Los medios del golpe suave en América Latina

Por Modesto Emilio Guerrero *

El periodista venezolano analiza los conceptos de “golpe suave” y “golpe mediático”, enfatizando sus diferencias y explicando su carácter relativo dentro del concepto mayor de golpe de Estado. En este contexto, resalta como un fenómeno novedoso en Latinoamérica la victoria electoral de gobiernos progresistas en un corto período y, a su vez, la derrota de la derecha tradicional en el mismo espacio-tiempo histórico.

Desde 2015 está en marcha en Brasil un golpe llamado “suave”, sostenido por diversas técnicas de lucha, especialmente las que aportan los medios periodísticos corporativos.

Desde 1999 ha sido constante que los medios comerciales y los golpes suaves se confundan en una sola acción subversiva contra la democracia y los derechos de los trabajadores. La concentración y centralización del sistema mundial de medios asociado a capitales nuevos, lo convirtieron en un factor clave para comprender la opinión pública urbana, la estabilidad de los sistemas políticos y el carácter de los nuevos golpes.


«Aunque la participación de empresas periodísticas en conspiraciones palaciegas es un dato tan viejo como la existencia del periodismo de masas, en la asonada de abril de 2002 en Venezuela adoptó una cualidad superior que dio paso al concepto y cambió la historia de esta relación. Aquel año asistimos en nuestro continente a la incorporación del sistema de medios periodísticos como un recurso sistémico, orgánico, del poder de Estado y por esta vía del golpe institucional.»

En la literatura académica, política y periodística actual se instalaron dos novedades conceptuales alrededor del golpe de Estado. Según la primera, existen “golpes suaves”, según la segunda, también hay “golpes mediáticos”.

El riesgo de ambas expresiones no está en su uso periodístico, sino en lo que se comprenda por ellas. Se aplica “golpe suave” a lo ocurrido en Honduras contra Manuel Zelaya, lo mismo que en Paraguay contra Fernando Lugo o en Argentina contra Cristina Fernández en 2008, en Brasil por las movilizaciones callejeras y la conspiración parlamentaria contra Dilma Rousseff y el PT. Incluso ha sido usado para explicar la asonada violenta de la derecha venezolana en 2014. Pero es un error aplicarlo sin distinción de circunstancias.

El punto de referencia es el concepto del golpe de Estado elaborado sobre la experiencia del siglo XX, el siglo de los golpes. Un golpe de Estado tradicional es una acción político-militar de tipo reaccionaria, antidemocrática, que tiende a superar colapsos institucionales, derrotar procesos sociales revolucionarios y gobiernos democráticos. Eso explica que todos comiencen por atacar las conquistas democráticas. También se conocen los golpes de camarillas entre facciones del poder militar, más usuales durante el siglo XX cuando las Fuerzas Armadas tuvieron mayor centralidad en las sociedades.


«Ambos tipos de golpe, el ʻsuaveʼ, que derriba con o sin violencia a presidentes democráticos, y el ʻmediáticoʼ, que sirve para erosionar desde la opinión pública el poder establecido y facilitar la caída de un sistema político, tienen un carácter relativo. Son conceptos aplicables en forma referencial dentro de un concepto mayor que es el golpe de Estado como un recurso de guerra, subversivo y antidemocrático.»

El “golpe mediático” tiene el mismo objetivo, pero se define por el protagonismo de corporaciones de medios en las acciones subversivas contra regímenes democráticos progresistas. Su primer laboratorio en América Latina fue Venezuela en abril de 2002 y podría considerarse el primer caso de un modo de actuar que estamos viendo en Brasil. En ese país, como señala la académica y militante María Orlanda Pinassi, “Una horda de jóvenes con mentalidad reaccionaria, patrocinada por las empresas y los organismos de «difusión democrática» de la extrema derecha estadounidense, y articulada a los medios de comunicación del Instituto Millenium (Editora Abril, Folha de Sao Paulo, Estado de Sao Paulo y Globo) y la Policía Militar, salieron a la calle con una agenda moral y agresiva contra la corrupción [1].

Pero aun en situaciones no tan críticas como la brasileña de hoy (2016), los sistemas de medios comerciales son usados para mantener un asedio sistemático contra gobiernos adversos a los poderes tradicionales o distantes de EEUU.


«En 26 votaciones para elegir presidente durante este período de 17 años continuos, la izquierda progresista derrotó a la derecha en cada país entre tres y cinco veces seguidas. De eso no hay registro documental en nuestro continente, África o Asia, Estados Unidos, Canadá. Sólo en pequeñas naciones de Europa del norte se conocieron situaciones similares con triunfos continuos de viejos partidos socialdemócratas, en algunos países con alta prosperidad social después de la Segunda Guerra Mundial.»

