El plan del macrismo para desarrollar la Argentina

Por Federico Pastrana y Andrés Tavosnanska*

         Habiendo pasado un año y medio de gestión, la economía apenas está llegando a los mismos niveles de actividad de fines del 2015 y sus frutos son distribuidos de forma más desigual. Las causas del deterioro socioeconómico están en el centro del debate político actual, mientras todos se preguntan si el macrismo logrará finalmente hacer crecer la economía de forma sostenida. La respuesta a este interrogante obliga a comenzar a desentrañar las principales características del nuevo modelo de desarrollo que intentan instaurar. Las reformas anunciadas para después de las elecciones pueden entenderse en ese contexto. En este artículo se analizarán los ejes del modelo que plantea el macrismo, sus dificultades y las perspectivas hacia adelante.

La economía según el macrismo y el primer conjunto de políticas

          En la mirada del macrismo, a fines de 2015, los dos problemas más importantes de la economía argentina eran el estancamiento de la economía y la elevada inflación. Centralmente, este comportamiento estaba explicado por:

  • El exceso de regulaciones: las restricciones cambiarias, las regulaciones al sector financiero, los controles de precios y las restricciones al comercio exterior.
  • El costo laboral demasiado elevado: salarios demasiado altos, las contribuciones patronales, los juicios laborales y las normas que impiden una contratación flexible de la mano de obra.
  • El alto nivel del gasto, la presión tributaria y el déficit fiscal: gran incidencia de impuestos distorsivos; el gasto público y la emisión monetaria como causa de la alta inflación.
  • La inseguridad jurídica y la falta de confianza internacional: aislamiento del mundo. Poco dinamismo de las exportaciones, crédito internacional escaso y caro y baja inversión extranjera.

          Como consecuencia de este diagnóstico se llevaron adelante una serie de políticas en 2016 que modificaron el funcionamiento que había tenido la economía hasta ese momento. Los ejes en torno a los cuales se estructuraron las políticas fueron:

  • La desregulación de la economía. Eliminación de los controles a la entrada y salida de capitales, liberación de tasas de interés de los bancos y modificación de los plazos de liquidación de divisas. Quita de subsidios a la energía.
  • El establecimiento de metas de inflación y de déficit fiscal primario. Elevación de la tasa de interés del BCRA como principal herramienta contra la inflación.
  • La mayor apertura de la economía tanto comercial como financieramente. Eliminación de las restricciones a las importaciones y los permisos de exportaciones
  • La elevación de la rentabilidad empresarial. Rebaja de impuestos, quita de retenciones, desarme de los controles de precios, devaluación y suba de tarifas.
  • Endeudamiento externo. El objetivo enunciado fue financiar el déficit fiscal sin quitar recursos al sector privado, ni emitir inflacionariamente y fortalecer las reservas internacionales.

Primeros resultados de las políticas establecidas

         Como es sabido, las políticas implementadas no lograron generar el crecimiento esperado ni bajar la inflación. Más bien, llevaron a un importante ajuste que implicó una fuerte devaluación del peso y aumentos generalizados de los alimentos y las tarifas de servicios públicos, lo cual afectó el bolsillo de la mayor parte de la población vía la caída del poder adquisitivo del salario, las jubilaciones y la AUH. La mala performance de la inversión privada terminó de pintar un cuadro que derivó en la contracción del producto del 2,4%, un incremento del desempleo y un empeoramiento de la distribución de ingreso. En paralelo, comenzó un inédito ciclo de endeudamiento externo, acompañado de la aceleración de la fuga de capitales y el incremento del déficit fiscal.

         Tanto los malos resultados iniciales como los problemas estructurales que se avecinan se basan, en nuestra opinión, en dos factores. El primero es el cúmulo de diagnósticos fallidos, basados en prejuicios y teorías económicas que no se aplican en la Argentina actual y, por ende, la mala praxis de la gestión económica. El segundo, y sin dudas el más importante, es de carácter estructural y hace al modelo económico que el macrismo intenta instaurar, que lleva a consecuencias negativas palpables en el corto plazo.

