno y las masas participaron como socios, compitiendo no sólo con el capitalismo privado, sino también ¡con el capitalismo de estado!.

Este cuadro es confirmado por un historiador moderno: en Yan’an, la ciudad donde Mao Zedong dirigió la lucha contra el imperialismo japonés y promovió la construcción de una nueva China, el Partido Comunista de China no pretendió “controlar toda la base de la economía del área”. Más bien supervisó una “significativa economía privada”, que también incluía ”grandes propiedades de tierrra privadas”.

En un ensayo en enero de 1940 (“Sobre la Nueva Democracia”), Mao Zedong aclaró el significado de la revolución que tuvo lugar en ese momento:

Aunque esta revolución, en un país colonial y semicolonial, durante su primera etapa o primer paso, todavía es fundamentalmente democrático-burgués en su carácter social, y aunque su misión objetiva es despejar el camino para el desarrollo del capitalismo, ya no es una revolución del tipo antiguo dirigida por la burguesía con el objetivo de establecer una sociedad capitalista y un Estado bajo la dictadura burguesa. Pertenece a un nuevo tipo de revolución dirigida por el proletariado con el objetivo, en una primera etapa, de establecer una sociedad de nueva democracia y un Estado bajo la dictadura conjunta de todas las clases revolucionarias. Por lo tanto, esta revolución realmente sirve para despejar un camino aún más amplio para el desarrollo del socialismo. 

Se trata de un modelo caracterizado, a nivel económico, por la coexistencia de diferentes formas de propiedad; al nivel del poder político, por una dictadura ejercida por las “clases revolucionarias” así como también, por la dirección del Partido Comunista de China. Se trató de un patrón confirmado 17 años después, aunque en el ínterin se fundó la República Popular de China. En un discurso pronunciado el 18 de enero de 1957 (“Charlas en una Conferencia de Secretarios de Comités de Partidos Provinciales, Municipales y Autónomas”):

En cuanto a la acusación de que nuestra política urbana se ha desviado hacia la derecha, esto parece ser el caso, en tanto nos hemos comprometido a proporcionar a los capitalistas y pagarles un tipo de interés fijo por un período de siete años. ¿qué deberíamos hacer después de estos siete años? Esto se decidirá según las circunstancias que prevalecen en ese entonces. Es mejor dejar el asunto abierto, es decir, seguir dándoles cierta cantidad de interés fijo. A este pequeño costo estamos comprando a esta clase…] Al comprar de este modo, les hemos privado de su capital político y deben mantener la boca cerrada. […] Así, el capital político no estará en sus manos sino en las nuestras. Debemos privarlos de cada parte de su capital político y seguir haciéndolo hasta que no se les reste un solo voto. Mirado así, no se puede decir que nuestra política urbana se haya desviado hacia la derecha.

Por lo tanto, se trata de distinguir entre la expropiación económica y la expropiación política de la burguesía. Sólo esta última debe llevarse a cabo hasta el final, mientras que la primera, si no está contenida dentro de límites claros, puede poner el riesgo el desarrollo de las fuerzas productivas. A diferencia del “capital político”, el capital económico de la burguesía no debería ser objeto de una expropiación total, al menos que sirva al desarrollo de la economía nacional y así, indirectamente, a la causa del socialismo.

Después del despegue en la segunda mitad de la década de 1920, este modelo reveló una notable continuidad y ofreció gran vitalidad económica ya antes de 1949 en las áreas “liberadas” gobernadas por los comunistas y luego por la República Popular China en su conjunto. El momento dramático de la ruptura se produjo con el Gran Salto Adelante de 1958-59 y con la Revolución Cultural desplegada en 1966. La coexistencia de las diferentes formas de propiedad y el uso de incentivos materiales fueron radicalmente puestos en cuestón. Hubo una ilusión de acelerar el desarrollo económico a través de llamados a la movilización de masas y el entusiasmo masivo, pero este enfoque y estos intentos fracasaron miserablemente. Más aún, la lucha de todos contra todos incrementó la anarquía en las fábricas y los lugares de producción.

La anarquía estaba tan extendida y tan arraigada que no desapareció inmediatamente con las reformas introducidas por Deng Xiaoping. Durante algún tiempo, algunas costumbres continuaron en el sector público, como lo describe un testigo y erudito occidental: “incluso el último de los empleados [. . .], si quiere, puede decidir no hacer nada, quedarse en casa por un año o dos y seguir recibiendo su salario al final del mes”. La “cultura de la pereza” también infectó el sector privado en expansión de la economía. “Los antiguos empleados del Estado […] llegan tarde, luego leen el periódico, van a la cantina una media hora, salen de la oficina una hora antes”, y a menudo estan ausentes por “razones familiares”, por ejemplo, “porque mi esposa está enferma”. Y los ejecutivos y técnicos que trataban de introducir disciplina y eficiencia en el lugar de trabajo se vieron obligados a enfrentar no sólo la resistencia y el ultraje moral de los empleados (que consideraban como una infamia imponer una multa a un trabajador que su ausenta por cuidado de su esposa), pero incluso amenazas y violencia desde abajo.

Así, nos encontramos con una paradoja. Después de distinguirse durante décadas por su peculiar historia y por su compromiso para estimular la producción a través de la competencia, no sólo entre individuos sino también entre diferentes formas de propiedad, la China que emerge de la Revolución Cultural se asemejaba, de manera notable, a la Unión Soviética en sus últimos años de existencia: el principio socialista de la remuneración basado en la cantidad y calidad del trabajo entregado fue completamente liquidado, y la falta de  compromiso, el retiro, el ausentismo y la anarquía reinaban en el lugar de trabajo. Antes de ser expulsados del poder, “La Banda de los Cuatro” intentaban justificar el estancamiento económico, recurriendo a razonamientos de tono populista que suponía que se trataba de un socialismo “pobre” pero “bello”, el “socialismo” populista que en los primeros años de la Rusia soviética le era cercano a Pierre Pascal, el ferviente católico que ya conocemos.

