Estados Unidos: la herencia del águila imperial

Por Jorge Elbaum *

El autor analiza la génesis imperial de los Estados Unidos y la idea de “pueblo elegido”, desde las corrientes protestantes que instituyeron un “destino manifiesto” como argumento teleológico de su función como guía moral de la humanidad y gendarme de América Latina, pasando por la Doctrina Truman, la Doctrina Monroe y la Doctrina de la Seguridad Nacional, hasta llegar a las nuevas modalidades que adquiere en la nueva fase de financiarización y desterritorialización de la economía mundial.

La situación actual de los Estados Unidos no logra desprenderse de sus mitos fundacionales. Las corrientes protestantes que hegemonizaron la genealogía y el derrotero político norteamericano instituyeron un “destino manifiesto” como argumento teleológico de su función como guía moral de la humanidad y –consecuentemente- gendarme de América Latina.

Ni la finalización de la Guerra Fría, ni la suposición posmoderna del fin de la historia, en plano Fukuyama, lograron aplacar su génesis imperial, legitimada por una adecuación caprichosa y violenta de la idea de “pueblo elegido”. Los principios de la Doctrina Monroe –“América para los americanos”- que pueden (y deben) ser traducidos como “América para los estadounidenses”, tienen su correlato a mediados del siglo XX en la Doctrina Truman. Ambas hipótesis tributan a una política exterior y un vínculo económico determinado con el resto del mundo, pero especialmente con América Latina, considerada como territorio estratégico dada su cercanía con la frontera estadounidense. En la percepción fundacional de los WASP (White, AngloSaxon and Protestant) los “hispanos” o “latinos” –así son denominados indiscriminadamente todos aquellos que habitan al sur del Río Bravo- son intrínsecamente inferiores y potencialmente peligrosos. En la actualidad este prejuicio antilatinoamericano empieza nuevamente a ser verbalizado sin miramientos por el pre candidato republicano Donald Trump, cuyo sinceramiento racista expresa gran parte del sentido común sociológico del “colono” que se auto percibe como legítimo fundador y portador del espíritu estadounidense.


«La situación actual de los Estados Unidos no logra desprenderse de sus mitos fundacionales. Las corrientes protestantes que hegemonizaron la genealogía y el derrotero político norteamericano instituyeron un “destino manifiesto” como argumento teleológico de su función como guía moral de la humanidad y –consecuentemente- gendarme de América Latina.»

La Doctrina Truman fue iniciada años antes de la Segunda Guerra Mundial y tuvo en el macartismo de los años 50 –conjuntamente con la institucionalización de la CIA— su momento de mayor esplendor al interior de los Estados Unidos. Y su expresión en la política exterior fue menos “jurídica” y más militarizada: no se encarcelaron guionistas de Hollywood, ni se persiguieron actores afiliados al Partido Comunista norteamericano, sino que se instaló la Doctrina de Seguridad Nacional, desarrollando y aplicando tácticas de guerra ligadas al terrorismo de Estado, el exterminio y la desaparición forzada. Algunos de estos dispositivos fueron ejecutados en la guerra de Corea, en Vietnam y enseñados, paciente y pedagógicamente, en la tristemente célebre “Escuela de las Américas”, sita en Panamá, donde generaciones de militares latinoamericanos incorporaron las enseñanzas antisubversivas explicitadas por uniformados egresados de West Point.

La Doctrina de la Seguridad Nacional aplicada en América Latina fue la Doctrina Truman orientada hacia el sur. El fin de la Guerra Fría requirió una adecuación de la doctrina y la contribución a la conformación de nuevos enemigos y amenazas. El conglomerado militar industrial requería nuevas máscaras para la etapa destinada a sostener la existencia de enemigos estratégicos. Los nuevos enemigos justificadores del gasto militar, de las intervenciones y de la ubicación de bases extraterritoriales son el terrorismo y el narcotráfico. Ambos comparten la particularidad de su desterritorialización, es decir, su carácter global y transfronterizo, coherente con la etapa de acumulación capitalista.


«En la actualidad este prejuicio anti-latinoamericano empieza nuevamente a ser verbalizado sin miramientos por el pre candidato republicano Donald Trump, cuyo sinceramiento racista expresa gran parte del sentido común sociológico del “colono” que se auto percibe como legítimo fundador y portador del espíritu estadounidense.»

