La vuelta al neoliberalismo y los desafíos kirchneristas en el sindicalismo argentino

Por Roberto “Beto” Pianelli

El dirigente sindical analiza el rol del movimiento obrero en los 90 y durante los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner, que hicieron propias las reivindicaciones por las que los sectores combativos de la CGT y la CTA habían luchado en la década anterior, y señala el desafío de construir la unidad que impone al sindicalismo la vuelta del paradigma neoliberal con la asunción de la Alianza Cambiemos.

Cuando Cristina Fernández de Kirchner dio su último discurso en la Plaza de Mayo el 9 de diciembre del año pasado, hizo referencia al escenario sindical que se avecinaba con la asunción de la Alianza Cambiemos: “Yo espero que a partir del 10 de diciembre los mismos dirigentes sindicales pongan la misma fuerza para obtener todos los aumentos que los trabajadores argentinos han logrado”, dijo aquella vez.

Hoy, los primeros pasos de un gobierno neoliberal, profundamente antipopular y enemigo de los trabajadores, dan cuenta de que el movimiento obrero argentino ha tenido que tomar una posición de protagonismo en el escenario político actual.

Sin embargo, más allá del cambio de paradigma, para comprender el presente es necesario mirar hacia atrás, precisar la actuación y las transformaciones neoliberales que ocurrieron en la década del 90 y las modificaciones que sucedieron durante el kirchnerismo (y su repercusión en las organizaciones sindicales) para entender cuál es hoy la situación de las organizaciones sindicales y sus conducciones.

El menemismo

La ofensiva reaccionaria de la década del 90 que reestructuró al país en una economía neoliberal, haciendo retroceder las conquistas sociales acumuladas en muchos años –conquistas que ni siquiera la dictadura había logrado aniquilar– generó profundas transformaciones en diferentes espacios gremiales.

Durante esos diez años surgió una corriente integrada por numerosos dirigentes que dejaron de tener una relación directa con su base social y se transformaron en empresarios, conformando lo que popularmente se conoce como el “sindicalismo empresarial”.

Junto a ellos coexistieron sindicatos que, en la medida que pudieron y con diferentes niveles de voluntad, se ubicaron en el lugar de la resistencia al menemismo, dando así surgimiento a corrientes opositoras a ese sindicalismo empresarial.

Esto fue lo que ocurrió dentro de la propia Confederación General del Trabajo (CGT) con la aparición del Movimiento de los Trabajadores Argentinos (MTA), que en el gobierno de De la Rúa se incorporaría a la conducción de la propia CGT, y también con otras organizaciones que decidieron abandonar la CGT y construir un nuevo espacio, a raíz de los profundos cambios estructurales en la economía capitalista mundial y el surgimientos de otros sectores sociales como los desocupados.

En este último grupo se ubicó la Central de Trabajadores de la Argentina (CTA), formando parte de los sectores resistentes que, pese a ser minoritarios dentro de las organizaciones sindicales, jugaron un rol muy importante en esa década; un rol dentro de una estructura político organizativa que entraría en crisis con el inicio del gobierno kirchnerista a principios de 2003.

La década de Néstor y Cristina

Con la aparición de un gobierno nacional y popular, que hizo propias las reivindicaciones por las que los sectores combativos de la CGT y la CTA habían luchado en los 90, no surgió un espacio nuevo que respondiera al fenómeno político naciente.

Quedó entonces en evidencia que la superestructura sindical tenía razón de ser en el escenario anterior, cuando el sector trabajador era devastado. En el nuevo contexto los dos espacios crujieron y se dividieron entre los sectores que apoyaban las medidas y acciones políticas de Néstor Kirchner y aquellos que decidieron enfrentarlas.


«Con la aparición de un gobierno nacional y popular, que hizo propias las reivindicaciones por las que los sectores combativos de la CGT y la CTA habían luchado en los 90, no surgió un espacio nuevo que respondiera al fenómeno político naciente.»

En sintonía con esto, las organizaciones sindicales –ubicadas en cualquiera de los espacios– tampoco atravesaron grandes transformaciones en su configuración. En efecto, si hoy se observa el listado de los dirigentes sindicales que encabezan las organizaciones, las conducciones continúan siendo las mismas, exceptuando los casos de dirigentes que murieron o que están detenidos.

Así como el proceso kirchnerista no dio surgimiento a una nueva conducción del movimiento obrero en casi ningún sindicato –salvo algunas excepciones–, el papel que cumplieron las conducciones ya existentes fue extraño porque estuvo signado por la recuperación de derechos y de conquistas que no fueron producto de la lucha obrera sino fruto de una política impulsada desde el propio Estado.


«[Durante el proceso kirchnerista] el papel que cumplieron las conducciones ya existentes fue extraño porque estuvo signado por la recuperación de derechos y de conquistas que no fueron producto de la lucha obrera sino fruto de una política impulsada desde el propio Estado.»

En efecto, las nuevas generaciones de trabajadores incorporados al mercado laboral creciente empezaron a ver en la mejoría de sus condiciones laborales, en las paritarias libres y en el progreso sistemático de sus condiciones salariales una normalidad. Y esta característica es la que marca la nueva etapa: la que comenzó con la asunción del gobierno de Cambiemos.

La vuelta al neoliberalismo

El 10 de diciembre, cuando asumió la Alianza Cambiemos, el escenario sindical estaba compuesto por tres CGT y dos CTA. En la CGT se ubicaban la Azul y Blanca –encabezada por Barrionuevo y con apoyo al gobierno neoliberal que asumía–, la CGT-RA –de Moyano y Venegas, con apoyo objetivo a Cambiemos, pero con dirigentes que tenían otra posición– y la CGT Balcarce –conducida por Antonio Caló, que fue oficialista durante el kirchnerismo y apoyó a Scioli en las elecciones presidenciales, pero que después abandonó el bloque Frente para la Victoria en la Cámara de Diputados–. Como se observa, en la CGT hay organizaciones que se jactan de ser oficialistas de todos los gobiernos.

Con el transcurso de los días y las medidas económicas tomadas por el gobierno hubo un intento de unificación de la CGT que se trató, sin más, de un objetivo corporativo: no tenía como finalidad constituirse en una central opositora, sino que buscaba negociar mejor con el nuevo Estado sus garantías corporativas (sus obras sociales, la garantía del unicato sindical).

En el medio de ese proceso surgió un conglomerado de gremios que, con distinto tipo de adhesión, manifestaron su reivindicación al espacio kirchnerista como una expresión profundamente antimacrista. Allí se inscribe la Corriente Federal, con la Asociación Bancaria (renovada con la conducción de Sergio Palazzo tras la triste salida de Zanola), el núcleo del MTA, SADOP (Sindicato Argentino de Docentes Privados), SAT (Sindicato Argentino de Televisión) y Molineros, entre otros, que confluyeron con gremios como la Federación Gráfica Bonaerense.


«Con el transcurso de los días y las medidas económicas tomadas por el gobierno hubo un intento de unificación de la CGT que se trató, sin más, de un objetivo corporativo: no tenía como finalidad constituirse en una central opositora, sino que buscaba negociar mejor con el nuevo Estado sus garantías corporativas.»

En el congreso de la CGT, la Corriente Federal se negó a aceptar cargos e hizo hincapié en la discusión programática y de contenido en relación a la necesidad de enfrentar fuertemente al gobierno de Macri. Marcó, así, el quiebre: apareció como una corriente opositora que no tiene prejuicios en actuar en común y participar de movilizaciones en la calle junto a la CTA –con Micheli y Yasky articulando medidas– en unidad de acción.

Esta comunión ocurrió en la marcha del 29 de abril, salvo la triste excepción de ATE Nacional –con Godoy a la cabeza y con la influencia de De Gennaro– que se negó a participar de acciones conjuntas.