Entonces el populismo se convirtió en el blanco de las críticas de Deng Xiaoping. Exhortó a los marxistas a darse cuenta de que “la pobreza no es socialismo, sino que el socialismo significa eliminar la pobreza”. Quería que una cosa fuera absolutamente clara: “A menos que se estén desarrollando las fuerzas productivas y se esté elevando el nivel de vida de la gente, no se pueden decir que estamos construyendo Socialismo”. No, “no puede haber comunismo con pauperismo, o socialismo con pauperismo. Así que hacerse rico no es pecado” . Deng Xiaoping tenía el mérito histórico de comprender que el socialismo no tenía nada que ver con la distribución más o menos igualitaria de la pobreza y las privaciones. A los ojos de Marx y Engels, el socialismo era superior al capitalismo no sólo porque aseguraba una distribución más equitativa de los recursos, sino también, y especialmente, porque aseguraba un desarrollo más rápido y más igualitario de la riqueza social, y para lograrlo el socialismo estimulaba la competencia afirmando y poniendo en práctica el principio de remuneración en función de la cantidad y calidad del trabajo realizado.

Las reformas de Deng Xiaoping reintrodujeron en China el modelo que ya conocemos, aunque otorgandole una nueva coherencia y radicalidad. Lo cierto es que la coexistencia de diferentes formas de propiedad fue contrabalanceada por un estricto control estatal dirigido por el Partido Comunista de China. Si analizamos la historia de China, desde antes de la fundación de la República Popular, incluyendo las primeras áreas “liberadas”, establecidas y gobernadas por comunistas, descubriremos que no fue la China de las reformas de Deng Xiaoping, sino que la excepción o la anomalía fue la China en los años del Gran Salto Adelante y de la Revolución Cultural.

¿Marxismo o populismo? Una confrontación de larga duración

Mucho más allá de las fronteras de Rusia y China, durante el siglo XX e incluso ahora, el populismo influyó y aún influye negativamente en la lectura de las grandes revoluciones que cambiaron radicalmente la faz del mundo. En este sentido, podemos decir que, después de haber desempeñado un papel esencial del siglo XX, el conflicto entre populismo y marxismo está lejos de terminar.

Pascal condenó el abandono del comunismo de guerra, o la sociedad en la que hay “sólo pobres y muy pobres”, y que precisamente por eso estaba libre de las tensiones y desavenencias causadas por la desigualdad y la polarización social. La actitud adoptada por los cristianos fervientes en ese momento en Moscú no se limitaba de ninguna manera a la Rusia soviética. Las huellas del populismo se pueden percibir en el joven Ernst Bloch. En 1918, cuando publicó la primera edición de Espítiruto de la Utopía, llamó a los soviéticos a efectuar una “transformación del poder en amor” y poner fin no sólo a “toda economía privada”, sino también a cualquier “economía monetaria” y con ella los “valores mercantiles que consagran lo que es más malo en el hombre” . Aquí la tendencia populista estaba entrelazada con el mesianismo: no se prestó atención a la tarea de reconstruir la economía y desarrollar las fuerzas productivas en un país destruido por la guerra y que tenía una historia marcada por hambrunas recurrentes y devastadoras. El horror de la carnicería de la Primera Guerra Mundial estimuló el sueño de una comunidad que está satisfecha con los escasos recursos materiales disponibles y que sólo en esta circunstancia, liberados de las preocupaciones por la riqueza y el poder, las personas pueden vivir protegidas de la “economía monetaria” y en cambio vivir en el “amor”.

Cuando publicó la segunda edición de El espíritu de la Utopía en 1923, Bloch creyó que era apropiado eliminar los pasajes populistas y mesiánicos, como se mencionó anteriormente. Sin embargo, el estado mental y la visión que los inspiró no desaparecieron ni en la Unión Soviética ni fuera de ella. La transición a la NEP encontró quizás criticas de lo más apasionados o sentimentales entre los militantes así como entre líderes comunistas occidentales. En cuanto a ellos, en el “Informe Político” que presentó al XI Congreso del Partido Comunista celebrado el 27 de marzo de 1922, Lenin escribió sarcásticamente:

 Viendo esto como una retirada, algunos de ellos se dispersaron como niños avergonzados, incluso con lágrimas, como ocurrió en la última gran sesión del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista. Motivados por los mejores sentimientos comunistas y las más ardientes aspiraciones comunistas, algunos amigos rompieron a llorar.

Antonio Gramsci tenía una actitud muy diferente desde los tiempos de la Revolución de Octubre, que expresó de esta manera:

 El colectivismo de la pobreza y el sufrimiento será en el principio. Pero esas mismas condiciones de pobreza y sufrimiento fueron heredadas del régimen burgués. El capitalismo no podía hacer en lo inmediato más que lo realizado por el colectivismo en Rusia. Hoy, haría aún menos, porque de inmediato se encontraría con un proletariado disgustado y frenético, incapaz de soportar el dolor y la amargura que las dificultades económicas hubiersen traído. [. . .] El sufrimiento que vendrá después de la paz será tolerado sólo porque los trabajadores sienten que es su voluntad y su determinación trabajar para suprimirlo lo más rápido posible. 

En este contexto, el comunismo de guerra que va a prevalecer en la Rusia Soviética fue al mismo tiempo legitimado tácticamente y deslegitimado estratégicamente, legitimado inmediatamente y deslegitimado con un ojo mirando el futuro. El “colectivismo de la pobreza y el sufrimiento” se justifica por las condiciones específicas que prevalecían en Rusia en ese momento: el capitalismo no sería capaz de hacer nada mejor. Se entendía, de todas maneras, que la privación debía ser superada lo más rápidamente posible.

