La corrupción en el siglo XXI

Por José Massoni *

El ex titular de la Oficina Anticorrupción analiza la corrupción como un fenómeno inherente al sistema capitalista y particularmente asociado al capitalismo globalizado, expoliador y depredador de la vida en el planeta del siglo XXI, aportando datos de diversas fuentes para sostener dicha hipótesis.

Como de diversas cuestiones vulgarmente se afirma, la corrupción ya no es la de antes. Un siglo atrás emergían actos en el escenario público de modo episódico con el consiguiente escándalo social y el oprobio con marginación de sus autores. Hoy es un espectáculo cotidiano que inficiona la existencia de instituciones y agrupaciones colectivas de cualquier nivel o especie, donde los hechos espurios coexisten y se pisan unos con otros creando un ambiente general en el que los protagonistas muestran una inimputable normalidad al quedar ocultos en el bosque y los mismos denunciantes terminan por un momento sospechados, a veces con motivo, porque son corruptos que responden a otra banda. Ese panorama con frecuencia deja en impenetradas sombras actos de corrupción inmensamente más grandes, soterrados para el conocimiento público general cuando en rigor están rigiendo la vida del mundo.

Sostendré que este maremágnum es el resultado del capitalismo del siglo XXI tal como se presenta, globalizado, expoliador y depredador de la vida en el planeta. Cuando manifiesto que esta peste es el resultado del desarrollo del sistema capitalista, se me suele responder que en todos los sistemas hay o ha habido corrupción, en obvia referencia central a sociedades denominadas socialistas como las que tenían centro en el país soviético. Nada más lejos de mis reflexiones negarlo.

El punto esencial es otro. La corrupción es inherente al capitalismo, aun al recién surgido con la revolución industrial. En su desarrollo, hasta ahora imparable, sus prácticas inmorales se han convertido en sentido común, en un fenómeno cultural que está devorando a todos, incluidos sus actores principales. En el socialismo, comunismo, comunitarismo, cooperativismo, o como se lo llame, el acto corrupto atenta contra el interés común y de cada individuo: la solidaridad, la ayuda recíproca, el cuidado del otro y de la colectividad es el eje del sistema de producción, de intercambio, de toda la actividad social. En el capitalismo, desde el origen el eje es la producción social apropiada privadamente por el dueño del capital para aumentarlo y reanudar la rueda en un punto más alto. Si se aceptara que el capital inicial es de origen intachable de cualquier manera el continuo posterior es una sustracción inhumana: el mayor valor del producto surgirá de la parte no pagada –apropiada– del trabajo vivo de los asalariados. Esta verdad marxista, toscamente expuesta, es tan cierta cuando se la descubrió y fundamentó como hoy, cuando los dueños del capital tratan incesantemente de “bajar costos” que, por la vía que sea, redunda siempre en bajar el salario, que no sin motivo dentro de su mundo intelectual consideran un “costo” y, en términos del tomo I de El Capital, es el capital variable, uno de los ingredientes del valor de las mercancías.

Ese parto espurio, en el que una pequeña minoría se apodera deltiempo/vida de la mayoría, da origen a una sociedad que se organiza en sus instituciones, leyes, moral y, en suma, en su cultura completa al servicio de la criatura así nacida. Con esa fuente, el desarrollo de todas las lacras es posible: egoísmo individualista, guerras, explotación, totalitarismo, absolutismo, agonía democrática, envenenamientos masivos, destrucción de la biodiversidad, de etnias, de los bosques, las tierras, las aguas, racismo, machismo, trata de personas, tráfico de armas, de drogas, de órganos, actos de lesa humanidad y de cuanto derecho humano se quiera enunciar, todas variadas formas de corrupción en el literal sentido de pervertido, vicioso, ínsitamente putrefacto y venal. Sin esa fuente y con eje en el natural gregarismo humano, la paz, la solidaridad, el trabajo y bien común, el favorecimiento de las expresiones existenciales espirituales y el interés y amor al prójimo, todo aquel cúmulo purulento es anormal e inaceptable. No es lo mismo ser capitalista que no serlo.


«La corrupción es inherente al capitalismo, aun al recién surgido con la revolución industrial. En su desarrollo, hasta ahora imparable, sus prácticas inmorales se han convertido en sentido común, en un fenómeno cultural que está devorando a todos, incluidos sus actores principales.»

Pero entre las últimas décadas del siglo XX y las transcurridas en el XXI –el lapso del “siglo XX corto” de Hobsbawm [1]–el capitalismo avanzó sobre todo el planeta, ya no tiene adónde continuar extendiéndose, se desmadró, se focalizó en las finanzas –producción de dinero con sólo dinero– y no reconoce siquiera sus propias reglas. Las ciencias y la técnica tampoco le permiten ya soluciones cualitativas a la ausencia de espacio: están capturadas por el engendro y sólo a él sirven.

Hasta ahora lo aseverado podría ser calificado de una mera postura ideológica, discutible. Lamentablemente, no es así. Veamos estudios, números, ya que la directa visión del acontecer nos está dificultada en grande medida.

Como en el mundo capitalista los bienes, todos –en el literal sentido de la palabra– tienen un precio; por ende, el sistémico extracto final es el dinero. Es lugar común, para hallar el mal habido, “seguir su ruta”. Pero aquí empezaremos por el final porque sabemos dónde llegó: las guaridas fiscales, también llamadas (irónicamente) paraísos fiscales o (eufemísticamente) zonas extraterritoriales. Una definición aséptica sería: lugar que atrae negocios ofreciendo instalaciones políticamente estables, fuera del alcance de las leyes de los Estados, permitiendo a personas físicas o jurídicas eludir las leyes y regulaciones de estos relacionados con los capitales producidos mediante delitos de cualquier tipo y dimensión, pago de impuestos, derechos societarios o hereditarios y más, garantizando una confidencialidad absoluta que asegura el secreto del origen de los capitales y la identidad de los propietarios de los mismos. En lenguaje vulgar, una cueva de ladrones.

