Los caminos del progresismo. De cómo pensar en colinas y llanuras

 Por Mario Toer

     Es frecuente que nos refiramos al mundo que vivimos como una instancia cuyo rasgo más persistente es desplegarse como un todo mutante. De allí que suponga cierto riesgo suponer y destacar algunos rasgos que le dan cierta continuidad a los tiempos que vivimos.

A mi modo de ver, la consolidación de la presencia dominante de las dos principales potencias, particularmente a partir del afianzamiento de China en uno de esos lugares (dejando ya a Rusia en un tercer puesto, más distante y en buena medida subordinada a la iniciativa china) encuadra el acontecer planetario en el espacio que permiten estas dos presencias y acota los márgenes de maniobra del resto de los protagonistas.

Claro está, esta doble presencia se sustenta en la pugna por prevalecer, por el retroceso del otro, lo que condiciona y define los movimientos de los países que completamos el mapa. El rigor de Trump para evitar el avance chino en su desarrollo científico tecnológico, que amenaza dejar a Estados Unidos atrás en un lapso no lejano y la disputa comercial que le está asociada, resultan más que notables y grafican el tablero al que hacemos referencia. Otra vez, el milenario juego del Go, aparece como elocuente metáfora. Y como en el juego, también habrá entre nosotros virajes y desenlaces.

Los resguardos europeos, menos proclives con la alineación automática a las que convocaba la NATO tras las demandas estadounidenses o las variantes en la escena latinoamericana, con sus alineamientos en torno a lo que se les demanda ante el mandato de Maduro en Venezuela, como prueba de lealtad, resultan paradigmáticos, de estos reposicionamientos, presiones y resistencias.

Podríamos decir entonces que el encuadre resulta más o menos acotado, pero en ningún caso supone que esté primando la estabilidad o el inmovilismo. Existen márgenes, pero no anclas y resulta notorio que se producen cambios de significación en las diferentes regiones.

Entre los más notorios podemos destacar, en medio oriente, las amenazas de Trump a Irán (que no resultan novedosas) el retiro de su escalada en torno a Siria y, lo que no es menor, el retroceso, a un segundo lugar, de Netanyahu en las elecciones israelitas.

En el caso asiático, resaltan las idas y vueltas en torno a los posibles acuerdos con Corea del Norte, y quizá las marchas en Hong Kong, que no parecen conmover al gigante vecino, que sigue su marcha imperturbable.

Europa parece conmoverse con cambios significativos, que, al mismo tiempo, y paradojalmente no hacen presuponer, por ahora, grandes virajes. La incertidumbre del Reino Unido con su distanciamiento del continente, puede ser lo más saliente, el nuevo discurso del Laborismo, los cambios de gobierno en Italia y España, que los acerca al rumbo que ya encara Portugal. La búsqueda de un nuevo liderazgo en Alemania, las reacciones a los ajustes en Francia y los movimientos defensistas, con sus retoños xenófobos, frente a las migraciones en los países más expuestos, completan el panorama europeo.

En los propios Estados Unidos, el tenor del debate en las internas demócratas, con al menos dos candidaturas, Warren y Sanders, que aluden a temas cruciales con términos desconocidos un lustro atrás, incide en lo novedoso de este cuadro de época.

En nuestra propia región, las presencias de López Obrador y Bolsonaro como contrapartes en los dos mayores países, esperan la llegada de los Fernández en Argentina como una suerte de desempate. Perspectiva que problematiza las amenazas de Trump y su cohorte más dócil sobre Venezuela. En cualquier caso, la ratificación de Morales en Bolivia o la incertidumbre sobre la continuidad del Frente Amplio uruguayo, no dejan de sumar incógnitas sobre los equilibrios en la región.

Es en este mundo donde el interrogante que encabeza estas líneas tiene que buscar hipótesis y alternativas. Y bastante inventiva habrá de requerirse. Es más sencillo descartar las modelos que quedaron en el camino, producto de otros tiempos, otros marcos. Esta búsqueda, vale la pena destacarlo, no tiene porque suponer poner en cuestión encuadres teóricos,  como el que nos legaron las obras de Marx y Engels, ni renunciar o desdeñar la experiencia de aciertos, yerros o desatinos que han invocado su legado1.

Siempre hemos sostenido que los encuadres teóricos están transidos por el cuadro de época y no podemos encapsularlos para su trasplante en cualquier tiempo lugar. En trabajos previos hemos caracterizado a las que consideramos como épocas diferentes, cinco, desde que los autores mencionados divulgaron su obra y la magnitud del cambio de encuadre que cada una de ellas impuso2.

En ellas primaron modelos de escenarios que orientaban las modalidades de acumulación de fuerzas para tener la capacidad de producir un viraje o al menos cambios profundos en la sociedad de que se tratase.