Precisamente por esta razón, Gramsci no tuvo ninguna dificultad en reconocerse en la NEP, cuyo significado dejó claramente claro en su postura de octubre de 1926: la realidad de la Unión Soviética nos puso ante la presencia de un fenómeno “nunca antes visto en la historia”. Una clase políticamente “dominante” “de conjunto”, se encuentra “en condiciones de vida inferiores a ciertos elementos y estratos de la clase [políticamente] dominada y dependiente” . Las masas que continuaron sufriendo una vida de penurias fueron confundidas por el espectáculo de “el hombre de la NEP vestido de piel que tiene a su disposición todos los bienes de la tierra”. Y sin embargo, esto no debe constituir un escándalo ni un sentimiento de repugnancia, porque el proletariado, como no puede ganar poder, tampoco puede conservar el poder si no es capaz de sacrificar intereses individuales e inmediatos a los “intereses generales y permanentes de la clase”. Aquellos que leen la NEP como sinónimo de retorno al capitalismo cometieron dos errores graves: ignorar el tema de la lucha contra la pobreza masiva y, por tanto, el desarrollo de las fuerzas productivas; también identificaron erróneamente la clase económicamente privilegiada con la clase políticamente dominante.

Una lectura de la NEP, que no se diferencia de la que vimos en Gramsci, vino de otro gran intelectual del siglo XX. El fue Walter Benjamin, quien, después de regresar de un viaje a Moscú en 1927, resumió sus impresiones:

“En una sociedad capitalista, el poder y el dinero han devenido en la misma dimensión. Cualquier cantidad de dinero puede ser convertida en una porción bien definida de poder y el valor de cambio de todo poder es una entidad calculable. [. . .] El Estado soviético ha interrumpido esta ósmosis de dinero y poder. El Partido, por supuesto, se reserva el poder para sí mismo; sin embargo, deja el dinero al hombre de la NEP”. 

Sin embargo, estos últimos sufrieron un “terrible aislamiento social”. Para Benjamin ya no había correspondencia entre la riqueza económica y el poder político. La NEP no tiene nada que ver con la restauración del poder burgués y capitalista. La Rusia soviética no podía dejar de comprometerse en la reconstrucción de la economía y el desarrollo de las fuerzas productivas. La tarea se hizo más difícil por la persistencia de costumbres que no eran adecuadas para una sociedad industrial moderna. En Moscú, Benjamín fue testigo directo de una muestra muy instructiva:

Ni siquiera en la capital rusa hay, a pesar de toda la “racionalización”, un sentido del valor del tiempo. El “trud”, el Instituto Sindical de Trabajo, a través de affiches, libró […] una campaña por la puntualidad […] “el tiempo es dinero”; para dar credibilidad a tan extraño grito de guerra, tenían que recurrir a la autoridad de Lenin en los carteles. Por lo tanto, esta mentalidad es ajena a los rusos. Su instinto juguetón prevalece sobre todo […] Si, por ejemplo, una escena de película se está rodando en la calle, se olvidan a dónde van y por qué, se ponen en fila detrás de los equipos de filmación durante horas y llegan al trabajo perplejos. 

Pascal también fue testigo de los acontecimientos en la Rusia soviética, formando una opinión de fuerte condena: en Moscú y en el resto del país, todo giraba en torno a la cuestión de si “la industrialización debe ser un poco más rápida o un poco más lenta” alrededor del problema de “cómo conseguir el dinero suficiente”. Las consecuencias de este nuevo enfoque, que deja a un lado “todo propósito revolucionario”, fueron devastadoras: sí, “en el plano material nos acercamos a la americanización, un gran desarrollo de la riqueza nacional”, pero ¿a qué costo? “La masa dócil se convirtió en esclava de ello, de su trabajo, de su explotación. Hay producción, hay una recuperación económica, pero la revolución está bien enterrada”.

El gran escritor austríaco Joseph Roth, no involucrado en el movimiento comunista, llegó a las mismas conclusiones. Cuando visitó la tierra de los soviéticos, entre septiembre de 1926 y enero de 1927, expresó su decepción por la “americanización” en curso. “Desprecian a América, en tanto significa el capitalismo sin alma; el país donde el oro es Dios. Pero admiran América, en tanto significa progreso, las conducciones eléctricas, la higiene y las obras de agua”. En conclusión, “esta es una Rusia moderna, técnicamente avanzada, con ambiciones estadounidenses. Esto ya no es Rusia” . El “vacío espiritual” se había abierto en un país que inicialmente despertó muchas esperanzas.[1] El sentimiento popular hacia estas posiciones era obvio: como expresiones de traición a la inspiración revolucionaria original y de una deriva hacia una cosmovisión filistea y vulgar, El deseo de mejorar las condiciones de vida y la búsqueda de la comodidad (o de un mínimo de confort).

Como Pascal, Roth también expresó su desagrado por la “americanización” en curso. Estos fueron los años en que los bolcheviques se dedicaron a la reconstrucción y desarrollo de la economía intentando aprender de los países capitalistas más avanzados y de los Estados Unidos en particular. En marzo y abril de 1918 (“Las tareas inmediatas del poder soviético”) Lenin señaló que “en comparación con los trabajadores de las naciones más avanzadas, el ruso es un mal trabajador”; por lo tanto, debe “aprender a trabajar”, asimilando de manera crítica los “ricos logros científicos” del “sistema de Taylor” desarrollado e implementado en la República de América del Norte. En la misma longitud de onda, Bujarin proclamó en 1923: “Necesitamos añadir americanismo al marxismo” . Al año siguiente, Stalin hizo un llamamiento significativo a los cuadros bolcheviques: si realmente querían estar en la cúspide de los “principios del leninismo”, debían tratar de tejer los “impulsos revolucionarios rusos” con “el enfoque práctico americano”. El “americanismo” y el “enfoque norteamericano práctico” eran aquí sinónimos para el desarrollo de las fuerzas productivas y el escape de la pobreza o la escasez: el socialismo no es el reparto igualitario de la pobreza o privación, sino la superación definitiva y generalizada de estas condiciones.