La política exterior de Washington se relaciona íntimamente con una nueva fase de realización material, expresada por la financiarización de la economía mundial. Esta globalización se basa en dos procesos emparentados y convergentes: (a) la diversificación de los productos financieros, que ganan crecientes espacios al interior de las lógicas empresariales y que permiten garantizar ganancias impensables para la etapa previa de desarrollo del capital, y (b) la diversificación global de las empresas trasnacionales, que han ubicado sus subsidiarias en los remotos confines del globo, garantizándose cercanía, acceso y control de las materias primas y mano de obra barata.

Esta diversificación territorial de sus industrias –sobre todos de las más contaminantes y las de mano de obra intensiva-, dispuestas en alejadas geografías, sumada a la apertura de los flujos migratorios provenientes de México y Centroamérica, logró quebrar la resistencias de los trabajadores norteamericanos, precarizando su fuerza de trabajo y abaratando el costo laboral total de la economía. Esta segunda etapa de la desterritorialización estadounidense (la primera fue después de la Primera Guerra Mundial y tuvo como objetivo disputarle mercados a Gran Bretaña y Europa en su conjunto) permitió disciplinar a la fuerza de trabajo estadounidense.


«Los nuevos enemigos justificadores del gasto militar, de las intervenciones y de la ubicación de bases extraterritoriales son el terrorismo y el narcotráfico. Ambos comparten la particularidad de su desterritorialización, es decir, su carácter global y transfronterizo, coherente con la etapa de acumulación capitalista.»

De esta manera el neoliberalismo, nuevo gendarme económico del planeta, logró ampliar la tasa de ganancia de los empresarios al quebrar la capacidad de negociación de la AFL-CIO (central sindical de los Estados Unidos). Este “ajuste” permitió la recuperación de la iniciativa de los grandes empresarios para contar con tasas de ganancias que el keynesianismo (anterior a los años 70 del siglo pasado) había puesto en cuestión mediante el pleno empleo, la apuesta a mercados internos integrados y las regulaciones financieras.

Esta reconfiguración genera la necesidad de una expansión creciente del espíritu intervencionista estadounidense: bases militares, la financiación de organismos de inteligencia y la construcción de un aparato mundial de hegemonización político-cultural, proveniente de las industrias culturales y la estatización juvenil. Estos tres dispositivos pasan a ser sostenidos mediante un déficit sistemático de la economía norteamericana, financiada por la impresión –sin respaldo- de dólares y auspiciada por la absorción de divisas generadas por las multinacionales y el mantenimiento de instituciones destinadas a garantizar la fuga de capitales del resto del mundo, atrayéndolas (mayoritariamente) a Wall Street, la bolsa londinense o los denominados “paraísos fiscales”.

La financiarización, que exige inversores libres y desregulados (compradores de acciones y de bonos soberanos) a lo largo y ancho de los cinco continentes, y las sedes de las multinacionales de producción integrada necesitan –para su protección- fuerzas militares estratégicas de rápida intervención. Las transacciones financieras virtuales necesitan gobiernos periféricos expertos en desregulación, políticas públicas reformadas, garantías jurídicas para los inversores y militares comprometidos en la lucha contra el terrorismo y el narcotráfico. La circulación de divisas debe permanecer ajena a las transacciones de los narcos, de divisas “negadoras” de patentes y del circuito de financiamiento de grupos fundamentalistas. El GAFI –institución encargada de vigilar las transacciones financieras internacionales ilegales- fue impulsada en los últimos años por Estados Unidos y tuvo desde sus inicios la clara motivación de “separar la paja del trigo”: “limpiar” las ingentes sumas de dinero que continúan contribuyendo a la capitalización de los Estados Unidos, separándola –para legitimarla- de aquella que se vincula con el narcotráfico y el fundamentalismo.


«Las transacciones financieras virtuales necesitan gobiernos periféricos expertos en desregulación, políticas públicas reformadas, garantías jurídicas para los inversores y militares comprometidos en la lucha contra el terrorismo y el narcotráfico.»

Las políticas neoliberales impulsadas por Washington no definen la fuga de capitales como un delito global per se, salvo que sus ejecutores sean estadounidenses. A nivel internacional están dispuestos a garantizar (y militarizar si es necesario) el libre mercado que Wall Street exige, que a su vez permite absorber una gran parte de las riquezas mundiales. Las políticas neoliberales impulsadas por EEUU son también las encargadas de proteger a las empresas trasnacionales (verdaderos monopolios en gran parte de los países subdesarrollados), que son parte central de dichas fugas de divisas, utilizando dispositivos contables conocidos como “precios de referencia”. Las políticas globales del Departamento de Estado no penalizan a sus empresas globalizadas cuando engañan a los esquemas tributarios de distintos países.

En diferentes latitudes del globo, además, son las propias empresas trasnacionales –y los bancos globales, con una gran colaboración de las dependencias diplomáticas estadounidenses- las encargadas de presionar a gobiernos de países periféricos para lograr procesos de endeudamiento que garanticen, en última instancia, el control macroeconómico y la posterior imposición de desregulaciones capaces de dar “seguridad jurídica” a los capitales golondrina y al giro de utilidades (sin tope) para dichas empresas.

Los intereses estadounidenses se distribuyen en los cuatro puntos cardinales, especialmente donde hay materias primas, reservas fósiles y mano de obra intensiva no sindicalizada y barata. Estas “inversiones” exigen –según las consideraciones de su Departamento de Estado- garantizar su seguridad global y, en algunos casos, ventajas monopólicas conseguidas gracias a las concesiones logradas por las oligarquías locales. La lógica empresaria sigue patrones de acumulación que permiten absorber beneficios directos o indirectos de cada continente, avalados por una autolegitimación que proviene del discurso WASP calvinista que –tautológicamente- justifica a los vencedores y poderosos como favorecidos por obra y gracia de Dios y por derivaciones más o menos explícitas de un darwinismo social (spenceriano) encargado de fundamentar la superioridad genética inmanente de la población estadounidense frente a los pueblos inferiores del mundo.


«Los intereses estadounidenses se distribuyen en los cuatro puntos cardinales, especialmente donde hay materias primas, reservas fósiles y mano de obra intensiva no sindicalizada y barata. Estas ʻinversionesʼ exigen –según las consideraciones de su Departamento de Estado- garantizar su seguridad global y, en algunos casos, ventajas monopólicas conseguidas gracias a las concesiones logradas por las oligarquías locales.»

La forma actual de la militarización de la economía exterior de Washington es una extensión de su lógica económica y se institucionaliza geopolíticamente mediante bases miliares y centros de acopio de información estratégica. La denominada “financierización” no es algo diferente al capitalismo, como muchos teóricos neoclásicos y posmodernos pretenden imponer como discursividad social. Es simplemente el subterfugio para lograr ganancias y rentabilidades exorbitantes: en los últimos cuarenta años Estados Unidos ha controlado una mayor porción de la riqueza mundial y en su interior la distribución del ingreso se ha hecho crecientemente desigual. El esquema financiero hegemónico que genera ingentes resultados para las metrópolis –constituidas en nuevos Olimpos de la legitimidad económica, denominados con el eufemismo de “mercados”- es por definición desterritorializado y requiere de un plan de seguridad específico para poder ejecutarse.


«El esquema financiero hegemónico que genera ingentes resultados para las metrópolis –constituidas en nuevos Olimpos de la legitimidad económica, denominados con el eufemismo de ʻmercadosʼ- es por definición desterritorializado y requiere de un plan de seguridad específico para poder ejecutarse. De ahí el nacimiento de nuevas disciplinas “militares” como la ciberdefensa y la denominada “vigilancia perpetua” que establecen modelos de publicitación de la intimidad y de restricciones ciudadanas.»

De ahí el nacimiento de nuevas disciplinas “militares” como la ciberdefensa y la denominada “vigilancia perpetua”, que establecen modelos de publicitación de la intimidad y de restricciones ciudadanas.

Las próximas elecciones en Estados Unidos aparecen como una continuidad de este esquema imperial –en nombre de Hillary Clinton- o quizás algo peor: la asunción descarada de un poder sin mediaciones que pretende ejecutar su realización con una nueva forma de fascismo planetario. Poco para elegir.

*Periodista, sociólogo, Dr. en Ciencias Económicas.

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