Aunque la participación de empresas periodísticas en conspiraciones palaciegas es un dato tan viejo como la existencia del periodismo de masas, en la asonada de abril de 2002 en Venezuela adoptó una cualidad superior que dio paso al concepto y cambió la historia de esta relación. En realidad, aquel año asistimos en nuestro continente a la incorporación del sistema de medios periodísticos como un recurso sistémico, orgánico del poder de Estado y por esta vía del golpe institucional.

Lo cierto es que ambos tipos de golpe, el “suave”, que derriba con o sin violencia a presidentes democráticos, y el “mediático”, que sirve para erosionar desde la opinión pública el poder establecido y facilitar la caída de un sistema político, tienen un carácter relativo. Son conceptos aplicables en forma referencial dentro de un concepto mayor que es el golpe de Estado como un recurso de guerra, subversivo y antidemocrático.

Lo atípico y sorprendente del golpe de Estado del 11 de abril 2002 en Venezuela radica en que rompió algunos cánones de los golpes conocidos.

El primer canon roto es que ninguno de los anteriores, durante más de 100 años de golpismo crónico, tuvo a un medio de comunicación como protagonista. En todos los golpes actuaron algunos diarios y radioemisoras, pero en ninguno de la manera concentrada y como dirección política sucedánea como se vio en Venezuela en 2002. Sin Gustavo Cisneros y Marcel Granier, dueños de Venevisión y Radio Caracas Televisión, no es comprensible nada en el golpe del 11 de abril de 2002.

Son correctas las expresiones “golpe suave” y “golpe mediático” si no descuidamos que se trata de instrumentos usados por las clases propietarias y grupos políticos dominantes para controlar y defender el poder, o recapturarlo, cuando han sido desplazados o corren riesgo de ser echados por una crisis política nacional o un gobierno popular de cualquier tipo.

Los últimos intentos desestabilizadores de nuestro continente, incluso los más “suaves”, como el de Argentina 2008, donde acudieron al aparato judicial, asociaciones de campesinos ricos y a una parte de la prensa, y el de Brasil, mediante el Parlamento y las cadenas de TV, o los sufridos por Evo Morales, Rafael Correa y Nicolás Maduro, están determinados por un fenómeno novedoso en Latinoamérica: la derecha política más tradicional perdió el control del aparato de Estado en un grupo de países, que luego el periodismo llamó progresistas.

En la historia republicana de América Latina nunca tantos gobiernos “progresistas” o “populares” ganaron tantas elecciones en tan corto lapso, o lo que es lo mismo: jamás la derecha tradicional fue tantas veces derrotada en el mismo espacio-tiempo histórico.

En los 16 años que van desde el triunfo de Hugo Chávez en Venezuela en 1999 y el año 2015 ocurrieron 51 elecciones a presidente, gobernadores o parlamentos nacionales en siete gobiernos del llamado arco progresista (Argentina, Brasil, Bolivia, Ecuador, Nicaragua, El Salvador, Uruguay y Venezuela). De ese total, en ese lapso de casi 17 años, candidatos y partidos progresistas o de izquierda de algún tipo ganaron en el 83% de comicios en parlamentarias. En el 78% de los casos cuando la elección fue para reemplazar gobernadores y en el 99% cuando la disputa electoral fue para sustituir al presidente o presidenta.

En 26 votaciones para elegir presidente durante este período de 17 años continuos, la izquierda progresista derrotó a la derecha en cada país entre tres y cinco veces seguidas. De eso no hay registro documental en nuestro continente, África o Asia, Estados Unidos, Canadá. Sólo en pequeñas naciones de Europa del norte se conocieron situaciones similares con triunfos continuos de viejos partidos socialdemócratas, en algunos países con alta prosperidad social después de la Segunda Guerra Mundial.


«Los ocho casos de gobiernos progresistas conocidos en América Latina desde 1999 llegaron al poder por vías y métodos no revolucionarios. Aunque algunos países brotaron de insurrecciones sociales, se limitaron a desplazar del poder a sectores de las clases dominantes, usando para ello las mismas instituciones republicanas centro-europeas. Una de ellas fue la opinión pública, la más sinuosa y resbaladiza. No por casualidad es el recurso de contrapoder mejor usado por la derecha para erosionar a los nuevos gobiernos.»