Desde fuera de Rusia, Gramsci se opuso al populismo con particular rigor y consistencia. Como sabemos, desde el principio destacó la necesidad de concluir rapidamente con ese “colectivismo de pobreza y sufrimiento”. Era una posición política con una visión teórica más amplia como fundamento. Desde L’Ordine Nuovo —el semanario que fundó tras la Revolución de Octubre en Rusia—, como desde el movimiento para ocupar las fábricas de Italia, pidió a los obreros revolucionarios que lucharan por los salarios y, por lo tanto, para una distribución más equitativa de los bienes sociales, pero también y sobre todo, por ser “productores” que toman “control de la producción” y por tanto “desarrollar planes de trabajo”. De esta forma, promover también el desarrollo de las fuerzas productivas. Los obreros revolucionarios deben saber cómo hacer uso de los recursos “tecnológicos más avanzados” que  “(en cierto sentido) es independiente del método de apropiación de los bienes producidos”, es decir, son autonomos del capitalismo o del socialismo. No por casualidad, entre octubre y noviembre de 1919, L’Ordine Nuovo dedicó varios artículos al taylorismo, analizando, a partir de este  último análisis, la distinción entre “ricos logros científicos del taylorismo” (mencionado por Lenin) y sus usos capitalistas. En este sentido, como se observó más tarde en los Cuadernos de la Carcel, algo que ya en L’Ordine Nuovo había reclamado su “americanismo”. Era el americanismo al que Lenin, Bujarin y Stalin se referían directa o indirectamente.

Y debe quedar claro que se trata de un “americanismo” que no excluye de ningún modo un juicio y una clara condena del capitalismo y el imperialismo estadounidenses. A los ojos de Gramsci, este país que, a pesar de sus profesiones de fe democrática, impuso la esclavitud a los negros durante mucho tiempo y que, incluso después de la Guerra Civil, se caracterizó por un régimen terrorista de supremacía blanca, como lo demuestra el “linchamiento de negros por las muchedumbres incitados por los comerciantes atroces que habían sido desposeídos de la carne humana”. Ese terrorismo también se manifestó en términos de política exterior: La República de América del Norte amenazó con privar a los rusos del grano necesario para su supervivencia y, por lo tanto, morir de hambre al pueblo que había sido convocado por la Revolución de Octubre y tentado a seguir su ejemplo.

El “americanismo”, entendido como atención al problema del desarrollo de las fuerzas productivas, estimuló a Gramsci, a principios de los años ‘30, a saludar con entusiasmo el lanzamiento del primer Plan Quinquenal soviético: el desarrollo económico e industrial del país que surgió de La Revolución de Octubre demostró que, lejos de estimular el “fatalismo y la pasividad”, de hecho, “el concepto de materialismo histórico […] da lugar a un florecimiento de iniciativas y empresas que asombra a muchos observadores”. El materialismo y el marxismo demostraron la capacidad de influir concretamente en la realidad, no sólo inspirando revoluciones como la que se produjo en Rusia, sino también promoviendo el crecimiento de la riqueza social y liberando a las masas de siglos de pobreza y privaciones.

Más decepcionada que nunca, incluso indignada por los acontecimientos en la Rusia soviética, se manifestó Simone Weil, quien en 1932 llega a un enfrentamiento final con el país que ella había inicialmente mirado con simpatía y esperanza: la Rusia soviética se había tornado América. La eficiencia, la productividad y el “Taylorismo” eran sus  modelos. Ya no podía haber dudas.

El hecho de que Stalin ha abandonado los puntos de vista de Marx sobre este tema, que está en el centro del conflicto entre el capital y el trabajo, y ha sido seducido por el sistema capitalista en su forma más perfecta, demuestra que la URSS todavía está bastante lejos de tener una cultura de la clase trabajadora. 

De hecho, la posición tomada aquí no tiene nada que ver con Marx y Engels: según el Manifiesto Comunista, el capitalismo está destinado a ser superado porque, después de desarrollar las fuerzas productivas con un alcance y una velocidad sin precedentes, se convierte en un obstáculo para su desarrollo, como lo confirman las recurrentes crisis de sobreproducción. Esta filósofa francesa, profundamente cristiana, también inclinada al populismo, reconoce el país que emergió de la Revolución de Octubre sólo hasta la etapa de distribución más o menos equitativa de la pobreza o las privaciónes; más tarde, además de romper con la Rusia soviética, Weil también rompe con Marx y Engels.

Desigualdad Global y Desigualdad en China

El populismo continúa haciendo sentir su presencia más que nunca en el descalificador juicio que la izquierda occidental transmite de la China actual. Es notorio que las reformas introducidas por Deng Xiaoping impulsaron un boom económico sin precedentes en la historia, con cientos y miles de millones de personas liberadas de la pobreza, pero esto es básicamente irrelevante para los populistas.

¿La eliminación de la pobreza masiva y desesperada se produce al mismo tiempo que el incremento de la desigualdad? La respuesta a esa pregunta es menos obvia de lo que puede parecer a primera vista. A lo largo de la historia, los partidos comunistas han ganado el poder sólo en países relativamente poco desarrollados desde el punto de vista económico y tecnológico; Por esta razón, tuvieron que luchar contra no uno sino dos tipos de desigualdad: 1) la desigualdad existente a escala global entre los países más y menos desarrollados; y 2) la desigualdad existente dentro de cada país. Sólo si tenemos en cuenta ambos lados de la lucha podemos hacer un balance adecuado de esta reforma política. Con respecto al primer tipo de desigualdad, no hay dudas: internacionalmente, la desigualdad global se está nivelando fuertemente. Sí, China está alcanzando gradualmente a los países capitalistas occidentales más avanzados. ¡Es un punto de inflexión!

