El árbol que deja ver el bosque

Por Ariel Colombo

A estas alturas, la obra llevada a cabo por el kirchnerismo a lo largo de doce años, ha sido destruida o se halla en vías de total reversión. Es fácil probar la responsabilidad de los cómplices, socios y beneficiarios del terrorismo de Estado, constituidos en una coalición delincuencial de depredadores de diversa procedencia que tienen en común una larga historia de saqueo del país. Aquí queríamos enfatizar, sin embargo, que aunque ello no fuese así y el gobierno estuviese a cargo de un elenco de ángeles, los resultados serían exactamente los mismos, porque en definitiva se trata de liberales, de republicanos, de capitalistas, en definitiva, de un sistema. ¿O acaso un pueblo podría decidir contra sí mismo u orientase por un principio de legitimidad disociado de la democracia?

Un primer paso para eludir las discusiones sin salida es no confundir ya más a la democracia con una maquinaria supuestamente ciega, o a un proceso de democratización con un mecanismo que funciona gracias al piloto automático cuya ausencia de fundamento revela antes que nada su origen último, el crimen, el crimen de imponer derechos prepolíticos a la soberanía popular, materias interpuestas a procedimientos que por ello acaban pervirtiéndose al transformarse en instrumentos. Un sistema que todo lo que logra es un juego tan inútil como frustrante: si hay alternancia es porque las alternativas se simulan, y no habiendo nada importante en juego siempre será un sistema de partido único, y, si hay alternativas reales no se verifica la alternancia: lo que está en juego es demasiado como para que los resultados sean respetados sin son adversos, como sucede cuando un movimiento popular desconecta el piloto y se libera del fetichismo institucional; en este caso, los autores materiales e intelectuales del crimen asumirán directamente el poder para una función restauradora del espíritu de la ley aunque tengan que violentar una y otra vez  letra de su propia ley.

Este juego que denominan “democracia liberal” al que concurren las derechas y  pseudoizquierdas como si se tratara del sagrario de un templo católico, empezó hace mucho, y para evitar un análisis tan absurdo e interminable como su propio objeto nos preguntaremos brevemente, primero cómo llegó a conformarse y a continuación cómo surgieron las experiencias que lo impugnan.

1. En el 462 de la Grecia antigua una movilización plebeya que surgió de la autoconciencia adquirida por los “pobres libres” en una serie de guerras victoriosas, rompió la interdependencia que los confinaba a la idiotez, es decir, a sus intereses privados, y, las reformas de Efialtes (precedidas por las de Solon y Clístenes, y complementadas luego por las de Pericles) logran el acceso popular a cargos legislativos y judiciales al establecer que fueran remunerados, conquista que se mantuvo hasta el avance del imperio macedónico en el 321. Lo que Aristóteles tiene enfrente cuando saca sus conclusiones tan reaccionarias como perdurables, no es entonces un proceso de democratización que ya había acaecido hacía unos 140 años, sino un sistema consolidado que no había podido correr el umbral inicial, (no había liberado a los esclavos, ni concedido derechos a las mujeres ni a los trabajadores extranjeros ni a otras naciones que los atenienses dominaban, ni se había preparado para resistir a los macedonios). En lugar de preguntarse por qué el salario público no había impulsado una dinámica de cambios cada vez más progresivos, o por los mecanismos reproductivos del sistema, Aristóteles sostiene que la virtud es inaccesible al pueblo porque este prioriza sus intereses inmediatos en perjuicio de sus propios intereses futuros, y que siendo moralmente irresponsable, representa una amenaza para la sociedad; pero luego realiza un giro sorprendente al advertir que el pueblo, en realidad, no tiene opción dada la estructura de dependencia con los ricos y poderosos que lo pone en la misma situación de quienes están bajo el dominio de la ley doméstica o de familia, que es la ley del amo. En lugar de insistir en cómo resolver el problema de la virtud, que había planteado como disyuntiva entre el corto y el largo plazo, dictamina que lo mejor es un gobierno mixto, monárquico-aristocrático-democrático, por el que el pueblo tuviera participación pero en función estabilizar un orden que asegurara el mando de las clases superiores. y evitar que estas tuviesen que ser gobernadas por incapaces.

2. Dejando de lado a Maquiavelo, la democracia quedará asociada a la incompetencia de masas y al gobierno de la clase equivocada hasta el siglo XVIII. Para los republicanos norteamericanos y franceses, el pueblo no será una parte de la ciudad como entre los griegos sino un todo indiferenciado, aunque con los mismos excluidos que los griegos. Sobre este artilugio de una totalidad aparente que incluye a ricos y pobres, crean una república que es el equivalente funcional a un gobierno aristotélico, un sistema de vetos recíprocos y contramayoritarios por medio de la división horizontal y vertical del poder, al que le sumarán la representación (desarrollada durante la edad media) sin mandato. Madison descubre que los conflictos sociales al cruzarse se autolimitan espontáneamente (cada uno al ser parte de una minoría se abstendrá como miembro de una mayoría de abusar de los derechos de otras minorías para no sufrir las mismas consecuencias), y que la clave institucional consiste en que esas líneas de conflicto no se acumulen. Para eso estarán esos vetos inmovilizadores o desmovilizadores que limitan el poder del Estado, que imponen una unanimidad forzada, liberando a los ciudadanos de tener que definir el bien común, dando lo mismo que sean virtuosos o no. El problema de la virtud desapareció porque había un sistema que si funcionaba con el automatismo que se esperaba no requería de la transformación cognitiva, siendo suficiente con la agregación de preferencias, que activaría una mano invisible de tipo institucional cuya astucia será la de hacernos creer que por ser anónima es imparcial. Los ricos asumirían la responsabilidad del futuro de los desposeídos mientras estos se podrían dedicar a resolver sus necesidades inmediatas, un futuro que sería alcanzado en algún punto del infinito porque la delegación a los propietarios se realiza a través del mercado, que como sabemos es rotación y repetición sin fin. Con esto se completa el régimen que padecemos hasta hoy, un arreglo que sería denunciado por Rousseau. Kant, en cambio, expresará su admiración por la constitución americana porque sería inmune al despotismo democrático. En definitiva, será en continuidad (y no en ruptura) con la antigüedad mediterránea, que Madison y Sieyes, los colonos y el tercer estado, los federalistas y los girondinos, consagran a la propiedad y al mercado como derechos prepolíticos. Los padres fundadores de ambos lados del Atlántico pensaron en los mismos términos que el viejo Aristóteles.

3. Ahora bien, ¿qué cambió entonces con la Revolución Francesa? ¿Qué tuvo de específico que logró poner en marcha el democratismo que disparó a los movimientos populares de cambio? Recordemos que Rousseau, como después Marx, apostó a la autodeterminación consciente: quien obedece la ley debe ser su autor. La soberanía popular es el ejercicio de la voluntad general, es decir, de la voluntad universalizada o virtuosa, la que no podrá ser representada (delegarla es perderla), y que no es la voluntad de todos sino aquella que privilegia el futuro al determinar que mi interés inmediato se decidirá conjuntamente con el futuro interés de todos los demás. Nunca podría encarnarse en una voluntad particular, ni burguesa ni proletaria, ya que cualquier voluntad para ser generalizada (lo que podría ser justo para todos o la voluntad que cada uno de nosotros tendría si dejáremos de ser unos miserables) ha de pasar por filtros depuradores o procedimientos asamblearios y deliberativos de democracia directa, que para que no sean usados facciosamente tendrán que funcionar sobre la base de una igualdad material previamente extendida, la sociedad de una sola clase, la de los trabajadores propietarios, a ser estructurada por el ejercicio de la voluntad general traducida en ley. Con esto Rousseau quedará girando en círculo: el pueblo tiene que generar sus propias condiciones de posibilidad; las condiciones de surgimiento de la voluntad general en cada uno depende de su previo ejercicio. Si en Aristóteles la virtud representa un problema de disyunción temporal en Rousseau representa un impasse temporal, en el que el antes y el después son intercambiables. Fue consciente del problema, pero no pudo resolverlo ni tampoco el pensamiento posterior, hasta la actualidad, salvo por medio del corte arbitrario o decisionista del ciclo.

4. La solución empezó a perfilarse cuando los barrios de París agarran a los tiros a los relojes instalados en las torres de las iglesias. Los colonos norteamericanos podían fundar sus peticiones en un derecho ancestral que remitía a los sajones, anteriores a la conquista normanda del siglo X y al imperio británico, en la medida en que la ocupación de tierras había sido por obra y riesgo de individuos y no del Estado inglés; por eso podían pretender, según Jefferson, un gobierno propio. Por el contrario, las secciones parisinas fueron completamente ilegítimas, no recurrieron al derecho divino, ni al derecho natural, ni al histórico ni al positivo, ni a la filosofía de la historia ni a las proyecciones utópicas, ni a ningún principio teológico o teleológico. Se independizaron del tercer estado y de Montesquieu, que protegían el orden civil, que era el de la propiedad, contra el orden político absolutista, pero excluyendo al cuarto estado, la mayor parte de la sociedad, que se hallaba sujeto a lazos patriarcales y patrimoniales junto a otros marginados como los judíos y los protestantes. Finalmente, el 10 de agosto de 1792, se autoconstituyen en pueblo al romper con todo el pasado histórico, el propio y el ajeno. En lugar de delegar el futuro, lo unen al presente mediante su sobrevaloración, hasta transformarlo en una fuerza inapropiable, en base a la cual todo lo que parecía imposible hasta ese momento se vuelve posible. Parafraseando la famosa inscripción del mayo de 1968, los sans-culotte podrían haber enunciado que “sabían lo que no querían y que no lo querían ahora”. Esta revalorización del futuro se encarna en un movimiento de fraternización que pone en práctica el principio inmanente de toda rebelión, que es la primacía de los procedimientos sobre cualquier contenido en toda decisión. (Por eso, en la alianza de las secciones y asambleas parisinas con los demócratas del jacobinismo se impondrá la unanimidad voluntaria como regla decisoria inicial de la acción). Se trata de una emancipación que, al hermanar al cuarto estado, no reclama libertad sino que se libera realizativamente, en coherencia extrema (hasta el punto de arriesgar y perder la vida) con los implícitos pragmáticos de todo acto de rebelión. Ello supondrá una ruptura definitiva con el sistema vigente y una apertura ilimitada a todas sus víctimas, aparte de resolver en la práctica de la resistencia aquel impasse de la voluntad general.

5. La política revolucionaria consistió, justamente, en legitimar este acontecimiento de lo político como tal: la autoconstitución de un pueblo a través de su rebelión radicalmente congruente con sus reglas inherentes de justicia procesal (es decir, que no presupone sustantivismo alguno). Es Robespierre el que levanta la divisa libertad igualdad y fraternidad en diciembre de 1790, y el que otorga validez al derecho indeterminado a la insurrección (que los liberales habían subordinado a la ley positiva). Crítico del sistema norteamericano como sucedáneo de la virtud, creía en una república cosmopolita entendida como democracia en acción (esta era la expresión usada en las secciones para definir a la república). Entre noviembre y diciembre de 1792, junto con Saint-Just, inicia el período específicamente revolucionario al asumir la defensa de la movilización del 10 de Agosto ante una Convención nacional recién electa que pretendía desconocer lo actuado por el pueblo de París y perdonar al rey derrocado: Todo lo que ha hecho el pueblo, dice, es ilegal como ilegal es la libertad y como ilegal es la revolución; no pueden tomar solo lo que les conviene; o dan la razón al pueblo que fundó una república, o restablecen la monarquía parlamentaria… ¿de dónde procede este espíritu de persecución que les lleva a revisar lo que ha roto nuestras cadenas? ¿Cuál es el motivo de esos aplazamientos sin fin que nos recomiendan? Tienen miedo de herir la opinión del pueblo? ¡Como si el pueblo temiera otra cosa que la debilidad y la ambición de sus mandatarios! ¿Por qué lo que el sentido común del pueblo decide fácilmente se convierte para sus delegados en un problema insoluble? ¿Tenemos derecho a que nuestra voluntad se oponga a la voluntad general y a que nuestra sabiduría difiera de la razón universal? Han proclamado una república pero todavía no han dictado una sola ley contra los abusos del despotismo. Encima  recurren a la Constitución para defender al rey; bueno, les voy a decir una sola cosa: la Constitución prohíbe todo lo que han hecho, la Constitución los condena, así que vayan a pedir perdón a Luis de rodillas. Me daría vergüenza discutir en serio las artimañas constitucionales, las dejo para los bancos de escuela o de palacio, o mejor, para los salones de Londres, Viena o Berlin. Se dice que es una gran causa; ustedes la han convertido en una gran causa. ¿Qué le encuentran de grande? Ante los ojos de la humanidad nada hay más culpable que un rey, que solo puede dominar a los que son más viles que él. Robespierre nunca contó con la mayoría ni en el Comité, ni en los ministerios, ni en el Comité de Seguridad, ni en la Convención, ni en la Montaña, ni en el Club de jacobinos. Sin embargo, su palabra tuvo una influencia decisiva en las situaciones críticas por su confianza en el pueblo, que daría a los demócratas la autonomía que necesitaban dentro del régimen para cuestiona a fondo sus políticas; la confianza, que siempre es limitada (se opone tanto al fideísmo como a la certeza) y limitante, temporalizó el futuro revalorizado por los rebeldes tendiendo el plazo breve pero oportuno (kairós, decían los griegos; tempus, dijeron los latinos), que es el único que hay para las políticas transformadoras, porque es el único que puede engendrarse con independencia del enemigo y de los obstáculos históricos-estructurales.

