Cuidado con la oscuridad

Por Ariel Colombo(*)

  Un miembro de la Academia nacional de ciencias morales y políticas en un artículo publicado en La Nación ha identificado a la izquierda con la modernización y el progreso, y a la derecha con el statu quo de intereses particulares corporativos que, como los sindicales, constituyen un obstáculo para el avance de la sociedad1. Macri, en tal sentido, representaría a la izquierda, y Cristina a la derecha. El propio gobierno compara su gestión con la gesta independentista. Mientras sus intelectuales celebran que haya recuperado la república, acusan del mismo modo a sus críticos de participar como victimarios durante la dictaduras. Nadie ya desconoce la extrema banalidad e insondable desvergüenza del oficialismo, y no debe perderse el tiempo en responder, más allá de los complejos superyoicos que suelen exhibir nuestro propio campo político, en el que se sigue quizás inconscientemente considerando a Clarín y La Nación periódicos “serios” o dignos de atención. Dejaremos a lo que define a la izquierda para otra oportunidad, e indagaremos brevemente qué subyace a expresiones de ese tipo.

También sabemos que una de las técnicas políticamente depredadoras de la derecha consiste en apropiarse de un concepto prestigiado por algún tipo de lucha ejemplar que lo haya encarnado a lo largo de la historia, y atribuirle su opuesto, con connotaciones negativas, al opositor. Como la palabra “derecha” posee una carga semántica absolutamente derogatoria, congregando el macrismo  todas  sus vertientes, sin excepción, en lugar de repelerla o sublimarla o transformarla, pretende mimetizarse con la izquierda real, en nuestro caso, el kirchnerismo, cuando tendría en realidad alternativas a su intento de secuestrar palabras que le son inapropiables por definición. Podría tratar de demostrar empíricamente, por ejemplo, la tendencia al equilibrio de los mercados que postula, o explicar cómo podría hacer funcionar la competencia en una economía dominada por monopolios, o cómo proteger a la propiedad jurídica de los cuerpos y del trabajo, o cómo lograr que su pretendido elitismo meritocrático sea también culto y educado. Pero aspirar al lugar de la izquierda porque esta representa, hipotéticamente, el progreso cuando el macrismo ha producido una regresión en todos los planos, como todos los datos aún los oficiales lo corroboran,  principalmente en los que los gobiernos K avanzaron sustantivamente, es una destrucción del lenguaje que pone de manifiesto una situación terminal que anticipáramos en Horizontes del sur.

A fines de 2016 escribíamos en “Metástasis”2: «Mientras tanto, la transición exige a la Alianza (macrista) lidiar con sus contradicciones teniendo, por un lado, la misión de liquidar al kirchnerismo de la forma que sea con tal que no reaparezca  el antagonismo popular, y, por otro, mantenerlo presente como autor de todos los males ya que carece de los medios discursivos que puedan justificar su delegación del futuro de la sociedad al imperio y a un mercado global recesivo. No puede intentar sino su exterminio culpándolo de la “crisis” y de las medidas crueles a adoptar en consecuencia, ni puede evitar preservarlo como objeto de denigración si quiere extorsionar a la ciudadanía con su vuelta. Esta oscilación entre la necesidad de matar a alguien y la necesidad de mantenerlo activo profundiza un vacío que es propio del nihilismo típico desde el que se cae al abismo. Lo que no deja de ser peligroso porque puede arrastrar a una sociedad susceptible a la histeria y que parece haberse vuelto autoinmune a los sacrificios gratuitos. Cambiemos es, en tal sentido, el pacto obsceno entre la exigencia de perseguir incesantemente a un supuesto culpable y la violencia de servirse del mismo, y el interrogante es si puede esto llevarlo a una fase de autoliquidación. Por ahora es la metástasis del antikirchnerismo, ante la cual debe mantenerse una mirada fría».

