¿Es la “unidad” la mejor opción?

   Por Ariel Colombo

     Esta nota se propone seguir brevemente el itinerario de la idea de hegemonía y extraer algunos elementos de juicio para pensar si el kirchnerismo como oposición política sigue la estrategia más eficaz. Mi presunción es que los gobiernos ultraliberales inaugurados para gestionar la etapa financiera del capital global desde los 70´ hasta sus restauraciones actuales, no son capturados por dicha noción, y que por ende tenerla en mente para confrontarlos supondría errores difíciles de enmendar.

1.  Antonio Gramsci teorizó el concepto, pero la izquierda rusa lo usaba ya. Lenin, tras la derrota de 1905 y dirigiéndose contra los mencheviques, postula que en tanto las tareas liberales no se hubieran cumplido contra el orden feudal, los obreros debían dirigir la lucha de todo el pueblo, en especial la de sus aliados campesinos. “El proletariado es revolucionario sólo en la medida en que es consciente y hace efectiva la idea de hegemonía” y “predicar a los obreros que lo que necesitan no es la hegemonía sino un partido de clase significa traicionar la causa del proletariado en favor de los liberales… Renunciar a la idea de hegemonía es la forma más cruda de reformismo…”. Por cierto, Lenin incumplió (acertadamente) su propia recomendación y en 1917 llamó a la revolución. Sin embargo, en adelante y hasta su muerte no dejó de convocar a la izquierda de los países con regímenes liberales consolidados de Europa occidental, a frentes populares unificados que no se plantearan en primer lugar la insurrección (como en Oriente) sino la exigente y larga construcción de un consenso que reuniera a todas las clases explotadas. Trotski estaba de acuerdo y la Tercera Internacional en 1922 extendió el concepto para describir la dominación burguesa, advirtiendo que si esta relegaba a la clase obrera a un papel corporativo separando falsamente a la política de la economía, quedaría para siempre protegida de la lucha de clases.

Pero si el deslizamiento del concepto para retratar el trabajo de la derecha era acertado, no lo era para hacerlo a la vez con la construcción del campo popular al ser neutralizado su poder heurístico. Gramsci incurrió en el problema. El sentido común es, de acuerdo a su punto de vista, arbitrario y contradictorio, pero produce un pensamiento ex novo que la filosofía tiene por misión depurar sea cual sea su popularidad. La importancia de la filosofía se mide por la eficacia con que al ser transformado se corresponderá con las exigencias históricas hasta convertirse en ideología. Sin embargo, como las masas pueden adherir al pensamiento solamente por la fe, será crucial el componente “autoritario y organizativo”, que aportará una racionalidad que consiste, para Gramsci, en no dejarse llevar por impulsos instintivos o violentos. Su empalme con las necesidades objetivas de la época se constatará por el hecho de ser adoptada por el mayor número. Así, una creencia popular llegará a ser hegemónica de modo meramente fáctico, disociadamente de su validez, y esto no ha sido resuelto por el debate posterior. Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, por ejemplo, han reformulado el concepto gramsciano de hegemonía, extirpando su reduccionismo de clase. La hegemonía únicamente puede resultar de una pluralidad de articulaciones a las cuales no subyacen tendencia teleológica alguna porque el imaginario democrático de nuestra época permite articulaciones tan contrastantes como el populismo de derecha y el populismo de izquierdas. Por lo cual no habría ningún criterio interno a la propia construcción teórica que discrimine entre una articulación que resulta de la manipulación de otra que es producto de la convicción. Lo que concluye, nuevamente, en una descripción teóricamente neutral del enfrentamiento entre prácticas articulatorias.

2.  Como señalara Perry Anderson la experiencia de la Comuna de París cerró la expectativa de “revolución permanente” y abrió paso a la de hegemonía, que no obstante a quedar de lado con la Revolución de Octubre se acudió a ella para teorizar el papel de la clase obrera en condiciones en el que la insurrección ya no era posible. Pero el intento de Gramsci contribuyó extraordinariamente, más bien, a captar cómo la burguesía se las arreglaba para mantener el dominio sobre los sectores populares. La extensión del sufragio y de otros derechos no se demostraban como instrumentos para la abolición de la propiedad privada y en algunos países ya no forzaban a la burguesía a buscar protección en una dictadura. La explotación podía perpetuarse con el consentimiento de los explotados y este fue su punto de partida para buscar una estrategia emancipadora que Gramsci no podría encontrar, según creo, porque el concepto de hegemonía explica la consolidación del poder burgués, y no para anticipar los recursos teóricos para una revolución sin rebelión.