En este escenario el desafío comenzó a ser la unidad para enfrentar a un gobierno que pretende retroceder en todo lo conquistado. A esta altura podemos mencionar cinco acciones claves de unidad:

  • El 24 de marzo, Día de la Memoria, los gremios de la Corriente Federal y la CTA de Yasky marcharon juntos en repudio al golpe de Estado con una misma bandera que rezaba: “Los trabajadores somos la Patria”.
  • El día de la votación en el Congreso de las leyes Cerrojo y de Pago Soberano, gremios de la CGT, la Corriente Federal y la CTA de Yasky firmaron una solicitada en oposición al pago a los fondos buitre.
  • La marcha del 29 de abril combinó una unidad más amplia ya que todas las centrales sindicales, excepto la de Barrionuevo, protagonizaron la movilización obrera más importante de los últimos 15 años. Ese día cuatro secretarios generales manifestaron su apoyo a la Ley Antidespidos.
  • La marcha por el veto de Macri a la Ley Antidespidos fue la muestra de lo contrario. Un sector del sindicalismo no quiso enfrentar abiertamente al gobierno y la movilización quedó en manos de las dos CTA y de la Corriente Federal.
  • Y la Marcha Federal, que fue, hasta el momento, la expresión más fuerte de la unidad, ya que contó con articulación popular. Es decir, con las dos CTA, la Corriente Federal, las distintas multisectoriales y organizaciones sociales, y también con otros gremios que habían sido centrales en la unificación y la propia conducción de la CGT, como Camioneros de Pablo Moyano, Canillitas de Omar Plaini, y Dragado y Balizamiento de Schmidt, por citar algunos casos. Esta convocatoria, además de superar las expectativas, tuvo su efecto en la superestructura política: la articulación popular sentó las bases para avanzar y poder poner en crisis el plan de ajuste del gobierno de Cambiemos y dejó en orden el día la realización de una huelga nacional unitaria.


«En este escenario el desafío comenzó a ser la unidad para enfrentar a un gobierno que pretende retroceder en todo lo conquistado.»

Los desafíos en este nuevo ciclo

El congreso confederal de la CGT del día 23 de septiembre otorgó mandato al triunvirato que la conduce para convocar a un Paro Nacional cuando lo considere. Las tensiones siguen en latentes, más allá de que el sector más antimacrista no se pudo imponer, y todo hace suponer que no van a poder frenar el paro, ni la concreción de una acción unificada mucho tiempo más.


«La Marcha Federal fue, hasta el momento, la expresión más fuerte de la unidad, ya que contó con articulación popular. (…) Esta convocatoria, además de superar las expectativas, tuvo su efecto en la superestructura política: la articulación popular sentó las bases para avanzar y poder poner en crisis el plan de ajuste del gobierno de Cambiemos y dejó en orden el día la realización de una huelga nacional unitaria.»

Ahora bien, si esto sucede, el gobierno de Mauricio Macri sufrirá la primera embestida de ese actor que en los últimos años no estuvo en el centro de la escena pero que en la película de la historia argentina supo ganarse varios Oscars: el movimiento obrero y sus organizaciones sindicales otra vez en la calle para defender sus derechos y conquistas.

Igualmente, pase lo que pase, la tarea frente a este gobierno que se instaló para gobernar para los ricos ya está trazada. Teniendo en cuenta el recorrido del movimiento sindical y las diferentes coyunturas, el objetivo es elaborar una política sindical que tenga como piedra fundamental la pelea por las condiciones laborales y salariales de los trabajadores.


«El desafío de los kirchneristas es impulsar fuertes corrientes gremiales que sean una alternativa a las conducciones que se han mostrado conciliadoras con los grupos de poder y en algunos casos colaboracionistas con intereses antagónicos a las masas que representan. Sin duda el sector privilegiado de esas construcciones estará en las comisiones internas y los cuerpos de delegados, apoyándose en los millones de trabajadores que se fueron incorporando al mercado laboral en los últimos 12 años.»

No parece un desafío sencillo si se tiene en cuenta que el planteo de una política sindical profunda fue una de las deudas pendientes de los gobiernos de Néstor y Cristina.

Después de 12 años en los que el Estado era el que podía imponerse y oponerse a la voracidad empresarial sobre los trabajadores, llegó el momento de que el sindicalismo se transforme, como dijo Cristina aquel 9 de diciembre, en un sector fuerte y poderoso que defienda con uñas y dientes todo lo que hemos logrado.

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