En los últimos años del siglo XX, un prominente científico político estadounidense señaló que si el proceso de industrialización y modernización que comenzó con Deng Xiaoping llega a tener éxito, “la aparición de China como una potencia mayor empequeñece cualquier fenómeno comparable durante la última mitad del segundo milenio”. Quince años después, también refiriendose la prodigioso desarrollo del gran país asiático, un no menos ilustre historiador británico señala: “lo que estamos viviendo ahora es el final de los 500 años de predominio occidental”. Los dos autores citados aquí comparten la misma visión, enfática, del momento. Hace unos cinco siglos, el descubrimiento/conquista de América tuvo lugar. En otras palabras, el ascenso extraordinariamente rápido de China está terminando o promete poner fin a la “época colombina”, un período caracterizado por una extrema desigualdad en las relaciones internacionales: el liderazgo distintivo de Occidente en economía, tecnología y poder militar le ha permitido someter y saquear el resto del mundo durante siglos.

La lucha contra la desigualdad global es parte de la lucha contra el colonialismo y el neocolonialismo. Mao lo entendió bien y, en un discurso pronunciado el 16 de septiembre de 1949 (“La bancarrota de la concepción idealista de la historia”), advirtió que Washington quiere que China se reduzca a confiar  “en la harina nortemericana, en otras palabras, para convertirse en una colonia norteamericana”. De hecho, la recién fundada República Popular de China se convirtió en el objetivo de un embargo letal impuesto por los Estados Unidos. Sus objetivos quedan claros a partir de los estudios realizados por el gobierno de Truman y las confesiones y declaraciones de sus líderes. Partió de la premisa de que el tipo de medida que podía derrotar y expulsar al gobierno comunista “es más económico que militar o político”. Y así, necesitaban asegurar que China sufriera o continuara sufriendo el flagelo de un “nivel de vida general” alrededor y por debajo del nivel de subsistencia”; Washington se sentía comprometido a causar “retraso económico” y “retraso cultural” y conducir un país de “necesidades desesperadas” a una “situación económica catastrófica”, “hacia el desastre”y el “colapso”. En la Casa Blanca, un presidente sucede a otro, pero el embargo permanece, y es tan despiadado que incluye medicamentos, tractores y fertilizantes. En resumen: a principios de los años sesenta, un colaborador del gobierno de Kennedy, Walt W. Rostow, señaló que, debido a esta política, el desarrollo económico de China se retrasó por lo menos “decenas de años”.

No hay duda: las reformas de Deng Xiaoping estimularon en gran medida la lucha contra la desigualdad a nivel global y han colocado la independencia económica (y política) de China sobre una base sólida. La alta tecnología tampoco es ya un monopolio de Occidente. Ahora percibimos como posible superar la división internacional del trabajo, que durante siglos ha sometido a las personas fuera de Occidente a una condición servil o semi-servil o las ha relegado a lo más postergado del mercado de trabajo. Por lo tanto, se está esbozando una revolución a nivel mundial que la izquierda occidental no parece haber notado. Racionalmente, consideran una huelga por la obtención de mejores salarios o mejores condiciones de trabajo en una fábrica como parte integral del proceso de emancipación, o lo consideran en el contexto de la división patriarcal del trabajo. Es muy extraño entonces que la lucha para acabar con la opresiva división internacional del trabajo que se estableció a través de la fuerza armada durante la “época colombina” se considere algo ajeno al proceso de emancipación.

En cualquier caso, aquellos que condenan a China en su conjunto debido a sus desigualdades harían bien en considerar que Deng Xiaoping también promovió sus políticas de reforma como parte de la lucha contra la desigualdad planetaria. En una conversación el 10 de octubre de 1978, Deng señaló que la “brecha” de la tecnología se estaba expandiendo en comparación con los países más avanzados; éstos se estaban desarrollando “con una velocidad tremenda”, mientras que China no podía mantenerse en forma alguna. Y, 10 años después, “la alta tecnología avanza a un ritmo tremendo”; de modo que existe el riesgo de que “la brecha entre China y otros países se amplíe”.

Desigualdad cuantitativa y cualitativa

Llamar la atención sobre la importancia de la desigualdad global no significa perder de vista el segundo tipo de desigualdad. Entonces, ¿qué está pasando con la desigualdad existente en China? ¿Las reformas introducidas por Deng Xiaoping la han incrementado a un punto intolerable?

Antes de contestar a estas preguntas, debemos hacer una observación preliminar: tanto la NEP soviética como el nuevo curso chino fueron precedidos por la pobreza y la escasez aguda y generalizada, suficiente para causar hambre a gran escala; había que terminar con esta situación y evitar que se repitiera. Esto marcó un punto de inflexión tanto en la Rusia soviética como en China. Ahora bien, ¿cómo se combate la desigualdad en una situación económica tan desesperada?

En el sentido cuantitativo, la distribución de los escasos recursos disponibles puede inspirarse enfatizando el igualitarismo, con el fin de tratar de alimentar a individuos, familias y pueblos uniformemente. Sin embargo, la carencia global de recursos disponibles no cambia, ni tampoco las diferentes necesidades (los individuos más débiles sucumben más fácilmente que los demás). En tales condiciones, el hambre puede ser contenida pero no eliminada. Pues bien, el pedazo de pan que permite a los más afortunados sobrevivir,  modesto y reducido en términos de cantidad, ratifica sin embargo una desigualdad absoluta en términos de calidad, la desigualdad absoluta que existe entre la vida y la muerte. En otras palabras, cuando la escasez alcanza un nivel extremo, la lucha contra la desigualdad sólo puede abordarse eficazmente centrándose en el desarrollo de las fuerzas productivas. Es decir, incluso con respecto al segundo tipo de desigualdad, la desigualdad al interior de un solo país, las reformas de Deng Xiaoping eliminaron de una vez por todas la inequidad cualitativa absoluta inherente al hambre y el riesgo de hambre.

