Comprender la extorsión

Por Ariel Colombo

¿Adónde irá el capital financiero global sobreacumulado? ¿Seguirá impulsando el ascenso de China y de los Brics, o contendrá al declive norteamericano luego de sucesivos intentos fallidos de reindustrialización (incluido previsiblemente el de Trump)? ¿Se iniciará una etapa inédita del capitalismo mundial, aún desteorizada, o se completará exitosamente la transición del proceso de valorización financiera con centro en Nueva York a otra de valorización productiva con eje en Pekín? Las actuales restauraciones o reafirmaciones extorsivas de ideologia neoliberal en América del sur, ¿son inauguraciones cuyo resultado hoy por hoy desconocemos o van a contramano de la tendencia que les subyace y con descenlace tan previsible como catastrófico? Ciertamente, la respuesta solo puede provenir del interior de una política emancipatoria, la de un movimiento político cuya condición de posibilidad se pone en juego a cada instante o coyuntura, y es desde esta perspectiva que resultaría fecundo reflexionar sobre los parámetros sistémicos que pueden socavar, por ejemplo, un ultraliberalismo endeudista como el de la Argentina1. Aquí, en estas pocas líneas, buscaremos únicamente detectar algunas de sus debilidades generales que, eventualmente, llevarán agua para el molino nacional-popular.

Anaciclosis del capitalismo

Durante 550 años la expansión económica tuvo como base un espacio aparentemente ilimitado y por eso el modelo de Giovanni Arrighi, tiene poder predictivo2. Con base en F. Braudel, en paralelo a las ideas de “producción del espacio” y de “acumulación por desposesión” de D. Harvey,  propuso que las crisis capitalistas fueron resueltas una y otra vez ampliando territorialmente la escala de acumulación. Cada ciclo sistémico atraviesa dos fases, una de acumulación material y otra de acumulación financiera, y, mientras se completa la segunda, se inicia solapadamente la primera de un nuevo ciclo en otra ubicación con una influencia geográfica aún mayor. Es decir, en cada ciclo se registra una fase de expansión DM y una fase de expansión MD´; en la primera, el capital dinero pone en movimiento una creciente masa de mercancías, entre estas, la fuerza de trabajo y los recursos naturales, y en las fases de expansión financiera una masa ampliada de capital se libera de su forma mercancía y la acumulación se alcanza por medios financieros. Estas dos fases constituyen lo que ha llamado ciclo sistémico de acumulación (DMD´) y cada uno abarca un siglo “largo”: el genovés desde el siglo XV hasta mediados del siglo XVI, el holandés desde finales del siglo XVI hasta finales del siglo XVIII; el británico desde mediados del siglo XVIII hasta principios del siglo XX, y el estadounidense desde fines del siglo XIX hasta la fase actual de expansión financiera iniciada a principios de la década de 1970, y que estaría llegando a su término a medida que asciende el quinto ciclo encabezado por China, con 1400 millones de personas, y sus múltiples socios en todos los continentes, comenzando por Rusia e India. Ante cada crisis, al final de cada ciclo, el surgimiento de un poder capaz de restaurar el orden global tiene como punto de partida un capital financiero sobreacumulado que se apodera de nuevos activos, incluído el trabajo a bajo costo, a los que lleva a un uso rentable, que profundiza la división del trabajo y reorganiza la producción hasta que de nuevo, por la presión de la competencia, los monopolios de punta son socavados y la masa de beneficios hace caer la tasa de ganancia. Se acumula más capital del que se puede reinvertir ventajosamente y recomienza la etapa especulativa que precipita el caos y la pelea por los mercados con la colaboración de los Estados. En la secuencia productiva los mercados se saturan y ocasionan ganancias decrecientes, y en la financiera, cuando la tasa de ganancia comienza a decrecer, el capital se desplaza nuevamente hacia territorios inexplorados para la producción, y el proceso acumulativo vuelve en espiral abarcando una mayor extensión del mundo3Cada ciclo es capitaneado por un centro de acumulación mundial que es ante todo un centro de dominación política4.

Sin embargo, cuando el capital se mundializó completamente y los derechos políticos fueron igualmente universalizados, el capitalismo liberal enfrentado a las luchas dentro de los Estados nacionales, reemplazó su régimen político sustentado en coordenadas espaciales desplazables y en el que el consentimiento de masas no jugaba un papel determinante. Ciertamente, la historia moderna es la del capitalismo, y el capitalismo es la repetitiva rotación del capital que aspira a la acumulación sin fin, y que bajo la presión de la movilización popular se acelera como estrategia que elude la confrontación a través del espacio. Como construcción que se mundializa enfrenta interferencias revolucionarias y luchas sociales de todo tipo, que la demoran o desvían. Pero en el cuarto ciclo tuvo que hacerlo a través de intercambios intertemporales porque la fuga hacia adelante ya no pudo adoptar un carácter territorial. Arrighi, que proyectó en términos objetivistas una macro-dinámica del capitalismo autopropulsada, no contempló este agotamiento de la solución espacial para la sobreacumulación. Por eso su modelización debe ser revisada y complejizada. Su modelo no contempla al extorsivo como un régimen político diferente al hegemónico, ni los define en términos de transacciones que aplazan los intereses materiales de los trabajadores. En lugar de adoptar el colonialismo y la guerra  como instrumentos privilegiados que colaboraban con dicha fuga violentando las fronteras nacionales, la política capitalista tuvo que acudir a la autolegitimación para superar la insubordinación de masas, la que también se hacía general en un marco en el que los pueblos comenzaron a ejercer derechos duramente conquistados. Frente a la universalización de los derechos políticos, el desplazamiento por el espacio que hizo del capital una forma de dominación “mundial”, fue reemplazado por el aplazamiento en el tiempo que hace del capital una forma de dominación “infinita”. En lugar de la  reespacialización para asegurar la circulación de la mercancía y la rentabilidad del capital, la operación política -si bien se reiterará la incesante venta de fuerza de trabajo pagada por el propio trabajador- consistirá en impedir la elaboración colectiva del futuro y del pasado como dimensiones de la intersubjetividad que tal universalismo, justamente, hace posible. Con la finalización de la segunda guerra mundial la ocupación del espacio mundial fue total, y ante la creciente masividad y radicalidad de las luchas políticas, los capitales ya no tuvieron oportunidades de evasión territorial. Hoy, cuando el espacio es el capital mismo, la tierra hipermodernizada de las metrópolis, la tierra miserabilizada de los suburbios, la tierra arrasada o desertificada por la hiperproducción, la tierra aún virgen pero mercantilizada por el turismo, parece innecesario o imposible la representación política según categorías espaciales. No hay dónde ir ni por dónde ir que no sean los laberintos del mercado porque el capital ocupa integralmente al mundo gracias a la velocidad de los pulsos electrónicos. Obturada la vía de escape tradicional del capital ante la sobreacumulación y ante la insurgencia de masas, el comando político del capital encontró la salida en el aplazamiento o postergación de una distorsiva temporalidad que operará como válvula de seguridad de un sistema que funciona a repetición pero que tiene que empalmar con formas política de dominio que sean también reproducibles. Relativizar la manipulación del espacio en función de la manipulación del tiempo, supuso primero la acumulación material keynesiana a través de promesas contenidas en la relación de hegemonía, y luego con la crisis hegemónica, la acumulación financiera monetarista a través de amenazas contenidas en el vínculo de extorsión. Así, frente a desafíos ante los cuales sólo disponía en primera instancia de la violencia abierta, el capitalismo se impuso bloquear la posibilidad de un tiempo colectivo autónomamente emplazante, y reemplazarlo preventivamente por el diferimiento sine die como estrategia de dominación. Ya no habrá un nuevo centro mundial que concentre el dominio, como pensaba Arrighi, el “cartógrafo del capital”, antes de morir en 2009. La propia interdependencia impide un hegemonista exclusivo y excluyente. El desplazamiento de Nueva York a Pekín de la acumulación (China es ya la segunda potencia económica en términos de poder de compra) no significa que este corrimiento sea lo más relevante desde el punto de vista político. El capital es ahora centro de dominación y acumulación en cualquier parte, pudiendo transportarse de un centro a otro a la velocidad de la luz, y las barricadas populares a levantar son contra la falsa temporalidad de esos mecanismos políticos sucesivos, y que han permitido la relativa estabilidad del capitalismo liberal representativo durante los últimos ochenta años. El desplazamiento ahora es instantáneo, el capital es todo, está en todo, está en todos. Por primera vez ha conformado un régimen genuinamente totalitario, apenas perceptible en tanto que integral, y no resta territorio por invadir, incluido el cuerpo humano. Si hasta la fase de terminación del tercer ciclo británico, aproximadamente entre fines del siglo XIX y la crisis de 1929, el antagonismo popular era desactivado o evitado llevando las inversiones a otro lugar o capturando nuevos mercados o entrando en guerras coloniales, esto es, haciendo imposible cualquier intento de internacionalizar la lucha política que cuestionara al capitalismo, en el cuarto ciclo se logró lo mismo demorándola.