La cuestión es que “el sistema extraterritorial no es una excrecencia pintoresca de la economía mundial, sino que se halla exactamente en su centro” [2]. Hacia el año 2000 ya la mitad de los activos bancarios y un tercio de las inversiones en el extranjero de las multinacionales se canalizaban de modo extraterritorial y ello no ha cesado de aumentar vertiginosamente. En 2010 la banca internacional y la emisión de bonos del mundo ocurría en un 85% en la zona sin Estado llamada euromercado; ese mismo año el FMI estimó que los balances financieros de las pequeñas islas extraterritoriales (Caimán, Bahamas, Vírgenes inglesas, Man, Jersey,Gibraltar, Malta y decenas más) equivalían a un tercio del PBI mundial, súmese a esos ínfimos territorios y a otros países pequeños (Mónaco, Andorra, Uruguay, Dubai, Irlanda, Panamá, Liberia, por ejemplo) que en 2016 calificaron como paraísos fiscales, nada menos que a la poderosa city de Londresy su red planetariayal mismo Estados Unidos (luego de haber comenzado con el pequeño Estado de Delaware tiene comportamientos de cueva en todo el país –el mayor del mundo– a nivel federal;con “especialidades” en varios Estados como Florida, Wyoming,Nevada y en islas como las Vírgenes y las Marshall).

A todo esto, la economía del siglo XXI, empujada desde finales del XX, ha readquirido características previas a la Primera Guerra Mundial. El examen de los informes y estadísticas a nivel internacional indican sin lugar a dudas que el rendimiento del capital (beneficios, dividendos, intereses, rentas y demás) está muy por encima del ingreso y la producción, lo que hace inevitable que se eleve la concentración del capital de modo incompatible con los valores meritocráticos y la justicia social, bases de la democracia. El proceso de divergencia entre acumulación y distribución contiene poderosas fuerzas propias que conducen y seguirán incrementando un nivel de desigualdad extremadamente elevado. Esta desigualdad “nada tiene que ver con una imperfección del mercado; muy por el contrario: mientras más ‘perfecto’ sea el mercado de capital, en el sentido de los economistas, más posibilidades tiene de cumplirse la desigualdad” [3].

Concienzudos análisis de miles de estadísticas, su vuelco a gráficos y las comparaciones pertinentes, llevan al economista francés Thomas Piketty –que se declara vacunado contra los convencionales discursos anticapitalistas– a concluir que el incremento de la productividad evitó el apocalipsis marxista, pero no modificó las estructuras profundas del capital o por lo menos su importancia respecto del trabajo [4].

Así es como encuentra, con profuso apoyo documental, que el patrimonio de capital se encuentra muy próspero en el siglo XXI, habiendo comenzado su aumento notable desde 1980, luego de superar el período del siglo XX en el que las desigualdades se habían reducido durante el período que corrió desde el fin de la Primera Guerra Mundial. A consecuencias de esta, sumadas a las de la segunda conflagración, Piketty atribuye el surgimiento del que fuera conocido como “el Estado de Bienestar”, motorizado por los Estados democráticos y el surgimiento de derechos humanos y sociales. Más allá de sus ciclópeos estudios serios, profundos, de enorme cantidad de estadísticas de varios países, me atrevo a conjeturar que la vacuna que el académico francés se puso y sobre la que alertó le hizo efecto. No incluye como causas –a mi entender centrales–que al finalizar la Primera Guerra ocurrió la revolución rusa y que luego de la Segunda, derrotado el fascismo –la modalidad más espuria del capitalismo por entonces– centralmente por los soviéticos, crecieron con vigor los partidos socialistas y comunistas de occidente, además de haber ocurrido una gran ampliación geográfica que se organizaba bajo sistemas no capitalistas, como China y Europa del este, escenario que preocupó y presionó con nervio a la burguesía para adoptar políticas distributivas contenedoras de los avances democráticos de las masas.

Pero más allá de la digresión anterior, en un análisis superador al índice de Gini en punto a exactitud de las desigualdades, Piketty diferencia y luego combina las provenientes del producto del trabajo de las originadas en el capital. Nos muestra que en EEUU, del total de ingresos originados por el trabajo, el 10% más rico obtiene el 35%; de ese 10% el 9% recibe el 23% y la ínfima cantidad del 1% logra el 17%. Esa descomunal desigualdad se patentiza más aún cuando resulta que del 90% de la población restante, el 50% cobra el 25% del total de las retribuciones laborales. Es un país con poquísimos ricos riquísimos, en resumen con muy pocos muy ricos y un altísimo porcentaje de pobres. Remarco: estamos hablando sólo de ingresos producidos por la remuneración laboral.

Al calcular la desigualdad proveniente no del trabajo sino de la propiedad del capital (aproximadamente mitad inmobiliario, mitad financiero), los números son mucho peores, tremendos. La clase alta compuesta por el 10% percibe cuando menos 70% del producto del capital y la mitad de ese 70%, sí, el 35% del total, la percibe el 1%, grupo que Piketty denomina clase dominante. Al 50% más pobre de la población –la mitad del país– le llega el 5% del total [5].

Piketty afina más el análisis y observa percentiles, es decir, franjas de centésimos. Es de sumo interés su alerta sobre la constitución del percentil superior de muy ricos (esto es, el 1% de la sociedad). En la síntesis o promedio de ingresos por el trabajo y por el capital descubre una diferencia sustancial con las jerarquías sociales de antaño. Como es esperable, en el percentil superior están los que tienen más capital y, como antes, perciben poco o nada que provenga de trabajar. Pero ahora hallamos en esa franjita a personas que se instalan allí por sus ingresos y tienen poco o ningún capital. Detecta que, en general, son los “populares” CEOs.

Los enunciados son números que provienen de material estadístico de Francia, pero tomando la licencia de falta de datos tan exactos y computando intuitivamente las diferencias socioeconómicas entre ese país y la Argentina, es admisible trasladar hacia aquí un cálculo aproximado sobre la dimensión nacional de ese mínimo porcentaje. Para nuestra sorpresa, esa ínfima cantidad representa, en la Argentina, alrededor de 300.000 adultos, un número importante de proveniencia rentística y laboral. Además del hercúleo poder del dinero con que ese sector cuenta, ocupa principal espacio social e institucional público y privado, tiende a irradiar sus ideas, ejercita una cultura apropiada a su situación de sumo privilegio, se congrega en zonas ciudadanas y barrios, genera costumbres, modas y gustos. No son solo las “cincuenta familias” de nuestra sempiterna oligarquía, son muchísimos más y con acompañantes sin prosapia pero con caudal de experticia productiva y financiera. Es un dato que debe ser atentamente mensurado desde la política. Las diferencias en el mundo central en cuanto a retribución por el trabajo –de cualquier índole– no son despreciables y en líneas generales también se pueden trasladar a nosotros. En Estados Unidos, por ejemplo, hacia 2010 el 10% superior percibía el 35% del total pagado, mientras el 50% –la mitad de los prestadores de labores– recibía el 25%, esto es, la cuarta parte de la suma abonada por quehaceres humanos vivos.

