El neoliberalismo argentino y “la teoría carcelaria del desarrollo”

Por Ricardo Aronskind

“Presidente: ¿por qué no va presa Cristina Kirchner?”.
“¿Cuándo va a ir presa Cristina?”.
“Quiero que sepas que nadie va a invertir en serio en Argentina hasta que los hechos de corrupción de Cristina sean juzgados y condenados”.
Marcelo Bonelli en el diario Clarín, citando un diálogo entre Felipe González y Mauricio Macri.

 

El liberalismo viaja hacia el cuarto subsuelo

Hubo un tiempo lejano, en el que el liberalismo trató de ser una doctrina económica con cierto fundamento. Incluso algunos de sus más brillantes exponentes sostuvieron ricos y complejos debates con el marxismo, el keynesianismo y el estructuralismo latinoamericano.
La idea central apuntaba a que el mercado era irreemplazable, que era la forma ideal de organizar la economía porque expresaba mejor que nadie los deseos de los consumidores, y reflejaba perfectamente la dotación de recursos disponibles para producir los bienes deseados. Por lo tanto, la recomendación que surgía era: estado pequeño, intervención mínima, dejar hacer, dejar pasar. La inversión privada fluiría natural y eficientemente en ese contexto. Todo populismo, estatismo, intervencionismo, distribucionismo, nacionalismo era dañino y lo correcto era evitarlos y combatirlos, para que la iniciativa privada se desplegara en toda su potencia.
La era del capital financiero degradó al ya limitado liberalismo económico, que transmutó en neoliberalismo. Muchas de las prudentes visiones liberales en materia de equilibrio fiscal y bajo endeudamiento se dejaron de lado para favorecer los negocios de los dueños del dinero.
Como las tendencias parasitarias del capital se acentuaron en los últimos 40 años, el ritmo de crecimiento económico mundial bajó y las prácticas especulativas se multiplicaron. En paralelo a este proceso, el discurso neoliberal fue perdiendo progresivamente su apego a la realidad y empezó a dejar de lado las más elementales preocupaciones por el bienestar social.
No se habló más de desarrollo, ni de crecimiento. En el discurso político, se dejó de lado la promesa de “igualdad de oportunidades”. Se habló cada vez más de negocios, despegados en muchos casos del mundo de la producción. A las amplias masas se las invita a alegrarse cuando los negocios de las minorías marchan viento en popa. Ya llegarán los efectos benéficos… hay que esperar.
En un capitalismo tan poco dinámico como el argentino, a partir del golpe cívico-militar de 1976 se indujo en forma sistemática a la población a hundirse en el pensamiento mágico: abrir la economía masivamente a las importaciones haría que nuestra industria fuera más eficiente, endeudarse permitiendo la fuga de capitales nos haría competitivos, achicar el estado agrandaría la nación.
Falacias completas, desmentidas crudamente por las severas crisis que provocaron los experimentos neoliberales. Así, la dictadura fue seriamente socavada por el completo fracaso económico del modelo económico impulsado por el super-ministro Martínez de Hoz, que derivó en la crisis bancaria de 1980 y las megadevaluaciones de 1981.

La teoría “chupamedias” del desarrollo

En su segunda entrada triunfal en la política argentina, en los años ´90 de la mano del menemismo, el neoliberalismo inauguró lo que Dante Caputo bautizó como “la teoría chupamedias del desarrollo”.
Sostenía la doctrina neoliberal-menemista que, dado que Estados Unidos había quedado -luego de la disolución de la URSS- como la única potencia hegemónica, la estrategia económica argentina debía pasar por mejorar al máximo las relaciones políticas, diplomáticas y militares con los norteamericanos, lo que llevaría a recibir una lluvia de inversiones provenientes del mundo occidental.
Argentina debía mostrar que se había “civilizado”, que se había alineado, y que adoptaba la reglas reclamadas por las empresas multinacionales sin ningún tipo de reservas.
Pero además estaban los gestos. Se hizo el experimento a fondo: Argentina mandó navíos a la Guerra del Golfo, envió armas a Yugoslavia, y suministró pertrechos a Ecuador en su choque militar con Perú. Hizo de cadete de los norteamericanos, realizando acciones internacionales clandestinas que por limitaciones legislativas internas la potencia del norte no podía efectuar abiertamente.
Argentina participó a fondo, sin restricciones, en los procesos globalizadores de los años ´90. Las inversiones extranjeras que llegaron a la Argentina fueron básicamente a apropiarse de las empresas públicas y privadas locales, sin agregar casi nada al acervo productivo local. Los aportes inversores que se verificaron por parte de los nuevos dueños extranjeros fueron solventados básicamente por los consumidores y usuarios locales. Ese experimento terminó en la catástrofe de 2001-2002.