La teoría, a partir de Gramsci, registró correctamente el régimen de hegemonía, pero no el extorsivo, que logra ejecutar políticas antipopulares que no reproducen las bases materiales del consentimiento de los sectores subalternos ganando elecciones, esto es, que obtiene consenso sin ofrecer nada a cambio salvo protección contra un pasado traumático, por ejemplo de inflación con estancamiento, que podría volver. Bajo amenazas de este tipo, el liberalismo pudo imponer el disciplinamiento social y la destrucción de las condiciones de vida, a menudo a través de las mismas fuerzas partidarias que en la secuencia de hegemonía habían construido o extendido el Estado intervencionista keynesiano de bienestar, induciendo a la sociedad a que vote contra sí misma. Por la hegemonía se aceptan los sacrificios actuales a cambio de la promesa de un porvenir de mayores salarios e impuestos, de acuerdo a un índice de transformación de ganancias en inversiones que permanece indeterminado, y que es objeto de disputa política. El problema de los sectores populares y medios asalariados es en este caso conseguir que los propietarios inviertan a partir de una baja tasa de ganancias, y que sus mediadores, sus sindicatos, partidos y gobiernos, hagan promesas en tal sentido y las cumplan a través del Estado. Esta secuencia política, que corresponde a la fase de acumulación productiva del último ciclo mundial iniciado con el ascenso norteamericano y el New Deal de F. Roosevelt5 colapsó a fines de los 60´, a raíz de la insurrección popular en todo el mundo que apuntaba a crear, más allá de la relación hegemónica, otro tipo de sociedad, y que no solo pretendía que la relación hegemónica cumpliera sus promesas materiales y simbólicas sino que el Estado fuera quien controlara el destino de los incrementos de productividad. La segunda fase del ciclo, que Arrighi llama de acumulación financiera, se apoyó por el contrario en un intercambio por el que se aceptan sacrificios actuales bajo amenaza de que puedan ser aún mayores, tal como lo fueron -real o imaginariamente- en algún momento anterior. El chantaje es inferior a la hegemonía, se trata de una subpolítica, y básicamente busca generar la demanda del mismo producto que tiene para ofrecer, es decir, protección contra un pasado catastrófico que sólo el propio chantajista puede provocar6. Este presente paralizante, por la imposibilidad de vincularse con el futuro, es políticamente eficaz para proporcionar consenso sin que la burguesía tenga que cargar con el porvenir de la sociedad porque ha logrado interiorizar en ella un inmediatismo desesperado. Las víctimas tienen que conformarse con no empeorar, mientras los victimarios se esmeran en hacer verosímiles sus amenazas. Los sectores dominantes maximizan las ganancias de corto plazo, y la sociedad, desactivada políticamente por la crisis provocada previamente, acepta bajos ingresos y el deterioro de su vida ante la posibilidad de enfrentarse al desempleo masivo. Si la hegemonía genera expectativas para luego enfriarlas y realizarlas parcialmente, la extorsión agita incesantemente miedos porque también sus amenazas son impracticables en su totalidad. Una prórroga que, sin embargo, siempre es posible porque si la hegemonía cuenta con un futuro imaginario, la extorsión puede dosificar la violencia con impunidad sin transgredir los moldes liberales de la representación7, y lograr que en la percepción popular el pasado inventado siga pareciendo ominoso y que nunca pase o que nunca llegue sea un pasado superado.

Antonio Gramsci, Charles Tilly y el propio Arrighi aludieron al chantaje pero simplemente como una forma degradada de hegemonía, y no incorporaron las dimensiones de la temporalidad en la definición de la hegemonía y de la extorsión cómo formas políticas alternativas del capitalismo liberal representativo8. Tanto en la hegemonía como en la extorsión hay un trueque que es seudotemporal porque su cumplimiento no está sujeto a ningún plazo políticamente exigible. Si la hegemonía alienta esperanzas  para abrir un cauce a la acumulación productiva, la extorsión explota el temor para estabilizar  la acumulación financiera9. En este último caso, el sistema crea una demanda de protección contra los problemas que el mismo ha generado en un momento anterior,  a cambio de la adaptación de la sociedad a la lógica endeudadora. Así, la hegemonía como promesa de un porvenir venturoso que siempre puede ser pospuesto, y la extorsión como amenaza de un pasado disolvente que siempre puede retornar, representan una fuga hacia adelante cada vez más acelerada. Si las promesas incumplidas pueden engendrar demandas materiales que trascienden el dominio hegemónico hacia una sociedad poscapitalista, las amenazas inverosímiles pueden levantar a sectores medios y populares contra una deuda que no contrayeron, e iniciar la transición hacia un nueva etapa de dominio hegemónico. Si esto fuera así, hoy por hoy, el contexto global se halla a mitad de camino: aún no se ha completado el siglo largo que correspondería al cuarto ciclo de Arrighi, y el debilitamiento del régimen extorsivo se superpone con el resurgimiento de un régimen hegemónico que anuncia un nuevo ciclo. Todo indica que se ha iniciado la fase de acumulación productiva del quinto ciclo liderada hegemónicamente por China en estrecha interdependencia con otras potencias emergentes, sin que se haya completado la fase de acumulación financiera del cuarto, controlada extorsivamente por EE.UU. Como en todas las transiciones, lo viejo se resiste a morir y lo nuevo a nacer. Las restauraciones en esta parte del mundo lo exhiben con claridad. Más aún, la extorsión, como régimen global y local a la vez, no sería aún políticamente efectiva si el endeudamiento no se hubiera mimetizado, por así decirlo, con el mecanismo político que lo hizo posible, volviéndose indistinguible de la extorsividad hasta el punto que, lo que antes era un objetivo, se convierte en el medio mismo de dominación o su remplazo funcional.