No resisto transcribir literalmente una conclusión sobre la mitad más pobre constituida por el 50% de la población (recordemos que es destilado de estadísticas de países desarrollados): “Para esta mitad de la población, la noción misma de patrimonio y capital es relativamente abstracta…esta realidad profunda –la riqueza está tan concentrada que una buena parte de la sociedad ignora prácticamente su existencia e imagina, a veces, que es propiedad de seres irreales y entidades misteriosas– exige de forma indispensable el estudio metódico y sistemático del capital y su distribución” [6].

Sí se encuentra en la obra que hasta ahora estamos citando un cuadro específico sobre la desigualdad de ingresos en la Argentina en la página 359, como caso de país emergente. Consigna que el 1% de sus pobladores se apropiaba del 6,5% del total del ingreso nacional a mediados de los años 70 y hacia 2004 la increíblemente empinada suba en el gráfico los había llevado a tomar para sí el 16,5% del ingreso anual total. Pero las posibilidades de superar esa desigualdad se han incrementado. Según nuestro gobierno, desde fines de 2015 hemos vuelto al mundo –esto es, al central occidental–. Allí las cifras son “auspiciosas”. En Estados Unidos el milésimo superior –sí, la décima parte del 1%– superó el 12% de ingreso anual. Es admisible que esa dimensión de desigualdad de la riqueza sea inimaginable para la gran mayoría (lo es para quien esto escribe). Y es oportuno recordar en este momento un concepto originado por las diferencias sociales que se vivían en Europa antes de la Revolución Francesa, que son por entero válidas para el mundo del siglo XXI y nuestra Argentina de 1916: “…el carácter más o menos sostenible de desigualdades tan extremas depende no sólo del aparato represivo sino también –y tal vez por sobre todo– de la eficacia del aparato de justificación (…). Insistamos, la cuestión central atañe a la justificación de la desigualdad, mucho más que a su magnitud como tal”. Aquí y ahora, desde el gobierno se traduce en el discurso que, con un sueldo “normal”, si una persona viaja en vacaciones, adquiere un teléfono celular y un aparato de televisión moderno está desubicado, eso no lo puede hacer, lo están engañando [7].

Aquí y ahora, siguiendo el traslado cuantitativo que hicimos desde las características del mundo central a nuestra realidad –somos un país emergente destacado, integrante del G20–, ese milésimo de adultos con lugar social, económico y político acorde a tamaña concentración de riqueza está constituido por, de una en una, más de 30.000 personas adultas.

Pero nuestro “regreso al mundo” capitalista de los países centrales de occidente augura perspectivas de cantidades de riquezas maravillosas. El cienmilmillonésimo de adultos de allá –unos 45– pasaron entre 1987 y 2013 de poseer una riqueza de 3.000 millones de dólares promedio cada uno a 35.000 millones promedio per cápita, confirmando año tras año que las fortunas más grandes crecen mucho más rápido que los ingresos y patrimonios medios, evidenciando una más que rotunda demostración de la mentira del “derrame”, ingrediente central del discurso ideológico de justificación de las desigualdades que difunde la clase poderosa. Hay más números escalofriantes: si el ritmo de divergencia entre los multimillonarios y los demás mortales se aplica a los 1.400 multimillonarios que se detectaron en 2013, del 1,5% de todo el capital mundial que tenían entonces, llegaría al 7,2% en 2050 y al 60% al finalizar el siglo, demostrando la tremenda fuerza centrípeta de las grandes fortunas, frontalmente opuesta a la centrífuga que implicaría el famoso “derrame”. El 0,00000001% de la población sería dueña de más de la mitad del planeta; menos de la mitad sería para el 99,99999999% restante: un “derramamiento” con efecto asfixiante letal [8].

Es esencial internalizar que no existe absolutamente nada en el funcionamiento económico del sistema capitalista globalizado, sin incidencia asistemática, que indique que vaya a cambiar, ni siquiera que pueda cambiar: funciona así de manera inexorable. Esa vía es la del gobierno que los votantes argentinos supieron conseguir en diciembre de 2015.

El fárrago de documentos oficiales de décadas, su estudio exhaustivo y su análisis indiscutido a los que nos hemos remitido gracias al economista mencionado, no ha podido ser levantado hasta ahora, ni lo será, con seguridad, porque nadie en el mundo académico mundial ni siquiera ha intentado hacerlo.

Ya tenemos aclarada la desigualdad en la posesión de las riquezas en el siglo XXI. Veamos ahora dónde están, quién las tiene. En principio las corporaciones multinacionales productoras de bienes y servicios, los dueños de las tierras, los bancos y el mundo financiero en general. Constituyen el poder real del mundo y algunos son más o menos visibles porque, si prestamos debida atención, bajo diversas marcas sus mercancías nos acompañan todas las horas del día con los productos que necesitamos utilizar cotidianamente (en este momento, en mi caso, la computadora y todos sus accesorios, Internet, el buscador, el correo, el teléfono celular que me despertó, el jabón con que me bañé, el dentífrico, salvo el pan todos los ingredientes del desayuno, la prendas que visto y calzo y así continuaré el resto del día; obviamente el dinero que usé para adquirirlas lo manejan –más que yo– los bancos). Pero casi en su totalidad aquel poder económico permanece más oculto aún, no sabemos ni podemos saber de él aunque nos lo propongamos; para nuestro mundo existencial, no está; es un vacío sin realidad siquiera como tal.

Pero hay trabajadores intelectuales, emergentes de la masa humana expoliada, que los buscan, encuentran y denuncian. ¿Quiénes son, dónde están, cuánto tienen los miembros de esas ínfimas minorías a las que aludimos? No es fácil la búsqueda. Hace casi veinte años más de la mitad del comercio internacional ya pasaba por papeles de los paraísos fiscales, en la oscuridad, y hacia 2010 el 85% de la banca internacional operaba y emitía bonos en la impenetrable opacidad de la llamada “eurozona”, el más grande agujero de opacidad [9].


