Elogio de la Mística. En el quilombo de las marchas esta la verdadera y única civilización

       Por Martín Bolaños

      Decía Marx que las condiciones materiales para el paso de una fase del sistema capitalista a la siguiente estaban dadas recién cuando la fase a ser superada llegaba a su máximo grado de desarrollo. Hasta que tal desarrollo no se produjera, los intentos de “apurar” la historia serían vanos. La actual fase financiera del capitalismo global integrado está alcanzando actualmente su despliegue máximo. Esto puede comprobarse en todos los niveles de la agenda política: global, regional y local.

       Sus efectos devastadores se manifiestan tanto en la esfera económica como en la esfera cultural y en especial en la esfera de los valores humanos. La decadencia demencial de las dirigencias globales, regionales y locales demuestra que el capitalismo, aun cuando ha desplazado sus centros geopolíticos (desde Europa y Estados Unidos hacia Rusia, Medio Oriente, India y China) opera con la misma saña imperialista que lo ha caracterizado desde su fundación. En esta fase financiera, el Capital consigue desprenderse de la fuerza de trabajo como base productiva, mediante la tecnologización y el consecuente reemplazo del sujeto social del trabajo por el robot y la computadora. De este modo, se ha desprendido de su dependencia de la base productiva, generando la mayor crisis de empleo de la historia, y librando a su suerte a más de dos tercios de la población mundial, tratada ahora como una masa biológica descartable. Este destrato ya ha alcanzado  un estatus discursivo, jurídico, militar y político.

       La claudicación siempre presente de las dirigencias confirma el estado de lucha de clases invertida, es decir, un escenario en el que la única clase que lucha y vence es la clase dirigencial del poder financiero-extractivista. Todas las formas de organización política y gubernamental están hoy día disueltas. Se mantienen apenas como una mascarada obscena, pronta a caer, para exhibir en toda su crudeza un poder real, anti-democrático, tiránico y genocida que no necesita ya esconder sus intenciones.  No solamente han sido destruidas las formas de organización social propias de los estados-nación, sino a los estados mismos y también a los espacios geográficos que estos ocuparan, arrasados sistemáticamente bajo la forma del extractivismo, la depredación ambiental y la contaminación extrema de los suelos y las aguas. De modo que el saqueo de los territorios se produce simultáneamente en tres esferas: el extractivismo, el endeudamiento, y el vaciamiento cultural a través de los medios de comunicación. Asegurados estos tres bastiones, el capital financiero integrado lleva a cabo su proyecto de concentrar los recursos que le quedan al planeta bajo el control de una décima parte de la población humana. El proyecto acepta (a veces de manera implícita y otras de manera explícita) que el noventa por ciento de la humanidad restante se vaya extinguiendo lentamente a la par del agotamiento del planeta.

        Este “generoso” proyecto se apoya en la incapacidad de organización y movilización aunada de las victimas del mismo. Es difícil explicar la incapacidad de reacción de una masa humana planetaria que parece haber renunciado al instinto de supervivencia. Algunas causas están claras: instauración del individualismo, sometimiento de las comunicaciones a estrategias materiales y simbólicas manejadas como armas psicológicas a nivel planetario, corrupción implantada y alimentada en todas las dirigencias, división y enfrentamiento inducidos entre las poblaciones, y muchas más. Todas estas técnicas, aún cuando actualmente se han sofisticado tecnológicamente, fueron históricamente implementadas desde los albores de la “civilización” humana. Y también desde entonces han hallado contramovimientos persistentes y núcleos que se han mostrado inaccesibles a estas estrategias viles.

          Uno de estos núcleos es y ha sido la actividad política, a veces como mera demarcación de espacios simbólicos y otras veces como auténticas operaciones de resistencia y construcción colectivas. La política garantizaba hasta hace poco la participación de intereses antagónicos en un espacio social común. Durante algunos siglos, la forma de la política entendida en este sentido de participación adquirió la retorica de la Democracia y de la República, aun cuando sus definiciones, límites y modos de instrumentación pudieran aparecer desdibujados, desplazados y hasta borrados en diferentes lugares y momentos coyunturales.

        En este sentido, las dictaduras y los regímenes autoritarios más rancios se han presentado siempre como garantes de algún tipo de democracia, en un sentido absurdamente restringido, contradictorio o incluso hipócrita. Pero mas allá del cinismo, la magia de palabras como Democracia, República, Estado o Política servían de excusa a falsos defensores para mantener sus posiciones discursivas de poder.