Algunos de las suposiciones del macrismo que resultaron erróneas:

– El incremento del tipo de cambio tuvo un fuerte traslado a los precios internos, contradiciendo la idea de Prat Gay de que los precios ya estaban adecuados al dólar1.

La quita de subsidios que derivó en el tarifazo aceleró intensamente la inflación, a diferencia de lo que analizaban desde el Banco Central2.

– El apoyo del establishment y la confianza de los mercados internacionales no generaron una lluvia de inversiones y ni la apertura de nuevos mercados para las exportaciones argentinas.

La inflación no está relacionada con la emisión monetaria, por lo que si contraemos la oferta de moneda y elevamos la tasa de interés se produce una contracción de la demanda interna y no una caída en la inflación en un contexto de fuerte elevación de los costos de producción3.

        Resulta evidente que las ideas esbozadas por el macrismo respecto al funcionamiento de la economía en 2016 no resultaron como habían anticipado. Ahora bien, resulta interesante analizar cuáles son las características de más largo plazo del modelo macrista que moldean parte importante del devenir de la economía argentina en el futuro cercano.

¿Un nuevo modelo de desarrollo?

       El macrismo plantea una serie de cambios para nuestro país tanto a nivel macroeconómico, productivo, laboral y social que entendemos que tiene el objetivo de configurar un nuevo modelo de desarrollo para nuestro país. El planteo de estas políticas se encuentra no solamente en las declaraciones de los funcionarios sino también en los documentos del BCRA, el Plan Productivo Nacional del Ministerio de la Producción y Argentina 2030, Desarrollo sostenible: Actividad y Competitividad.

      Por un lado, el macrismo enfatiza que bajar la inflación y el déficit fiscal son los cambios fundamentales que permitirán el retorno de la inversión y, por ende, del crecimiento. La inversión privada debe ser el principal motor de la economía, por lo que el peso del consumo público y privado tiene que descender. Las políticas de metas de inflación y de déficit fiscal se orientan en este sentido. La idea subyacente es que los actores económicos puedan comportarse en base a nuevos parámetros y que el Banco Central establezca la política monetaria acorde al objetivo inflacionario. Los efectos inmediatos sobre el nivel de actividad y la ocupación deben dejarse de lado puesto que lo más importante es dar previsibilidad a los agentes económicos.

      La política fiscal debe tender al equilibrio, dándole espacio al desarrollo del sector privado sin quitarle recursos, estimulando la inversión a largo plazo. Esto se lograría sacando los impuestos que dificultan la atracción de inversión extranjera y la expansión de las exportaciones; de ahí la importancia de bajar las retenciones e impuestos distorsivos como Ingresos Brutos. Es decir, la clave para el incremento de la inversión está en poner reglas claras a largo plazo, bajar la carga tributaria sobre las empresas, otorgar flexibilidad y realizar una política que propenda una inflación baja y equilibrio fiscal.

             La política de señales al establishment financiero internacional se da en esta clave. En el mercado internacional existen fondos disponibles dispuestos a “venir a Argentina”, por lo que el nivel de endeudamiento externo será el resultado de lo que el mercado internacional esté dispuesto a presentarle a nuestro país y no debe ser evaluado en términos de sostenibilidad de largo plazo. Es decir, será una decisión del mercado y no de la política económica. Por lo tanto, se dejan de lado los problemas de sostenibilidad externa y de dependencia de los capitales internacionales en el financiamiento del balance de pagos, puesto que es una “decisión de los agentes”. Teniendo en cuenta que el BCRA adopta una política de un tipo de cambio flotante, en caso de existir un déficit de divisas, difícilmente el BCRA realice una fuerte intervención en el mercado de cambios, por lo es esperable que el tipo de cambio ajuste, con las conocidas consecuencias en el nivel de actividad y los precios. Esto implica que los mayores volúmenes de capitales que entran y salen impacten con más intensidad sobre nuestra economía. Es decir, nuestro país seguramente estará más expuesto a los shocks externos que en el pasado.