«Casi en su totalidad aquel poder económico permanece más oculto aún, no sabemos ni podemos saber de él aunque nos lo propongamos; para nuestro mundo existencial, no está; es un vacío sin realidad siquiera como tal.»

Parafraseando a Thomas Shaxson –malauí nacionalizado británico, afincado en Alemania, referente de Tax Justice Network– un paraíso fiscal es un lugar que territorialmente puede ser ínfimo como una pequeña isla o unas manzanas urbanas, con políticas regulatorias estables y seguras, que permite radicar sedes centrales de corporaciones internacional eso capitales individuales, ofreciendo absoluto secretismo sobre los propietarios y el origen, con el objetivo de eludir impuestos, lavar dinero, esconder el producido de delitos –desde tráfico de armas o narcotráfico hacia abajo–, dinero que sería heredable por terceros, o sortear cualquier orden financiero responsable de cualquier nacionalidad, sea de países centrales o periféricos. Es un sistema que funciona de forma incondicional contra toda transparencia, supuesta piedra basal de la teoría económica moderna. Según esta, los capitales se dirigen hacia donde más producen; en la práctica de los paraísos, los capitales van donde puedan esconderse mejor y eludir toda responsabilidad, desde las impositivas hasta las delictuales.

Hay unas sesenta guaridas fiscales en el mundo, clasificables en cuatro grupos: primero el europeo, segundo (aunque contiene la mitad de las jurisdicciones confidenciales del mundo) la city de Londres, tercero Estados Unidos y cuarto, el compuesto por rarezas dispersas, como es el caso de Uruguay. Para ir acercándonos a la dimensión cualitativa del conjunto, solo en las Islas Vírgenes británicas –población 28.000 habitantes, se recomienda ver su tamaño en el Google Earth– están radicadas 800.000 empresas [10]. Sin embargo, Marshall Langer –licenciado en Boston, profesor adjunto en la Universidad Americana de Roma– apunta: “Nadie se sorprende cuando digo que el paraíso fiscal más importante del mundo es una isla; sin embargo todos se quedan pasmados cuando digo que esa isla se llama Manhattan. Más aun, el segundo paraíso fiscal más importante del mundo también está en una isla. Es una ciudad que se llama Londres y queda en el Reino Unido”. A lo que hay que agregar que la corrección del sistema y por ende los custodios de que no haya paraísos fiscales son los miembros de OCDE, con Estados Unidos, Gran Bretaña y países europeos occidentales a la cabeza. Como se diría en una calle de Buenos Aires, “estamos al horno”.

Mucho se sabe y escribe sobre Ronald Reagan, Margaret Thatcher y Milton Friedman cuando de globalización se habla, pero poca atención se ha dado al fenómeno de la economía “en negro” –para usar términos que nos son usuales– que inficiona todas las sociedades del mundo. En 2005, Tax Justice Network estimó que solo los individuos ricos tenían escondido en las guaridas fiscales 11,5 billones de dólares, aproximadamente un cuarto de la riqueza total del planeta, equivalente a un PBI completo de Estados Unidos. Un estudio respaldado por el Banco Mundial dividió en tres partes esa fortuna encubierta e inimaginable: un tercio provenía del narcotráfico, crimen organizado y delitos en general; un 3% al producido de sobornos y afines que funcionarios estatales escondieron en los paraísos; todo el resto –casi dos tercios–era producto de transacciones comerciales de las empresas, elusivas de las leyes de los países donde debían tributar o pagar derechos. Las personas de los tres segmentos –narcos, coimeros y CEOs– usan exactamente las mismas herramientas, en los mismos lugares, con iguales resultados y ocasionando análogos daños (por la masa de dinero involucrado y el hambre, enfermedades y carencias sin fin que ocasionan, por muy lejos los peores son los últimos). Por añadidura, aunque no sea lo principal, no ocurre –va de suyo– que los Estados no cobren impuestos, porque son imprescindibles: en lugar de los sustraídos, nos los cobra a los ciudadanos comunes, que en su casi totalidad vivimos de la retribución a diversas formas de trabajo, manuales o intelectuales, toscas o sofisticadas. Con relación a las sociedades pobres o emergentes en su conjunto, a su vez con menos medios –sobre todo en profesionales “expertos”–, los flujos financieros ilícitos mediante la trama de cuevas fiscales logran que por cada dólar de ayuda destinada al desarrollo –esa que ahora lograríamos fluya con nuestra “vuelta al mundo”, obra del gobierno de Macri– retornen diez de manera ilícita a las economías occidentales. Fuentes, autores, estudios y cifras se pueden consultar en publicaciones citadas o en línea [11].

Cuarenta y siete organizaciones provenientes de veinte países europeos (Oxfam entre ellas) dedicadas a difundir esta realidad concluyeron que el mundo extraterritorial –las sedes económicas que no quedan en ninguna parte y no tienen ley que las regule– ha desplazado la riqueza y el poder desde los pobres a los ricos con mayor fuerza que cualquier otro acontecimiento en la historia de la humanidad. En resumen, lo mismo que fue fundado en números indiscutidos –del modo que expusimos párrafos anteriores– respecto de la actual (¿y futura?) desigualdad de la riqueza, sin discriminación de origen.


«Los tres segmentos –narcos, coimeros y CEOs– usan exactamente las mismas herramientas, en los mismos lugares, con iguales resultados y ocasionando análogos daños (por la masa de dinero involucrado y el hambre, enfermedades y carencias sin fin que ocasionan, por muy lejos los peores son los últimos).»

El enchastre –vasta mancha purulenta–, creando las condiciones ideales para la proliferación de las actividades fuera de la ley, también perjudica a las naciones más ricas. Estas, como explicó el economista argentino Ricardo Aronskind (Instituto Patria, 19/7/2016), generaron el contexto internacional signado por la globalización, impulsado por sus transnacionales y bancos y sometieron al mundo entero, pero ahora la globalización entró en apuros también allí, en los países desarrollados, con la consecuente crisis del paradigma del sistema “democrático” de forma bipartidista pero con política económica única, la neoliberal. Sus elites ya nada pueden ofrecer a sus pueblos, más que retroceden sin cesar en libertades y derechos.


«Con relación a las sociedades pobres o emergentes en su conjunto, a su vez con menos medios (…), los flujos financieros ilícitos mediante la trama de cuevas fiscales logran que por cada dólar de ayuda destinada al desarrollo –esa que ahora lograríamos fluya con nuestra “vuelta al mundo”, obra del gobierno de Macri– retornen diez de manera ilícita a las economías occidentales.»