Por supuesto, una vez que este flagelo haya terminado de una vez por todas, es hora de abordar el problema de la lucha contra la desigualdad cuantitativa, así como lograr lo que Deng Xiaoping llamó “prosperidad común”. No hay duda: el logro de este objetivo está aún lejos. Según el coeficiente de Gini, que mide la distribución de los ingresos dentro de un solo país, la polarización social ha alcanzado niveles alarmantes en China. Por supuesto, debemos prestar mucha atención al coeficiente de Gini, pero sin sobrestimar su significado. A pesar de su utilidad, tiene limitaciones fundamentales: no sólo no distingue entre los dos tipos de desigualdad (lo global y lo local), sino que tampoco nos dice nada sobre las tendencias subyacentes de la desigualdad local en un país dado.

Los cambios que han ocurrido en las últimas décadas en China podrían ser ilustrados con una metáfora. Hay dos trenes que van desde una estación llamada “subdesarrollo” y se dirigen hacia una estación llamada “desarrollo”. Uno de los dos trenes es muy rápido, mientras que el otro tren es más lento: por consiguiente, la distancia entre los dos aumenta progresivamente. Esta discrepancia puede explicarse fácilmente si se tiene en cuenta el tamaño de la China continental y su tormentosa historia: las regiones costeras, que ya contaban con infraestructura (aunque elemental), tenían un acceso más fácil y mayores posibilidades de comercio con las zonas desarrolladas. Una situación mejor que las regiones tradicionalmente menos desarrolladas que están lejos del litoral y tienen como países vecinos a zonas signadas por el estancamiento económico. Está claro que la distancia entre los dos trenes que viajan a velocidades diferentes se ensancha, pero no debemos perder de vista tres puntos fundamentales: en primer lugar, la dirección (el desarrollo) es la misma; segundo, en la actualidad hay algunas regiones del interior que están viendo crecer sus ingresos más rápido que el de las regiones costeras; en tercer lugar, debido al impresionante proceso de urbanización (que empuja a la población hacia las regiones y áreas más desarrolladas), el tren más rápido tiende a transportar más pasajeros. No sorprende que si tomamos a China como un todo, vemos un crecimiento constante y considerable de la clase media, así como una mayor difusión de la protección social y las características del estado de bienestar.

Sin embargo, la advertencia implícita en los valores reportados por el coeficiente de Gini sigue siendo aplicable: si no se contiene de manera apropiada y oportuna, la desigualdad cuantitativa también puede dar lugar a una desestabilización social y política.

Riqueza y Poder Político: Una Relación conflictiva

La desestabilización social y política también puede provenir de otro frente. ¿Hasta cuándo los nuevos ricos seguirán aceptando una situación en la que pueden gozar tranquilamente de su riqueza económica (acumulada legítimamente) pero no pueden convertirla en poder político?

Mao era consciente de este problema. En 1958, respondió a las críticas de la Unión Soviética sobre la persistencia de áreas capitalistas en la economía china diciendo: “Todavía hay capitalistas en China, pero el Estado está bajo el liderazgo del Partido Comunista”. Casi treinta años más tarde, en agosto de 1985, Deng Xiaoping hizo una observación: “Tal vez Lenin tuvo una buena idea cuando adoptó la Nueva Política Económica”. Es una comparación indirecta entre la NEP soviética y las políticas de reforma adoptadas por Deng Xiaoping en China. Es obvio lo que ambos tienen en común: la expropiación política total de la burguesía, que no equivale a la expropiación económica total. Por supuesto, también hay diferencias. La NEP implicaba una parte muy pequeña de la economía privada y estaba pensada principalmente como un “retiro” temporal. En otras palabras, lo que impulsaba la NEP soviética era la necesidad de encontrar alguna forma de salir de una situación económicamente desesperada. No hay una reflexión en profundidad sobre qué modelo económico perseguir: no es sorprendente que, según el testimonio de Benjamin, que ya hemos visto, el hombre rico de la NEP, que debía contribuir al desarrollo de las fuerzas productivas, se enfrentaba a un “terrible aislamiento social”. La política adoptada por Deng Xiaoping deja, por otra parte, un claro dato histórico: la experiencia ha demostrado que la economía totalmente colectivista borra todos los incentivos materiales y los motivos de la competencia, allanando el camino (como lo hemos visto) a la falta de compromiso y al ausentismo; A su vez, el populismo que veía la riqueza y la ganancia como un pecado obstaculizaba el desarrollo del espíritu empresarial y la innovación tecnológica.

Al iniciar sus políticas de reforma y apertura, Deng era consciente de los riesgos inherentes. En octubre de 1978 advirtió: “No permitiremos que se conforme una nueva burguesía”. Este objetivo no se contradice con la tolerancia concedida a los capitalistas individuales. Por supuesto, se les debe dar mucha consideración. Sin embargo, hay un aspecto que es primordial: “la lucha contra ellos, en tanto individuos, es diferente de la lucha de una clase contra otra, como ocurrió en el pasado (estos individuos no pueden formar una clase cohesiva y abierta). Aunque hay restos de la vieja lucha de clases, en general, con el fortalecimiento de la revolución y el poder del partido comunista, se creó una nueva situación. “¿Es posible que surja una nueva burguesía? Un puñado de elementos burgueses pueden aparecer, pero no formarán una clase “, especialmente porque hay un” aparato estatal “que es “poderoso” y capaz de controlarlos. Además del poder del Estado, la ideología juega un papel importante: muchos de los nuevos ricos, aunque no comunistas, se sienten patrióticos y comparten el horror al “siglo de la humillación” que comenzó con las Guerras del Opio y terminó con la victoria de la revolución, por lo que estos nuevos ricos también comparten el sueño del “rejuvenecimiento de la nación china”.

