Colimba voluntaria y pedagogía del odio

Por Daniel Suarez*

        El macrismo odia a la escuela, a lxs maestrxs y a lxs pibxs pobres, morochxs y desafiliadxs que se cayeron de la educación pública y que tienen impugnado el futuro como un destino fatal. Y odia a la escuela, lxs docentes y a esxs pibes tanto como lo público, la democracia y lo popular: visceralmente, de manera cada vez más abierta e impune. Ese odio no es simple desdén de clase trasvestido en tolerancia, ni es un sentimiento íntimo, secreto, contenido. Es un odio muy productivo; un desprecio histórico que pretende refundar una y otra vez una forma de vida para lxs argentinxs; un odio político que se activa mediante discursos y prácticas orientadas a profundizar la grieta que separa a una minoría muy rica, autoritaria y protegida del pueblo mayoritario, plural, cada vez más pobre y peligroso, que los aísla y cuida de los sectores y grupos sociales que resisten, inventan alternativas o se avienen a domesticar sus necesidades, expectativas y deseos. Es estructural y estructurante, ya que pretende restaurar asimetrías disputadas e reinstalar el ordenamiento social en torno de la división que él mismo produce e intenta naturalizar. Es también un odio pedagógico, es decir, un odio que se institucionaliza y produce efectos mediante nuevas formas de socialización, de constitución y formación de sujetos: un odio que cambia para las mayorías futuro por destino.

Más allá de cualquier tecnicismo o disimulo coacheado, ese odio oligárquico reciclado es el principio pedagógico que inspira las políticas educativas del poder macrista; un desprecio violento que se remonta a la “campaña del desierto”, que se reedita en los golpes de estado, que se desborda en la última dictadura militar y que ahora apela a sectores de la justicia y los mass-media corporativos para tornarse “republicano”. Persiguiendo la ruta de ese odio, reconstruyendo sus itinerarios y las zonas de impacto que genera en su despliegue, es que podremos encontrar un núcleo de sentido que lo vincula también con las políticas económicas, sociales, de seguridad, internacionales del gobierno y, en última instancia, con el odio civilizatorio remasterizado de la globalización neoliberal en la era Trump.

A lo largo de sus gobiernos en la Ciudad, en la Nación y en las provincias (en particular, la de Buenos Aires), el macrismo ya ha dado indicios de esta aversión inspiradora mediante un conjunto de iniciativas político-educativas aparentemente dispersas e inconexas, pero muy arteras y eficaces en términos mediáticos. Si las atendemos con cierto cuidado, las despojamos del discurso edulcorado y mediatizado con que suelen anunciarse, resistimos a discutirlas como nos proponen: una por una, por separado y reactivamente, e intentamos renombrarlas en una serie que permita pensarlas en una totalización que les da sentido, nos será posible reconstruir la pedagogía del odio que inspira la imaginación político educativa del macrismo. Propongo, en síntesis, tomarnos en serio la productividad pedagógica del gobierno y sus aliados, y dejar de lado la certeza miope de su torpeza ideológica, impericia técnica e idiotez política. Al calor de una campaña electoral que le permite sincerarse por derecha, el macrismo confiesa su odio y no solo lo ejerce. Y eso facilita la tarea.

Repasemos de manera sumaria alguna de las pistas que nos había dejado el gobierno hasta ahora, para identificar al odio como el principio pedagógico de su proyecto educativo y cultural:

  • un sinfín de promesas incumplidas y de mentiras cínicas como gesto político de desprecio: desde el “hambre cero” hasta la construcción de los 3 mil jardines de infantes, los salarios docentes de 40 mil pesos en 2015, la posibilidad de la continuidad de los estudios, más y mejor trabajo, la “revolución de la alegría”;
  • la desacreditación pública del sistema escolar, descripto como una “fábrica de chorizos”, caracterizado como un lugar donde “se cae”, deslegitimado como un dispositivo obsoleto que no puede garantizar las exigencias del mercado y del mundo al que finalmente hemos accedido, desprestigiado como un lugar y unos tiempos que no merecen ser habitados y vividos;
  • el desfinanciamiento sostenido de las escuelas públicas, al punto de hacerlas estallar, de reducir oportunidades educativas mediante el cierre de establecimientos y cursos, y de desafiliar de ellas a miles de chicxs mediante la suspensión de programas de inclusión educativa;
  • las propuestas de privatizaciones encubiertas de los “servicios educativos”, que amenazan con tercerizar la pedagogía escolar centrada en la enseñanza de docentes a favor de empresas de software educativo para el “autoaprendizaje” de lxs estudiantes, con transferir recursos públicos a grupos privados para financiar sus “innovaciones educativas”, y con inaugurar una plataforma inédita de negocios para atraer “inversores” al mercado cautivo de la educación estatal;
  • el ninguneo a lxs docentes como sujeto colectivo y pedagógico, expresado tanto en la negativa a desarrollar las “paritarias docentes” y devaluar su salario, como en la persistente descalificación de lxs maestrxs y profesorxs como inoperantes, holgazanes, irresponsables o mafiosos;
  • la desacreditación de las tradiciones institucionales y pedagógicas de la formación de lxs docentes, mediante el cierre compulsivo de establecimientos, la imposición de reformas infundadas e indefendibles como la UNICABA, la impugnación de los saberes construidos, los debates sostenidos, las innovaciones experimentadas y las prácticas político-académicas desarrolladas por años por los actores de la formación;
  • el ninguneo a lxs alumnxs que logran quedarse en la escuela, al considerarlxs como “cerebros sin sujetos” y sin historia, a los que hay que estimular socio-afectivamente para que se adapten a las “incertidumbres” del mundo del trabajo, desconociendo sus trayectorias y expectativas, o desautorizando y criminalizando sus manifestaciones políticas, estigmatizándolos mediante “listas negras” y judicializando los asuntos escolares y pedagógicos;
  • la promoción del “gatillo fácil” y las políticas de represión y disciplinamiento militarizado destinadas a amplios sectores de adolescentes en edad de obligatoriedad escolar que actualmente no estudian ni trabajan, ni tienen oportunidades de hacerlo.