En el cuadro siguiente, damos por supuesto que los mandatos en curso, al redactar este trabajo en mayo de 2016, culminarán sus calendarios pautados por cada Constitución.

Triunfos y derrotas electorales del progresismo (1999 a 2015)

País Mandatos Período Total años en el poder
Argentina 3 2003 – 2015 12
Brasil 4 2002 – 2016 14
Bolivia 3 2005 – 2020 14
Ecuador 2 2007 – 2016 13
Nicaragua 2 2007 – 2017 10
Uruguay 3 2006 – 2020 14
Venezuela 5 1999 – 2019 20

Elaboración propia con información de sitios web de gobiernos de cada país, Buenos Aires 2016.

La pérdida del control político por medios electorales los obligó a experimentar con formas y modos golpistas no tradicionales, una de las maneras de adaptarse al cambio y sobrevivir como clase dominante. La derecha acude a los poderes fácticos (empresas o cámaras, jefaturas de iglesias, logias militares, medios, intelectuales funcionales). Para legitimarse acuden a instituciones legales como la Corte Suprema, medios con raíz social, o el Parlamento. Venezuela, Paraguay, Honduras, Bolivia, Ecuador, Argentina y Brasil han dado cuenta de esa combinación subversiva de poderes.

Los ocho casos de gobiernos progresistas conocidos en América Latina desde 1999 llegaron al poder por vías y métodos no revolucionarios. Aunque algunos países brotaron de insurrecciones sociales se limitaron a desplazar del poder a sectores de las clases dominantes, usando para ello las mismas instituciones republicanas centro-europeas. Una de ellas fue la opinión pública, la más sinuosa y resbaladiza. No por casualidad es el recurso de contrapoder mejor usado por la derecha para erosionar a los nuevos gobiernos. Alguna falla sistémica de los gobiernos progresistas deberá explicar por qué no fueron capaces de superar/reemplazar esas opiniones públicas establecidas con medio democráticos a pesar de que en casi todos los casos se invirtió mucho en nuevos diarios, radios, redes sociales y canales de TV.


«Muchos periodistas y militantes latinoamericanos se limitan a la exterioridad de la expresión ʻgolpe suaveʼ y la usan irreflexivamente para definir sin taxonomía fina a todas las formas de subversión usadas por la nueva derecha latinoamericana. El riesgo de una caracterización incorrecta es que no prepara las defensas adecuadas para enfrentar lo que ocurre. Y la derecha no actúa de una sola manera para todos los casos. Sabe mutar y adaptarse, algo que hemos aprendido menos sus contrarios.»

Es necesario despejar el mito según el cual las instituciones democráticas han actuado democráticamente en todos los casos. Excepto en Argentina y hasta ahora en Brasil, en los otros escenarios de golpes “suaves” o sus intentonas fallidas fueron precedidas o acompañadas con asesinatos de militantes y civiles no militantes (Venezuela 2002 y 2014, Ecuador 2009), masacres (Bolivia 2008, Paraguay 2012) y represión militar masiva con participación de una base militar extranjera (Honduras). La burguesía, como clase dominante, nunca tuvo capacidad de actuar democráticamente sin acudir a métodos e instrumentos antidemocráticos. Colombia y México son dos demostraciones actuales de genocidios perpetrados por Estados democráticos como lo fueron a finales del siglo XIX Argentina y Estados Unidos.

Muchos periodistas y militantes latinoamericanos se limitan a la exterioridad de la expresión “golpe suave” y la usan irreflexivamente para definir sin taxonomía fina a todas las formas de subversión usadas por la nueva derecha latinoamericana. El riesgo de una caracterización incorrecta es que no prepara las defensas adecuadas para enfrentar lo que ocurre. Y la derecha no actúa de una sola manera para todos los casos. Sabe mutar y adaptarse, algo que hemos aprendido menos sus contrarios.

*Periodista y escritor venezolano.

Notas al pie:

[1] “¿Por qué avanza tanto la derecha de Brasil?”, 6 de mayo de 2016, ADN. Disponible aquí.

Bibliografía:

de Andrés, J. (2002) El voto de las armas. Golpes de Estado en el sistema internacional a lo largo del siglo XX. Ediciones Catarata, Madrid.
Arendt, H. (2013) Sobre la revolución. Alianza Editorial.
Guerrero, M. (2014) Una Revuelta de Ricos. Crisis y destino del chavismo. Ediciones Herramienta, Buenos Aires.
Guerrero, M. (2013) Chavismo sin Chávez. Ediciones B, Buenos Aires.

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