El neoliberalismo crea un nuevo demonio: el populismo

En el mundo actual, la teoría neoliberal no requiere de ninguna contrastación empírica, porque es una “verdad” sustentada por un poder tan concentrado (económico, mediático, cultural) que tiene capacidad para dictaminar e imponer “cuál es la verdad” en economía.
Así, sin inmutarse por la catástrofe del 2001, el neoliberalismo local continuó atacando a las prácticas heterodoxas del gobierno kirchnerista desde el pedestal de la autoridad intelectual que le daría –por obra de la transmutación del barro en oro- haber generado las peores crisis financieras y sociales del último medio siglo en el país.
Luego del fracaso de la “teoría chupamedias del desarrollo” en la década del ´90, hicieron falta unos retoques discursivos para intentar nuevamente la aplicación del neoliberalismo en Argentina, de la mano de la Alianza Cambiemos.
Se instaló otra vez la imagen de la “lluvia de inversiones”, que vendría al país debido a la llegada al gobierno nacional de políticos market friendly, “modernos”, “abiertos al mundo” y con “energía positiva”. Según esta teoría el mundo estaría más que ansioso por invertir en Argentina, pero las prácticas “populistas” lo mantenían expectante hasta que viniera un gobierno “sensato”, “razonable”.
Esta nueva versión del neoliberalismo sostiene que basta con desplazar a las prácticas populistas, para que comience el progreso económico. Nuevamente la “espontaneidad” del mercado haría maravillas, vendrían las inversiones, el trabajo genuino, etc. etc.
Pero, el neoliberalismo local -incapaz de mostrar progreso material alguno para el pueblo argentino-, para explicar su total falta de éxito y resultados se ha deslizado en sus razonamientos hacia la subjetividad más extrema.
La tendencia hacia el esoterismo ya estuvo muy presente en los últimos meses del gobierno de De la Rúa, donde no se podía comprender cómo si todo estaba tan bien –ya que se habían hecho todos los “deberes”- el país se estaba derrumbando.

El desarrollo pasa a depender de las volátiles emociones de los inversores

En esta nueva etapa de economía-ficción, el gobierno usa un “comodín” supremo –un clásico del discurso archi-subjetivo neoliberal-: la apelación a la falta de “confianza”, cuestión a la que se puede reducir cualquier problema real y complejo de la semana o del día. El comodín es utilísimo, porque la “falta de confianza” puede ser provocada por cualquier motivo. Habrá “falta de confianza” porque hay una huelga o tumulto, porque cayó Wall Street o hubo un atentado, porque una encuesta no le dio bien a Macri o porque hubo cortes masivos de calles, o por algún incidente en la frontera de Ucrania que perturbó los humores de los “inversores”.
Como vemos, se ha recorrido un largo camino en la evolución de las ideas liberales. Arrancando de desde la arcaica idea liberal de que a la Argentina le alcanzaba con ser el “granero del mundo” para ser eternamente próspera, pasando a pensar que la inversión vendrá fundamentalmente del exterior, a creer que la inversión vendrá del exterior sólo si se hacen las “reformas pro-mercado”, para derivar en que vendrá sólo si se genera “confianza”, terminando en su versión 2017: sólo vendrá si se erradica al “populismo”.
Pero como todo el discurso neoliberal oficial está asentado en fantasías de consumo masivo -pero la prosperidad no llega y las inversiones extranjeras tampoco-, la tensión política subyacente está llevando a ciertos sectores gobernantes a una versión neoliberal degradada al extremo: la “teoría carcelaria del desarrollo”.
Esta teoría está expresada en el artículo publicado en el diario oficialista Clarín, firmada por el periodista Bonelli. ¿Cómo se puede explicar a los lectores que no llega la “lluvia de inversiones” que dará vuelta mágicamente la historia económica argentina, si el “populismo” fue desplazado, si el gobierno realiza permanentemente reformas a favor del capital, si muestra disposición a adoptar cualquier medida que le sea requerida por las multinacionales o los gobiernos de los países centrales…? ¿Por qué entonces no llegan las inversiones?