       Hoy en día estas formas políticas ya no significan nada. Los detentores del poder han logrado que las sociedades acepten déspotas del peor calibre, incluso, en los países centrales del nodo imperial. No solamente por la convalidación del voto, cuya manipulación evidente lo hace ya otra de las formas muertas de la política, sino en especial en la ausencia de la conformación de frentes antihegemonicos capaces de acceder al poder y disputar el control de la distribución social planetaria de la riqueza en el marco de una geopolítica de la paz.

    A esta coyuntura se la llama hoy la “anti-política”. Instaurado el discurso del agotamiento de las dirigencias, se traslado con eficacia la asimilación de dicho agotamiento a las bases representadas, que ya no confían siquiera en si mismas. Crisis de representación, crisis de la política. El neoliberalismo instauró en este escenario la idea de una anti-política que prescindiera de la representación, generando la ilusión de una democracia horizontal consistente en la participación mediante redes sociales en la “gestión” de los espacios públicos. Esta ilusión permite separar aun más a las bases respecto de sus dirigencias, mostrando a estas como mediaciones innecesarias, corruptas e inmorales. El ataque, mediático, judicial, económico y político contra las formas de representación de la ya extinta participación democrática solo se sostiene mediante una contradicción de gestos: el ocultamiento de las relaciones de poder reales en el discurso, al mismo tiempo que una exhibición teatralizada del poder omnímodo imperial, que a plena luz del día dispensa la muerte, la opresión y la miseria sin otra justificación que la que otorga el derecho del más fuerte. Esta contradicción intencional entre discurso y gesto ha generado el modo de neurosis paralizante que recorre el mundo y atenaza la acción política, condenada de antemano al fracaso ya que ha depositado la fatalidad de la derrota en los corazones de las víctimas.

     Si el campo de lo político está ocluido (privatizado, cooptado, manipulado y explotado por el capitalismo global y su lógica perversa) sólo queda usufructuar la anti-política. Pero existen dos modos contrapuestos de anti-política. En los otrora países “subdesarrollados”, ahora eufemísticamente renombrados como “emergentes”, la anti-política funciona de manera inversa a cómo opera en los países “centrales”. En Estados Unidos, Europa y Japón, la anti-política es una forma explicita de fascismo. Una muralla discursiva que protege los intereses del capital concentrado, invocando residuos de un nacionalismo folclórico y amenazas exógenas con el fin de urdir una alianza electoral que deje fuera de la escena a la “sociedad civil” -terreno de la disputa democrática de intereses en la tradición liberal emancipatoria heredada de la revolución francesa- para encolumnar a la masa social tras la defensa de un solo interés: el del poder mundial concentrado (Bayer, Monsanto, Lockheed, Shell, Gazprom, NSA, etc).

      En cambio, las naciones que han pasado por largos procesos de invasión imperialista y sus consecuentes movimientos de liberación (América Latina, Medio Oriente, algunas regiones de África) ejercen otro modo de anti-política.  Lo que la tradición intelectual europea insiste en llamar “populismo”, es algo abiertamente opuesto en el hemisferio norte y en el hemisferio sur. Allí donde el populismo es una reacción anti-política de corte fascista, en sudamerica representa lo contrario, la disputa del espacio político por parte de las diferencias, de los grupos heterogéneos históricos cuya única cosa en común es la condición de victimas empobrecidas de un sistema imperial de extracción (tanto material como cultural). Lo que en los Nortes se expresa con la regularidad uniforme de las falanges, en los “sures” emerge como insurrecciones inorgánicas, espontaneas, desprolijas, coyunturales y heterogéneas. Esta diversidad matricial es lo que expresaron y expresan los movimientos populares de los sures globales. Y no es casual que estos movimientos reivindiquen la política mediante una anti-política, aun cuando se ven obligados a abandonar sus formas geometrizadas, tanto las que propone el progresismo, como las que impone el conservadurismo popular.

       En este contexto, los movimientos populares de liberación han sintetizado admirablemente las fuentes emocionales que los mantienen en funcionamiento. Y hacer de estas fuentes emocionales una herramienta de la anti-política es su camino tortuoso de supervivencia. Supervivencia que a su vez es apertura de un espacio político con tres fortalezas estratégicas: 1) produce formas de abastecimiento económico de subsistencia desligadas del flujo del capital, 2) produce formas simbólicas que unen los pasados, los presentes y los futuros, dando sentido y continuidad al espacio social que instituyen y 3) desorganizan permanentemente los intentos de imposición hegemónica del programa de dominación capitalista global.  Estas tres ventajas se complementan con una cuarta, de importancia no menor. Y es la impenetrabilidad por parte del discurso-acción de los mercados.