Estas naciones se perjudican también porque la economía mundial se daña. Sabemos del poder primordial de las corporaciones transnacionales sobre el planeta: está demostrado que dos tercios del comercio internacional se realiza en el interior de las mismas trasnacionales, con uso permanente entre sus sedes desparramadas por el territorio mundial de lo que se llama manipulación de los precios de transferencia. La multinacional X no es un único cuerpo, está subdividida en una cantidad de partes que, bajo comando único, se asientan –con nombres diferentes, o ligeramente cambiados, o el mismo– en varios paraísos fiscales. Usándolos de muy variadas y cambiantes maneras logran que, producida la mercancía, las ganancias aparezcan donde los impuestos son más bajos –o mediante préstamos financieros intermedios, logren ser nulos– mientras los costos emergen donde los impuestos son más altos pero se pueden descontar del debido tributo. ¿Se produjo más o mejor mercancía así? No, tiene la misma calidad y costó lo mismo. Lo que sí sucedió es que la corporación se embolsó la parte que legalmente debió entregar al/los Estados como dinero que le correspondía aportar por la educación de sus técnicos y trabajadores, desde los peones a los técnicos y científicos, la salud de ellos, el uso de carreteras, tierra, agua, seguridad y todo cuanto la sociedad en su conjunto asume como imprescindible prestación social para la supervivencia de una comunidad organizada. Una inmensa “industria” compuesta por 60 paraísos fiscales está dedicada a producir ineficiencia en la economía mundial. Y lo logra. Los grandes capitalistas del siglo XXI contradicen su esencia básica original: a nivel global no producen más y mejor sino que, en primer lugar, mediante maniobras financieras con el dinero sólo producen dinero y, segundo, cuando producen bienes, escamotean la parte del resultado que da base a la infraestructura general y la sustraen ilegalmente, escondiéndola, para usarla del mismo modo en una nueva rueda perversa. De ese modo funcionando las cosas, confirmado por imposición de aritmética, contabilidad y estadísticas no discutibles, ya no resulta imposible imaginar los resultados asombrosos a los que llegara Piketty y que culminarían con el 0,00000001% de los terráqueos poseyendo más del 50% de todo cuanto haya. Mucho menos cuando sabemos que ese tremendo poder, que acorrala inclusive a los Estados más poderosos, obligándolos a renunciar cada vez en mayor medida a imponer tributos a los ricos, toma los Estados mismos y dicta leyes a su medida, como lo estamos viviendo desde fines de 2015 en la Argentina, en menor cantidad –por nuestro tamaño– pero idéntica cualidad destructiva.


«Cuarenta y siete organizaciones provenientes de veinte países europeos (…) concluyeron que el mundo extraterritorial –las sedes económicas que no quedan en ninguna parte y no tienen ley que las regule– ha desplazado la riqueza y el poder desde los pobres a los ricos con mayor fuerza que cualquier otro acontecimiento en la historia de la humanidad.»

Ahora es momento de entrar en el tema que da título a este trabajo. Tenemos un sistema que está dominado, literalmente, por ladrones de distintas categorías que atesoran y mezclan en guaridas inexpugnables el dinero que logran con sus delitos o cuando menos con la sustracción de lo que deberían pagar –según sus mismas leyes– para sostener la infraestructura social; que lo hacen en lugares jurisdiccionalmente inexistentes, por ende en la opacidad más completa; sus miembros, personas de carne y hueso que lo dirigen o usufructúan ¿de qué moral pueden hablar? ¿Con qué autoridad pueden promover políticas “contra la corrupción” de cómplices ínfimos comparados con ellos?

Está más que claro que carecen de ellas para limpiar como es debido los aparatos estatales, porque el sistema entero aboceta con ellos una poderosa cabeza putrefacta, corrompida, que derrama los efectos de su deshonesta perversión –esto sí lo esparce– hacia toda la sociedad mundial. Por supuesto que con tal manera de “producir” como base, también se diseminan como reglas de conducta, moralmente no rechazadas, formas de corrupción privadas menores, así como egoísmo, individualismo, consumismo y tantas más. La reserva moral humana solo se sostiene porque es inherencia gregaria de la especie y se manifiesta en los pueblos que en todas sus categorías específicas trabaja y produce y, lo sepa o no, ha seguido haciéndose cargo de la subsistencia de la humanidad.


«Tenemos un sistema que está dominado, literalmente, por ladrones de distintas categorías que atesoran y mezclan en guaridas inexpugnables el dinero que logran con sus delitos o cuando menos con la sustracción de lo que deberían pagar –según sus mismas leyes– para sostener la infraestructura social.»

Los “dueños de la Tierra” han ido tan lejos que, por lo dicho, han superado interrogantes incisivos como que el que transcribo de manera textual del famoso economista James K. Galbraith (Harvard, Yale, profesor en Texas, ensayo de 2011): “Lo que no se consigue –ni en una reunión patrocinada por el FMI ni por el Instituto del Nuevo Pensamiento Económico– es un análisis serio de la relación entre el derecho contractual y el fraude. Lo he intentado varias veces. Todos admiten el papel del fraude en la debacle financiera cuando se les pregunta al respecto. ¿Cómo no habrían de hacerlo? Pero nadie está dispuesto a debatir sobre el tema. ¿Por qué no? ¿Por qué es este uno de los grandes temas tabú de nuestra historia económica moderna?”. Con sinceridad, creo que la respuesta es simple. Pasaron el límite, no les interesa acomodarse o no al derecho contractual. Saben que están robando a manos llenas y están decididos a seguir haciéndolo porque están por sobre cualquier sistema legal y su impunidad está asegurada. Muchísima libertad para consumir por quien pueda, un juicio por corrupción a un funcionario por aquí, unas elecciones periódicas para cambiar o no elencos de amanuenses de vez en cuando, unas guerras locales por variados lugares, las fantásticas expoliaciones a los pueblos en la oscuridad completa y el silencio total. Es el mundo de Vautrin, personaje de Balzac, a quien Piketty acude como lo hacen todos los grandes investigadores con los artistas, donde hallan la visión intuitiva exacta de lo que acontecía y él mismo demuestra que sucede en el mundo: “en esas [estas] condiciones, para qué trabajar y, además, simplemente para qué tener un comportamiento moral: ya que la desigualdad social en su conjunto es inmoral e injustificada ¿por qué no llegar al extremo de la inmoralidad, apropiándose de un capital por cualquier medio?” [12].