Neoliberales a contramano

El regimen extorsivo, mundial con sus réplicas locales, comenzó a establecer el vínculo acreedor-deudor a principios de los 70´, reemplazando progresivamente al régimen hegemónico que implementaba el pacto empresarios-asalariados. Principalmente desde 1979 cuando la Reserva Federal levantó las tasas de interés y la deuda pasó a ser un problema político. Hoy el trabajo tiene un solo destino: pagar deudas a través de impuestos10. El reembolso significaría la crisis terminal de la etapa extorsiva-financiera porque precisamente la división de clases se expresa a través de la deuda, la que debe renovarse necesariamente; pagarla o dejar de pagarla es romper con esta forma de dominación (Por eso el kirchnerismo tuvo un carácter tan disruptivo en el gobierno, al acercarse explosivamente a una libertad de maniobra estatal que solo podía proceder del desendeudamiento. El pago sin afectar el crecimiento, la quita, ponerse fuera del control del FMI, etc. indujo en el sistema un terror indefinido). Con la hegemonía toda moneda se referenciaba en un sentido común internacional, el oro. Era un signo que reposaba en el crédito que se le daba. Este credo poseía un doble fundamento, la referencia en un metal sacralizado, y la impronta simbólica del dinero como prenda de unidad nacional y de los pactos interestatales. La obligación de ajustar la cantidad de dinero a la posesión de reservas de oro, obligaba a apoderarse de mercados y de países porque de lo que se trataba era evitar tener que desprenderse de reservas en oro ante una situación de déficit externo. Con la crisis de hegemonía norteamericana a fines de los 60´, la referencia pasó a ser el dólar, convertido en un equivalente universal sin fundamento, convención sin origen para intercambios absolutamente funcionales a la reducción de todos los valores al valor bancario. La transición del oro a la divisa, de una simbolización perversa a la simple desimbolización, fue indicio del paso de la hegemonía a la extorsión. La deuda en oro totemizado era con el futuro, y llegado el término concedido debía cancelarse; la deuda en dólares, en cambio, extingue el futuro porque lo traslada al infinito con deuda que paga deuda. Todos los derechos involucionarán así al derecho de contraer deudas. Ya no más sistemas solidarios de aportes jubilatorios sino aportes individuales a fondos de pensión; ya no más aumentos salariales sino créditos para el consumo; ya no más derecho a la vivienda sino préstamos inmobiliarios. En EE.UU dos tercios de los egresados salen de la universidad endeudados para toda la vida. La deuda de los estudiantes en 2012 alcanzaban casi el billón de dólares, más de la mitad de la deuda de Francia  e Italia; por una deuda mucho menos importante la UE y el FMI no vacilaron en desquiciar a Grecia11. La idea base es que el deudor reorganice su vida en función de pagar deudas, hipoteque su futuro y que además esté convencido de que es por su propio bien. La extorsión endeuda sin capacidad de repago eludiendo pequeños problemas de corto plazo a cambio de grandes problemas en el largo plazo, y con esa transferencia temporal posterga una conflictividad relativamente gobernable pero en dirección a una confrontación incontrolable. Pero, más allá del negociado que representa la intermediación de la deuda ¿es tan irracional como parece?

En lugar de financiar al Estado, durante la etapa de extorsión el ahorro se dirigió a la formación de la renta diferida o complementaria del sector privado, y esta financiarización del ahorro tuvo su origen en el carácter deflacionario del modo de producción poskeynesiano. Dado que los fondos de inversión tenían o tienen que pagar con un dinero revaluado, deben también buscar rendimientos elevados, y por ende, riesgosos12. La deflación produjo dificultades políticas porque la colocación financiera tampoco regenera al capital  sino es a través del trabajo. Si sus rendimientos han crecido durante el neoliberalismo es porque el capital constante se ha corporizado en el cuerpo entero de la sociedad, cuya vida misma es ahora “capital constante” y se halla volcada a trabajar aún fuera de las jornadas habituales o formales. A lo que se agrega que, como gira alrededor de una preferencia política por la liquidez, la oferta de moneda creció independientemente de los objetivos cuantitativos de las autoridades monetarias, con la consiguiente pérdida de soberanía nacional. Por eso, los países avanzados centrales pudieron condicionar la política monetaria de la periferia, y, siendo los mayores acreedores en la medida que disponen de una enorme cantidad de ahorro al que hace producir renta sobre la base de la información que disponen de los deudores potenciales, la oferta de créditos dependerá de sus condiciones internas13. Si, por ejemplo la Reserva Federal baja las tasas de de interés para relanzar la economía en EE.UU, el efecto inmediato será que los capitales se trasladen a otros países desarrollados, subiendo las cotizaciones de sus monedas; después, estos países, para evitar la pérdida de competitividad de sus exportaciones, bajan sus tasas de interés para que los capitales fluyan hacia los países menos desarrollados. Esta dinámica se aceleró a causa de la liberalización del movimiento de capitales hacia los mercados bursátiles, ya que cuanto más la deflación hizo bajar la tasa de interés, menos atractivos se volvieron los bancos para el ahorro y más agresiva la búsqueda de rentabilidad por otros medios. Lo que hizo el centro, consecuentemente, fue cargarle a su periferia la contradicción entre rendimientos de corto plazo, inestables pero elevados, y rendimientos de largo plazo, previsibles pero descendentes.

La reducción progresiva de la tasa de inflación se inicia con el giro monetarista contra la tradición inflacionaria keynesiana, si bien el desarme político de las masas en rebelión se realizó primero a través de una deliberada inyección inflacionaria de dinero que puso a la defensiva sus movimientos -entre fines de los 60 y principios de los 70- cediendo a la derecha las posiciónes conquistadas a lo largo de las tres décadas anteriores. Simultáneamente, como ya se dijo, a la reducción de la tasa de ganancia se respondió con una explotación intensificada en términos de nuevos métodos creados para el trabajo vivo. Los fondos financieros serán en adelante el combustible del impulso tecnológico, pero sus sensores respecto de las oscilaciones bursátiles ponen en riesgo permanente a la economía real por la posibilidad de su retiro en cualquier momento. La innovación tecnológica, que profundizó la productividad del trabajo y que ha permitido crecer desmesuradamente al capital de riesgo, se explica con la categoría marxiana  de “intelecto general” -el conocimiento históricamente producido por la fuerza productiva del saber científico- pero con una diferencia: este saber no se convierte en capital fijo sino que nutre  al trabajo vivo tanto como se alimenta de él. A la dispersión y velocidad de difusión técnica del intelecto general corresponde esa búsqueda de ganancias de corto plazo. Esta ausencia de capital físico inmovilizado y la dependencia de ventas futuras vuelve compleja, finalmente, la valorización de las empresas virtuales: una vez lanzados al mercado, los productos informacionales se reproducen a costo cero precisamente a raíz de su inmaterialidad. El verdadero interés reside en su masificación, pues el control monopólico no se ejercita ya sobre los costos de producción sino sobre el acceso al saber general. La sobreproducción digital también desvaloriza todo el capital innovador que no se transforma inmediatamente en ganancia, y, los nuevos métodos en la organización empresarial que supuestamente debían evitar estos problemas de sobreacumulación, han fracasado. Solo el 2,5% de las redes de fibra óptica instaladas son efectivamente utilizadas para el transporte de datos, por ejemplo.