        En el plano productivo, las ideas del macrismo están lejos de promover la diversificación productiva. Por el contrario, la Argentina debería aprovechar sus ventajas en los sectores ya competitivos, vinculados principalmente a la industrialización del agro, fomentar el desarrollo de sectores como la construcción y los servicios profesionales, dejando para el resto de los sectores una reconversión que debería llevarlos a los estándares internacionales. El aumento de productividad implicaría un cambio importante en la composición del empleo, desde los sectores mano de obra intensivos (como textil, calzado, juguetes, etc.) hacia los sectores más competitivos que deberían crecer para absorber la mano de obra excedente como consecuencia del proceso de reconversión. Por lo tanto, el Estado debería dejar de proteger a los sectores sensibles (que forman parte de la industria ineficiente) y apoyar con políticas de incentivo a la creación y desarrollo de los sectores mencionados. Las políticas a desarrollar, lejos de tener una perspectiva de integración del entramado industrial, de protección y fomento al empleo y de utilización de las empresas públicas, se vinculan con la desburocratización de los instrumentos del Estado, la defensa de la competencia, la facilitación de oportunidades y la expansión del crédito y el mercado de capitales. La mayor apertura al comercio exterior, el proyecto de una nueva ley de mercado de capitales, el impulso al crédito hipotecario mediante las “UVAs” y la nueva ley de emprendedores son algunos ejemplos. Es decir, el objetivo central es el fomento al emprendedurismo, la competencia y a la igualdad de oportunidades en conjunto con el aprovechamiento de las ventajas comparativas de la Argentina.

      Las políticas laborales y sociales deben estar subordinadas a la estrategia macroeconómica y productiva. Ante la necesidad de tener un Estado menos intervencionista y más “facilitador” de la iniciativa privada, con foco en la inflación baja y el equilibrio fiscal, las políticas laborales y sociales deben “modernizarse”. El cambio en la concepción de las políticas laborales debería tender a quitar esfuerzos en el sostenimiento del empleo (con planes como el REPRO) y facilitar la reconversión productiva así como dar herramientas para el desarrollo de los nuevos sectores. En este sentido, se destacan avanzar en la educación y capacitación de los potenciales trabajadores (programas de formación laboral), bajar los costos laborales (ART, litigiosidad, contribuciones patronales), facilitar la reconversión de los trabajadores y mejorar la intermediación. La reforma laboral anunciada por el Gobierno en el marco de la actual campaña electoral se da en este marco. La nueva ley de ART, la presentación de la Ley de Primer Empleo, los recortes en el REPRO y PROGRESAR así como las críticas a la justicia laboral y la necesidad de discutir los convenios colectivos de trabajo muestran algunos de los rasgos de la nueva política laboral.

            En el plano de las políticas sociales, el objetivo se limita a achicar el gasto, reduciendo los distintos planes de forma solapada para generar el menor impacto político posible. En términos discursivos, se relaciona a las políticas sociales con la corrupción y la entrega de beneficios a personas que no lo necesitan para justificar los recortes previstos. El ajuste en las pensiones no contributivas, el intento de la modificación de la fórmula de la movilidad jubilatoria, la limitación en la moratoria jubilatoria y el recorte de beneficios en el PAMI son algunos ejemplos de esta orientación.

         En síntesis, las políticas implementadas y las que se intentan implementar a futuro se pueden entender como la tentativa de establecer un nuevo modelo de desarrollo para nuestro país. Las política macroeconómica, productiva, laboral y social forman parte de la búsqueda de incentivar la iniciativa privada y pasar de un Estado organizador de la actividad económica a uno que se limite a dejar el espacio para que los actores económicos desarrollen el país mientras se encuentran inmersos en la búsqueda de su propia eficiencia.

El modelo macrista en acción. ¿Funciona como modelo de desarrollo?

          En nuestra opinión, bajo las premisas expuestas, el modelo macrista implica un crecimiento que tiende a ser bajo, con problemas de sostenibilidad y excluyente. Es decir, impone ciertas condiciones a la economía argentina que le pondrán un techo al crecimiento y empeorarán la distribución del ingreso, con consecuencias muy lejos de las prometidas. Expondremos a continuación las principales causas.

       En primer lugar, el objetivo del equilibrio fiscal es de carácter contractivo, sin importar si se consigue bajando el gasto público o subiendo impuestos. El congelamiento sostenido del gasto público es una política que el Ministro de Hacienda ha defendido públicamente en sus columnas previas a ocupar el cargo actual. Aún si no se realiza una reducción brutal como suele pedir la ortodoxia económica, el congelamiento elimina al gasto público como un vector de la demanda que impulse el crecimiento. Si a esto se suma la promesa de bajar impuestos y contribuciones patronales, y la suba de los intereses de la deuda, es probable que los objetivos de déficit fiscal lleven a tener que reducir  el gasto público en términos reales.

      Las metas de inflación, por su parte, han llevado a sostener tasas de interés reales fuertemente positivas. Esto se acentúa cada vez que la inestabilidad cambiaria obliga a subir las tasas para amortiguar la fuga de capitales. Las tasas altas encarecen tanto el consumo en cuotas como la inversión, funcionando como otra ancla que dificulta la expansión económica.

       Por otra parte, el consumo privado es otro componente de la demanda que se busca que pierda fuerza. El salario es visto fundamentalmente como un costo a reducir para poder atraer inversiones extranjeras y aumentar las exportaciones, por lo que se hace necesario poner techo a las paritarias y comenzar a trabajar una reforma laboral. Esto se complementa con los el tarifazo para bajar los subsidios a los servicios públicos y los recortes en jubilaciones, pensiones y asignaciones, reduciendo el ingreso de los trabajadores disponible para el consumo.

       Como comienza a verse en la actualidad, los menores recursos intentan suplantarse con políticas de crédito, que puede generar demanda y bienestar en el corto plazo, comprometiendo el futuro, vinculado a las dificultades en el repago de la deuda.

       Asimismo, el consumo se verá afectado por las dificultades para crear empleo. Los sectores elegidos por el macrismo como el eje de su modelo (agro, minería, petróleo, servicios de alto valor agregado) representan alrededor del 10% del empleo privado registrado y ni siquiera conforman un bloque suficientemente dinámico, dado que la minería y el sector petrolero están destruyendo puestos de trabajo.

     El impacto negativo de la baja generación de empleo sobre el consumo y la demanda interna se potencia teniendo en cuenta la política de apertura y el crecimiento de las importaciones. Esta política se da en el marco de la reconversión propuesta por el gobierno, en la que los distintos sectores deben competir con el exterior, lo que genera problemas de rentabilidad y sostenimiento de la actividad en numerosas empresas, principalmente las vinculadas con el mercado interno. La filtración de la demanda interna a las importaciones es uno de los factores más importantes que explica las dificultades de establecer tasas de crecimiento robustas por parte del actual modelo económico.

        Por lo tanto, no sería extraño que continúe aumentando la masa de desempleados y de personas que terminarán trabajando en empleos con bajos salarios y de baja productividad en el sector informal. Lo sucedido hasta el momento muestra parte de este proceso. El empleo industrial perdido no ha podido ser reemplazado por otros puestos de trabajo similares en calidad y cantidad.

         Por otro lado, el empeoramiento del mercado de trabajo, en conjunto con la caída en la importancia de las políticas sociales, implicará una distribución del ingreso más desigual. Teniendo en cuenta que el 75% de los ingresos de los hogares provienen del trabajo, este proceso resulta inevitable y es una de las características más claras del modelo macrista.

      En paralelo, la explotación de recursos naturales es señalada constantemente como el factor distintivo del país que lo llevará a su desarrollo. En su versión del siglo XXI, ya no se le dice “Granero del Mundo”, sino que ha logrado incorporar cierta referencia al valor agregado, al llamarle “Supermercado del Mundo”. Sin embargo, la idea misma de ser ricos explotando recursos naturales se choca con que el país no cuenta con la suficiente dotación de recursos. Según el Banco Mundial, la riqueza per cápita de los argentinos es 57% menor a la de los australianos, 70% menor a la de los canadienses y 76% más reducida que la de los neozelandeses. Por lo tanto, para acercarnos a su nivel de vida, la exportación de las riquezas naturales argentinas tiene que ser complementada necesariamente con la diversificación productiva, especialmente del sector industrial.

      Esto suma también un manto de dudas sobre el dinamismo que puede adquirir la inversión extranjera y las exportaciones. Con una industria en retracción y una dotación de recursos naturales limitada, no queda claro a qué sectores irían las inversiones ni cómo se conquistarían los mercados externos. Además, actualmente la utilización de la capacidad instalada fabril se encuentra por debajo del 70%, dejando amplio margen para producir más sin tener que invertir. La única gran esperanza es la explosión de Vaca Muerta, la cual por el momento no toma ritmo suficiente por los precios internacionales del petróleo.

          Dado que las inversiones extranjeras y las exportaciones no toman vuelo, las necesidades de divisas para mantener el nivel de actividad seguirán siendo provistas por la deuda externa. El endeudamiento masivo, al ritmo de 40.000 millones de dólares al año,  y las condiciones más favorables para los movimientos de capital configuran un panorama en el que nuestro país se encuentra más expuesto a lo que pasa en el resto del mundo y más vulnerable a los capitales internacionales, de naturaleza intrínsecamente volátil.

       Los problemas de sustentabilidad de un modelo basado en la toma de deuda externa y de mayor fragilidad externa vinculada a los movimientos de capitales resultan evidentes. Las experiencias de liberalización y apertura de los años noventa dejaron claros los riesgos de este tipo de estrategia. En estos modelos, los efectos contagio de una peor situación internacional son más frecuentes e impactan con mayor intensidad sobre la economía porque los mecanismos de amortiguación sobre la actividad interna son escasos. La apuesta del modelo macrista de la nueva inserción en el mundo, con mayor apertura y atracción de capitales financieros quizás sea uno de los rasgos más peligrosos para el futuro de nuestro país.

       Asimismo, la pérdida de soberanía económica se vislumbrará cuando las constantes refinanciaciones de la deuda sean provistas con condicionalidades. Aún si no interviniera el FMI, hoy en día los fondos internacionales ya se están convirtiendo en opiniones que influyen sobre la política económica, reclamando que Argentina avance con el achicamiento del Estado y la flexibilización laboral.

       El comienzo del ciclo macrista tuvo hasta ahora un 2016 de ajuste y un año eleccionario en donde la expansión de la obra pública, el retraso cambiario y la postergación del tarifazo contribuyeron a la recuperación. Para el 2018, las reformas ya han sido anunciadas: será el tiempo de más aumentos de tarifas, de la reforma tributaria, de debatir la edad jubilatoria y la fórmula de movilidad, y de intentar que el país imite la reforma laboral brasilera. Si bien excede a esta nota, todavía está por verse cuál es la capacidad política del macrismo de imponer estas reformas, especialmente si pierde las elecciones de octubre. Más allá de esta salvedad, cada paso que logre avanzar no hará más que reforzar las características del modelo antes mencionadas.

      En resumen, el modelo macrista impone condiciones a la economía argentina que profundizan su tendencia al estancamiento, dejando así a la mayor parte de la población en los márgenes del sistema. Esto no implica que no puedan observarse períodos en que el nivel de actividad se expanda, pero bajo las condiciones del modelo, se transformarán en crecimiento económico con exclusión. Estas características se dan en el macro de la tendencia a la primarización de la estructura productiva, la baja generación de puestos de trabajo asalariados formales y el techo a los salarios. Además del carácter excluyente del modelo, la insostenibilidad externa del modelo, basado en la fuerte toma de endeudamiento externo, termina de configurar un panorama oscuro para el futuro cercano de la Argentina y, especialmente, de sus trabajadores.

*Economistas del Centro Periferia

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  1. Declaraciones de Prat Gay de noviembre de 2015. Disponible en https://www.clarin.com/home/devaluacion-dolar_0_ryUx6olKw7l.html
  2. Según el Presidente del BCRA, los aumentos de los servicios públicos iban a llevar a un cambio en los precios relativos (“unos precios suben y otros bajan”), porque los consumidores dejan de comprar el resto de los bienes dado que destinan una porción más elevada de su ingreso en tarifas. Por lo tanto, el tarifazo no sería inflacionario. Ver http://www.bcra.gov.ar/noticias/El_uso_del_concepto_de_equilibrio_general.asp.
  3. En los distintos informes de política monetaria del BCRA se relaciona la inflación con el dinero circulante.
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