En 2011 afirmaba, pugnando siempre por luchar por el derecho (juvenil e imperecedera influencia del ilustre Rudolph von Ihering): “Debemos tener presente en todo momento el contexto general. Él nos muestra que la diferencia fundamental producida a partir de que el capitalismo –llamémosle tradicional o hasta en su forma imperialista– se convirtió en imperialismo global, consiste en que este se libera de los controles de los Estados (por ende de sus sistemas judiciales) y por ese camino se desprende también de toda traba normativa y compromisos a largo plazo que involucren a cuerpos sociales integrados. La libertad que necesita es total, porque el espacio global, sin más allá y por lo tanto como encierro del sistema, le exige estar desligado de cualquier armado institucional que pretenda ponerle reglas morales, de responsabilidad ética o jurídica [13].

Cinco años después, como vimos, esa formulación ha encontrado sustento en los estudios de especialistas de primer nivel mundial con la sensible diferencia de haberla demostrado con documentos insospechables y cifras evaluadas con precisión.

Pero el lustro no pasó en vano. En su voracidad insaciable de ganancias máximas e inmediatas, con la potencia sin precedentes que tiene y encerrado en el planeta sin fronteras a traspasar, el capitalismo ha arremetido contra la Tierra misma, su capa atmosférica, sus aguas de mares, ríos y polos helados, sus capas de humus, sus bosques, sus fuentes de energía no renovables, contra la biodiversidad, contra el clima y de allí contra toda la vida misma.

Sobre la dimensión de este nuevo fenómeno no creo que haya una compilación de información, documentos y fuentes de máxima confiabilidad como las expuestas por Naomí Klein en su última obra, que no excluye su autocrítica y las nuevas conclusiones a las que ha arribado a la luz de su ejemplar investigación. Luego de un epítome sobre la situación de extremo peligro en la que vivimos todos y preguntarse ¿qué nos pasa que no estamos deteniendo el incendio que nos rodea por todos lados? responde de modo que vale transcribir textualmente: “En mi opinión, la respuesta es mucho más simple de lo que nos han hecho creer. No hemos hecho las cosas necesarias para reducir las emisiones [se refiere a las tóxicas de carbono] porque todas esas cosas entran en un conflicto de base con el capitalismo desregulado, la ideología imperante todo el período en el que hemos estado esforzándonos por hallar una salida a esta crisis. Estamos atascados porque las acciones que nos ofrecerían las mejores posibilidades de eludir la catástrofe –y que beneficiarían a la inmensa mayoría de la población humana– son sumamente amenazadoras para una élite minoritaria que mantiene un particular dominio sobre nuestra economía, nuestro proceso político y la mayoría de nuestros principales medios de comunicación. Ese podría no haber sido un problema insuperable de por sí si se nos hubiera planteado en otro momento de nuestra historia. Pero, para gran desgracia colectiva nuestra, la comunidad científica efectuó y presentó un diagnóstico decisivo de la amenaza climática en el momento preciso en que esa élite estaba disfrutando de un poder político, cultural e intelectual más ilimitado que nunca desde la época de 1920. De hecho, los científicos empezaron a hablar en serio… en 1988, justamente el año que marcó el albor de lo que se daría en llamar “globalización”, a raíz del acuerdo que representaba la mayor relación comercial bilateral del mundo entre Canadá y Estados Unidos, que de seguido se convertiría en el NAFTA con la incorporación de México”. A pocos párrafos más, con remisión a la documentación probatoria de que la solución es “una misión sencillamente imposible para el mercado ‘libre’ la autora destaca: “…lo importante aquí es el mensaje esencial –que los datos– nos trasmiten: nuestros sistemas económico y planetario están actualmente en guerra. O para ser más precisos, nuestra economía está en guerra con múltiples formas de vida sobre la Tierra, incluida la humana [14]. Añadiría que ese momento histórico fue también el de la implosión de la Unión Soviética, lo que significó que, en el segundo país del mundo se desatara un vendaval de privatizaciones y liberalización que sembró de flamantes multimillonarios rusos a los países centrales a través del paraíso fiscal ubicado en Chipre, pero por sobre todo y crucial, dejó al mundo con el capital globalizado como único sistema, convencido inclusive de que había arribado “al fin de la historia”.

Kevin Larson es uno de los principales científicos de clima de Gran Bretaña; Alice Bows-Larkin, física atmosférica profesora de la Universidad de Manchester, trabaja junto a él. Escribieron que en vez de fingir que podemos resolver la crisis climática (insisto, ella involucra todas las depredaciones a la Tierra sumadas) sin hacer temblar antes los cimientos del edificio económico, es hora de decir la verdad, de “liberar la ciencia del yugo de la economía, las finanzas y la astrología, de ceñirnos a las conclusiones, por incómodas que éstas puedan resultar. Necesitamos la audacia suficiente para pensar diferente y concebir futuros alternativos” [15].

La última obra de Klein debería ser de detenida lectura obligatoria. Su compendio demostrativo del estado de peligro extremo en que nos hallamos como especie tiene base experta de grado máximo. Con desasosiego admito que llego a creer que, efectivamente, nos queda por delante sólo una década antes de que acontezca un quiebre irreversible en las condiciones de vida que conocemos, tanto más cuando en la cumbre mundial de Copenhague de 2009 se llegó a un acuerdo –incluidos Estados Unidos y China, los mayores contaminantes de globo– de no superar un aumento de más del 2% de las temperaturas, que nadie controla ni cumple, que en 2015 la temperatura ya subió 0,8% y bastó para producir los devastadores efectos que se suceden – huracanes, inundaciones, lluvias, sequías, calores y fríos sin parangón histórico–,que el Banco Mundial en 2012 expuso que en cuanto nos aproximemos a un aumento del 2% o más se entraría en zona de riesgo de puntos de inflexión no lineales…, que el calentamiento del siglo XXI afectaría a continentes enteros…, que estamos avanzando hacia un incremento del 4% y “eso sumergiría bajo las aguas unas cuantas naciones isleñas como Maldivas y Tuvalu e inundaría zonas costeras desde Ecuador hasta Brasil, Holanda, California, sur y sureste de Asia y tendrían serio riesgo de inundación Boston, Nueva York, Los Ángeles, Vancouver, Londres Bombay, Hong Kong, Shanghái “ (y, obviamente aunque no lo mencionen, la mayor parte de Buenos Aires y Montevideo y todo Río de Janeiro menos los morros) [16].