Los propios Marx y Engels, cuando se produce la insurrección que constituye lo que se conoció como “La Comuna de París”, pudieron sostener que quien quisiera saber a que se referían cuando aludían a “la dictadura del proletariado” mirasen los acontecimientos parisinos. Y allí se destacaban, entre otras cosas, la carencia de privilegios y la revocabilidad de quienes ejercían la dirección. Tenía que ver con la primera de estas épocas, donde lo decisivo del excedente provenía de las entrañas de cada país.

Incluso, por entonces, el propio Marx se refirió al caso inglés, por sus particularidades, por el arraigo y la vigencia de la institución parlamentaria, como uno en el que, por excepción, podía tener lugar un transito pacífico hacia una sociedad comunista. También ambos respaldaron la nominación como “socialdemócrata” al constituirse el partido de los trabajadores alemanes. Más adelante, ya constituida la II Internacional, el debate entre “Reforma o Revolución”, cuando se esperaba la primacía proletaria en los países centrales, que se definió en favor de quienes enfatizaban la segunda opción, no supuso la exclusión de nadie. Pero es ineludible resaltar que, desde 1914, la preeminencia de lo político en los escenarios en disputa habrá de ceder su presencia ante las leyes de la guerra. Al menos, hasta que el derrumbe del muro de Berlín,  comienza a permitir la reapertura de nuevos escenarios.

Tal es así, que la revolución de octubre de 1917 en Rusia, con su “Poder Soviético”, que funcionó como primer gran parteaguas, tiene lugar en las muy particulares condiciones del curso de la primera guerra mundial, que impregna toda la escena. Sus líderes ya se habían forjado en el cuestionamiento a quienes habían sido sumisos ante las exigencias de quienes se aprestaban a desatar el conflicto.

Hoy estamos muy distantes de aquellas circunstancias y resultan inimaginables los debate como los que tuvieran lugar en la inmediata posguerra en torno a las las condiciones que imponía la incorporación a la que se llamara III Internacional3.

Los sucesivos poderes revolucionarios que emergieron en el curso del siglo pasado, tanto los que no perduraron, como los que sí lo han hecho (China, Corea del Norte, Vietnam, Cuba) guardan bastante en común con el que hubiese cumplido 100 años un par de años atrás. Los esbozos alternativos, que se corresponden con nuestro tiempo, resultan poco elaborados. Todos los procesos revolucionarios que emergieron en el siglo que pasó lo hicieron en el curso de una guerra mundial o como producto de una guerra prolongada y sostenida contra un poder colonial (Corea, Vietnam) o un régimen despótico que no ofrecía garantías (Cuba, Nicaragua).

No es el caso de los escenarios contemporáneos. Quizá, la reconquista en Colombia, de un espacio político, con sus limitaciones, pueda ser emblemático en este sentido. En cualquier caso, la primacía de lo político y la presencia de instituciones, no supone en absoluto la vigencia de “la democracia”. En lo que a mi respecta, prefiero hablar del adjetivo de “lo democrático” con sus diversas presencias en diferentes ámbitos, que recurrir a la tramposa sustantivación del término. De allí que sean minúsculos los círculos nostálgicos que presumen que pueden alcanzar logros perdurables alentando el seguimiento a los contornos de las fórmulas del “asalto” al poder propias del pasado. Las mayorías esquivan a estos testigos de otro tiempo porque perciben que tras ellos solo se puede concurrir a un acantilado.

Hoy sabemos que es imprescindible contar con el acompañamiento firme de esas mayorías, como protagonistas centrales de los cambios duraderos que nos urgen. Y esos cambios no son menores.

Resulta iluso suponer que con una mayor prolijidad en la distribución del excedente se puede abrir un camino venturoso. Más bien, lo contrario. Los buenos modales suelen darle ínfulas a los dueños de la riqueza para retomar la iniciativa y buscar recuperar todos los resortes del entramado que los tiene como privilegiados.

Sabemos entonces que hay que ser mayoría y tener la convicción de que los dueños de la riqueza no pueden tener sino la compulsión a acrecentar sus beneficios sin importar las consecuencias ni los maleficios para los más.

Hoy es casi redundante decir que lo decisivo habrá de emerger de una batalla cultural. Pero este enunciado no da cuenta del método y no resulta adecuado trasladar la pedagogía académica a las situaciones de trabajo y vivienda de los sectores populares.

Hacer las cosas un poco mejor, aprendiendo de las experiencias del pasado no está para nada mal. Pero temo que no sea suficiente para alcanzar el poder que se requiere para las transformaciones más profundas.

