La consolidación de la agenda estratégica del gobierno a través de la crisis. La necesidad de la alternativa política

Por Mariano Massaro

     La crisis y la efectividad de su lógica

   La crisis económica tal cual la experimentamos no es una aleatoriedad del desgobierno o la falta de capacidad de éste, sino un instrumento insustituible para el proceso de restauración neoliberal. Es una forma acotada de producir efectos buscados, pero de difícil cumplimiento a través de los canales políticos y de la lógica política.  El paroxismo de lo enunciado es el proceso de devaluación del peso o su contra cara, la suba del dólar.

    La atribución de culpas en una esfera externa a las propias acciones encuentra acogida, facilitando en parte su desarrollo; así la herencia recibida, los desbalances históricos, el encarecimiento del dinero en la esfera internacional, la especulación de los otros, sea el mercado o los comerciantes que remarcan, la sequía. A modo de  síntesis apretada, diríamos que la crisis actual cristaliza efectos buscados. 

   La alta efectividad del gobierno en la concreción de su agenda estratégica debería incrementar el debate público, en el entendimiento de que la crisis ha sido, antes que nada, un instrumento para esa agenda de fondo que sostiene Cambiemos, y no una mera consecuencia por aplicación de sus políticas. 

   Para comprender esta hipótesis debemos invertir la racionalidad con la cual solemos pensar la política, es decir, una comprensión dentro de la cual los actores políticos buscan preservar su correlación de fuerza en la esfera de la política institucional/estatal, pues, de ello depende el éxito de sus políticas. El punto central radica en el hecho que, los intereses representados en el actual ejecutivo siempre han buscando la expansión de sus intereses por fuera de la esfera de la política institucional, pero a condición del proceso político anterior han salido a la cancha con miras a forzar, desde el Estado, ciertos cambios estructurales que le devuelvan beneficios que han creído perdidos. Concretado el viraje profundo, la política, como la conocemos nosotros, vuelve a ser meramente accesoria. La continuidad o discontinuidad del gobierno les resulta de segundo orden.

    A través de esta visión, puede argumentarse que, el deterioro de las múltiples variables económicas, sociales y políticas no impugna la existencia de esos logros alcanzados por el oficialismo, o para ser más preciso, logros respecto de los intereses sectoriales que representan. 

    Al hacer referencia a la agenda estratégica, ponemos de relieve los ejes del debate histórico, los temas centrales, los que poseen capacidad constitutiva de un país, los puntos calientes que han alimentado el empate hegemónico desde la constitución de Argentina como estado-nación.  Esas “cuestiones” están relacionadas con  la definición de la matríz productiva de una país; el par dicotómico polo agroindustrial o la diversificación hacia un proceso industrial que irrumpa en la cadena internacional de valor, requiriendo de subsidio económico, estacionario, del primero respecto del segundo, o el sostenimiento del primero adosado a un esquema de servicios. Temas como la escasez histórica de dólares, las desbalances comerciales o fiscales, reales cuellos de botella, son coletazos de este debate, como también lo es los criterios de apertura o cierre de la economía.  Estos ejes representan el debate sobre la asignación de lugares en la división internacional del trabajo. En esa línea, se correlaciona otra de las “cuestiones” que afinca en el alineamiento internacional de Argentina, es decir, las alianzas internacionales por las cuales opta, y en la adaptación interna (legislativa, económica, simbólica) a tal alianza, así como la modificación de la normativa e institucionalidad regional.  

  Dentro de estos temas troncales esta el debate sobre cual debe ser la tasa de ganancia del capital por estas latitudes. Una u otra opción requieren de conexiones diferentes con las cuestiones enumeradas de forma previa. También el orden simbólico es tema nodal del debate porque es el que permite robustecer y desarrollar las elecciones previas. 

  Como todos estos debates no se resuelven en abstracto sino en la materialidad que los determina, pasan a ser “cuestiones”, temas como el endeudamiento entendido como instrumento de manipulación del desarrollo, para lo cual solo me remitiré a los efectos diseñados por los prestamistas y acordados en algunos países de la región con las élites, esquema conocido como la crisis de deuda latinoamericana en los 80’s. Los levantamientos militares cedieron la direccionalidad de la política a la condicionalidad de las deudas. 

   A modo de primera conclusión, comienza a verse como estos ejes muy trabajados por el actual gobierno, no tienen un retorno rápido, una vuelta inmediata si se los derrotara electoralmente o incluso, si no terminasen su manda constitucional, caso de renuncia. Sus efectos continuaran produciéndose en el tiempo a pensar de un gobierno con agenda antagónica. 

      Siempre es la construcción de alternativa política

    El derrumbe de las variables económicas, al igual que el cambio de humor social no han encontrado traducción efectiva en la política. Uno podría inferir, a priori, que tal sinergia negativa produciría una fuga masiva y sostenida desde el apoyo el proyecto neoliberal del oficialismo hacia una oposición enarbolada en un proyecto antagónico de país. Pero no. El hecho no sorprende; la política es infinitamente más compleja. El voluntarismo como hilo explicativo de los fenómenos políticos augura siempre un análisis trunco. 