Ahora bien, un capital acumulado que ya no sabe como valorizarse, un valor que no encuentra como alimentar su propia valorización, no es tampoco capaz de regir el trabajo y a la sociedad. La creación de plusvalía, como sabemos, no implica de por sí e inmediatamente su realización, y, apenas se reduce la demanda aparecen stocks no vendidos o invendibles; una cantidad de plusvalor no realizado.  Una mercancía no se vende contra una cantidad de dinero equivalente general (oro o billetes del banco central) porque el desequilibrio es estructural y se crea ya en la fase de producción, previa a la circulación. La plusvalía es dinero, dice Marx, pero para el valor recién creado no hay disponible ningún equivalente, sólo es nuevo trabajo y significa únicamente que el capitalista a través del trabajo presente se ha apropiado del trabajo futuro. Dado que para realizar este nuevo valor no existe la cantidad de dinero necesaria se requiere de una renta adicional para adquirirlo como garantía sobre la libre disponibilidad de trabajo venidero ya apropiado. No hace falta para la monetización del plusvalor que el dinero exista materialmente sino que funcione como seguro o garantía de poder organizar el nuevo valor de uso de la fuerza de trabajo, y que el capital pueda dirigirla libremente sin conflictos14. Si los trabajadores desocupados y precarizados no demuestran plegarse a su futuro (siempre indefinido) de trabajadores asalariados, entonces los contribuyentes preocupados por probables aumentos de la imposición fiscal dejarán de tributar, lo cual vendrá seguido de privatizaciones y de la racionalización del gasto público para restablecer el dominio sobre la fuerza de trabajo aún no ocupada productivamente. La creación de dinero como reaseguro sobre el trabajo futuro, con independencia de la cantidad del dinero en circulación, se paraliza cuando se constatan obstáculos políticos a la convertibilidad de los  “recursos humanos” en fuerza de trabajo subordinada. Si aparecen resistencias populares, la deuda no será refinanciada, a menos que se desactiven represiva y legislativamente de modo tal de garantizarle al capital un poder de largo plazo sobre el trabajo15. Si la hegemonía explotó cuando los aumentos salariales demostraban que ponían en marcha un contrapoder político con base en los trabajadores, al punto de poner en duda al sistema en su totalidad, la extorsión implosiona cuando el plusvalor es realizado creándose las rentas para su monetización a través de deuda pero sin garantizar su pago dado el déficit público potencial, que representa todas las funciones que el Estado deja de cumplir y que en algún momento incierto deberá reasumir. Si bajo la hegemonía, el déficit fiscal real resulta crucial para la generación de rentas agregadas, bajo la extorsión ese papel lo juega la deuda pero con el requisito de que la sociedad internalice una capacidad de espera ilimitada (o una alta tasa de descuento temporal), resignada a obtener muy poco en el presente con tal de no estar peor en el futuro, es decir, tan mal como en el pasado. El correlato de la confiscación del futuro colectivo desvalorizado, es un presente miserable vivido como definitivo. Esto permitirá, aparte de endeudar a los individuos y a la sociedad, expropiarlos impositivamente para pagar a los acreedores en la medida que los tributos regresivos posibilitan una apropiación que el mercado de bienes y servicios ya no garantiza, una renta que irá de inmediato a los paraísos fiscales. Hace unos años, el Financial Time afirmaba que el dinero de los superricos en estas guaridas alcanzaba a 32 billones de dólares, cifra que correspondía a la mitad de la deuda mundial.

Siendo que los privados no aumentan la producción si disminuye el consumo ni la disminuyen si el consumo aumenta, obligados por la lógica del sistema a actuar siempre a destiempo, el desequilibrio entre el plusvalor y su realización debería bloquear el funcionamiento del mercado. Eso no sucede si existe una reserva de desocupados y/o una reserva de medios internos y externos, que el capital pueda movilizar o desmovilizar sin restricciones,  y es esta tendencia al subempleo de fuerzas productivas la que hace al capitalismo funcionar con una lógica inevitablemente antidemocrática. Tal desequilibrio es resuelto, como se ha señalado, por la renta agregada a aquella creada directamente, desde fuera del circuito productivo, y una forma de compartir los riesgos implícitos ligados al rendimiento futuro de las inversiones financieras, es obligando a la fuerza de trabajo a compartirlos. El capital transforma al trabajador en un inversor financiero, por ejemplo, a través de los fondos de pensión, mediante los cuales la fuerza de trabajo queda atravesada por la contradicción entre salario y ahorro: como ahorrista se interesará en optimizar los rendimientos futuros que exigen bajos salarios y desempleo, y como fuerza de trabajo se inclinará por altos salarios y niveles de empleo que afectan negativamente los rendimientos. El salario se vuelve de este modo una variable de ajuste del capital financiero que pone a la vida futura y a la vida presente de la fuerza de trabajo una contra la otra.

Pero la certidumbre por medio de la dispersión del riesgo, en realidad, potencia la incertidumbre porque el garante último es una sociedad que no ha querido contraer ninguno. Por ello con lo que se especula es con el riesgo mismo, y si las transacciones especulativas son respaldadas mediante otras transacciones especulativas, lo que se hace es solo compensar riesgos presentes con riesgos futuros, y a estos con una serie ilimitada de anticipaciones. La transferencia  del riesgo es posible si la expansión de la deuda pierde todo límite, pero esta regresión al infinito se detiene inexorablemente en el carácter extorsivo que adopta la dominancia financiera. No se trata simplemente de que lo que sucederá siempre es algo distinto a lo que se espera: una cosa es la estructura circular de las operaciones financieras ante el hecho de que en cuanto se hace presente el futuro por el que se había apostado no es el que se calculaba, y otra es cuando se lo desestima desde el vamos  porque la paciencia se agota. Pues, si la sociedad evalúa que es muy alto el precio que está pagando por resignar a obtener más ahora que en algún momento indeterminado ¿qué importa la probabilidad del futuro anticipado? La espera  puede resultar costosa independientemente de la cuantificación del riesgo. La insolvencia puede suscitar dudas  acerca de si lo que se posterga se hará efectivo realmente en el futuro, pero la incapacidad de espera es lo que resulta determinante cuando quien nos protege de un peligro ya no lo hace, o cuando el peligro ha dejado de ser el que era, o cuando el precio de la protección es excesivo. Tanto más cuando ante la protección que se ofrece persiste la memoria de experiencias que disuaden de la realización del plusvalor a través de la deuda. Por ejemplo, en Argentina, ni la ley de convertibilidad ni el propio Cavallo al frente de la economía argentina, pudieron salvaguardar los ahorros de la clase media.

La dinámica financiera no se ajusta a cantidades o sumas reales. El crédito, cuando multiplica los medios de pago, se desvincula de los bienes y servicios, y la autorreferencialidad exigirá que todo pago tenga como condición que el dinero se garantice a sí mismo. Por eso el recurso a la política del aplazamiento: las deudas no se cancelan aunque su pago tenga que estar garantizado. La circulación de capital quedará determinada por el valor que se otorgue al futuro puesto que el dinero se genera a sí mismo a partir de la nada. La apuesta es, en realidad, al comportamiento mimético de los inversores y por eso los “medios” derivan en el partido de masas de los mercados financieros, transformando a una colectividad de inversores -y de electores- en una manada que venden o compran todos juntos porque la preferencia por la liquidez surge de la necesidad de que los títulos sean rápidamente intercambiables por dinero aquí y ahora, cuando en realidad tales ahorros no son más que una apuesta personal sobre dividendos futuros. El monopolio mediático no es el simple resultado de la codicia de poder sino una requisitoria sistémica16. Movilizar la masa de inversores según una racionalidad mimética exige de los medios de comunicación como expertos en comportamientos gregarios17. La debilidad de la apuesta se exhibe  en el recurrente rescate del sector financiero mediante la socialización de sus pérdidas, y, cuando el fiador último, un régimen extorsivo es desgastado por la explotación política de un pasado inventado en términos falaces y mentirosos, pasa a depender del propio endeudamiento para chantajear a la sociedad, forzado a presentarlo como la única alternativa que tiene para ser financiada. Finalmente, también el endeudamiento perderá su poder disuasivo cuando su expansión se atasca por el incremento del déficit fiscal potencial (aunque se haya alcanzado un superávit fiscal real) que contrae la capacidad de espera de la sociedad y vuelve a la deuda una contingencia incontrolable que enrosca al agente extorsivo en una circularidad viciosa, a contrapelo de una e sociedad que sale de del autoengaño y que comprende que el endeudamiento no ha sido nada más que la forma de postergar la conflictividad que suponen las regulaciones estatales, entre estas, la de cobrar impuestos o expropiar a los poderosos 18.

