La Diferencia Argentina

En esta oportunidad, nuestro director Edgardo Mocca da cuenta de un concepto fundamental de nuestros días: La Diferencia Argentina implica algo mas que una simple movilización, sino que supone una diferencia inconmensurable y rupturista con los personajes nefastos que comandaron y comandan actualmente los destinos de nuestro país. Este espíritu estuvo presente en la marcha del 10 de mayo pasado, donde el rechazo por el nefasto fallo de la corte se conjugaba con otro aspecto sustancial: la tan vapuleada justicia social.

 Por Edgardo Mocca

          Estado de alerta y de movilización: así nombra una vieja tradición sindical a la situación de uno o más gremios a la espera de una respuesta patronal y/o estatal para definir las formas de continuar un reclamo. La expresión alcanza hoy a un amplio y variado espectro de reclamos que brotan desde todos los sectores de la vida laboral, social, cultural y política del país. Trabajadores, estudiantes, docentes y profesores universitarios, agricultores, pequeños y medianos empresarios, productores de la economía popular, artistas, militantes de la igualdad de género, movimientos de defensa de los derechos humanos despliegan una intensa y masiva escena de ocupación de calles y plazas a lo largo y ancho del país. La movilización, masiva y multisectorial, es pacífica y programática. Interpela a las instituciones de todo nivel. Apuesta a la deliberación democrática como espacio de concreción de sus demandas.

            La concentración de Plaza de Mayo en repudio del fallo pro-terrorismo de Estado de la Corte Suprema es un punto de síntesis. Es la expresión de lo que podría llamarse la “diferencia argentina”. Es el nombre de una tradición popular-nacional distintiva. El nombre de la Argentina insumisa, cuyas raíces vienen de lejos. De la rebeldía obrera de fines del siglo XIX y principios del XX. Del desafío yrigoyenista al régimen conservador. Del peronismo. De la resistencia, del cordobazo, de las madres y las abuelas, de las movilizaciones que enfrentaron la insubordinación militar contra el gobierno de Alfonsín, de los piquetes, del “que se vayan todos” de la explosión de diciembre de 2001 a la que la política transformadora sacó de la anomia antipolítica y vertebró como fuente y como inspiración del desafío al establishment.

            Es necesario tomar nota de esta diferencia argentina porque es una forma de enunciar lo que se está jugando en estos días. Porque la plaza del 10 de mayo contra la usurpación macrista y negacionista del poder judicial es la manifestación de un nuevo vínculo histórico entre dos tradiciones democráticas y populares: fue la plaza de los derechos humanos y de la justicia social. La plaza de la memoria y la plaza de la toma de posición definitiva respecto del conflicto político actual. El no a los represores y el no a la destrucción neoliberal. El aviso del costo político que espera a todos los “pragmáticos” que elijan el camino de la conciliación, tal como hicieron quienes convalidaron la virtual intervención macrista de la Corte Suprema por medio de un infame decreto presidencial.

            La plaza del 10 de mayo interpela a los especuladores y a los acomodaticios. Pone en riesgo a los sectarios tanto como a los oportunistas. Discute a los que hacen política con los ojos exclusivamente puestos en las encuestas y en los focus group. Les avisa que los grandes procesos históricos no son simples cambios del “humor ciudadano”, sino ríos muy profundos que atraviesan la historia de un pueblo e irrumpen en contradicción con los más agudos cálculos de los analistas políticos. La plaza del 10 de mayo fue un huracán que desorientó a muchos. Que modificó encuestas, que irrumpió en la comunicación monocolor obligando a cambiar repertorios y metiendo dudas y miedo entre los actores de la tragicomedia neoliberal. La apuesta de la derecha será cada vez más la apuesta por los indiferentes (que son legión), por los crédulos, por los desmovilizados y por los inmovilizables. El resultado de la contienda no está escrito. Las maquinarias de la manipulación, del miedo y de la indiferencia trabajarán de ahora en más con renovado y atemorizado brío. Ante todo procurarán mostrar que las luchas tienen como actores al mundo del resentimiento, la vagancia, la irresponsabilidad política y la violencia. Todo esto lo hemos visto, escuchado y vivido, nadie tiene el derecho de simular inocencia. La derecha “moderna e innovadora” es lo más parecido que pueda encontrarse en el mundo a la derecha autoritaria, clasista y represiva que conocemos desde siempre. La diferencia podemos hacerla nosotros. La diferencia está en la inteligencia, la paciencia y el coraje que podamos acumular quienes decimos ser portadores de un proyecto de país diferente.

            La diferencia argentina es el problema político principal de la Argentina. Para borrarla se bombardeó una plaza en la que caminaban tranquilos habitantes de la ciudad. Para borrarla se fusiló, se persiguió, se proscribió. No fue otro el sentido del golpe cívico-militar de marzo de 1976; quien lo dude tendrá que negar el explícito llamado a la intervención militar que realizó de forma pública un engendro llamado “Asamblea Permanente de Entidades Gremiales Empresarias” unos meses antes de su realización. Allí estaban todas las caras de siempre. Las de la Sociedad Rural, la de los capos de las multinacionales y los grandes grupos económicos locales, la de los que hoy apuestan a frenar el juicio a los cómplices civiles del terrorismo de Estado. No es contra fantasmas del pasado que el pueblo salió a la calle el 10 de mayo. Es para ratificar una diferencia. Es para reivindicar un pasado y también para dar un mensaje claro y contundente hacia el futuro.

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