Gramsci se centró en la función de la ideología enemiga señalando algo que suele olvidarse con frecuencia: el consenso de los oprimidos se obtiene si esa ideología hace inteligible la experiencia que viven cotidianamente, pero en tanto el engaño no puede perpetuarse a gran escala, debe sostenerse en bases materiales y contar subyacentemente con la coerción. El consentimiento de los explotados debe reproducirse invirtiendo productivamente hoy las ganancias para garantizar mañana mayores salarios, empleos e impuestos que solventen al Estado. Si los capitalistas no apropian ganancias en el presente es improbable la realización futura de los intereses económicos de la sociedad en su conjunto, pero si estos últimos no se realizan, al menos parcialmente, se producirá un “equilibrio catastrófico” entre las clases hasta una “crisis orgánica” por la que la sociedad se aparte de sus dirigentes. En los términos estilizados de Adam Przeworski: “El conflicto entre salarios y beneficios bajo el capitalismo constituye no solo un intercambio social entre presente y futuro, no solo una elección entre consumo e inversión, sino incluso una negociación entre salario actual y salario futuro… Así, pues, los capitalistas están en una posición única dentro del sistema: representan los intereses universales futuros mientras que los intereses de todos los demás grupos se presentan como particularistas y, por tanto, enemigos de cualquier desarrollo futuro”. Además,  las ganancias pueden ser consumidas, fugadas, o atesoradas, no habiendo nada automático que garantice que sean invertidas en beneficio de los intereses venideros de la sociedad, por lo que hay que “hacer política” para obtener concesiones para poder prometer a la sociedad las compensaciones que espera por sus sacrificios actuales. La indeterminación de los conflictos obliga a comprometerse y a participar en el sistema, mientras la represión se reservará para las partes que no observan las reglas.

3. La estrategia del frente unido para enfrentarse al eventual surgimiento del fascismo recomendada primero por Lenin y después por Gramsci, no fue la seguida por las izquierdas italiana, alemana y española, precisamente por la inviabilidad de la hegemonía sobre la sociedad civil, no por errores tácticos de una izquierda de masas que desplegó una incomparable militancia propagandística y organizativa sino porque para entonces ya estaba en marcha, desde el último tercio del siglo XIX la debacle de los mercados e instituciones liberales supuestamente autorregulados, que culminó rápidamente en la guerra total y en el ascenso del fascismo. La recomendación fue seguida, en cambio por Franklin Roosevelt y por socialdemócratas y nacional-populares, que levantaron sociedades industriales y Estados keynesianos de bienestar, cuyo intervencionismo complementaron con empresas públicas que proporcionaban una relativa autonomía del capital, además de sindicatos y partidos que fueron artífices políticos de los trueques intertemporales entre las clases. Gracias a estas mediaciones fueron garantizados, secuencialmente, una alta tasa de ganancia en actividades productivas y beneficios generalizables a toda la sociedad, y la burguesía sacó adelante al capitalismo en términos a aquel dispositivo elaborado por Gramsci desde la cárcel.

La ruptura del compromiso entre capitalistas y ciudadanos o trabajadores, sean en el plano de sus bases materiales o el de sus bases ideológicas, no llevaría necesariamente, según Gramsci, a situaciones revolucionarias, las que podían ser contenidas por dictaduras “cesaristas”. En efecto, cuando estas situaciones se presentaron a fines de los 60´y principios de los 70´, con una nueva oleada de rebeliones, las fuerzas populares no contaron con las herramientas teóricas para confrontar con la hegemonía burguesa y liquidar al sistema. La solución burguesa a la crisis que desató el activismo popular e izquierdista no estuvo contemplada ni por su enfoque ni por otros posteriores. Los costos temporales de transición desde un régimen liberal hegemónico a una democracia poscapitalista disuadieron a los trabajadores y a los ciudadanos de avanzar, y la solución de fondo que encontró a nivel local y global la burguesía transnacional ante el impasse o irresolución de las fuerzas populares fue un régimen liberal que no requería de la hegemonía sino de la extorsión.

4.   La clase dominante evitó el choque frontal y desató una persistente inflación con recesión que desactivó a los sindicatos y partidos colocándolos a la defensiva. Sobre este repliegue los estratos altos de la burguesía instauraron el régimen político que aun padecemos. Esta variante no hegemónica gestionó la segunda secuencia (financiera) del cuarto ciclo capitalista descripto por Giovanni Arrighi y cuyo centro de poder han sido los EE.UU. Su particularidad es que obtiene el consenso de los trabajadores y de la clase media sin nada a cambio. El futuro es confiscado por el endeudamiento infinito y la fuga hacia adelante permanente. Los medios de comunicación, manejados con adrede irresponsabilidad y banalidad, reemplazan a los partidos de masas, mientras el gobierno se abstiene de transgredir (salvo por mediocridad o miserabilidad de sus titulares) el Estado de derecho. Aleccionados por la inflación y el desempleo, los trabajadores no se han recuperado políticamente hasta hoy, mientras que la clase media, fracasada como burguesía y sin vocación hegemónica, acobardada de antemano por eventuales reacciones de arriba o de abajo, buscó una salida individualista y antiigualitaria que no se halla disponible para todos sus miembros en ninguna parte del mundo.