También el papa Francisco machaca desde su potente y universal tribuna,con una encíclicasobre las amenazas que se ciernen sobre la vida en el planeta, con el mismo contenido conceptual. Afirma: “El paradigma tecnocrático también tiende a ejercer su dominio sobre la economía y la política. La economía asume todo desarrollo tecnológico en función del rédito, sin prestar atención a eventuales consecuencias negativas para el ser humano. Las finanzas ahogan a la economía real. No se aprendieron las lecciones de la crisis financiera mundial y con mucha lentitud se aprenden las lecciones del deterioro ambiental (…). Con sus comportamientos expresan que el objetivo de maximizar los beneficios es suficiente. Pero el mercado por sí mismo no garantiza el desarrollo humano integral y la inclusión social (…). No se termina de advertir cuáles son las raíces más profundas de los actuales desajustes, que tienen que ver con la orientación, los fines, el sentido y el contexto social del crecimiento tecnológico y económico”. “El principio de maximización de la ganancia, que tiende a aislarse de toda otra consideración, es una distorsión conceptual de la economía: si aumenta la producción, interesa poco que se produzca a costa de los recursos futuros o de la salud del ambiente; si la tala de un bosque aumenta la producción, nadie mide en ese cálculo la pérdida que implica desertificar un territorio, dañar la biodiversidad o aumentar la contaminación. Es decir, las empresas obtienen ganancias calculando y pagando una parte ínfima de los costos” (cursivas no originales) [17].

Así las cosas, volvamos al tema eje de este trabajo. La corrupción, pero la corrupción en serio, la que está al comando de la economía mundial está devastando a todos los seres del mundo. Lo hace ocultada, sin que se hable de ella, mientras consigue distraer a los pueblos con minucias banales –incluso de corrupción, asignándose una hipócrita pátina moralista– y no va a parar, porque por sí misma no puede detenerse. En la Argentina tenemos ahora como dirigentes a fervorosos peones de esta estructura degenerada, ponzoñosa como no se conoció jamás, definitivamente letal.

Los estudiosos, cuando llegan a este punto en sus averiguaciones en los informes científicos, documentales oficiales y privados y estadísticas oficiales, se sienten obligados –diría que hasta en defensa propia de la energía que los moviliza– a diseñar respuestas paliativas o reparadoras. Joseph Stiglitz –economista premio Nobel, director del Banco Mundial, asesor de Bill Clinton–enuncia una profusa serie de seductoras medidas a tomar [18]. Shaxson, más multidisciplinario, señala con inteligencia diversos puntos de ataque y como esencial el cambio cultural [19]. Piketty, técnico puro, funda caminos de regulación del capital, la indubitable implantación de impuestos progresivos en vez de la perniciosa práctica de tomar deuda, pero sin salir nunca del sistema –como los anteriores– y finalmente toma un sesgo político propiciando técnicas de transparencia y control democrático del capital [20].

Esos caminos y los análogos que se ofrecen en la plaza de ideas implican la nunca desdeñable utilización de los mecanismos institucionales más progresistas que se encuentran, los de las democracias occidentales. La metástasis de la corrupción que las aqueja con gravedad creciente hace que se haga inevitable una lucha despareja dentro de ellas –tanto nacional como internacional– para utilizar todos sus componentes democráticos y que, confluyendo con la pelea por su rescate para la lucha contra la corrupción, se conviertan en apoyo a un eficaz combate contra esta. Es una batalla que hay que dar, pero con ella sola no da el tiempo que nos queda. Antes de llegar a un plano de eficacia, habremos perdido la guerra.

A mi entender, quien apunta bien, aportando novedad imprescindible, es Klein. En su obra –que no cesaré de recomendar– ilustra prolijamente sobre innúmeras esparcidas batallas menores, pero todas del mismo sentido, dadas por los pueblos, la mayoría de ellos originarios. Infiere correctamente que un enorme movimiento de masas es el eje primordial de un cambio de esencia en el modo de producción y de vida terrestre, y que ese alzamiento colectivo cuenta con una base objetiva como nunca antes la tuviera, precisamente porque le va la vida en él. Refiere, con pie documental constatable con facilidad, numerosos ejemplos de luchas victoriosas en los últimos años contra las industrias extractivistas de recursos naturales que defendieron materias como aguas, bosques y animales, desde el ángulo de la preservación de sus culturas; también fuentes de trabajo, con cita especial a las fábricas recuperadas en la Argentina [21]. Vale una digresión: su formidable recopilación no llegó a otro notable caso argentino de lucha contra la extracción minera destructora del medio ambiente y, obvio, de la vida: en la explotación de la famosa mina de oro de Famatina, sus pobladores y los de Chilecito acusaron a la dueña del emprendimiento –la poderosa canadiense/norteamericana Barrick Gold– que contaminaría el agua hasta después de cerrada la mina, afectando el sistema de aguas en el que se basan sus vidas, que proviene de la sierra que estaba siendo volada a explosiones. Innúmeras movilizaciones, campañas informativas y cortes de ruta obligaron a la Barrick a abandonar la exploración en 2007. El mismo camino debieron emprender sus sucesoras, Shandong Gold (china) y luego Osisko Mining Corporation (canadiense), derrotadas sucesivamente. La última vencida por las movilizaciones populares fue la salteña Midais, en noviembre de 2015 [22].

No ignoro que este camino pasa junto–y sin tocarla– a una cuestión enorme sobre la que debe darse discusión, bien que no aquí y menos en cualquier lugar si implica teorizaciones dilapidadoras de tiempo vital: el de las formas de representación popular y la manera de participación de las masas. Como simple y escueta enumeración de la problemática: el pueblo europeo tiene un sistema bipartidista con una política única, contraria a sus intereses; otro tanto sucede en Estados Unidos, donde vota una minoría selecta y la mayoría reniega de los dos partidos que ejercen en Washington el mandato de magnates y corporaciones que con dinero para el proselitismo eligieron sus candidatos; en América Latina vemos cómo los factores de poder económicos nacionales y foráneos ejercen permanente violencia sobre las instituciones. Una observación un poco más en detalle muestra en la Argentina a legisladores de todos los partidos en el Congreso aprobando decisiones de un juez municipal de Nueva York perjudiciales para el país y les importa nada el genuino beneficio del pueblo, el honor, la soberanía y la patria; un Poder Ejecutivo en manos de un personaje beneficiario de la obra pública desde hace décadas que acostumbra a usar paraísos fiscales y no se había dado cuenta de un depósito de 18 millones de pesos depositado en el exterior cuando afirmó que se debía tener fe en la Argentina [23]; un Poder Judicial que en su gran mayoría constituye una corporación elitista y servil del poder real [24] y en la organización no gubernamental más importante también una matriz corporativa con dirigentes que llevan décadas nominalmente al frente de una clase obrera que no se siente ni está representada por ella.

De ahí la potencia de la versión local de esa propuesta de Klein que valoro como línea de acción internacional. En nuestro territorio, estimo que utilizando al máximo las posibilidades institucionales que nos proporciona la democracia desde el fin de la dictadura, que ascendieron con fuerza en los últimos años, esto es, librando batallas en concejos deliberantes, legislaturas provinciales, el Congreso Nacional y con acciones judiciales, debemos defender los derechos ganados por todos los habitantes del país [25]. Pero el eje centralizador debe componerlo la movilización de todos los beneficiarios de esos derechos, cualquiera sea su ubicación partidaria o política si es que la tienen, para participar en la custodia de lo que consiguió y le corresponde. Ello así, de todos los modos de imaginables –marchas, protestas colectivas, peticiones, reuniones de vecinos, de consumidores, de clubes, de bibliotecas, de centros de salud, de estudio, de difusión y propaganda, ayudas para las cooperativas, trincheras para las fábricas recuperadas, auxilios a las economías regionales y las pymes, de amparos colectivos ante la justicia– que se extenderán y articularán con la medida de la infinita creatividad popular. Un machacar constante, cotidiano, sobre toda la geografía nacional detendrá y revertirá el ataque de la derecha contra el pueblo, a quien está saqueando a mansalva y, sin lugar a la menor duda, responderá y triunfará con algunos dirigentes a la cabeza y con la cabeza de la mayoría de ellos.

Eso es, ni más ni menos, según lo entiendo, un imprescindible Frente Ciudadano, camino del poder democrático, participativo, popular, que hacia afuera de nuestro país se inscriba en la recuperación de la Patria Grande para la soberanía y bienestar de los argentinos con destino de ejercer su potente aporte en el difícil y peligroso panorama mundial, que nos incumbe en la misma y antagónica medida que a los buitres que lograron poner a sus administradores al frente de la Nación. En esa columna popular en marcha, por esos fines, objetivamente no hay lugar para corruptos. Quien pretenda serlo será un cuerpo extraño, un pequeño tumor que se irá o se verá expulsado por repugnancia exudada por su connatural condición.


«En esa columna popular en marcha (…) objetivamente no hay lugar para corruptos. Quien pretenda serlo será un cuerpo extraño, un pequeño tumor que se irá o se verá expulsado por repugnancia exudada por su connatural condición.»

Esa es la única y auténtica vía contra la corrupción en serio, la llegada hasta los límites extremos en el siglo XXI, practicada y dirigida por praxis contrarias al interés del otro, enemigas del bien común, egoístas, miserables, sustractoras del producto social de cada individuo, que solo así, desarrollándose como tal en el abierto escenario de sus posibilidades existenciales, será [26].

*Abogado (UBA), especialista en temas de corrupción, justicia y procedimientos penales y sus vinculaciones con la estructura socio-política nacional e internacional. Fue titular de la Oficina Anticorrupción entre 1999, año de su creación, y 2002.

Notas al pie:

[1] Hobsbawm, Tomo IV, íntegro, de “La Historia del Siglo XX”, Grijalbo-Mondadori.
[2] Shaxson, Nicholas, “Las islas del tesoro”, FCE, pág. 32.
[3] Piketty, Thomas, El Capital en el Siglo XXI, FCE, pág. 43.
[4] Ibídem, págs. 46 y 53/258.
[5] Ibídem, cuadros de págs. 271/2.
[6] Ibídem, pág. 383.
[7] Ibídem, págs. 350 con nota 18 y 288/9, más mensaje de asesor gubernamental.
[8] Ibídem, cuadros de págs. 478/9 y nota 5 al pie de la última.
[9] Shaxson, Thomas, “Las Islas del Tesoro”, FCE, págs. 31/2 y notas 1 y 3.
[10] Ibídem, pág. 41
[11] Ibídem, págs. 60/64
[12] Piketty, op. citus Pág. 264
[13] Massoni, José, “Estado de la corrupción en la Argentina y el mundo”, Editores del Puerto 2011, pág. 167
[14] Klein, Naomí, “Esto lo cambia todo”, Paidós, pág. 33 y 37 y notas 25 y 27 en pág. 577.
[15] Anderson y Bows, “A new paradigmforclimatechange” pag. 640, citados por Klein en págs. 116/119 y 590, op.citus.
[16] Klein, op.citus, págs. 27/28 y 57/6 notas 15 y 17
[17] Horizontes del Sur, Revista N° 3, julio de 2016, citas de págs. 85 y 149 de “Laudatio’ Si’ Signore” en el artículo de Massoni, José, en http://www.nuestrasvoces.com.ar/horizontes/el-hombre-su-vida-francisco-y-las-penas/
[18] Stiglitz, Joseph, “Cómo hacer que funcione la globalización”, Taurus, 2006, capítulos 9 y 10, págs. 311/358.
[19] op.citus, págs. 475/494.
[20] op.citus, págs. 519 y sgtes. hasta el final.
[21] 21Klein, Naomí, op.citus. págs. 16/2
[22] Massoni, José, “Manual para Argentinos”, (actualización 2016, pág. 132, en edición)
[23] Diario El Intransigente, Salta, Diario Registrado, Clarín y otros, 18 de junio de 2016
[24] El presidente Macri amenazó a jueces independientes el 24/7/16. La corporación judicial mantuvo silencio total (diario La Nación, entrevista de Morales Solá, tapa).
[25] von Ihering, Rudolph, La lucha por el derecho, Perrot, 1958
[26] Heidegger, Martín, Ser y Tiempo, FCE trad. Gaos

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