La extraña permanencia del déficit comercial en un contexto de crisis y devaluación. Otro logro de Macri

Por Damián Paikin*

  En medio de una devaluación galopante es habitual escuchar a algunos economistas hablar de las ventajas que trae la misma al dotar de competitividad a importantes sectores de la economía para colocar sus productos en el exterior, ya que pasan a ser relativamente más baratos.

   Sin embargo, lo cierto es que el fenómeno que se ha producido habitualmente es que la mejora de las cuentas externas no llega por una mejora en las exportaciones sino, por el contrario, por una caída de las importaciones ante el derrumbe del mercado interno producto de la inflación y la caída de los salarios que suelen acompañar estos procesos devaluatorios.

   Por qué no mejoran las exportaciones es relativamente sencillo de explicar. Al vender principalmente commodities su demanda es bastante inelástica y su precio, puesto además por el mercado internacional, no cambia por la devaluación argentina. Simplemente lo que sucede es que los exportadores agrarios obtienen mayores ganancias por la diferencia entre el precio internacional y sus costos internos.

   Pero en la actualidad se agrega otra razón para entender la falacia del aumento de la competitividad. El mundo gira hacía el proteccionismo y nosotros apostamos a la apertura. Apertura propia y apertura de las lógicas de protección del comercio con nuestro principal socio, Brasil, generando que también nuestros canales de exportación industriales se encuentren amenazados por competencia externa, principalmente china.

 Con lo cual, al no aumento de las exportaciones por cuestiones estructurales asociadas a las commodities, ahora se suma una razón política propia que es la liberalización de nuestras relaciones privilegiadas con Brasil que servían de base al MERCOSUR y llevaron a dicho país a convertirse en el destino de cerca del 30% de nuestras exportaciones.

  Conclusión, según el INDEC a julio de 2018, ya con medio camino devaluatorio recorrido exportamos apenas 100 millones de dólares más que en el mismo mes del año pasado (5385 contra 5293 de julio de 2017). Parece poco como para aplaudir la devaluación por las ventajas de competitividad que han traído. Es cierto, la sequía impidió una mejora en dicha relación, pero vale recordar que, en 2017 sin problemas meteorológicos graves, el déficit fue histórico, y hoy lo estamos superando.

 Pero hay más. A diferencia de la mayoría de los procesos devaluatorios anteriores, y nuevamente enmarcado en la apertura total de la economía en un mundo desesperado por vender, las importaciones siguieron aumentando y pasamos de 6041 millones de U$S de julio de año pasado a 6174 millones. O sea, que no sólo no se redujo el déficit comercial, sino que incluso aumentó. Levemente en el comparativo mes a mes, pero si tomamos los primeros 7 meses del año nos encontramos con un incremento del déficit comercial de 2500 millones de U$S.

 El fenómeno novedoso, entonces, es la persistencia del déficit en una economía en recesión. Y la respuesta nuevamente no la da la economía, sino la política. Aún en una economía en recesión existe un mercado que se disputa, entre los proveedores nacionales y extranjeros. Con la devaluación se supone que los precios internos serán más baratos y por tanto vencerán a la competencia externa. Pero ¿qué pasa si los costos siguen subiendo desbocadamente por la inflación de las materias primas y los precios de los servicios públicos? O peor aún, ¿qué pasa si la oferta nacional desaparece tal como está indicando la caída de los indicadores industriales? Entonces, los proveedores externos siguen tomando porciones de mercado hasta un nuevo punto de equilibrio que aparentemente aún no llego.

 En este marco, agosto trajo una nueva corrida devaluatoria feroz. Sabemos que las exportaciones no aumentarán, sino que solamente se harán más ricos los que siempre lo hacen. Pero ¿caerán las importaciones? Eso daría un respiro a los productores internos y generaría al menos una vía real de ingreso de dólares a la economía. Esto, claro, si se obligara a los exportadores a liquidar sus ventas en el país. Pero bueno, ese ya es otro problema. Mientras seguiremos escuchando los beneficios del aumento de la competitividad con nuestros ingresos cada vez más pequeños.

* Investigador CEAP/UBA

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