Los neoliberales de esta restauración tardía que es el macrismo, a contramano del final de la secuencia de acumulación financiera del cuarto ciclo modelizado por Giovanni Arrighi y del inicio de la secuencia de acumulación material del quinto ciclo con el desplazamiento del centro del poder mundial a un país de Oriente y del Tercer mundo como China, no analizaron con honestidad esta misma transición en América Latina que se ha comenzado a verificar con las experiencias de Chávez, Lula , Néstor y Cristina, Correa y Evo. Leyeron mal la dinámica histórica del capital que, en cada cambio de ciclo y a raíz del descenso estructural en la tasa de ganancia, se desplaza a una escala geográfica mayor de acumulación, esta vez en favor de una potencia no belicista y abierta a la multilateralidad que encara keynesianamente la construcción de un gigantesco Estado intervencionista de bienestar. En razón de su marcha forzada y anacrónica, el neoliberalismo entra en contradicción con su propia lógica política. Cabe recordar aquí que poco antes de fallecer, el gran “cartógrafo del capital”, e historiador de los seis siglos de capitalismo, el mencionado Arrighi, expresó que hicieran lo que hicieran los EE.UU por revertir su decadencia, no podrían evitar hundirse aún más en ella.

Recordemos, también, lo que tantas veces advertimos en esta revista acerca del carácter no hegemónico sino extorsivo que adoptan estos regímenes ultraliberales para proveer de alimento rentístico a las clases dominantes a través de la deuda que contraen. Su fuente específicamente política de poder es aquella amenaza a la sociedad con la vuelta de un pasado doloroso y crítico (imaginario o real) si no se aceptan las condiciones que le impone en el presente, ya que el futuro se lo ha sustraído por medio del endeudamiento interno y externo para generar y realizar un plusvalor en términos de rentas bursátiles y bancarias que compensen el haberlo resignado en la esfera de la producción. En este marco extorsivo, que a diferencia de la hegemonía no reproduce las bases materiales del consenso porque destruye al salario y el empleo, resulta ineficaz en su intimidación ya que todo lo que puede ofrecer, un presente infinito de sufrimiento y subordinación como única alternativa, termina siendo más oprimente que cualquier pasado lejano o reciente. La sociedad tendría que ser disuadida de que los sacrificios debe asimilarlos pacientemente si no quiere estar peor en momentos en que justamente la maniobra de chantaje ha devenido completamente inverosímil. (Algo mostrado por el ingenio popular al extraer del mensaje callejero de Cambiemos “Para que no vuelva el pasado” la letra p a pasado).

A diferencia de las primeras experiencias extorsivas, en las que el gobierno respectivo podía agitar el retorno del hiperterrorismo de Estado, o de la hiperinflación, o del hiperempobrecimiento, como estrategias de amedrentamiento, desde el 2015 no pudo hacerse lo mismo. El gobierno saliente podía exhibir una legislación y una performance de doce años realmente impresionante de progreso y modernización, que incluso  todavía hoy son experimentados para la mayoría de los argentinos aunque desconocidos en tanto fueron prolija y bárbaramente desinformados. La pesada herencia solo fue una premisa falsa, con un argumento falaz y una conclusión mentirosa, que solo podía conducir a una situación comparable a la de 2003. Salvo rampante necedad, esta mentira ha estallado hoy ominosamente en la cara de sus votantes.