La teoría carcelaria del desarrollo

Finalmente llegó la respuesta, impresa en el principal sostén mediático del actual experimento neoliberal, puesta en la boca del ex presidente español Felipe González: las inversiones no vendrían porque aún no fue puesta presa Cristina.
Para reconstruir el razonamiento que hay detrás de estas afirmaciones, nos conviene recordar cómo viene funcionando el capitalismo global. En las últimas décadas, debido a la presión norteamericana, apoyada por parte de los gobiernos europeos, el mundo se ha vuelto un lugar muy propicio para el capital multinacional, que se mueve por el planeta invirtiendo según sus prioridades en cada momento.
Las condiciones mínimas requeridas para invertir en cualquier país periférico son dos: una económica y la otra política.
La primera es que haya algo en esa economía atrasada (mano de obra barata, materia prima abundante, energía a bajo costo, impuestos mínimos, ubicación geográfica propicia para reducir fletes, mercado interno atractivo, pocos controles, funcionarios sobornables, bajas regulaciones ambientales), que sirva para incrementar los beneficios del capital multinacional.
La segunda, política, es que tiene que haber una configuración de fuerzas partidarias tales que garanticen la estabilidad de las reglas de juego a favor del capital, o sea, que no haya fuerzas sociales perturbadoras del orden pro-empresarial en el horizonte de maduración de las inversiones.
¿Piden los inversores pureza en los procedimientos administrativos? Quienes conocen el mundo de los negocios globales saben que eso es una impostura completa. En numerosos casos, es exactamente a la inversa: las corporaciones multinacionales propician enormes actos de corrupción para avanzar en la concreción de los negocios.
¿Piden un adecentamiento de la política argentina? Los europeos en los ´90, y en especial los españoles, han aprovechado muy satisfactoriamente los procesos de corrupción en las licitaciones públicas locales, para obtener atractivas tajadas del desguace del estado productivo nacional. Además, no han ocultado su euforia por la llegada al poder de un personal político con numerosas causas pendientes en la justicia. ¿Qué piden entonces?

Cristina no es Cristina

En Cristina, en su prisión, se condensaría una política de persecución de las reservas soberanistas que quedan en Argentina, una política de amenaza y castigo a las fuerzas políticas y sociales que tengan algún instinto de defensa de los intereses nacionales alternativa a la del capital globalizado.
Nadie puede creer que la mera prisión de Cristina Kirchner pueda resolver el problema político que tiene el capital local y global con la sociedad argentina. Se podría eventualmente encarcelar a Cristina, pero no se puede encarcelar al conjunto de actores sociales, políticos, culturales que son el sostén de la defensa de la soberanía nacional. Estos actores están ampliamente enraizados en todo el entramado económico, político y cultural del país. No son una minoría despreciable fácilmente neutralizable con campañas comunicacionales o la fuerza.
“Apresar a Cristina” seguramente sea una urgencia del propio grupo Clarín en su disputa con el kirchnerismo, más que una respuesta integral de la elite de negocios dominante al panorama estructural de la sociedad argentina.
Pero eso no quita que se siga jugando con las fantasías de una parte de la población, creyente en el discurso neoliberal, y siempre dispuesta a esperar una resurrección “milagrosa” de la económica argentina.
Así, la nueva “teoría carcelaria del desarrollo” les vuelve a inyectar una esperanza transitoria que les permite seguir soñando: las inversiones productivas no llegan (aún), porque los inversores internacionales –tan entusiasmados como siempre con invertir en nuestro país- no han venido (aún) porque Cristina sigue en libertad, y eso los atemoriza y desalienta.
Pasada en limpio, y despejada de los agregados manipulantes de Clarín, la pregunta del capital multinacional sobre nuestro país sería: ¿cuánto tiempo tardará la elite argentina en erradicar toda resistencia social significativa al proceso de entrega de la soberanía, del patrimonio nacional y de las principales fuentes de renta? ¿Cuánto tiempo tardará el nuevo proyecto conservador en borrar del espectro partidario a todas las fuerzas políticas no domesticados por el neoliberalismo?
Una respuesta realista es que ese proceso no tiene fecha de finalización a la vista, y que si esa es la condición para “invertir” en la Argentina, es mejor que los potenciales “inversores” vayan buscando otras sociedades ya vencidas y acondicionadas por el capital para hacer sus colocaciones.
La vía carcelaria al desarrollo, además de mostrar el descenso de la teoría neoliberal al grado 0 del pensamiento racional, confirma nuevamente la incapacidad estructural del establishment argentino para formular un verdadero proyecto de progreso nacional.

LinkedInFacebookTwitterEmailFlipboardGoogle+

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *