La (ir)relevancia y los (ab)usos de la “guerra contra el terror”

Por Khatchik Der Ghougassian *

El profesor y especialista en Relaciones Internacionales caracteriza la “guerra contra el terror” como el nuevo paradigma de poder global unipolar, en un contexto donde el fenómeno del terrorismo internacional se ha consolidado, y en el que hasta los países periféricos han adoptado como propia la agenda instalada por los Estados Unidos.

La “guerra contra el terrorismo” se instaló en la agenda internacional después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 (11S) contra las Torres Gemelas en Nueva York y el Pentágono por iniciativa de la administración de George W. Bush, y vino para quedarse por lo menos en el horizonte previsible en el siglo XXI.

Su anuncio oficial fue el 20 de septiembre cuando Bush habló en el Congreso por primera vez después de los ataques, y en un discurso de 8 minutos, diferenció el islam de los terroristas, presentó una serie de exigencias no negociables a los Talibanes y terminó con una frase donde quedó claro que la intención de su administración no era solo ajusticiar a los responsables de los atentados sino lanzarse en una misión que definió como guerra contra el terror. “Nuestra guerra contra el terror empieza con al-Qaeda pero no termina ahí. No se terminará hasta encontrar, detener y derrotar a cada grupo de alcance global” fueron las palabras finales de Bush.

El 11 de septiembre de 2001 no fue una conspiración, ni la “guerra contra el terror” era un proyecto escrito con anticipación. Los ataques que los 19 integrantes de al-Qaeda ejecutaron en el suelo estadounidense se prepararon por lo menos en los dos años que los antecedieron, tal como los informes posteriores demuestran. Más aún, los servicios de inteligencia tenían información de un complot que se preparaba pero, según investigó Lawrence Wright en el ya clásico La torre elevada. Al Qaeda y los orígenes del 11S (Debate, 2009), la competencia entre por un lado el FBI y por el otro el CIA no permitió prevenir los ataques. Tampoco los planificadores del 11S eligieron el terrorismo como un fin en sí; la espectacularidad de los ataques, su buscado impacto mediático, permitieron ubicar a su causa política como la urgencia del momento. Desde entonces los sucesivos 11S en Europa, Asia, África y sobre todo el Medio Oriente sugieren que este método de lucha violenta tiene aún su atractivo, impacta más que presiona y, sobre todo, convence a potenciales militantes de participar activamente a la promoción de la causa.

Argumentos como la marginalización socioeconómica, el odio, la aspiración al martirio o simplemente la convicción ideológico-política de quienes protagonizan estos actos son válidos para explicar la adhesión de voluntarios a las inmolaciones sin ninguna consideración mínima a la vida humana. Si en su evolución histórica el terrorismo se concibió fundamentalmente como medio para el tiranicidio en el siglo XIX, táctica de resistencia durante la Segunda Guerra Mundial y las luchas de descolonización y propaganda mediática para la promoción de las causas nacionales para los palestinos, vascos, irlandeses y armenios entre otros, con al-Qaeda y las organizaciones islamistas que nacieron en la primera década del siglo XXI el terrorismo es parte de la yihad, la guerra santa islámica, y sirve para el reclutamiento.

El 11S colocó la yihad como prioridad en la agenda de la seguridad internacional; esto ha sido su objetivo inmediato; el fenómeno ya tomó vida propia con las adhesiones masivas a la causa islamista en el contexto de la ocupación de Iraq, la guerra en Yemen y Siria, el colapso del régimen de Gadafi en Libia, la aparición de Boko Haram en Nigeria, al-Shabab en Somalia y otros eventos similares, donde los atentados terroristas se racionalizan como estrategias ofensivas de guerra y, sobre todo cuando golpean en el escenario global, sirven para el reclutamiento y la radicalización de los musulmanes.

El éxito del 11S como método de violencia política se entiende también por tres razones adicionales. Primero, por el grado de radicalización de la ideología islamista, que probablemente por su carácter religioso exija mayor pasión que cualquier otra radicalización anarquista, nacionalista o internacionalista haya exigido en el pasado. Segundo, por el alcance de su objetivo, que se formuló públicamente con la declaración del Califato de parte del llamado Estado Islámico (o Daesh como se referencia por sus siglas en árabe), cuando en junio de 2014 ocupó Mosul. La yihad que había declarado Osama Bin Laden en 1996 cuando desde Afganistán emitió el primer decreto religioso, o fatwa en árabe, proclamando el nacimiento de al-Qaeda, apostaba a la solidaridad de la Umma, la comunidad mundial de todos los musulmanes, y aspiraba a su reunificación.Pero el liderazgo de al-Qaeda no se atrevió a declarar el Califato probablemente por un cálculo estratégico que llamó a la prudencia por un objetivo que supone una enorme responsabilidad para su proclamación.


«El 11S colocó la yihad como prioridad en la agenda de la seguridad internacional; esto ha sido su objetivo inmediato; el fenómeno ya tomó vida propia con las adhesiones masivas a la causa islamista en el contexto de la ocupación de Iraq, la guerra en Yemen y Siria… y otros eventos similares, donde los atentados terroristas se racionalizan como estrategias ofensivas de guerra y sirven para el reclutamiento y la radicalización de los musulmanes… En pocas palabras, el terrorismo vino a quedarse en el horizonte del siglo XXI que inauguró el 11S.»

Abu Bakr al-Baghdadi, el líder de Daesh, se atrevió porque el Califato supone nada menos que el restablecimiento de un orden global idéntico a la mitificada “edad de oro” del Islam emergente, cuando cuatro compañeros de ruta del Profeta Muhammad le sucedieron para liderar la Umma y son conocidos como los Califas Rashidun (sabios). Este orden global es indispensable para que se cumpla la profecía de la batalla apocalíptica del fin de los tiempos, que según el Islam, tendrá lugar en una ciudad en el norte de Siria, Dabiq, que es precisamente el nombre que Daesh adoptó para su revista digital bilingüe en árabe e inglés. Puede ser que una eventual derrota de Daesh y la pérdida de su base territorial brinde mayor prudencia a las organizaciones islamistas en la proclamación del Califato, siendo más astuta la estrategia de Aiman al-Zawahiri, compañero de ruta de Bin Laden, principal ideólogo de al-Qaeda y actual líder de la organización, que declaró volver a Afganistán y juró lealtad a los Talibanes. Pero Daesh dejó claro que el Califato en su pasión apocalíptica es el fin último del islamismo y, de hecho, es lo que explica su poder de atracción a jóvenes yihadistas, con o sin problemas psicológicos o de marginación social.

La tercera razón del éxito del método terrorista del 11S es la asimetría de poder sin antecedentes históricos, en un mundo donde la disolución de la Unión Soviética en diciembre de 1991 dejó a Estados Unidos como la única superpotencia. De hecho, la perpetuación de la unipolaridad de la estructura del poder del sistema internacional se estableció como la nueva estrategia global de Washington,que cuenta con un presupuesto de defensa que supera la suma de todos los presupuestos de defensa del resto de las potencias,y con una doctrina militar que aspira a combatir simultáneamente en dos conflictos regionales. Frente a semejante realidad, el uso de la “razón de Estado” de los demás actores invita a mayor prudencia y a la búsqueda de estrategias para erosionar la unipolaridad, como es notable en el comportamiento de Rusia o China. Al-Qaeda y demás organizaciones islamistas, sin embargo, no se sienten restringidas por la racionalidad de los actores estatales. Al contrario, cuanto mayor el desafío a enfrentar más incentivos existen para provocar. Así se debe entender el 11S como un evento que marca un punto de inflexión en la dinámica de poder en la escena internacional.

En pocas palabras, el terrorismo vino a quedarse en el horizonte del siglo XXI que inauguró el 11S.

Entendiblemente, si en el horizonte del siglo XXI rige el espectro del terrorismo como amenaza global, las medidas de seguridad y políticas de prevención, incluyendo la cooperación internacional, se justifican. La coerción y el uso de la fuerza son inevitables a la hora de enfrentar la amenaza del terrorismo global y, a menudo, suponen violación de soberanía e intervención militar con todo el riesgo y la complicación que supone, empezando por los efímeramente llamados “daños colaterales”. La “guerra contra el terrorismo” no solo asume este panorama sino le ha dado también un marco legal/legitimador acuñando el concepto de preemption. Exento de traducción exacta al español, preemption, que no es prevención, supone la certeza del acontecimiento, en este caso un atentado terrorista, que es inminente y justifica la intervención preventiva para impedir su acontecimiento, porque supondría nada más y nada menos que un desastre mayor. Así, la lógica analítica de la “guerra contra el terror” se aleja del término tradicional y más concreto de “amenaza” para definir una estrategia en la incertidumbre de la “sociedad del riesgo”, término acuñado por el sociólogo Ulrich Beck en un contexto totalmente distinto de la conflictividad mundial. Los aspectos más operativos del preemption son más que visibles en, por ejemplo, la lógica de apuntar a la cabeza de un presunto terrorista para matarlo antes de que, supuestamente, accionara el artefacto explosivo en su cuerpo en un atentado suicida; herirlo tan solo para llevarlo preso no sirve pues no evitaría la acción terrorista. La misma lógica se aplicó a los aviones sin tripulación, conocidos como drones, las máquinas a matar preferidas de la administración de Obama.

La estrategia de preemption supone la perfección de la información y la vigilancia perpetua para predecir los atentados. De modo que la “guerra contra el terror” aceleró y consagró la era de la vigilancia global, donde la amenaza de otro 11S, y por lo tanto la demanda de más seguridad, condicionaría la búsqueda/aspiración de más libertad, más derechos y más privacidad que constituyen la esencia misma de las sociedades liberales en el sentido más progresista del término. Por otra parte, desde que el terrorismo ha oficialmente ingresado en la agenda de la política exterior de Estados Unidos, en 1972, cuando el Departamento de Estado elaboró la lista de las organizaciones que recurren al terror y de los países que las apoyan, en el discurso del 20 de septiembre de 2001 de Bush se privilegió el uso de la fuerza militar. Ya no se trata solamente de luchar contra aquellos actores que usan el terrorismo como método de lucha sino de una “guerra contra el terror”. El término, evidentemente, nunca descarta la diplomacia, pero claramente pone la pone al servicio de la guerra dando vuelta la racionalidad clausewitziana que consideraba a la guerra como la continuidad de la política por otros medios: en la “guerra contra el terror”, la política, o la diplomacia, se entiende como la continuidad de la guerra. En otras palabras, la “guerra contra el terrorismo” militarizó la política; y si en un contexto histórico distinto la militarización de la política significaría la intromisión de los militares en la política y la pérdida del control civil, es el poder civil que estuvo en la vanguardia de la promoción de la “guerra contra el terror”.

Dos consecuencias, entre otras, se destacaron del esfuerzo de definir la “guerra contra el terror” cuidando la constitucionalidad de todas las medidas prácticas que se tomaron para su implementación. Primero, la perspectiva exclusivamente militar que se aplicó para enfrentar el terrorismo pos 11S cortó con los esfuerzos analíticos/investigativos que se llevaban adelante desde los 1970s en el área de los estudios de seguridad y que habían elaborado un conocimiento conceptual sólido para el entendimiento del fenómeno; pues en la forma en que se implementó la “guerra contra el terror” con las sucesivas intervenciones militares en Afganistán primero e Iraq después prácticamente nada revela que algo de este conocimiento haya sido tenido en consideración. Más específicamente se ignoraron las motivaciones profundas de los protagonistas del 11S en la banalización discursiva que mereció una frase en la ponencia de Bush, “no es el Islam, son los extremistas”, para considerar al “terrorismo” como enemigo pese al sentido absurdo de definir como actor a una táctica de violencia política… Casi once años después se nota un giro, mucho más relevante en Europa que en Estados Unidos, en la orientación de las políticas anti-terroristas que consideran necesario el entendimiento de la radicalización de las creencias religiosas, en particular del Islam, que motiva a los terroristas. La segunda consecuencia es la emergencia de lo que en 2006 John Mueller caracterizó como “industria del terrorismo” en su libro Overblown: How politicians and the terrorism industry ínflate national security threats, and why we believe them (New York: Free Press). La existencia de dicha industria se revela en hechos como la impactante sobreexposición del tema en libros y revistas: seis libros de no-ficción con la palabra “terrorismo” se publicaron por semana en los diez años que siguieron el 11S. En el mismo sentido puede entenderse el aporte de las artes cinematográficos entre películas, documentales y series de televisión, como explica Tim Dune en su artículo “9/11 and the terrorism industry” (International Affairs 87:4, 2011, pp. 965-973). Esta perspectiva crítica al entendimiento del terrorismo explicita que detrás del concepto hay motivaciones e intereses que van más allá de las explicaciones supuestamente objetivas del fenómeno que legitimarían las políticas diseñadas para la neutralización de su amenaza.


«La estrategia de preemption supone la perfección de la información y la vigilancia perpetua para predecir los atentados. De modo que la “guerra contra el terror” aceleró y consagró la era de la vigilancia global, donde la amenaza de otro 11S, y por lo tanto la demanda de más seguridad, condicionaría la búsqueda/aspiración de más libertad, más derechos y más privacidad que constituyen la esencia misma de las sociedades liberales en el sentido más progresista del término.»

La industria del terrorismo se entiende también por el carácter estructural, por lo tanto duradero, del fenómeno que se observa en la dificultad de desmantelamiento de las medidas prácticas generadas por ley. De hecho, la “guerra contra el terror” ha sido diseñada como una “larga guerra”, término acuñado por el Pentágono, que vino para quedarse, como el propio terrorismo, en el horizonte del siglo XXI.


«la “guerra contra el terrorismo” militarizó la política; y si en un contexto histórico distinto la militarización de la política significaría la intromisión de los militares en la política y la pérdida del control civil, es el poder civil que estuvo en la vanguardia de la promoción de la “guerra contra el terror”.»

La “guerra contra el terror” se entiende como el paradigma de una estructura de poder unipolar que sucedió a la Guerra Fría y que consagró como nueva Gran Estrategia de la única superpotencia, Estados Unidos, la primacía que sucede a la exitosa Contención cuando el enemigo era definido como el Comunismo y el sistema internacional se caracterizaba con un balance de poder bipolar. Antes del 11S Washington apostaba a la expansión de las instituciones internacionales bajo su liderazgo con el objetivo de mantener la primacía en los asuntos mundiales. Después del 11S la “guerra contra el terror” vino a demostrar qué tan central seguía siendo la fuerza militar en la conceptualización del orden mundial. Más aún, la “guerra contra el terror” no dejaba margen de elección: “Con nosotros o con los terroristas”, declaró Bush en enero de 2002 en su discurso en el Congreso del Estado de la Unión cuando definió el “Eje del Mal” y señaló la preparativa para la futura intervención en Iraq. La neutralidad era inadmisible. ¿Ha sido la arrogancia del “unilateralismo” de Bush, como creen sus críticos liberales en Estados Unidos -que no son menos intervencionistas- la razón por la cual el momento de empatía y solidaridad internacional de “Todos somos americanos” del editorial de Jean-Marie Colombani de Le Monde de Francia del 13 de septiembre de 2001 se desvaneció para dar lugar a un emergente anti-americanismo? Sería demasiado ingenuo creer que con otro discurso y otras modalidades, en forma “multilateral”, la “guerra contra el terror” podría generar una suerte de Santa Alianza –la coalición Rusia, Prusia y Austria del siglo XIX después de las Guerras Napoleónicas que legitimó la intervención militar para impedir que las ideas revolucionarias amenacen al Ancien Régime, el orden monárquico restaurado, en el Viejo Continente. De hecho, lo que se observa a quince años del 11S es una proliferación global de “guerras contra el terror” y el uso y abuso que las potencias mundiales, emergentes y los actores más periféricos le dan al brand oficial sin necesariamente pagar los impuestos del derecho de autor al padre de la criatura…


«La “guerra contra el terror” se entiende como el paradigma de una estructura de poder unipolar que sucedió a la Guerra Fría … Antes del 11S Washington apostaba a la expansión de las instituciones internacionales bajo su liderazgo con el objetivo de mantener la primacía en los asuntos mundiales. Después del 11S la “guerra contra el terror” vino a demostrar qué tan central seguía siendo la fuerza militar en la conceptualización del orden mundial.»


«¿Ha sido la arrogancia del “unilateralismo” de Bush la razón por la cual el momento de empatía y solidaridad internacional se desvaneció para dar lugar a un emergente anti-americanismo? Sería demasiado ingenuo creer que con otro discurso y otras modalidades, en forma “multilateral”, la “guerra contra el terror” podría generar una suerte de Santa Alianza… De hecho, lo que se observa a quince años del 11S es una proliferación global de “guerras contra el terror” y el uso y abuso que las potencias mundiales, emergentes y los actores más periféricos le dan al brand oficial sin necesariamente pagar los impuestos del derecho de autor al padre de la criatura…»

*PhD en Estudios Internacionales de University of Miami (FL, EEUU), profesor de la Universidad de San Andrés y la Universidad Nacional de Lanús.

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