En el contexto de un monetarismo endeudador impugnado pero en el que todavía el macrismo se quiere instalar, al ser inefectiva la política de extorsión sobre la sociedad, que en casos anteriores permitió perdurar a los gobiernos de derecha, aparecen agudos y crecientes problemas de identificación para el actual, que pueden resumirse en la pretensión fundadora de encarnar un  proyecto de país en simultáneo con la delegación de hecho y derecho las decisiones nacionales al mercado global, esto es, con la abdicación de la funciones fundamentales del Estado. La contradicción lleva a la dialéctica regresiva entre la aspiración de representar la totalidad social y nacional en la misma proporción que la desarticula convirtiéndola en negocio de pocos, y que conforma finalmente una identidad incompleta, es decir, con un vacío o disociación que el adversario puede aprovechar. Por eso es que el macrismo está poseído por la necesidad compulsiva de criminalizar al otro, de vincularlo a la corrupción, al narcotráfico, a la traición a la patria, etc. Maniobras que autorizan a continuación cualquier atropello, desde el asesinato y la represión al fraude y el engaño en todas sus modalidades, como la de la nota mencionada, que no responden meramente a la inventiva ocasional sino, más profundamente, a la influencia cultural de un poder global que en sus batallas desesperadas de retaguardia renuncia no solo a la verdad y a la evidencia sino también a la fuerza del derecho.

Esta identidad deficiente e insuficiente  del macrismo, alienada respecto de un país al que destruye como entidad estatal, nacional y popular pero conservando a la vez una fuerte voluntad de poder, en vez de inducirlo a la autocrítica y exponerse al resultado de sus políticas, lo conduce a una operación que se parece mucho a las políticas de “limpieza étnica”, que son una forma de reafirmación identitaria compensatoria de la diferencia que  lo separa de la totalidad con la negación discursiva del otro, primero,  y con su exterminio performativo después. Una reafirmación esta que, siendo mediatizada por un sí mismo idealizado, un todo nacional que nunca podría coincidir con la “mayoría” numérica o cualitativa del nosotros real, es decir, del “verdadero pueblo que produce y paga impuestos”, provoca en éste una incertidumbre irrebasable porque el hiato o diferencia puede ser usurpado por el “judío conceptual”, o el “negro”, o el militante K. El rechazo macrista a su estado insatisfactorio, cuanto más se concibe este como una mayoría naturalizada y sustantiva, es decir, prepolítica, más se expresará como violenta estigmatización de cuanto se le oponga, con la acusación por ejemplo de que quien posea un proyecto articulador en términos de otra totalización estatal-nacional-popular, representa un peligro totalitario, como pueden llegar a serlo la promesa de un aumento a los jubilados o la revisión de  sentencias judiciales o la reducción de las tasas de interés.

La coalición neoliberal pareciera decirnos: “nos angustia no ser autosuficientes para impedir que una minoría anómala e ilegítima se interponga y ocupe un lugar que ancestralmente nos pertenece poniendo fuera de alcance aquello que nos falta”. Pero como ninguna exclusión o mentira por esforzadas que resulten será suficiente, llega al punto de que pone al descubierto un problema subyacente al propio “nosotros”. Por eso la confrontación con el kirchnerismo es imposible, no porque este sea imbatible sino porque el enemigo es interno al macrismo. Tras atacar su exterior tan salvaje como infructuosamente, solo le resta darse por enterado que ha estado atacándose a sí mismo (como lo revelan, por otra parte, las tareas de espionaje sobre sus aliados y la humillación política constante a la que los somete). En una palabra, la diferencia entre lo que cree que quiere ser y lo que cree que le impide ser, lo arroja a la incertidumbre porque la disociación entre la representación exclusivista de la totalidad y la abolición del espacio público, en verdad, no es externa.  La famosa “grieta” es la interiorización de esta lógica disociadora que conduce a la derecha a la autodestrucción respecto de la cual recomendábamos una mirada fría o no tentarse con las trampas tendidas por la provocación. Algo que parece ha sido logrado.

(*) Titulo en alusión y tributo a Beware Darkness, de George Harrison

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Show 2 footnotes

  1. https://www.lanacion.com.ar/opinion/columnistas/cristina-se-ubica-en-la-derecha-macri-en-el-lugar-de-la-izquierda-nid2270178
  2. http://horizontesdelsur.com.ar/metastasis/
LinkedInFacebookTwitterEmailFlipboardGoogle+Share

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *