EL RETO POPULISTA

Por Chantal Mouffe

La intelectual belga recupera la relevancia de la noción de populismo para entender el régimen democrático, en el contexto de profundización de lo que, en sus trabajos previos, ha denominado posdemocracia y pospolítica. Con expresiones de izquierda y de derecha, el movimiento populista significa, tanto en el contexto europeo como estadounidense, el retorno de lo político a la escena de los países centrales.

Hace ya tiempo que múltiples voces nos advierten contra el peligro del populismo, el cual es presentado como una ‘perversión de la democracia’. Pero con la victoria del Brexit en el Reino Unido y la popularidad inesperada de Trump en los Estados Unidos, la denuncia del populismo se ha vuelto más estridente. Los miembros del establishment parecen haber empezado a preocuparse por el potencial de descontento social que hasta ahora habían menospreciado. Nos acosan con declaraciones alarmistas que claman que el populismo tiene que ser eliminado porque significa una amenaza mortal para la democracia. Creen que la demonización del populismo y el temor a un posible retorno del ‘fascismo’ van ser suficientes para conjurar el crecimiento de partidos y movimientos que ponen en cuestión el consenso neo-liberal.
Es importante hacer frente a esa histeria anti-populista examinando qué es lo que ha estado en juego en la emergencia de los movimientos llamados ‘populistas’ en los últimos años en Europa. Resulta imperioso hacer un análisis sereno del estado actual de nuestras democracias a fin de visualizar la manera de fortalecer las instituciones democráticas contra los peligros a los cuales están expuestas. Esos peligros son reales, pero provienen del abandono por parte de los partidos que se presentan como ‘democráticos’ de los principios de soberanía popular e igualdad, los cuales son constitutivos de una política democrática. Con el auge del neo-liberalismo, esos principios han quedado relegados a categorías zombis, y nuestras sociedades han entrado en una era ‘post-democrática’.

I. ¿Qué se entiende exactamente por ‘post-democracia’? Empecemos por clarificar el significado de ‘democracia’. Como se sabe, etimológicamente democracia proviene del griego demos/kratos, y significa poder del pueblo. Se trata de un principio de legitimad que no se ejerce en abstracto, sino a través de instituciones determinadas. Cuando en Europa hablamos de ‘democracia’ nos referimos a un modelo específico: el modelo occidental que resulta de la inscripción del ideal democrático en un contexto histórico particular. Ese modelo – que ha recibido una variedad de nombres: democracia moderna, democracia representativa, democracia parlamentaria, democracia constitucional, democracia liberal, democracia pluralista- se caracteriza por la articulación entre dos tradiciones diferentes. Por un lado, la tradición del liberalismo político: el estado de derecho, la separación de los poderes y la defensa de la libertad individual; por otro lado, la tradición democrática, cuyas ideas centrales son la igualdad, la identidad entre gobernantes y gobernados y la soberanía popular. A diferencia de lo que se dice a veces, no existe una relación necesaria entre estas dos tradiciones, sino sólo una articulación histórica contingente que -como lo mostró C.B MacPherson- se materializó en el siglo XIX a través de las luchas conjuntas de los liberales y los demócratas contra los regímenes absolutistas.
Algunos autores como Carl Schmitt afirman que esa articulación -que fue el origen de la democracia parlamentaria- produjo un régimen inviable, ya que el liberalismo niega a la democracia y la democracia niega al liberalismo; otros, siguiendo a Jürgen Habermas, sostienen la co-originalidad entre los principios de libertad y de igualdad. Schmitt tiene razón, sin duda, al señalar la presencia de un conflicto entre la ‘gramática’ liberal de la igualdad- que postula la universalidad y la referencia a la ‘humanidad’- y la ‘gramática’ de la igualdad democrática, que requiere la construcción de un pueblo y la frontera entre un ‘nosotros’ y un ‘ellos’. Pero considero que se equivoca al presentar ese conflicto en términos de una contradicción que ineluctablemente ha de llevar a la democracia liberal pluralista a la autodestrucción. En La paradoja democrática propuse concebir la articulación de esas tradiciones – por cierto, finalmente irreconciliables- bajo el modo de una configuración paradójica, como el locus de una tensión que define la originalidad de la democracia liberal y garantiza su carácter pluralista. La lógica democrática de construir un pueblo y de defender prácticas igualitarias es necesaria para definir un demos y subvertir la tendencia al universalismo abstracto del discurso liberal; pero la articulación con la lógica liberal permite desafiar las formas de exclusión que son inherentes en las prácticas políticas de determinar el pueblo que ha de gobernar. La política liberal democrática consiste en un constante proceso de negociación – por medio de distintas articulaciones hegemónicas- de esa tensión constitutiva. Esa tensión, que se expresa en términos políticos por la frontera entre derecha e izquierda, sólo puede estabilizarse temporalmente mediante negociaciones pragmáticas entre fuerzas políticas, y dichas negociaciones siempre establecen la hegemonía de una de ellas. Revisitando la historia de la democracia liberal pluralista, constatamos que en algunas ocasiones predominó la lógica liberal, y en otras predominó la lógica democrática, pero las dos lógicas permanecieron activas, y la posibilidad de una negociación agonística entre derecha e izquierda -propia del régimen liberal-democrático, siempre se mantuvo.

II. Si se puede calificar la situación actual como ‘post-democracia’, es porque en los últimos años, con el debilitamiento de los valores democráticos como consecuencia de la implementación de la hegemonía neo-liberal, esa tensión constitutiva ha sido eliminada y han desaparecido los espacios agonísticos donde diferentes proyectos de sociedad podían confrontarse. En el terreno político esa evolución se manifestó a través de lo que en En torno a lo político he propuesto llamar la ‘post-política’ para apuntar al desdibujamiento de la frontera política entre derecha e izquierda. Con ese término me refiero al consenso establecido entre los partidos de centro-derecha y de centro-izquierda sobre la idea de que no había alternativa a la globalización neo-liberal. Bajo el pretexto de la ‘modernización’ impuesta por la globalización, los partidos social-demócratas aceptaron los diktats del capitalismo financiero y los límites que imponían a las intervenciones del Estado en las políticas redistributivas. El papel de los parlamentos y de las instituciones que permiten a los ciudadanos influir sobre las decisiones políticas fue drásticamente limitado, y los ciudadanos han sido despojados de la posibilidad de ejercer sus derechos democráticos. Las elecciones ya no ofrecen ninguna oportunidad de decidir sobre verdaderas alternativas por medio de los partidos tradicionales de ‘gobierno’. La política ha pasado a ser una mera cuestión técnica de gestión del orden establecido, un dominio reservado a la competencia de expertos. Lo único que permite la post-política es la alternancia bipartidista en el poder entre los partidos de centro-derecha y de centro-izquierda. Todos aquellos que se oponen a ese ‘consenso en el centro’ son percibidos como ‘extremistas’ y calificados de ‘populistas’. La soberanía popular ha sido declarada obsoleta, y la democracia ha sido reducida a su componente liberal. Así fue socavado uno de los pilares del ideal democrático: el poder del pueblo. Por cierto, se sigue hablando de ‘democracia’, pero sólo para indicar la presencia de elecciones y la defensa de los derechos humanos.
Esos cambios a nivel político han tenido lugar en el contexto de un nuevo modo de regulación del capitalismo, en el cual el capital financiero ocupa un lugar central. Con la financiarización de la economía se produjo una gran expansión del sector financiero a costa de la economía productiva. Bajo los efectos conjuntos de la desindustrialización, de la promoción de cambios tecnológicos y de procesos de relocalización hacia países donde la fuerza de trabajo era más barata, se redujeron los puestos de trabajo. Las políticas de privatización y desregulación también contribuyeron a crear una situación de desempleo endémico, y los trabajadores se encontraron en condiciones cada vez más difíciles. Si uno añade los efectos de las políticas de austeridad que fueron impuestas después de la crisis de 2008, se pueden entender las causas del aumento exponencial de las desigualdades que hemos presenciado en varios países europeos, particularmente en el sur. Esa desigualdad ya no afecta solamente a las clases populares, sino también a buena parte de las clases medias, que han entrado en un proceso de pauperización y precarización. Los partidos social-demócratas han acompañado esta evolución, y en muchos lugares incluso han jugado un papel importante en la instauración de las políticas neo-liberales. Esto contribuyó a que el otro pilar del ideal democrático -la defensa de la igualdad- también haya sido eliminado del discurso liberal- democrático. Lo que rige ahora es una visión liberal individualista que celebra la sociedad de consumo y la libertad que ofrecen los mercados.

III. El resultado de la hegemonía neoliberal fue la instauración, tanto a nivel socio-económico como político, de un régimen verdaderamente ‘oligárquico’. Es precisamente esa oligarquización de las sociedades europeas lo que da origen al éxito de los partidos populistas de derecha. De hecho, son a menudo los únicos que denuncian esa situación y prometen volver a darle al pueblo el poder que le ha sido confiscado por las elites, y defenderlo contra la globalización. Traduciendo los problemas sociales en clave étnica, en muchos países llegaron a articular en un vocabulario xenofóbico las demandas de los sectores populares, las cuales fueron ignoradas por los partidos del centro por ser incompatibles con el proyecto neoliberal. Los partidos social-demócratas, prisioneros de sus dogmas post-políticos y reacios a admitir sus errores, se niegan a reconocer que muchas de esas demandas son demandas democráticas legítimas, a las cuales es preciso dar una respuesta progresista. De ahí su incapacidad para aprehender la naturaleza del reto populista.
Para poder apreciar ese reto es necesario rechazar la visión simplista difundida por los medios, que tachan al populismo de pura demagogia. La perspectiva analítica desarrollada por Ernesto Laclau nos ofrece instrumentos teóricos importantes para abordar esa cuestión. El define al populismo como una forma de construir lo político, que consiste en establecer una frontera política que divide la sociedad en dos campos, apelando a la movilización de los ‘de abajo’ frente a ‘los de arriba’. Surge cuando se busca construir un nuevo sujeto de la acción colectiva- el pueblo-, capaz de reconfigurar un orden social vivido como injusto. No es una ideología, y no se le puede atribuir un contenido programático específico. Tampoco es un régimen político. Es una manera de hacer política que puede tomar varias formas según las épocas y los lugares, y es compatible con una variedad de formas institucionales. El populismo se refiere a la dimensión de soberanía popular y de construcción de un demos que es constitutiva de la democracia. Ahora bien, es justamente esa dimensión la que ha sido descartada por la hegemonía neoliberal, y es por eso que la lucha contra la post-democracia requiere una intervención política de tipo populista.

IV. El ‘momento populista’ que estamos presenciando nos ofrece la oportunidad de restablecer una frontera política que permita recrear la tensión agonista propia de la democracia. De hecho, varios partidos populistas de derecha ya lo están haciendo, y es lo que explica sus avances recientes. La fuerza del populismo de derecha se explica precisamente porque fue capaz, en muchos países, de trazar una frontera y de construir un pueblo para dar una traducción política a las diversas resistencias al fenómeno de oligarquización inducido por la hegemonía neoliberal. Su atractivo es particularmente notable en las clases populares, pero también está prosperando en las clases medias afectadas por las nuevas estructuras de dominación ligadas a la globalización neoliberal.
Desgraciadamente, hasta ahora, la respuesta de las fuerzas progresistas no ha estado a la altura del reto. Se han dejado influenciar por los discursos de las fuerzas del establishment, que descalifican al populismo para poder mantener su dominación. Siguen preconizando estrategias políticas tradicionales, inadaptadas para la profunda crisis de legitimidad que afecta a los regímenes liberal-democráticos. Esta crisis es la expresión de demandas muy heterogéneas, que no pueden ser formuladas de manera adecuada a través del clivaje derecha/izquierda, tal como está configurado tradicionalmente. A diferencia de las luchas características de la época del capitalismo fordista, cuando existía una clase obrera defendiendo sus intereses específicos, en el capitalismo neoliberal post-fordista surgieron resistencias en muchos puntos por fuera del proceso productivo. Esas demandas ya no corresponden a sectores sociales definidos en términos sociológicos y por su ubicación en la estructura social. Muchas son reivindicaciones que tocan cuestiones que tienen que ver con la calidad de vida y que poseen un carácter transversal. También han adquirido una creciente centralidad las demandas ligadas a las luchas contra el sexismo, el racismo y otras formas de dominación. Para poder articular tal diversidad en una voluntad colectiva, ya no funciona la frontera tradicional izquierda / derecha. Federar esas diversas luchas exige establecer una sinergia entre el movimiento social y formas partidarias con el objetivo de construir un ‘pueblo’ y para eso se requiere una frontera construida de manera populista.
Eso no quiere decir que la oposición izquierda/ derecha deje de ser pertinente, pero se debe plantear de otra manera, en función del tipo de populismo que está en juego y de las cadenas de equivalencias a través de la cuales se construye ‘el pueblo’. Entendido como categoría política, el pueblo siempre resulta de una construcción discursiva, y el ‘nosotros’ alrededor del cual se cristaliza puede ser construido de distintas maneras, dependiendo de los elementos que lo constituyen y de la manera como se define el ‘ellos’ al cual está confrontado. Es allí donde radica la diferencia entre un populismo de derecha -como el de Marine Le Pen, que construye un pueblo que se limita a los ‘verdaderos nacionales’, excluyendo a los inmigrantes relegados al ‘ellos’, junto con las fuerzas ‘anti-nación’ de las elites- y un populismo de izquierda de corte progresista. Este último está representado en Francia por el movimiento de Jean-Luc Mélenchon, que tiene una concepción más amplia del ‘nosotros’ que incluye a los inmigrantes, los movimientos ecologistas y los colectivos LGBT, definiendo el ‘ellos’ como el conjunto de fuerzas cuyas políticas fomentan la desigualdad social. En el primer caso estamos en frente de un populismo autoritario cuyo objetivo es una restricción de la democracia, mientras que en el segundo caso se trata de un populismo que aspira a ampliar y radicalizar la democracia.

V. Además de cómo se construye el pueblo, hay que considerar otra cuestión importante para distinguir entre varias formas de populismo: la manera como se concibe la relación entre el pueblo y los ‘de arriba’. Las identidades colectivas siempre requieren la distinción nosotros / ellos, pero en el campo político la frontera entre el nosotros y el ellos indica la presencia de un antagonismo, es decir de un conflicto que no puede tener una solución racional. Pero ese antagonismo puede manifestarse bajo formas diferentes. Puede tomar la forma de una confrontación amigo/enemigo cuyo objetivo es de erradicar el ‘ellos’ para establecer un orden radicalmente nuevo. La revolución francesa nos procura un ejemplo de ese populismo ‘antagonista’. Pero esa confrontación puede también darse bajo una forma ‘agonista’, donde el ‘ellos’ no es visto como un enemigo, sino como un adversario contra el cual se va a luchar a través de medios democráticos. Para que un movimiento populista sea compatible con la democracia pluralista, la confrontación tiene que ser de tipo agonista. Un populismo agonista no aboga por el rechazo total del marco institucional existente. Su objetivo no es la destrucción de las instituciones liberal-democráticas, sino la desarticulación de los elementos que configuran el orden hegemónico y la rearticulación de una nueva hegemonía.
Un populismo de izquierda idóneo para la situación europea debe ser concebido como un ‘reformismo radical’ que se esfuerza por recuperar y profundizar la democracia. Es una lucha que se lleva a cabo por medio de una ‘guerra de posición’ en el seno de las instituciones, con el fin de transformarlas. Una lucha que, por cierto, va necesitar cambios institucionales significativos para permitir que se exprese la voluntad popular, pero esos cambios no significan un desafío radical a las instituciones llamadas ‘republicanas’. No se trata de acabar con la democracia representativa, sino de fortalecer las instituciones que dan voz al pueblo. Es una forma de ‘republicanismo plebeyo’ que se inscribe en la línea democrática de la tradición republicana, cuyo precursor fue Maquiavelo.
La actual crisis se debe a que nuestras instituciones no son suficientemente representativas, no al hecho mismo de la representación. La solución no puede ser la eliminación de la representación y la instauración de una democracia ‘presentista’ como pretenden algunos. Como lo he subrayado en Agonística , en una sociedad democrática que reconoce la posibilidad siempre presente del antagonismo, y donde el pluralismo no se concibe de un modo armonioso y anti-político, las instituciones representativas -al dar forma a la división de la sociedad- desempeñan un papel crucial porque permiten la institucionalización de esa dimensión conflictual. Ahora bien, ese rol sólo puede ser cumplido mediante la existencia de una confrontación agonista. El problema central de la post-democracia es la ausencia de tal confrontación agonista y la incapacidad de los ciudadanos de escoger entre verdaderas alternativas. Es por eso que la cuestión de las fronteras es decisiva.
Estoy convencida de que en los próximos años el eje central del conflicto político se va dar entre populismo de derecha y populismo de izquierda, y resulta imprescindible que los sectores progresistas entiendan la importancia de involucrarse en esa lucha. Idear un populismo de izquierda requiere visualizar la política de manera que se reconozca su carácter partisano. Hay que descartar la perspectiva racionalista dominante en el pensamiento político liberal-democrático y reconocer la importancia de los afectos comunes (lo que llamo las ‘pasiones’) en la formación de las identidades colectivas. Es a través de la construcción de otro pueblo, de una voluntad colectiva que resulte de la movilización de las pasiones en defensa de la igualdad y de la justicia social, que se puede combatir la política xenófoba promovida por el populismo de derecha.

«Estoy convencida de que en los próximos años el eje central del conflicto político se va dar entre populismo de derecha y populismo de izquierda, y resulta imprescindible que los sectores progresistas entiendan la importancia de involucrarse en esa lucha.»

Al recrear fronteras políticas, el ‘momento populista’ al cual estamos asistiendo en Europa nos señala un ‘retorno de lo político’. Un retorno que puede abrir la vía para soluciones de índole autoritarias -a través de regímenes que debilitan las instituciones liberales democráticas-, pero que también puede conducir a una reafirmación y profundización de los valores democráticos. Todo va a depender del tipo de populismo que salga victorioso de la lucha contra la post-política y la post-democracia.

* La primera versión de este artículo fue publicada en la revista La Circular.
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