     Pese a todo, éste ha sido un fenómeno previsible para el ojo entrenado, si se considera las condiciones de formateo del sentir público, en el cual el enojo, molestia y  hastío están a la orden del día, pero siempre madurando sobre variables estrictamente coyunturales. Es decir, un humor social tenso pero en compartimientos estancos. Un enojo a-histórico, donde no existe explicación estructural que explique lo que se vive, y un percepción que no permite unir, conectar las molestias. Es un síntoma sin enfermedad. 

     Resulta claro que este fenómeno se profundiza ante un escenario de falta de alternativa política. No refiero a la falta de actores políticos, tampoco a la falta de proyectos políticos alternativos, sino a la percepción pública sobre su falta.  La existencia de alternativa política como mojón en el horizonte del sentido común requiere algo más que su mera existencia; requiere, entre otros elementos, la capacidad de interactuar con un sentido común volátil, multiforme, exigente, descontextualizado. Requiere mostrarse como opción real de poder, aunque no lo sea. Necesita interlocutores que puedan conectar con las grandes mayorías electorales; interlocutores que no deban levantar peso muerto antes de comenzar a desarrollar su discurso. Interlocutores que sean capaces de un discurso abierto con capacidad de metabolizar las múltiples y contradictorias demandas insatisfechas. Un discurso que logre interpelar al auditorio. 

      En este sentido, grandes jugadores del campo popular redoblan los esfuerzos en la pelea por el poder, donde la interrelación y la institucionalidad (estatal o no) en los territorios ocupa la mayor de las exigencias. Dicho actuar es condición necesaria pero no suficiente para instituir una alternativa de poder. 

     Es conveniente poner de relieve que el balance de los últimos dos comicios nacionales alertan sobre la insuficiencia de tal construcción.  Existe una fracción de la población altamente volátil que no puede subsumirse en la extensión de este tipo de construcción. Enunciado en términos más francos, diría que la rosca interna de los aparatos partidarios consume la centralidad de lo que ellos comprenden como la política, atento que, según su entendimiento, luego forzaran al escenario electoral a optar entre ellos y el oficialismo. Toda una definición de construcción de alternativa política. Quizá nuestra vara sea más exigente.    

       Los sindicatos

      El movimiento obrero organizado arrastra una fragmentación histórica por múltiples causas que han mermado significativamente su potencial transformador. Es de remarcar que han existido etapas de congregación obrera, donde la mayoría del movimiento comulgó. Algunos de esos instantes concuerdan con una inclusión  en la representación parlamentarios. Pero, no debe escapar al ojo atento, la existencia de tendencias filosóficas antagónicas a su interior. Conservadores y rupturistas sería una clasificación explicativa de tal fenómeno. La visibilidad de estas corrientes se ha hecho palpable a lo largo de la historia desde la ruptura/corte con su usina inicial (situada en los gobiernos iniciales de Juan Domingo Perón). Desecho el rasgo paternal de su infancia, al menos al interior del peronismo, el par dicotómico conservadores y rupturistas han vuelto a escena con independencia del ejercicio del poder estatal por parte del peronismo, sea su vertiente neoliberal o popular. Una buena hipótesis de trabajo, sería sostener que coexisten sindicatos de derecha y de izquierda en el seno del peronismo, habiendo demostrado su hegemonía los primeros. Sin embargo, también debe consignarse la existencia de rasgos constitutivos que comparten, como por ejemplo la racionalidad a la hora de constituir y sostener las mismas organizaciones, y como la forma de organización hace al proyecto, la fuerza centrífuga de dicho proceso forzó la creación de centrales obreras alternativas, de la mano de un proyecto político estratégico alternativo. Siendo estas diásporas ajenas a los sindicatos de producción y/o de servicios estratégicos, la correlación de fuerza que ello implica en pos de la transformación de la realidad, trajo a escena  un criterio de imanes, desandando lo recorrido y apostando a cierto amontonamiento. 

   Acompasan este escenario la primacía de la esfera reivindicativa por sobre el proyecto estratégico, siendo este, quizá, el rasgo distintivo del movimiento obrero desde hace décadas.

    Así la composición del actor sindical, no se puede, ni se debe asignar las funciones y responsabilidades de los actores netamente políticos al  movimientos obrero, bajo pena de deformación e ineficacia de sus consecuencias. 

     La calle y su efecto

   Diversos actores políticos del campo popular han trazado el norte de su agenda política para ser desarrollado en las calles. Su hipótesis de trabajo, en proporción a su cercanía al margen izquierdo, abona toda la estrategia en la movilización como única herramienta. Aquí existe, todavía, la creencia de cuanto peor, mejor. Hipótesis endeble en sus argumentos, al menos si abrevamos en la profundidad de la historia. Resulta indudable que esa cosmovisión mejora las condiciones para el desarrollo de sus organizaciones; objetivo legitimo por cierto, al tiempo que visibiliza los objetivos  que cada actor político persigue.