El tránsito de la hegemonía a la extorsión reafirmó la opresión capitalista amenazando a la sociedad con estar peor (o de estar tan mal como en un pasado real o imaginario) si no acepta las actuales condiciones de vida que la propia burguesía se ha encargado previamente de degradar. No puede prometer un futuro porque se lo ha apropiado a través de la deuda que le garantiza la renta que compensa el plusvalor resignado en las actividades productivas. Mientras que el déficit fiscal primario keynesiano inherente a la hegemonía se financiaba con emisión, el déficit fiscal secundario neoliberal es financiado con nueva deuda que se paga con ajustes antiestatales y antipopulares. Si el primero afectaba las expectativas inversoras pero realizaba el plusvalor indirectamente mediante aumentos de salario, del empleo y de la inversión pública, el segundo salda el plusvalor mediante un rentismo derivado de deudas financieras que también afectan negativamente las expectativas empresarias porque se sabe anticipadamente que en algún momento el Estado tendrá que pagarla además de resolver las necesidades sociales que dejó de satisfacer, y que tendrá que hacerlo tributariamente.

A la vez, los empresarios exigen altas tasas de ganancia para invertir en las actividades productivas por el costo de oportunidad que suponen las ganancias fáciles en la especulación, y que son incompatibles con la pretensión de seguir ganando elecciones, no obstante a que la extorsión puede prevalecer si puede dotar de verosimilitud a la amenaza de que el “pasado” podría volver, previa estigmatización y demonización del mismo, complementadas con una conflictividad despolitizada que habilita la criminalización del adversario

5.  La extorsión a nivel local y mundial no fue desestabilizada por las frecuentes crisis bursátiles y bancarias (cuyas pérdidas se socializan sin más trámite) sino por el ascenso chino, que ha inaugurado en lo que va del siglo XXI la primera secuencia (de acumulación material) del quinto ciclo del capitalismo mundial,  a cargo de un régimen burocrático hegemónico que se concibe a sí mismo como “socialismo de mercado”, esto es, una réplica de los Estados de bienestar keynesianos de los 50` y 60`. El ascenso chino, en alianza militar con Rusia, desplaza el cuartel general del capitalismo y abre oportunidades para las sublevaciones populares. Además de una nueva hegemonía global que lidera la acumulación material y que lentamente deja atrás a la extorsión propulsada por la anterior potencia en declive, resurgen una vez más los signos de artrosis en la “mano invisible” del mercado y de las instituciones liberales que a semejanza del tramo final del ciclo británico se transforma en un dilema de prisionero según el cual la clase dominante maximiza individualmente sus intereses inmediatos traicionando sus intereses colectivos de largo plazo.

Estos factores reunidos dieron lugar en América Latina a procesos de reparación social, de desendeudamiento, de reconstrucción del Estado y de reindustrialización, a cargo de experiencias nacional-populares, que no llegaron al gobierno por haber construido previamente una relación de hegemonía con la sociedad civil. No meramente porque los recursos ideológicos y los medios de transmisión sean siempre escasos sino porque en medio de una transición global de la extorsión a la hegemonía los compromisos de clases que pueden implementar son provisionales, y porque su dinámica, independientemente de los propósitos originarios, conduce a estas experiencias más allá de la hegemonía. Nadie podría haber expresado esto mejor que Héctor Magneto al iniciarse el segundo mandato de Cristina Kirchner: “El kirchnerismo ha entrado en una etapa expropiatoria”. Tanto como lo advirtiera Aldo Ferrer, desde otro punto de vista:  la clase dominante preferirá una pérdida de ingresos con sus propios gobiernos a perder el control de los acontecimientos en manos de otros ideológicamente adversos.

6. Cabe preguntarse si, en tal sentido, los actuales llamados o intentos de “unidad” que provienen de la oposición real al gobierno de Macri, el kirchnerismo, no equivalen involuntariamente a concesiones a una sumatoria que restaría no solo potencia futura sino también los votos necesarios en la medida que estarían orientadas a conciliar con dirigentes desacreditados o reducidos núcleos comptrometidos aún con las políticas neoliberales. Si se tratara de un régimen liberal de gobierno de tipo hegemónico y no extorsivo, quizás habría buenas razones para una coalición de partidos que autolimitaran la competencia con tal de desplazar a la derecha. Pero su naturaleza extorsiva no ofrece margen para ello, y por eso el deseo de unidad en este contexto se asimila mucho a proyectar una alternancia sin alternatividad, esto es, a un recambio electoral sin contar con una opción realmente alternativa. Si este fuera la deriva, se condenaría a Cristina al papel de Bachelet o de Mujica.

La unidad es también superflua si quienes sinceramente piensan en ella antagonizan en serio con una extorsión estructural aún a la ofensiva, tanto más peligrosa cuanto más tangibles sus fracasos. La antagonización es más que suficiente si se quiere proporcionar al pueblo una unidad construida de abajo hacia arriba, siendo entonces la unanimidad como regla decisoria la que ha de construirla como colectividad en movimiento, regla democrática que es ineludible cuando es tan desfavorable la correlación de fuerzas.  Aplicar las reglas de la mayoría o del acuerdo, a través de internas abiertas por ejemplo, representaría una excesiva e irreversible ventajas para el poderoso enemigo y para los potenciales traidores, que se inclinarán inexorablemente hacia la secesión apenas resulten derrotados. Sin recursos ni tiempo que perder, la unanimidad no exige “unidades” ni clasistas, ni populistas, ni basistas, ni movimientistas ni  partidistas. Con ella, quien participa todo el tiempo decide todo el tiempo. Cualquiera puede autoincluirse o autoexcluirse en cualquier momento en una colectividad que al activarse adopta implícitamente las decisiones fundamentales y sustantivas, las que son pocas y simples en la primera secuencia de la acción, y que son discursivamente expresadas por un liderazgo unipersonal o colegiado.

Renunciar a la unanimidad como regla decisoria es condenarse a la impotencia y a la desmovilización dadas las asimetrías de poder en el seno de la sociedad, lo que no significa que en una ulterior secuencia de la acción no deban adoptarse la mayoría y el acuerdo como reglas para decisiones más frecuentes y complejas, y también exigidas por una correlación de fuerzas transformada favorablemente.

7.  La unanimidad equivale a la democracia directa. Lo que posee implicancias prácticas cruciales. Álvaro García Linera declaró recientemente en Buenos Aires que “Evo es el único que puede dar continuidad a este proyecto”.  ¿Acaso Evo, Lula, Correa o Cristina  son “providenciales” o han sido investidos de atributos especiales o se trata de personalidades carismáticas como se decía en alguna época? Sencillamente sintetizan un proyecto, como lo sugiere implícitamente el vicepresidente de Bolivia, ya asumido directamente y actualizado constantemente en las calles, en las urnas y en múltiples planos partisanos. Pero esto también posee graves responsabilidades. Si el liderazgo fuera detenido, muerto o exiliado, la unanimidad obligará a la abstención ante un sistema que impone un juego sucio y tramposo; lo contrario supondría jugarlo como si sus reglas fuesen respetadas por el enemigo, cuando la estrategia contraextorsiva es la rechazar cualquier transgresión del Estado de derecho y aplicar sus dispositivos al máximo (lo cual en lugar de distender exacerba el conflicto y aporta masividad). El PT, en este terreno, en Brasil cometió al respecto dos errores estratégicos simultáneos; el primero consistió en concurrir a elecciones con su líder en la cárcel, una concesión inconcebible en tanto violentaba una regla democrática interna (la unanimidad) por acatar una regla antidemocrática externa o sistémica; el segundo consistió en que el propio candidato presidencial sustituto anticipó en campaña que su ministro de economía pertenecería al establishment financiero. Como dijimos: reeditar un intento de hegemonía bajo extorsión no funciona porque suponer compartir o ceder el liderazgo a la burguesía local, a la que por otra parte ni siquiera le es necesaria mientras siga suscripta localmente a la secuencia financiera del ciclo global.

La crisis extorsiva al igual que la hegemónica arrastra a sus dirigentes y a sus instituciones, en la medida que las clases subordinadas se apartan de ellos. ¿Qué hará entonces la clase media?  Después del genocidio, al menos en la Argentina no puede recurrir a la protección del ejército. Además, el endeudamiento externo le ha quitado perspectiva temporal y debilita al Estado que necesita por más que lo denigre. Finalmente, la mentira sistemática desde los medios de comunicación ya no es eficaz para embaucarla, y ningún otro poder fáctico es tampoco el adecuado sustituto funcional de un partido político capaz de detener el avance popular. Instalada aún en el terreno ideológico de la oligarquía, con ella la moderación pretendidamente seductora no es el mejor artilugio; solo entenderá lo que es el kirchnerismo con la aceptación o con el rechazo (de incierta magnitud), si este decide confrontar con todas sus fuerzas y en todos los terrenos con la política nacional, y no meramente en razón de su autodefensa. Para ello debe pensar el presente audazmente a partir de imaginar una etapa venidera de mayores y más profundas exigencias de gestión política, apartándose de la banal repetición de un diagnóstico paralizante. Debe comenzar, sin eufemismos, a llamar por su nombre a las tareas del futuro.

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