      Pensando ahora en sus manifestaciones argentinas, vistas y vividas desde el centro porteño: no se puede vender la mística en un shopping, ni se la puede dividir en focus groups. Al contrario, es esta fuerza emocional la que crea su propio “merchandising” callejero, la que crea remeras, banderas, tatuajes y pintadas y los convierte en la imagen retorica visual de un espacio político en disputa. Tampoco se puede “trollear” la mística, porque no es permeable a la manipulación de los espacios virtuales.  La mística está hecha de cosas contundentes: de baldozas arrancadas a la vereda, de olor a gas pimienta, gomas quemadas y choripán, de sonidos de bengalas, bombos y trompetas, de colores Comunistas y brillantinas de carnaval. La mística quiebra el sentido del espacio y el sentido del tiempo programados por la “inteligentzia” urbana. Deja inútiles a los semáforos y las vallas, ridiculiza metrobuses y bicisendas, profana paredes blancas y desparrama pis en las veredas. Congestiona los subtes y las confiterías con impensadas explosiones de cantitos y percusiones, altera el transito de las rutas, reúne gente y obliga a verse, tocarse y olerse en un cara a cara materialista y visceral. Nada de esto es cooptable por el espacio liberal-fascista de las oligarquías universales.

       El encuentro en la calle es irreductible a las redes de la virtualidad. Pero tiene otros enemigos. Enemigos que no vienen del “exterior” del campo popular sino de su constitución misma. Uno de ellos es la mencionada inorganicidad. En tanto ágora o asamblea de lo diverso, el espacio popular tiene muchos problemas de articulación, etapa decisiva para pasar de la defensa al ataque. La dificultad de articulación de los campos populares es, se sabe, exasperante: temporalidad geológica, dispersión espacial y política, ceguera transitoria para identificar y reconocer liderazgos. Este aspecto de temporalidad premoderna constituye la eterna ventaja del enemigo, menor en número, pero superior en recursos, en organicidad y, ahora lo sabemos, superior también en velocidad de acción.

         El otro enemigo es lo que se puede llamar la “cooptación interna”. Es decir, si bien el campo popular definido como una puesta en acción anti-política de la heterogeneidad histórica, no es cooptable mediante el discurso de la mercadotecnia pseudodemocratica liberal, es, sin embargo, fácilmente cooptable por parte de dirigencias enquistadas en su propio seno y que invariablemente operan a favor de intereses contrarios al mismo. Se puede poner como ejemplo la mística desplegada en los actos multitudinarios de la CGT. En estos espectáculos de visibilización popular, la mistica, que debiera ser espontanea, anarquica e inorgánica, funciona sin embargo como una gran construcción de imagen. Se invierte dinero, infraestructura y logística en el apoyo, pertrechamiento y movilización de un carnavalismo sindical de barrabrava, operado para copar el espacio popular, a fin de neutralizar su poder de confrontación anti-político.

      ¿Agotamiento de las formas de expresión movimientistas? ¿Incorporación definitiva de estas prácticas al sistema de lo meramente posible? ¿Reducción de la mística al mercado posmoderno de expresiones populares pintorescas? Puede ser. Esa es la encrucijada actual. No pasa tanto por la aparición de un liderazgo a lo Nestor, Chavez, Cristina o Lula, sino a la capacidad inventiva de lo inesperado que anida en -y solamente en- el campo popular profundo. Campo que ha perdido su capacidad tradicional de disputa del poder concentrado, y que no ha creado aun las herramientas para una nueva convocatoria de fuerzas vivas capaz de destronar a los títeres del capital.

    Como siempre ha ocurrido, los liderazgos aparecen cuando el campo popular profundo se autoconstituye como sujeto social. No antes ni tampoco después. Esta sincronicidad es muy esporádica y responde a esa temporalidad pre-moderna y anti-política de la que es expresión. Por eso también sus apariciones constituyen rupturas mesiánicas en la cadena previsible de los histórico y por eso también son momentos fundantes de nuevas historicidades. Porque el capitalismo financiero integrado necesita anular el tiempo para multiplicar su tasa de ganancia. Es lo que Marx llamaba la “compresión espacio temporal” de los ciclos capitalistas. Cada vez mas veloces, cada vez menos localizables, al tiempo de disolver en un universo de bitcoins al espacio, al tiempo, a la tierra y a su gente. El capitalismo es la consumación global de la barbarie. En el quilombo de las marchas está la verdadera y única civilización.

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