    El balance de la centro izquierda ha matizado la misma hipótesis, adosando una exuberancia en el plano legislativo, sobre el cual tiene soberanía genuina, pero no ejerce la direccionalidad de la escena sobre su complemento callejero y, termina acompañando los movimientos inconexos, por su temporalidad, del movimiento obrero organizado.

   Resulta obvio que ambos ámbitos de pelea política son indispensable, necesarios, pero también son impotentes en la misma proporción en la que no que consolide la existencia de alternativa política con salida electoral. A tal desacople se le suma un agravante, esa conexión/desconexión no es el estado embrional de un frente político anti-neoliberal, puesto que tal frente no existe; mucho menos puede apostarse a que tales movimientos tácticos logren traducción electoral. 

   Apelando a un visión digna de un zorro, con conocimiento de lo políticamente incorrecto que esto conlleva, y habiendo transitado  utopías, debemos decir que, si la pelea política en la calle logra condensar suficiente presión, o si el sindicalismo emula las mismas condiciones, cuestión más difícil, o si el instrumento legislativo pudiera dañar al oficialismo, aún más improbable,  cualquier desbarranco oficialista, siempre dentro del marco institucional, impulsará directamente a una versión conservadora de la oposición al ejercicio del poder estatal. La línea sucesoria presidencial así lo demuestra, como también los diversos consensos políticos pre existentes (interpretación alternativa del Acuerdo de San Isidro). Este sucesión en cabeza del peronismo de derecha juega y jugará, con la creencia que lo hecho era necesario, por consiguiente usufructuando el desgaste político de su predecesor, expondrá la imposibilidad de un viraje abrupto e incorporará una agenda de administración de la tensión social.

   Es decir, un gobierno de oposición (liberal) que podría llegar luego de las elecciones presidencias de 2019, con formato de transición política, acortaría el recorrido a través de la abreviación institucional. La extraordinaria e inconmensurable diferencia entre las dos escenarios, radica en que, a través de la primer situación no habría interlocutores del campo popular para consensuar la transición, se impondría a secas; en el otro escenario la negociación sería la regla, donde podrían imponerse condiciones para acotar una agenda netamente conservadora. Aquí radica toda la política real, concreta de Argentina, el resto es firulete. Recordar que en política uno es exitoso cuando impone su agenda o cuando imposibilita o reduce la de su adversario.

       La alternativa. Un Frente para ingresar al Frente

     Nada en política es estático, con lo cual uno debe ir corrigiendo la posición acorde a la modificación de los acontecimientos, siempre velando por el respeto a los objetivos principales de su proyecto. De tal forma que ante la dinámica actual de los diferentes actores políticos, se impone, de forma urgente, conformar una “alianza táctica” con dos o tres puntos de acuerdo que lance la “unidad de acción” contra los efectos de las políticas neoliberales pero que también impida el desarrollo de otras. Unidad de acción de todos los actores dispuestos a enfrentar al neoliberalismo. Este andarivel protege al pueblo y, simultáneamente mejora las condiciones para la construcción de alternativa política, es decir, el proyecto estratégico con traducción electoral. 

    Éste  proyecto estratégico de alternativa política, construye correlación de fuerza; aquí se desarrolla la potencia de un frente político con vistas a interactuar, de ser necesario, con el otro frente político ya lanzado (peronismo de derecha). Cuanto más extenso sea este primer frente, más condiciones se podrán imponer en la interrelación con el otro. 

   La invitación a la conformación del primer frente, nada tiene que ver con la gimnasia de la unidad de acción que puede correr por otro andarivel. Aquí la invitación esta vinculada al proyecto político estratégico de desarrollo de Argentina, agenda de máxima, con la suficiente conciencia que una instancia de transición conservadora es la que se vislumbra en el horizonte. No obstante lo cual, representa la mejor herramienta posible para un posible acuerdo nacional de refundación. Estas líneas nos invitan a pensar el diseño de una convocatoria amplia en el acuerdo del proyecto, puesto que la vista debe estar orientada a la construcción de un nuevo bloque histórico. Sino se logra establecer una armonía entre la construcción de la alternativa política y bloque histórico, solo asistiremos a un mero reacomodamiento de hombres y mujeres.

   Por eso, aguardar  el desarrollo de los acontecimientos reposando en una mera lógica de aparatos políticos o competitividad de candidatos es una irresponsabilidad. De tal forma que este plan de trabajo representa un equilibrio entre el desarrollo ideológico estratégico del campo popular y el necesario pragmatismo para que exista un futuro parecido a nuestros objetivos, corriendo de la proa de la discusión, al menos circunstancialmente, la potencia del problema de los liderazgos.

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