Sin embargo, desde que están en campaña y embarcados en retener o convencer a su núcleo duro de adeptos con vistas a una disputa electoral muy polarizada, los voceros de esta derecha reciclada hacen explícito su programa y, ya sin ningún empacho ni ambigüedad, regalan su odio y demarcan con mayor precisión la grieta que está empeñado en consolidar. Patricia Bullrich, la ministra de seguridad de la Nación, acompañada por el ministro de educación, anuncia en los medios la irrupción por decreto de un nuevo dispositivo pedagógico: el Servicio Cívico Voluntario en Valores, la aparición insospechada de una nueva institución educativa: la gendarmería, la emergencia de un nuevo sujeto de pedagogía: el gendarme, y la focalización del objetivo en un nuevo destinatario del control social militarizado: los adolescentes de 16 a 20 años que tuvieron que dejar la escuela, que no consiguen ni buscan ya trabajo y que son potenciales enemigos públicos, a no ser que se los discipline o coopte.

La devenida portavoz pedagógica del gobierno justifica esta expansión de las fuerzas represivas sobre la educación obligatoria con la precisión de la brutalidad: la gendarmería es “más valorada (socialmente) que la educación pública, que la iglesia y ni que hablar de la política”, por eso puede formar en “valores cívicos” y hacerse cargo de lo que la escuela y los docentes no pueden. “Qué tiene de malo que sea un gendarme (el que forme)?”, se pregunta. Y se contesta: “Como cualquier otra fuerza de seguridad, (la gendarmería) es una institución educativa que tiene capacidades como cualquier institución educativa” y que, además, tiene la virtud de dar “contención e idea de responsabilidad y disciplina”1. De un solo disparo mediático la ministra pretendió abatir los derechos de los niños, niñas y adolescentes que abrazan nuestra Constitución y nuestro aparato escolar público, reducir la responsabilidad excluyente de la escuela en las tareas públicas de formación en valores democráticos, aniquilar la especialización pedagógica de lxs docentes como sujetos de la transmisión cultural y la socialización ciudadana de las nuevas generaciones, y resolver militarmente el problema de gobierno, control y destino de los adolescentes desafiliados que la escuela y lxs docentes no supieron retener, y que están condenados al delito, la droga, el piquete, el choripán y la cárcel.

Esta vez sí una perfecta y explícita síntesis de la pedagogía del odio macrista y de sus políticas de destitución docente, de desescolarización represiva y de desafiliación social y educativa. El discurso pedagógico y las prácticas político-educativas del macrismo ya no discuten en el terreno de las “políticas de designación” de la identidad docente, es decir, ya no se preocupan por disputar el sentido acerca de cómo debería ser unx docente (¿un técnico?, ¿un semi-profesional?, ¿un profesional?, ¿un investigador de su práctica?, ¿un trabajador asalariado?, ¿un funcionario público?), por cuál sería su mejor formación (¿en las disciplinas escolares?, ¿en la reflexión sobre la práctica?, ¿en didáctica?, ¿en institutos específicos?, ¿en universidades?) y por cómo denominar sus tareas (enseñanza, enseñanza-aprendizaje). Directamente lxs soslaya y lxs desplaza de la escena, lxs reposiciona en el lugar de lo obsoleto y en desuso, los descalifica y ningunea y busca reemplazarlxs por otras figuras educativas, tales como lxs facilitadorxs de aprendizajes, lxs voluntarixs, lxs tutorxs, el software educativo, el auto-aprendizaje y, ahora, los gendarmes. Sin miramientos respecto de su formación pedagógica y didáctica específica, de su afiliación histórica al oficio de enseñar, de los saberes construidos por generaciones y tradiciones de pedagogos, lxs docentes son destituidos de sus posiciones profesionales y arrojados al otro lado de la grieta. La escuela pública también es destituida, deslegitimada y profanada por el marketing de la innovación educativa enlatada o por las virtudes del disciplinamiento militar y el bolsonarismo pedagógico. Es atacada, desarmada y desvalorizada por la pedagogía del odio y por el prejuicio hecho violencia, antes que cualquier operativo técnico de evaluación arroje sus datos. Porque allí van y quieren ir lxs que desprecian y porque en ese lugar y en esos tiempos, en la jornada escolar, docentes, comunidades y pibes luchan por borrar la grieta.

 

*Doctor en Ciencias de la Educación por la UBA. Profesor Titular Regular de Depto. de Ciencias de la Educación y Coordinador del Área Interdisciplinaria de Formación Docente de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Director del proyecto de investigación UBACYT 2018-2020 «Discursos, sujetos y prácticas en la conformación del campo pedagógico» en el Instituto de Investigaciones en Ciencias de la Educación de la misma facultad.

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  1. https://www.pagina12.com.ar/206816-para-patricia-bullrich-un-cuartel-vale-mas-que-una-escuela
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