De todas maneras, precisamente como consecuencia del éxito de las reformas políticas y del extraordinario crecimiento económico de China, el número de millonarios y multimillonarios está creciendo dramáticamente; ¿La riqueza acumulada por los nuevos capitalistas influirá en la política?. Es a la luz de esta preocupación que puede comprenderse plenamente la campaña en curso contra la corrupción. El proceso de limpieza no tiene por objeto únicamente consolidar el consenso social hacia el Partido Comunista de China y el gobierno; significa implementar la estrategia de Deng Xiaoping y así evitar que los “elementos burgueses” formen una clase lista para tomar el poder.

Las Miradas desde el Oeste: ¿Democratización o Plutocratización de China?

Los capitalistas que se establecieron y continúan estableciéndose sólo pueden ser un peligro real si se alían con círculos imperialistas o proimperialistas comprometidos a lograr una “revolución de color” también en China. Fortalecidos por su excesivo poder mediático, durante mucho tiempo los Estados Unidos han estado tratando de consolidar su hegemonía mundial para imponer una “democracia” en China en el tiempo y la forma que dicta Washington.

Con esta conducta, Estados Unidos ignora las lecciones que ofrece su propia historia nacional y el propio liberalismo, la escuela de pensamiento que pretenden representar. En 1787, justo antes de la implementación de la Constitución Federal, Alexander Hamilton explicó que los límites al poder y el establecimiento del estado de derecho habían tenido éxito en dos países “insulares”, Gran Bretaña y Estados Unidos, gracias a la protección dada por el océano y su posición geopolítica que los protege de amenazas de potencias rivales. Si los planes para una asociación federal hubiesen fracasado y un sistema de estados similar al de Europa se hubiese formado sobre sus ruinas, pronto Estados Unidos habría visto a un ejército permanente, un fuerte poder central y a un absolutismo sin miramientos. “Así, en poco tiempo hubiéramos visto establecidos en todo este país, los mismos motores del despotismo que han sido el azote del viejo mundo”. Hamilton atribuyó tanto peso a la seguridad geopolítica en la creación de un sistema basado en el estado de derecho que escribió que, si en lugar de ser una isla rodeada y protegida por el mar, Gran Bretaña hubiese sido parte del continente, “hoy será víctima del poder absoluto de un solo hombre”, al igual que las demás potencias continentales europeas (194). Por otra parte, según Hamilton, cuando “la preservación de la paz pública” se ve amenazada por “ataques externos” o por “convulsiones internas”, incluso un país como Estados Unidos, que también goza de una posición geopolítica extremadamente afortunada está autorizado a recurrir a un poder fuerte “sin limitaciones” y sin “grilletes constitucionales”.

De hecho, incluso protegida por el Atlántico y el Pacífico, cada vez que se ha sentido, con razón o sin ella, en peligro, la República de América del Norte ha fortalecido más o menos drásticamente el poder ejecutivo y restringió en mayor o menor medida la libertad de asociación y expresión. Este fue el caso en los años inmediatamente posteriores a la Revolución Francesa (cuando sus seguidores en América fueron afectados por las duras medidas proporcionadas por las Leyes de Extranjería y Sedición) y durante la Guerra Civil, la Primera Guerra Mundial, la Gran Depresión, la Guerra Mundial II, la Guerra Fría y la situación creada por el ataque a las Torres Gemelas. Para dar un ejemplo: ¿Qué pasó con las libertades liberales tradicionales después del paso, el 16 de mayo de 1918, de la Ley de Espionaje? Con base en esta ley, una persona podría ser sentenciada a hasta 20 años de prisión por haber expresado:

Cualquier lenguaje desleal, profano, escandaloso o abusivo sobre la forma de gobierno de los Estados Unidos, o la Constitución de los Estados Unidos, o las fuerzas militares o navales de los Estados Unidos, o la bandera…] O el uniforme del Ejército o Armada de los Estados Unidos.

Si los líderes de Washington estuvieran realmente convencidos de la bandera de la democracia que no se cansan de agitar, buscarían, de alguna manera, reforzar la paz geopolítica y una sensación de seguridad en los países que ellos pretenden que sean democráticos. Al final de la Guerra Fría (como lo reconocía tranquilamente un erudito que era asesor del vicepresidente Dick Cheney), EE.UU. fue la única superpotencia que utilizó sus fuerzas navales y aéreas para violar “el espacio aéreo y las aguas territoriales de China con poco temor de acoso e interdicción” sin escrúpulos y con impunidad. El gran país asiático era impotente en ese momento. Hoy, la situación ha cambiado significativamente. Sin embargo, Estados Unidos sigue siendo capaz de controlar los canales de comunicaciones marítimas. Por lo tanto, “China sigue siendo vulnerable a los efectos de un bloqueo naval, y lo será aún más en la medida que crezca su economía”. De hecho, “su destino podría depender de la paciencia americana” . Y es esta situación que los Estados Unidos se esfuerzan por perpetuar. Todo esto no es propicio para el desarrollo del imperio de la ley.

La campaña de Occidente para la “democratización” de China se está produciendo, como muchos analistas políticos se ven obligados a ver, junto al declive de la democracia en Occidente. Unos años antes de la crisis económica, se podía leer en el International Herald Tribune que los Estados Unidos se habían convertido en una “plutocracia”; Ahora las fuerzas de la riqueza privada y corporativa ya se han apoderado de las instituciones políticas, mientras que el resto de la población está marginada. Hoy en día, tanto en la izquierda como entre los que se oponen completamente a la tradición marxista, es común leer que, en Occidente, y principalmente en los Estados Unidos, la plutocracia ha tomado el lugar de la democracia. Podemos concluir que la campaña en curso para la “democratización” de China es en realidad una campaña para su plutocratización, en la dirección opuesta a la “expropiación política” de la burguesía, que ha tenido lugar desde 1949 en el gran país asiático.