6. Hasta mediados del siglo XIX ninguna de las nuevas vertientes de la izquierda y del movimiento popular consideraron a la Revolución Francesa como otra cosa que una gran revolución democrática antifeudal y antiburguesa. Marx y Engels nunca usaron el término “democracia burguesa”. En 1848 cuando presentaron el Manifiesto, pertenecían a la Asociación Internacional de Demócratas Fraternos, fundada por el cartismo en 1845 en oportunidad del aniversario de la primera república francesa, y Marx extractó de un historiador alemán expresiones de Robespierre, tales como: “los peligros interiores vienen de los burgueses; para vencer a los burgueses es preciso unir al pueblo… armar, encolerizar e ilustrar a los sans-culotte”. Sin embargo, para Kautsky, Trotsky, Bernstein y la II internacional, los derechos humanos eran parte de la metafísica burguesa. Para Lenin, que estudió a la Revolución durante su exilio en París, la democracia era “hueca palabrería pequeño burguesa”, por más que persistiera en el léxico de combate de los soviets. Por proponer solo el ejemplo de la declaración del primer regimiento (pro-bolchevique) de fusileros de Petrogrado del 21 de junio de 1917: “De aquí en adelante, solo enviaremos destacamentos al frente cuando la guerra haya adquirido un carácter revolucionario, cosa que sólo ocurrirá cuando los capitalistas hayan sido apartados del gobierno y el gobierno haya pasado a manos de la democracia, representada por los diputados del Soviet panrruso de obreros, soldados y campesinos”. Para Rosa Luxemburgo (y también para J. Jaurés), los bolcheviques eran los continuadores de los jacobinos pero el error de Lenin consistía en contraponer dictadura y democracia, porque así como Kaustky se decide por la democracia según el molde burgués, Lenin se decide por la dictadura también según el mismo modelo, que la concibe soberana e ilimitada, y no fiduciaria y transitoria como la entendieron los romanos y la Montaña.

7. Debe tenerse en cuenta que los revolucionarios del siglo XX enfrentaron a un liberalismo que a lo largo del siglo XIX había logrado apropiarse progresivamente de la democracia en términos positivistas y legalistas, (mientras el marxismo, en términos historicistas, la colocó al final, cuando llegara la sociedad sin clases) extendiendo el voto a los trabajadores a medida que no cuestionaran a la propiedad, a medida que los partidos de masas se convencieran que no podrían ganar elecciones sin aliarse a las clases medias, y a medida que el capitalismo industrial escindía a las funciones productivas de las reproductivas, a la empresa de la familia. La democracia nació revolucionaria, y la revolución nació a partir de actos de antagonismo constitutivos de lo popular, pero la triple escisión entre pueblo, revolución y democracia fue una operación del liberalismo tan exitosa como de largo alcance. Tergiversó y pervirtió hasta volver inocuas a las tres palabras. Si el populismo fue considerado un movimiento demagógico con una ideología incoherente e irresponsable, fue porque el democratismo del cual procede fue condenado como un movimiento terrorista. No es casual la dificultad de Jean-Luc Mélenchon para reciclar a la izquierda a partir de estas raíces que son tan insoslayables en Francia como en cualquier otro lugar.

Reconectar el sentido originario de esas tres palabras significa intervenir en tres tableros a la vez: En el tablero partisano, permaneciendo alerta a las rebeldías populares para concederles confianza y convalidación en tanto fuente última de autonomía contra el sistema. En el tablero movimientista, adoptando las decisiones relevantes por unanimidad y traducidas a actos de habla por algún liderazgo, porque es la regla democrática cuando la asimetría de poder es insuperable y la acción requiere de toda la potencia. En el tablero sistémico, acatando a rajatabla la legalidad vigente para poder superarla más eficazmente, poniendo a prueba incesantemente la correlación de fuerzas. Cristina, Lula, Evo, Correa, Maduro, en esta parte del mundo, muestran cómo hacerlo desde el gobierno o desde la oposición.

 

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