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  1. Al respecto, Página 12, 27.4.17 y 5.6.17. La deuda externa pública nacional y provincial aumentó un 43% durante el año y medio de gobierno de Macri, pasando de 87.700  a 125.600 millones de dólares. La realidad es que se está endeudando al Estado para conseguir los dólares con que financiar  el déficit externo  del sector privado. Es decir, el estado toma deuda en dólares que luego  oferta en el mercado cambiario a cambio de los pesos que precisa para afrontar su exceso de gastos. Estos dólares son adquiridos por el sector privado para pagar importaciones, giro de utilidades, pago de intereses y fuga de capitales en exceso de sus exportaciones Analizando el balance cambiario y con números redondos, el sector privado ha tenido un déficit de divisas de 12.000 millones de dólares desde el cambio de gobierno, aún cuando se contabiliza  las divisas ingresadas durante el blanqueo, Andrés Asiain, Casch, p. 8, Página 12, 11.6.17.
  2. Giovanni, Arrighi: Adam Smith en Pekín. Origenes y fundamentos del siglo XXI. Madrid, Akal, 2007. El largo siglo XX. Madrid, Akal, 1999. Caos y orden en  el sistema-mundo moderno (en colaboración con Beverly Silver). Madrid, Akal, 2000. Las sinuosas sendas del capital. Conversaciones con David Harvey, New Left Review, 2009, núm. 56, mayo/junio. El cartógrafo del capital: G. Arrighi 1937-2009, Tom Reifer, New left Review, 2010, núm. 60, enero-febrero.
  3. Cuando la acumulación de capital productivo sobrepasa lo que puede reinvertirse sin una reducción en la tasa de beneficios, la competencia se intensifica y la perspectiva de recuperar la inversión decrece; consecuentemente, el estrato superior se inclina  por mantener la mayor proporción posible de sus activos en forma líquida, preparando el cambio  para una época de expansión financiera, la cual se vuelve rentable cuando los intermediarios canalizan dicha liquidez hacia empresas con dificultades económicas (por la retirada de los capitales de los activos productivos); la competencia entre privados y la rivalidad entre Estados por el crédito se extenderá hasta agotar la capacidad de control del centro de poder dominante. La etapa material se inicia cuando un nuevo centro de poder mundial, o varios centros asociados en bloque, puede eludir o ponerse por encima de la competencia interestatal e interempresaria, y lograr que Estados y mercados cooperen dentro de un orden que ahora privilegie la producción.
  4. La transición  hacia el ciclo inglés se sirvió del saqueo de la India, que le permitió a Gran Bretaña  amortizar la deuda contraída con los holandeses (que dominaron el ciclo anterior) e iniciar las guerras napoleónicas desendeudada. La transición a EE.UU proveyó de suministos de todo tipo a GB muy por encima de lo que esta podía devolver. La transición de EE.UU a China se sirve de las exportaciones chinas a EEUU financiadas con los propios préstamos que China proporciona a un país que vive desde hace mucho muy por encima de sus posibilidades, esto es, un estilo de vida americano sostenido en el déficit fiscal y externo. En 1989 el 30% de las familias norteamericanas tenía acciones de la bolsa, adquiridas directamente o a través de los fondos de pensión o de inversión; en el 2010 alcanzaban el 60%; este proceso tiene origen en la crisis fiscal del Estado de Nueva York de 1974-75. Los fondos de pensión de los empleados públicos fueron usados para financiar el déficit de la ciudad, evitando aumentar las tasas sobre los ricos que amenazaban al gobierno con desplazar sus negocios a otra parte, mientras el gobierno amenazaba a su vez a los empleados con la reducción de la renta previsional invertida en los bonos de la ciudad. Así, los sindicatos sustituyeron a los inversores asustados con la crisis de Nueva York. La liberalización de las comisiones en 1975 (que desarrolló los discount bróker, los online trade y los microtrader) orientó masivamente  el ahorro a los títulos bursátiles, proceso simétrico al uso de los fondos de pensión para el financiamiento del déficit público. Un segundo momento fue la decisión de Volker, en octubre de 1979, de atacar con medidas monetaristas tanto la  inflación interna (por la explosión de los salarios y los efectos de shock petrolífero) como la devaluación internacional de dólar, reflejo de la pérdida del control de EE.UU sobre la oferta global del dinero y sobre los flujos de crédito, pro que había permitido poner a la defensiva el movimiento obrero en casi todo el mundo. Según G. Arrighi, la liquidez generada por EE.UU se multiplicó a sí misma mediante mecanismos interbancarios de creación de dinero, y que competía  con los dólares emitidos por los mismos EE.UU. En 1978, EE.UU tenía que enfrentarse a la comunidad financiera que controlaba el mercado del euro y perseverar en su política expansiva, o buscar un acuerdo mediante la adhesión a una estricta estabilidad de la moneda. Prevaleció la alianza entre Estado y capital apoyada no ya en la expansión sino en la restricción. El giro monetarista fue seguido por la liberalización de los mercados, la privatización de los recursos públicos y la financiarización mundial. El aumento dramático de las tasas de interés tendrá consecuencias duraderas sobre la deuda privada y pública, obligando al capital a depender cada vez más de las bolsas para su propio financiamiento y por lo tanto a depender de la afluencia de los ahorros hacia esos mercados bursátiles.
  5. Aunque la versión del presidente F. Roosevelt de un New Deal para el mundo entero, que incluyera a la URSS como parte del Tercer Mundo empobrecido, nunca se materializó, la versión miserable y militarizada de Truman durante la Guerra Fría, de todos modos expandió considerablemente el poder y el capital estadounidense, y la expansión económica durante las décadas de 1950 y 1960 fue excepcional en términos históricos. El contraste institucional de los Estados keynesianos de bienestar con la etapa siguiente es notable. El AMI, Acuerdo Multilateral de Inversiones de la OCDE fue negociado en su oportunidad con el objetivo de llevar a sus tribunales a los Estados nacionales si sus legislaciones afectaban intereses de las corporaciones multinacionales. El objetivo inicial de la OMC era redactar una constitución económica mundial, exigiendo a los países firmantes que durante 20 años no aplicaran ninguna legislación que no fuera aceptada por un tribunal internacional elegido por las empresas, de las cuales entre las 500 más poderosas 477 tienen su sede en los 29 países más ricos
  6. La extorsión global entró en decadencia, y descarta el neoconservador Proyecto para un Nuevo Siglo Americano, porque la protección de EEUU contra la amenaza comunista se volvió innecesaria, porque el precio de su protección es excesivo y sus aliados se resisten a solventarlo, y porque la amenaza que agita en torno a nuevos peligros es poco seria. Tampoco puede extorsionar a sus clientes de Asia oriental dada la dependencia estadounidense con respecto al dinero de esa misma región, la que a la vez depende cada menos del mercado estadounidense para colocar su producción. Por último,  Del mismo modo que EE.UU  surgió como el auténtico vencedor de la Segunda Guerra Mundial después que la URSS le hubiera roto la espina dorsal a la Wehrmacht en 1942-1943, ahora todas las pruebas  parecen apuntar a que China será el auténtico vencedor  de la guerra contra el terrorismo, consiga  o no Estados Unidos quebrar la espina dorsal de Al Qaeda y de la insurgencia iraquí,  en G. Arrighi, Comprender la Hegemonía, 2. New Left Review, Ediciones Akal, Madrid, 33 jul/ago 2005, p. 53. Para la Argentina es claro: EE.UU sólo puede mediar para un mayor acceso a la deuda y a la compra de armamentos; China ofrece fondos para la obra pública y para la inversión directa. Ver Néstor Restivo, Paciencia oriental. Informe especial. La relación Argentina-China en el gobierno de Macri. Página 12, 14.5.17. El éxito de Reagan de socavar a la URSS y al Tercer Mundo creó la ilusión de que el imperio podía autofinanciarse. Gran parte del superávit del sur sigue fluyendo para financiar sus déficits gemelos, aunque una parte significativa constituye reservas y acudir a otros destinos del sur, debilitando el control de FMI y de otras instituciones financieras dominadas por el norte. El caos intrasistémico de la extorsión comenzó con la abrogación de la ley Glass-Steagall en 1997-99 y la aprobación en el 2000 de la ley de Modernización de Futuros sobre Materias primas que legalizó las transacciones extrabursátiles de derivados. Pero el desafío político a la extorsión como régimen empezó con el triunfo de Hugo Chávez a fines de 1998 en Venezuela, precedido del ascenso chino que retoma los objetivos de Franklin Roosevelt de un Estado de bienestar mundial, pero esta vez conducido por un partido comunista que controla el 50% de la economía de su país, que se ha industrializado aceleradamente para virar en los últimos tiempos hacia el fortalecimiento del mercado interno, y con el propósito de alcanzar para mediados de siglo  los niveles actuales de ingresos e igualdad de Noruega (debo este último dato a Ricardo Aronskind).
  7. El paso de la hegemonía a la extorsión representó un ataque frontal para dejar al capital en completa libertad frente a sus enemigos, internos a los Estados nacionales (clase obrera, Estado de bienestar, salarios altos y rígidos, partidos de masas) y contra los lugares de creación de monedas alternativas como el petrodólar o el eurodólar, no controladas por la Reserva Federal y que frenaban la expansión global estadounidense. A la vez, el monetarismo buscó enganchar la suerte de los trabajadores a los riesgos del capital norteamericano. Se trató de relanzar su expansión eliminando todos los espacios dentro de los cuales el dinero creado por la Reserva se transformara en capital. El giro monetarista de 1979 transformó el salario en una variable de ajuste del mercado bursátil, y a partir de 1983 la deflación competitiva obliga a Europa a adoptar la desregulación financiera. La globalización nacida en EEUU en los años 70´ en búsqueda de una renta disociada de los imperativos de la productividad, se difunde internacionalmente  imponiendo a los bancos centrales la tarea de independizarse de las políticas keynesianas de los Estados europeos. La deflación competitiva es el modo en que se atacó los desequilibrios en las finanzas públicas obligando al Estado a renunciar al financiamiento monetario del déficit y a tener que recurrir  a los mercados financieros. A su vez, para crear mercados financieros a los que puedan acudir todos, se requiere la garantía de liquidez. Al circuito financiero mundial que hasta los setenta giraba alrededor del dólar como moneda usada en el comercio, lo reemplaza el circuito financiero que gira alrededor de la liquidez, esto es, la capacidad de crear deuda en respuesta a la demanda de inversión. Con la financierización global que se impone mediante la deflación competitiva y la desregulación de los mercados de capitales, pasa a segundo plano el pago de los salarios y pone en primer lugar la impersonalidad del financiamiento bursátil. Una de la tareas fue entonces direccionar los ahorros hacia las bolsas poniendo en marcha fondos de pensión e inversión, que tuvieron la finalidad de asociar al capital el ahorro de los trabajadores de modo tal que estuviesen interesados, como corresponsables, en el buen funcionamiento del capitalismo. Pero no ha logrado desarrollar ni tal interés ni tal funcionamiento. Si la hegemonía  conjuga siempre una potencia particular con una tarea general de coordinación en un juego de suma positiva, la extorsión concilia un interés particular con una tarea general de protección que supone un juego de suma cero. Únicamente un régimen políticamente extorsivo pudo sostener este modelo rentístico que asegura el flujo de la renta a los acreedores, y cuyo centro es aún los EE.UU, respaldado por la Reserva Federal, un cartel de bancos privados que compra los títulos del Tesoro y garantiza éste a un costo cero -hacia 2012 compraba 85.000 millones de dólares por mes-, una cantidad que sin embargo apenas alcanza para sostener el estancamiento de los EE.UU con empleos part-time y bajos salarios. No puedo mencionar aquí el conjunto de lecturas en que sustento la idea de extorsión financiera, pero aparte de la obra de Arrighi, recomiendo las lecturas de los siguientes trabajos: Gobernar a través de la deuda. Tecnologías de poder del capitalismo neoliberal, de Maurizio Lazzarato, Buenos Aires, Amorrurtu Editores, 2015; Capital y lenguaje. Hacia el gobierno de las finanzas. Christian Marazzi, Buenos Aires, Tinta Limón, 2014; Tendencias de la formación de rentas en el neoliberalismo, Gérard Duménil y Dominique Lévy, Madrid, New Left review, 2005, núm. 30 enero/febrero. Capitalismo cognitivo. Renta, saber y valor en la época posfordista, Carlo Vercellone, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2011.
  8. Por mencionar sólo un relato suficientemente expresivo, que se podría replicar país por país, acerca de la desradicalización que ha implicado la etapa extorsiva financiera: Después de la independencia  y hasta los años ochenta del siglo pasado, los movimientos populares, desde los naxalitas (movimiento guerrillero de tendencia maoísta) hasta el Movimiento de la Revolución Total de Jayaprakash Narayan (creado inicialmente para combatir la corrupción del gobierno de Bihar y posteriormente contra el gobierno de Indira Ghandi), lucharon por la reforma agraria y por la redistribución de la tierra, de forma que pasara de los terratenientes feudales a los campesinos desposeídos. Hoy en día, cualquier insinuación de que hay que distribuir la tierra o la riqueza se consideraría, no sólo contraria a la democracia, sino lunática. Hasta los movimientos  más radicales se han visto reducidos a luchar por conservar la escasa gtierra que la gente aún posee. Los millones de personas sin tierra, en su mayoría dalits (también llamados  parias o intocables por hallarse fuera  del sistema de castas y que suman unos 200 millones sólo en la India) y adivasis (pertenecientes a las gtribus o pueblos indígenas, la población  originaria de la India anterior a las invasiones arias, y tambien situados fuera del sistema de castas), a quienes se ha expulsado de sus aldeas y que han acabado viviendo en chabolas en pequeñas cioudades y metrópolis, ni siquiera aparecen en el discurso de los activistas radicales. Arundathi Roy, Espectros del capitalismo, Madrid, Capitán Swing Libros, 2014, p. 21. La desradicalización y desmovilizacion permitió el avance del regimen extorsivo, asi como la radicalización y movilización durante la transición del ciclo británico al norteamericano llevó finalmente al New Deal (y a otras experiencias social-demócratas y nacional-populares, aparte de las propiamente revolucionarias). ¿Se constatará esto mismo ahora que se inicia un nuevo ciclo? Lo cierto es que el ascenso chino y de los Brics ha sido acompañado de una lenta pero consistente recuperación del movimiento popular y de sus expresiones políticas desde el Caracazo y las sublevaciones francesas en la década del 90´. Aparte de las experiencias en algunos país de la UNASUR, en Europa, por ejemplo, avanzan posiciones la Francia Insumisa de Mélenchon, el laborismo de Corbyn, el Podemos de Iglesias, la Alianza socialista-comunista de Portugal, entre otras más incipientes, o a la defensiva como el Syriza en Grecia. La “hegemonía” impone la racionalidad capitalista a los capitalistas, y parece el paso previo de una política emancipatoria en términos de un anticapitalismo que suministre a la burguesía su propia medicina. Esto no significa volver intelectualmente a un etapismo historicista sino registrar la lección de experiencias políticas recientes. La “extorsión” impone la racionalidad capitalista a la sociedad y libera de ella al estrato superior de la burguesía (antiestado y antimercado), y obliga a cualquier política emancipatoria a pasar por una articulación hegemónica como instancia a partir del cual plantear después, en todo caso, un programa más avanzado.
  9. El colonialismo y el imperialismo funcionaron como salidas externas para plusvalías no realizables en el interior de los centros coloniales e imperiales, mientras que la política de los bancos multinacionales hacia los países periféricos y subdesarrollados corresponde precisamente a una solución temporal del problema de realización monetaria del plusvalor, en tanto difiere el problema por medio de la deuda. El endeudamiento, que asegura la continuidad de la acumulación central del capitalismo generando la dependencia  de los países periféricos, se practica impidiendo su reestructuración productiva, porque de lo contrario el problema de la plusvalía no realizada volvería a aparecer en una escala mayor. La tarea del centro desarrollado es impedir que estos países puedan quebrar la relación de dependencia y mantenerlos como fuentes de renta financiera, saldando con ellas plusvalías no realizadas por la sobreacumulación de bienes y servicios basada en la difusión de nuevas tecnologías digitales. La deuda tiene que ser impagable y el crédito que se otorga no es para para ser reembolsado sino para mantener bajos los salarios y altos los impuestos regresivos. Se crea con ello la sociedad de una sola clase clase, la que controla el dinero como capital. El resto de la sociedad estará compuesta de declasados que forman parte del capital variable o constante, y que la relación acreedor-deudor excluye. La ofensiva financiera, se suele decir, ha derrotado la relación capital-trabajo.
  10. En el intercambio entre capital y fuerza de trabajo, el dinero es forma de un valor que no existe en circulación como equivalente, sino una forma de valor que llegará a ser producto del trabajo vivo cuando la fuerza de trabajo entre otra vez al circuito productivo. La correspondencia cuantitativa entre dinero en circulación y las reservas del banco central es irrelevante mientras la acumulación no se detenga.
  11. Sandra Russo, en Página 12, hizo la transcripción de la respuesta que dio el ex ministro de economía Varoufakis del gobierno de Syriza, en torno a por qué Europa septentrional no visualizó en los 90` que los recortes de los derechos laborales anticipaba cifras de desempleo récord: “La hormiga trabaja duro, no disfruta de la vida, ahorra dinero,  mientras la cigarra se dedica a cantar  y a no hacer nada. Después llega el invierno y pone a cada quien en su sitio. Desgraciadamente en Europa predomina la idea de que todas las cigarras viven en el sur y todas las hormigas en el norte. En realidad, lo que hay son hormigas y cigarras en todas partes. Lo que ocurrió antes de la crisis es que las cigarras del norte y las cigarras del sur, banqueros del norte y banqueros del sur, pongamos por caso, se aliaron  para crear una burbuja financiera que los enriqueció extraordinariamente, permitiéndoles cantar y holgazanear, mientras las hormigas del norte y del sur  trabajaban a la vez más y en condiciones más difíciles. Después, cuando la burbuja estalló, las cigarras del norte  y las del sur  se volvieron a poner de acuerdo en que la culpa las tenían las hormigas del norte y del sur. La mejor forma de recomponerse era enfrentar a las hormigas del norte con las hormigas del sur y Europa empezó a fragmentarse. El alemán medio odia al griego medio, y el griego medio odia al alemán medio. No tardará el alemán medio en odiar al alemán medio, y el griego medio en odiar al griego medio. Eso ya empezó, y es exactamente igual a lo que ocurrió en los 30`. Karl Marx estaba completamente equivocado cuando decía que la historia se repite como farsa. La historia, simplemente, se repite”. (Subrayado nuestro).
  12. La especulación es racional porque los mercados son autorreferenciales. Los precios sustituyen a la opinión pública y el inversor individual no reacciona a una información sino a lo que cree que serán las reacciones de los demás frente a esa información. De esto se desprende que los títulos cotizados en bolsa hacen referencia a sí mismos y no al valor económico subyacente, esta es la autorreferencialidad de los mercados en la que la disociación entre valor económico y valor bursátil es simétrica a la disociación mediática entre creencia individual y creencia colectiva. Los llamamos así, pero en verdad no son medios de comunicación, sino formadores de opinión o, mejor dicho, gerenciadores de emociones, Ezequiel Adamosky, Nosotros y los medios, en Radar, Página 12, 4.6.17.
  13. A partir de 1981 se hace depender las jubilaciones de los rendimientos de los títulos bursátiles, succionando el ahorro colectivo. Atando el ahorro al rendimiento futuro de títulos, el comando capitalista obliga a unos al aplazamiento temporal del derecho de vivir aquí y ahora, y a otros endeudarse para mantener un nivel de vida que el trabajo garantiza cada vez menos. Alan Greenspan, presidente de la Reserva federal entre 1987 y 2006, afirmaba que una casa puede funcionar como un banco porque su precio, al aumentar constantemente, permite abrir  líneas de crédito/deuda al infinito. Al respecto Joseph Vogl, El espectro del capital, Cap. 6. Buenos Aires, Cruce Casa Editora, 2015. En las crisis financieras, las maquinas (el 90% de las cotizaciones bursátiles se hacen automaticamente) no garantizaron ninguna autorregulación. El colapso se evita aplazándolo, hacia un equilibrio que nunca llegará. El desequilibrio o la asimetría es la verdadera ley del capital, y al contrario de lo que enuncian las teorias clásicas la crisis siempre encuentra soluciones que se posponen. Ininteligibles, aun para sus propios operadores como Greenspan, las sucesivas crisis financieras desde el colapso de Wall Street en 1987 hasta el desastre de 2007-8 no estuvieron en los cálculos. Cuando acaecieron recurrieron de inmediato a la estatización de las pérdidas bancarias. Cuando su encadre político se debilita y no puede auxiliarlo, el capitalismo destruye. Lleva a su paroxismo el sojuzgamiento. No obstante, su fracaso nunca aparece como tal porque el individualismo interioriza el conflicto, y el enemigo pasa a ser parte de uno mismo. No hay ningún automatismo que produzcan tendencias empíricas en los mercados reales hacia conceptos no empíricos trascendentales de competencia perfecta. Sin embargo, todo el neoliberalismo se apoya en esta supuesta tendencia. Si la competencia fuese perfecta habría ninguna razón para competir, y la competencia empírica como proceso real puede lograr muchas cosas excepto una aproximación lineal a la competencia perfecta; el equilibrio es lo contrario a la competencia. Como la realidad produce otros resultados, la coacción debe imponer la variabilidad absoluta de todos los precios, incluido el salario, al que no considera un ingreso: los humanos no tienen necesidades, solo preferencias, y el desempleo es consecuencia de la acción sindical protegida por el Estado, que monopoliza la oferta de mano de obra impidiendo que el salario alcance su nivel competitivo. Como el conocimiento del mercado y la adaptación sucesiva al mismo, que operan como supuesto de la competitividad, demandan un tiempo inexistente, el proceso de destemporalización que reduce el pasado y el futuro a un eterno presente, pasa a tomar la forma de un régimen político.
  14. La financiarización desarrolló la captación del valor producido por fuera de los procesos productivos, compensando la caída del salario con la creación de una renta mediante el endeudamiento público y privado, una renta que no es exclusivamente parasitaria y que se extrae inmediatamente de una multitud de sujetos que se han vuelto, por el solo hecho mismo de interactuar cooperativamente, en productores de valor. Luego, con la explosión de las redes se ha multiplicado este tipo de producción, que se transforma en renta a través del incentivo de endeudarse. La deuda controla al trabajo en la esfera de la circulación, en la que las ganancias industriales decrecientes han sido compensadas con ganancias financieras crecientes (cuadriplicadas en EE.UU durante los últimos 25 años, pues hoy por cada dólar de mercancías intercambiadas existen circulando 554 dólares en acciones financieras). La globalización consiste, precisamente, en haber puesto a trabajar la vida de la fuerza de trabajo y en haber virtualizado los procesos laborales; la cara monetaria de esta subsunción real es la deflación, la producción de excedentes no inflacionaria. Además, a la exportación tradicional, el imperio le agrega la exportación de ahorros colectivos en la búsqueda de rendimientos capaces de compensar la caída de los ingresos y los efectos monetarios del crecimiento no-inflacionario en otras partes del mundo. Por último, se añade a ello, que al quedar los bancos fuera de la intermediación como resultado de la reducción progresiva de las tasas de interés, la estabilidad financiera global queda determinada por los movimientos de capital de corto plazo, condicionados cada vez menos por la especulación y cada vez más por la tasa de envejecimiento de la población en los países centrales y por la presión demográfica en los países periféricos a medida que aumenta aquella subsunción real.
  15. El brutal desempleo, (la mitad de la humanidad se halla fuera del trabajo formal y gran parte de la que aún trabaja lo hace en condiciones que son las del siglo XIX), es inmanente al capital, que junto a la desocupación impone al trabajo como único medio de sobrevida,  gestando una sociedad constantemente con una mayoría subempleada o desempleada o inempleable. Se corrobora ahora a nivel global que la fuerza de trabajo excluida del trabajo se expande por las mismas causas que se expande la riqueza, y que cuanto más acumula, mayor es el ejército de desocupados o de “masas sobrantes”. En EEUU el 1% posee el 40%, y ese 1% incrementó sus ingresos en los últimos 30 años un 150%; el otro 99% , el 15%.
  16. El capitalismo invoca incansablemente la espiritualidad y la fe. Se puede recordar aquí la anécdota de Hernan Arbizu, (“arrepentido” de la Banca Morgan, que llegó a la conclusión de que “si mi país está como está es por tipos como yo”) que pudo verificar cómo se evadía impositivamente millones de dólares, entregando una valija a un desconocido que decía pertenecer a un “Gran Banco” para que los transfiriera al exterior, sin que mediara ningún comprobante. Un riesgo, en definitiva, inmensamente mayor a declarar el dinero, pagar los impuestos, depositarlos legalmente, etc. Toda la espiritualidad del mercado aflora en este ejemplo. Un acto de fe del que no ha sido capaz ni el más grande de los santos. No se podrá bajar las tasas de interés a niveles que sirvan a la promoción de la producción mientras el dominio del capital financiero prevalezca, y mientras este factum esté asumido teológicamente. Una teología que asocia la justicia divina al éxito económico individual se apoderó de los individuos haciéndoles creer que son libres si pueden ir de shopping sin culpa (o ir de compras, como recomendó George Bush a su sociedad pocos minutos después del ataque a las Torres Gemelas) mientras impone el cibermercado como significante-amo. Una exhibición de este infeliz encuentro se produjo en Brasil durante la última campaña electoral, con las candidaturas de vice y de presidente de la ecoevangelista Silva y del empresario ultraliberal Neves. Ver “El financiero es un sistema de saqueo”, Guillermo Robledo, coordinador del Observatorio de la Riqueza, en Página 12 20.2.17, entrevista de Verónica Engler, y Hervé Falciani, El secreto crea impunidad, entrevista de Eduardo Febbro. Página 12, 26.4.15.
  17. El triunfo de D. Trump en EE.UU ofreció al macrismo la oportunidad de un “volantazo” y retomar el rumbo económico del kirchnerismo; sin embargo, prosiguió aferrado a una restauración neoliberal a rajatabla. Ver Fernando D´Addario, Una buena y una mala, en Página 12, 30.1.17. El carácter vengativamente restaurador de la derecha en el gobierno no es meramente una característica local: En el neoliberalismo puni­tivo, la dependencia económica y el fracaso moral se enredan en forma de deuda, produciendo una afección melancólica en la que gobiernos y sociedades liberan el odio y la violencia sobre miembros de su pro­pia población. Cuando la deuda se combina con la debilidad política, se convierte en una condición para aumentar el castigo. Los estudios de quienes viven en la pobreza con deudas problemáticas han encontrado una psicología de melancolía mayoritaria, por la que la deuda exacerba la sensación de autorrecriminación y la expectativa de un nuevo castigo. La investigación de las actitudes públicas hacia la austeridad confirma una interiorización similar de la moralidad financiera, que produce la sensación de que «merecemos» sufrir por el crecimiento económico ani­mado por el crédito. William Davies, El nuevo neoliberalismo, New Left Review,  101, nov-dic, Madrid 2016.
  18. Hay quienes sostienen que no hay posibilidad alguna de un nuevo New Deal mediante un reformismo como el que a partir de 1929 neutralizó el mundo de la finanzas, proceso que Keynes llamó eutanasia del rentista. En efecto, recientes experiencias de gobiernos de izquierda en AL, reformaron en dirección a un Estado regulacionista pero las relaciones de fuerza no permitieron imponerse definitivamente al capital financiero. También se sostiene que han desaparecido la contradicciones entre el capital industrial y el financiero, entre el Estado y capital, entre el Estado y el movimiento obrero, entre la propiedad privada y la pública, entre representación y capital. En una palabra, sería imposible toda opción reformista porque las finanzas son el poder y el motor de la economia. Pero tal enfoque ignora la tasa y nivel de movilización populares que puede entrar en contradicción con el sistema desde fuera del mismo, y luego dialectizar a su favor las tendencias destructivas contando con una acción temporalmente autónoma. No obstante la pregunta es válida ¿es posible atacar los dispositivos rentísticos sin reponer el productivismo de un imaginario conservador? Cabe advertir que el capitalismo no es revolucionario sino repetitivo. Destruye lo que encuentra a su paso y entra en crisis para ingresar a la siguiente etapa (material o financiera). “La tendencia a crear el mercado mundial está dada directamente en la idea misma de capital. Todo límite se le presenta como una barrera a salvar”, expresa Marx en sus Grundrisse. Pero nunca se convertirá en traba fundamental de sí mismo dirigiéndose a su autoabolición. La presuposición de que la irracionalidad capitalista lleva al colapso automáticamente, es desmentida por sus propias víctimas que lo salvan en la medida que, enfrentadas al problema de la acción colectiva, (que es un problema de tiempo)  delegan constantemente las decisiones públicas más relevantes para el nivel y calidad de vida de una sociedad, como son las de inversión, a los privados y a los burócratas. La capacidad que el capitalismo tiene de reproducirse a sí mismo en medio de la crisis cambiando sus estructuras internas, habría llegado al límite previsto por Marx en los Grundrisse, pero no constituye de ningún modo su límite último, lo que exige pensar sus contradicciones con nuevas categorías. La lucha por el espacio se ha perdido, y el nanosegundo de las oscilaciones bursátiles consagra a la historia como lo que siempre fue, un proceso reiterativo. Siempre quedará por delante la construcción de un tiempo a escala humana, que exige trascender las concepciones infinitistas implícitas en las prácticas cognitivas y sociales.
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