Una segunda campaña, como es habitual, llevada a cabo por Washington y Bruselas, requiere una liquidación sustancial del sector estatal y de la economía pública, que desempeñan un papel tan importante en la lucha contra dos grandes desigualdades: en el ámbito internacional, este sector hace una importante contribución al desarrollo tecnológico de China, cerrando cada vez más la brecha con los países avanzados; internamente, el sector estatal y la economía pública reducen las desigualdades entre las diferentes regiones, acelerando el desarrollo de las regiones menos desarrolladas de China, que ahora están creciendo a un ritmo mucho más rápido que las regiones costeras. Si esta segunda campaña lanzada por Occidente hubiese tenido éxito, la expropiación “económica” de la burguesía, ya reducida, habría sido cancelada por completo, para que la burguesía pudiera aumentar enormemente su influencia en la sociedad y allanar así el camino para la conquista del poder político.

Está muy claro qué armas se utilizan para luchar contra el país que ha surgido de la mayor revolución anticolonial de la historia para participar en un proceso a largo plazo de construcción de una sociedad post-capitalista y socialista. ¿Qué lado tomará la izquierda occidental?

Departamento de Humanidades, Universidad de Urbino, Urbino, Italia

Traducción del inglés: Fabrizio Sanguinetti y Mario Toer

Notas

  1. Sobre Benjamin y Roth, ver Losurdo (2013, capítulo VII, § 3); en mi libro book me refiero más en profundidad a los problemas analizadoe en este ensayo.

Declaración sobre divulgación

Ningún conflicto potencial de interés fue reportado por el autor.

Notas sobre el colaborador

Domenico Losurdo es profesor emérito de filosofía en la Universidad de Urbino, Italia. Es autor de muchos libros, algunos de los cuales han sido traducidos a muchos idiomas. Heidegger y la Ideología de la Guerra (New York: Humanity Books, 2001); Hegel y la Libertad de los Modernos (Durham y Londres: Duke University Press, 2004); Liberalism: A Counter-History (Londres: Verso, 2011); Guerra y Revolución: Repensar el Siglo Veinte (Londres: Verso, 2015); La no violencia: una historia más allá del mito (Nueva York y Londres: Lexington, 2015).

  1. véase Losurdo 2013, 185.
  2. Marx y Engels 1955-89, vol. 4, 484, 489, traducido del italiano.
  3. Lenin 1955-70, vol. 31, 283-84, traducido del italiano.
  4. Lenin 1955-70, vol. 31, 283-84, traducido del italiano.
  5. Figes 1996, 771.
  6. Marx y Engels 1955-89, vol. 4, 151, traducido del italiano.
  7. Snow [1937] 1972, 262.
  8. Mitter, 2014, 192.
  9. Mao 1965 – 77, volumen 2, 344.
  10. Mao 1965 – 77, vol. 5, 357.
  11. Sisci 1994, 86, 89, 102.
  12. Deng 1992-95, vol. 3, 122, 174.
  13. Bloch [1918] 1971, 298.
  14. Lenin 1955-70, vol. 33, 254- 55, traducido del italiano.
  15. Gramsci 1982, 516, traducido del italiano.
  16. Gramsci [1926] 1971, 129-30.
  17. 129-30.
  18. 129 – 30.
  19. Citado en Losurdo 2013, 227-28, traducido del italiano.
  20. Citado en Losurdo 2013, 184, traducido del italiano.
  21. Pascal 1982, 33-34, traducido del italiano.
  22. citado en Losurdo 2013, 192.
  23. citado en Losurdo 2013, 192, traducido del italiano.
  24. Marx y Engels 1955-89, vol. 4, 151, traducido del italiano.
  25. Snow [1937] 1972, 262.
  26. Mitter, 2014, 192.
  27. Mao 1965 – 77, volumen 2, 344.
  28. Mao 1965- 77, vol. 5, 357.
  29. Sisci 1994, 86, 89, 102.
  30. Deng 1992-95, vol. 3, 122, 174.
  31. Bloch [1918] 1971, 298.
  32. Lenin 1955-70, vol. 33, 254- 55, traducido del italiano.
  33. Gramsci 1982, 516, traducido del italiano.
  34. Gramsci [1926] 1971, 129-30.
  35. Gramsci, 129-30.
  36. Gramsci, 129 – 30.
  37. Citado en Losurdo 2013, 227-28, traducido del italiano.
  38. Citado en Losurdo 2013, 184, traducido del italiano.
  39. Pascal 1982, 33-34, traducido del italiano.
  40. citado en Losurdo 2013, 192.
  41. citado en Losurdo 2013, 192, traducido del italiano.
  42. Lenin, 1955-70, volumen 45, 27, 231.
  43. citado en Losurdo 2007, capítulo III, § 2.
  44. citado en Losurdo 2007, capítulo III, § 2.
  45. Gramsci 1987, 622, 607-8, 624, traducido del italiano
  46. Gramsci 1975, 72, traducido del italiano.
  47. Losurdo 1997, capítulo II, 11-12, traducido del italiano.
  48. Gramsci 1975, 893, 2763-64, traducido del italiano.
  49. Weil 1989 – 91, 106 – 7.
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  52. Mao 1965-77, Vol. 4, 453.
  53. Zhang 2002, 20–22, 25, 27.
  54. Zhang 2002, 83, 179, 198.
  55. Zhang 2002, 250.
  56. Deng 1992-95, volumen 2, 143, volumen 3, 273.
  57. Deng 1992-95, vol. 3, 174.
  58. Mao, 1998, 251.
  59. Deng 1992-95, vol. , 144, 178.
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  61. Hamilton 2001, 192.
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[1] 1. Sobre Benjamin y Roth, ver Losurdo (2013, capítulo VII, § 3); En mi libro me refiero a una profundización de los problemas discutidos en este ensayo.

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