Hay quien, con elocuencia, nos destaca la sabia combinación que debe existir entre “la Plaza” y “el Palacio”. Así lo señala García Linera, que también sugiere que hay que pensar en Gramsci, pero no olvidarse de Lenin… La conciencia de los más, de una parte y también la firmeza sobre los menos…

También García Linera reafirma el carácter planetario del emprendimiento. Como enseñaran los maestros, aislados y más aún en la periferia no es posible hacer perdurable una transformación profunda. Los del “centro”, con sus socios locales, que son decisivos, encontraran la fórmula para bloquear el camino.

También hemos destacado, junto a muchos más, que esto no significa la inacción ni mucho menos la resignación, pero sin duda realza un componente ineludible. Hoy, lo democrático, tiene que ser nuestra bandera y nuestro sendero, porque “ellos”, aunque simulen lo contrario, ya han perdido toda capacidad de reivindicarse como tales. Ahora lo democrático es enteramente nuestro. Y esto no es poco, Y además nos facilita los lazos con todos los que en el planeta han comenzado a cuestionar que el 1% de la humanidad se arrogue la propiedad y disponibilidad de la mayor parte de los recursos del planeta. Con sus métodos e inequidades. Quién está en ese promontorio no puede arrogarse presunción democrática en ningún terreno.

Esta premisa está generalizándose paulatinamente, aunque persisten vacilaciones, producto del peso de las tradiciones. No olvidemos que casi todas las experiencias revolucionarias en el siglo que pasó tuvieron lugar en contextos de guerra. Y cuando hay guerra está presente el axioma de que en las trincheras no se delibera. No olvidemos tampoco que es el enemigo el que pugna por imponer estas reglas. Porque son las que más domina. Y encontrarse sitiado impone condiciones. Los que más tienen siempre parten con ventaja, Cuando de las armas se trata, solo han retrocedido como consecuencia de una hazaña, posible por la mística de una revolución o la indignación ante despojos endémicos. Como en el caso asombroso de la contraofensiva y persecución con tanques a la principal maquinaria bélica producida en la historia humana, por parte de quienes venían siendo “un mar campesino” (al decir de Kautsky), entre 1943 y 1945. O la guerrilla de los túneles enfrentando a la maquinaria que sucediera a la hitleriana, buscando evitar el Napalm en Vietnam. Situaciones límites como pocas, que contribuyen al orgullo de sentirse parte de quienes queremos realzar la condición humana…

Pero, a pesar de que en nuestra región las dictaduras no están tan lejanas, hoy sabemos que las reglas son distintas y, como se ha dicho, los tanques vienen siendo remplazados por los fierros mediáticos…

Estas certidumbres son imprescindibles, pero no bastan. Pero quien aspire a alcanzar algún poder debe tenerlas presentes. Y también, lo que el mismo García Linera se encarga de resaltar. La economía es primordial y debe estar concebida para mejorar, desde un inicio, las condiciones de vida de las mayorías. El razonamiento de sufrir al principio para un futuro de esplendor… es difícil que alcance para evitar las escusas que nutren la contraofensiva que acecha…

Para atender a los dilemas de este tiempo, he recurrido a la metáfora de las “colinas” y las “llanuras”, inspirado por mis viajes a China y algunas lecturas de Deng Xiaoping (y de Mao, muy asociadas a lo que es principal y lo que es secundario). No porque se me ocurra que es una experiencia que pueda plagiarse (ni siquiera inspirándonos en el espionaje que Trump supone que lleva a cabo Huawei). Son condiciones en extremo diferentes.

A los comunistas chinos les impusieron una guerra cuando Chian Kai-shek los desplaza del Kuomintang después del fallecimiento de su líder y fundador, Sun Yat-sen, temeroso de que se transformaran en hegemónicos dentro del frente nacional del que eran partícipes. Cuando veinte años después los comandados por Mao Zedong concluyen por expulsar a los seguidores de Chiang (trasladados por barcos norteamericanos a la isla de Taiwan) imponen un régimen inspirado en el Poder Soviético, probablemente la única forma de mantener unido a un país de esas dimensiones y alcanzar, años después, el progreso y el bienestar que su población disfruta, después de penurias que no tienen parangón.

Despreciar a un gobierno de clara inspiración e inserción popular como un mero régimen autoritario supone al menos una unilateralidad pronunciada que cuestiona los alcances de lo logrado por el pueblo chino. Lamentablemente, la mirada acrítica del liberalismo occidental, aún en sus vertientes progresistas, suele padecer de esta cortedad de miras. En mis viajes pude constatar la pluralidad existente en China, los debates en el ámbito académico y fuera de él, que me sorprendieron, dado que es difícil despojarse, por completo, de la inventiva dominante que nos rodea. El ensayo que se cita a continuación, y que me fuera facilitado por uno de sus autores, integrante de la conducción de la Academia Nacional de Ciencias, es una elocuente muestra de este cuadro de situación4.

Aclarado el punto de mi desinterés por una imitación quimérica, sí quiero ponderar lo que es una cuestión de método, que está entrañablemente asociada a la lógica de discernir las “colinas”, estratégicas, de las “llanuras”, que no entran en disputa como algo perentorio, cualquiera sea el lugar en que nos encontremos. No me detengo en cómo se produce este discernimiento en el caso particular de China (ni tampoco para el cercano caso de Vietnam) porque no podría ser breve. Reconozco que las fuentes son insuficientes y sesgadas, pero ya hay recorridos posibles para el que desee indagarlo. Sí remarco ahora que este camino no fue tomado, ni mucho menos, por el país en su conjunto. Siempre se comenzó delimitando una región acotada, una “zona especial”, de no gran envergadura, atendiendo a las dimensiones del país, y allí se avanzó con las reformas que se quería implementar.  Recién después de que se tuviera la certeza de que eran adecuadas y respondían a lo que eran los objetivos, con las correcciones del caso, se ampliaban a un número apenas mayor de casos y finalmente a lo que suponía el alcance nacional. ¿Fue esto producto de una particularidad china, una influencia de Confucio o de las artes marciales?

Sin desmerecer la herencia cultural, me atrevo a sostener, que sencillamente responde a las condiciones de experimentación de la ciencia y a la economía de recursos, que también puede asociarse a ella, y más aún cuando estamos involucrando a algunos millones de personas.

Pero no solo se delimitaron “zonas especiales” para las innovaciones económicas con los incentivos que conocemos, sino que se puso en la mira temas (las 4 modernizaciones: Agricultura, Industria, Defensa y Ciencia y Tecnología) con particular énfasis en la Ciencia y la Tecnología, la llave para encarar las demás. Incluso, siguiendo el mismo método, se eligieron escuelas e institutos superiores que concentraron los mejores profesores, los mayores esfuerzos. Es decir, no se trataba de desentenderse del resto, en ningún caso, ni en ningún tema, pero sí de contar con ejemplos acabados desde donde aprender y después poder expandir y generalizar.

De esta manera, nos dirán que, para que en China fuera posible el camino del socialismo, primero debía alcanzarse a los países industrializados avanzados. El lema que define la Conferencia Nacional de Ciencia, en marzo de 1978, fue: “El conocimiento es poder”. Se retomaba la tesis marxiana de que para poder establecer un nuevo modo de producción se debía estar a la cabeza de las transformaciones científico tecnológicas a nivel planetario.

Ahora bien, reitero, impensable imitar a China. ¿Pero no hay algo que se puede aprender de su método? Estoy convencido que sí. Por cierto, una condición debe ser contar con una hegemonía que pueda pensarse como duradera, para lo que no es menor imaginar un camino que no sea improvisado ni de meros bálsamos o parches. Y en nuestro caso sería factible establecer una región donde centrar esfuerzos y proponerse metas que serían inalcanzable a nivel nacional. Y otro tanto en lo que hace a lo científico tecnológico, con centros de excelencia que después sirvan de modelo. No está en nuestra tradición, lo sé (salvo, hasta cierto punto, en la audaz y frustrada refundación de la capital, de parte de Raúl Alfonsín, exitosa en el caso de Kubitschek con Brasilia, o las regiones promocionadas de San Luis o Ushuaia. En el terreno educativo las escuelas dependientes de universidades. Estos antecedentes pueden servir para un proyecto, sin duda, más ambicioso). Con esta perspectiva, a mi modo de ver, bien vale un debate, que supone ir de lo pequeño a lo grande y precisar en escalas que estén a la altura de nuestros recursos. Naturalmente, estos ámbitos no deben tornarse privilegios crónicos… Un problema no menor lo vamos a encontrar en nuestra normativa parlamentaria, con su respectivo federalismo. Pero otra vez, estamos hablando de desafíos y estos requieren de una conducción y una convicción a la altura de las circunstancias.

¿Cuáles podrían ser otras colinas y llanuras para nosotros?

No puede decidirse con precipitación y requiere estudio y debate. Yo solo tengo una certidumbre: la seguridad urbana nunca más puede quedar como bandera de la reacción. Y también tengo otra certidumbre: no se puede abordar todo al mismo tiempo. Y aun los planes de desarrollo más imaginativos y ponderados, tienen en el método chino, algo que aprender.

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  1. Mario Toer “100 años de la Revolución Rusa. El influjo de un estremecido fulgor”
  2. Mario Toer “100 años de la Revolución Rusa. El influjo de un estremecido fulgor”
  3.  Mario Toer “100 años de la Revolución Rusa. El influjo de un estremecido fulgor”
  4. Cheng Enfu, H Weimin; Análisis de las siete corrientes actuales de pensamiento chino; Horizontes del Sur; Buenos Ares 2015. Disponible en: http://horizontesdelsur.com.ar/wp-content/uploads/2015/07/36_Analisis.pdf
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