Nuestra crisis

Por Edgardo Mocca *

La revista Horizontes del Sur sale desde su número 3 en versión digital en Nuestras Voces. En esta introducción, su editor, Edgardo Mocca, cuenta sobre la nueva edición, que contiene 16 notas de análisis político latinoamericano.

Este número de Horizontes del Sur está dedicado a la crisis de los procesos de transformación en nuestro país y en toda la región. ¿Por qué “crisis” y no reflujo o retroceso? Algunos hasta considerarían más preciso hablar de clausura de este período histórico y tendrían no pocos argumentos a favor de ese enunciado: la derrota del PT en Brasil es un hecho que por sí mismo altera todo el cuadro de relaciones de fuerza políticas en Sudamérica, para no hablar de sus repercusiones globales.

El uso de la palabra crisis remite a que no se trata de un proceso cerrado. Aún en Brasil la situación no termina de estabilizarse y la presidencia de Temer –emergente del golpe institucional contra Dilma Rousseff– parece menos un cierre que la apertura de un período dramático de la vida política del gigante latinoamericano. Pero no se trata solamente de eso. No es solamente que “hay que esperar” para ver hasta dónde llega la ofensiva del bloque regional neoliberal orquestado por Estados Unidos y si alcanza para revertir en plenitud el signo de todos los gobiernos surgidos del colapso del Consenso de Washington. La crisis no consiste solamente en que no se ha cerrado un balance de esa ofensiva sino en algo más profundo. Consiste en que la compatibilidad entre restauración neoliberal y orden político estable no está demostrado. Ni siquiera se insinúa con claridad la fórmula política con la que los poderosos de la región procurarán alcanzarán el orden y la estabilidad. Hasta la propia palabra “restauración” usada para hacer referencia a un nuevo ciclo neoliberal resulta problemática; los hechos políticos tienen dos rasgos que son muy poco discutibles. Uno de esos rasgos es la contingencia o aleatoriedad: lo que ocurrió pudo no ocurrir u ocurrir de otro modo. El otro es la irreversibilidad: lo que ocurrió no puede suprimirse, hay que contar con su existencia no solamente por la memoria que los seres humanos guardan de su experiencia sino que los hechos del pasado reciente (y no sólo reciente) están presentes materialmente. Es decir, forman parte de nuestra realidad material. Toman la forma de hábitos, prácticas, y también son escuelas o trenes que antes no existían o salarios que alcanzan o no alcanzan.


«La crisis no consiste solamente en que no se ha cerrado un balance de esa ofensiva (neoliberal) sino en algo más profundo. Consiste en que la compatibilidad entre restauración neoliberal y orden político estable no está demostrado. Ni siquiera se insinúa con claridad la fórmula política con la que los poderosos de la región procurarán alcanzarán el orden y la estabilidad.»

Esta irreversibilidad de la política, claro está, no significa que todo seguirá siendo como antes sino que el punto de partida de la lucha política ha cambiado necesariamente. Para salir del plano de la abstracción: en nuestro país se ha puesto en marcha un programa de cuño neoliberal bastante clásico, a pesar de todas las promesas de modernización que el partido de la derecha hizo en los últimos tiempos. El signo de todas las medidas es el de una brusca transferencia de ingresos desde abajo hacia arriba. Los despidos en el Estado son una cifra de toda la dirección regresiva asumida: cada oficina que se vacía está señalando una tarea que el Estado ya no cumplirá. Y las cesantías que transcurren en estos días son casi unánimemente dirigidas a recortar prestaciones culturales, asistenciales, solidarias, de control de mercados, de habilitación de derechos ciudadanos. Eso es transferencia de recursos en estado puro. Ahora bien, ¿el parecido del rumbo asumido con la historia de los años noventa significa que vaya a repetirse la historia de la misma manera? Para bien o para mal, no será así. Sin contar con la infinita variedad de contingencias que pueden darse, podemos limitarnos a decir que el menemismo tuvo dos condiciones con las que no contarán los nuevos “reformistas de mercado”: por un lado, la crisis hiperinflacionaria previa al cambio de régimen creó un poderoso estado de necesidad que habilitaba la tolerancia social y hasta un grado de esperanza con las medidas liberalizadoras; por el otro, el mundo vivía un clima de época revolucionario antiestatista y neoliberal con el enorme impulso que la caída del Muro de Berlín y la disolución de la experiencia socialista le dieron al relato de la apertura, la desregulación, la flexibilización laboral, el ocaso del estado nacional, la desaparición de la clase obrera, la muerte, en fin, de la política. No hay hoy antecedente catastrófico inmediato ni primavera global. Macri sucede en el gobierno a una presidenta que gobernó todos los días de su mandato constitucional (en realidad la “justicia” le arrebató doce horas, acaso con el fin de establecer un precedente cuasi mafioso). No se fue envuelta en un caos económico ni en un incendio social y político. Los principales índices económicos cerraron aceptablemente el año 2015, atravesado como estuvo por una crisis mundial que no se evapora como pronosticaron los economistas del establishment que hoy colonizan el nuevo gobierno y con un proceso económico en Brasil que repercutió fuertemente sobre nuestro país. Probablemente con el tiempo y las medidas macristas, el paisaje social de los doce años de gobierno kirchnerista alcance una simpatía muy superior y más amplia socialmente que la que lo acompañó mientras estuvo en el poder.


«Probablemente con el tiempo y las medidas macristas, el paisaje social de los doce años de gobierno kirchnerista alcance una simpatía muy superior y más amplia socialmente que la que lo acompañó mientras estuvo en el poder.»

El clima de época es sombrío y la euforia de la libertad de los mercados ha cedido el paso a la consolidación de un modo de dominación que, en su artículo de este número, Ariel Colombo describe como “capitalismo extorsivo”. Ya no es la esperanza en que las futuras generaciones vivirán mejor que nosotros sino el miedo a la completa barbarización de las relaciones humanas lo que constituye el cemento de la convivencia social en el capitalismo del casino global reinante en estos días. Es el reino del individualismo más extremo, el de la “meritocracia” que esgrimen las clases dominantes del país como variante del dogma neoliberal del “capital humano”. Es el relato del origen idílico del capitalismo como consecuencia de la emergencia de una clase de hombres cultos, inteligentes, laboriosos y moralmente ordenados que se hicieron capitalistas y otra clase ignorante, holgazana y derrochadora que fue a parar a la fábrica, a trabajar para los capitalistas, o murió en la miseria. Así es el mito fundante del capitalismo, esa es la “ciencia histórica” que heredan el capital social y la meritocracia. La expropiación salvaje de los campesinos, la violencia y la opresión fabril, las guerras de rapiña, el colonialismo no entran en esa mirada edulcorada; pero fueron el origen y el modo de ser del capitalismo. Hablar, además, de la meritocracia en los tiempos de los papeles de Panamá que involucran al presidente y a casi todos sus amigos conocidos en empresas offshore no parece una idea brillante, por más que la maquinaria mediática monopólica proteja fuertemente al gobierno. La idea del capital social es que cada cual es “empresario de sí mismo”, de modo que el desempleado, el pobre, la persona sin tierra, techo ni trabajo no es más que un perdedor, alguien que no se adiestró adecuadamente para la lucha por la supervivencia. Esto es el centro mismo de la extorsión capitalista: el que no tiene trabajo administró mal sus recursos, el que lo tiene debe estar dispuesto a todo para mantenerlo, aunque esté su dignidad en juego. La extorsión está en marcha.


«Ya no es la esperanza en que las futuras generaciones vivirán mejor que nosotros sino el miedo a la completa barbarización de las relaciones humanas lo que constituye el cemento de la convivencia social en el capitalismo del casino global reinante en estos días. Es el reino del individualismo más extremo, el de la “meritocracia” que esgrimen las clases dominantes del país como variante del dogma neoliberal del “capital humano”.»

La crisis de nuestros procesos populares se da después que la región se convirtiera en el área políticamente más dinámica del mundo. La palabra populismo, sugiere Jorge Alemán en su texto, recuperó un cierto lugar en las izquierdas europeas, aunque sea como forma incompleta y limitada de expresar la lucha de clases y el objetivo socialista históricamente fijado según el marxismo dogmático. Los referentes de esa mirada son Chávez, Evo, Correa, Lula, Néstor y Cristina Kirchner. Y el contexto es el reagrupamiento de fuerzas políticas que buscan superar el impasse de la socialdemocracia y construir alternativas reales al neoliberalismo. Las dificultades de este rumbo en el marco del capitalismo extorsivo son enormes; las sufrió en carne propia el pueblo griego cuando, ante el planteo del gobierno de Tsipras de negociar la relación del país con la Unión Europea y el FMI, las burocracias del poder político-financiero amenazaron al país con las siete plagas de Egipto: la soberanía griega habría de ser pagada con el hambre y la destrucción del país. Sin embargo, acontecimientos como la huelga y la movilización obrera en Francia, el crecimiento de Podemos en España, el triunfo de la izquierda en Portugal son expresiones de una dinámica política de resistencia a la “pax neoliberal”. El futuro de la vida política en nuestra región no será ajeno a esa dinámica. El mundo es hoy la globalización de la indiferencia, según lo definió el papa Francisco. La destrucción del hábitat y las tremendas condiciones de vida de miles de millones de seres humanos –que describe en profundidad el artículo de José Massoni– no encajan para nada en el cuento del futuro feliz del capitalismo que vuelve a contarse desde el gobierno de nuestro país.

El kirchnerismo hoy

En nuestro país, los resultados electorales abrieron un debate interior muy profundo entre quienes apoyan el proyecto político que fue derrotado. El marco de ese debate es una activación popular muy intensa que tuvo y tiene su sede en las calles y en las plazas de todo el país. La reconstrucción de lo vivido estos años demanda una mirada con capacidad crítica y autocrítica, que poco tiene que ver con cierto género de intervención que llama autocrítica a la denuncia de lo mal que hicieron las cosas los otros. Es posible que una mirada sobre la experiencia kirchnerista no pueda prescindir de sus orígenes. Es decir de una contingencia política específica: el cruce de una crisis nacional sin antecedentes contemporáneos, una voluntad transformadora encarnada en Néstor y Cristina Kirchner con una estructura, la del Partido Justicialista, que es la portadora institucional de una memoria política popular y transformadora pero que hacia 2003 había devenido en algo así como la portadora del orden político argentino, la única capaz de proveer gobernabilidad en las instancias críticas. Los resultados electorales de ese año dan cuenta de lo azarosa que fue la irrupción en el escenario político de una propuesta que se propuso recuperar sentidos y lenguajes políticos a los que se les había extendido certificado de defunción en los años dorados del neoliberalismo. La relación entre liderazgo emergente y estructura del orden no fue simple en ninguna etapa. La facilitó una dinámica de acción política desde arriba en conjunto con un creciente respaldo popular en los días en los que el país abría la etapa del desendeudamiento, la recuperación del empleo, el mejoramiento del salario, la verdad y la justicia sobre el pasado autoritario cívico-empresarial-militar y un viraje en política exterior favorable a la integración regional y a la ampliación de los márgenes de soberanía frente a los países más poderosos del mundo. Hubo un desplazamiento de sentido en la palabra “gobernabilidad”. Dejó de reducirse a la seguridad jurídica del gran capital para incluir en su centro las condiciones sociales de vida, como modo de sostener el orden político.

La imposibilidad de una nueva reelección presidencial de Cristina se planteó desde 2012 en un contexto de restricciones muy serias para el crecimiento, cuyas raíces están en una combinación entre los viejos cuellos de botella de la falta de desarrollo industrial nacional y una situación crítica en los mercados mundiales por la ya prolongada crisis del capitalismo mundial. La cuestión de la sucesión presidencial y la incesante presión –sabotaje en muchos casos– de las fuerzas que procuraban un final caótico que sirviera tanto de prólogo del ajuste brutal como de escarmiento para quienes en el futuro tuvieran en su agenda un proyecto de esta naturaleza condicionó la política en los dos últimos años del gobierno. Resultó un tiempo insuficiente para organizar una fuerza propia del proyecto transformador que se apoyara en el PJ pero que tuviera disponible recursos políticos autónomos. Se estrechó la coalición en medio de reagrupamientos peronistas activados por la cuestión de la sucesión. La dinámica transformadora encontró un límite en el enconado antagonismo de un sector de la sociedad y en las insuficiencias propias para combinar la profundidad de la orientación política y la flexibilidad en materia de alianzas. El cruce contingente de 2003 entró ya durante el gobierno de Cristina en una zona crítica que hoy se manifiesta en nuevos reagrupamientos y también en abiertas deserciones en el Frente para la Victoria.

La continuidad de esa experiencia política en las nuevas formas que la lucha política vaya determinando es el problema principal para la política argentina en los próximos años. La derecha demuestra todo el tiempo que tiene clara esa cuestión. Su proyecto es el de “normalizar” la Argentina, como dijo hace pocos días González Fraga en referencia a las “anormales” condiciones de vida de “empleados medios” que podían comprar plasmas y hasta autos. Normalizar es la voz de orden. Se trata de volver las cosas al lugar en que tienen estar y estuvieron durante gran parte de nuestra historia. Normalizar los salarios, el empleo, el acceso a la educación, el ingreso a la universidad, en fin, las oportunidades sociales para los sectores populares. Normalizar también nuestras relaciones internacionales, otorgando prioridad a un claro alineamiento económico y geopolítico con Estados Unidos. Con el tiempo habrá llegado el momento de normalizar nuestra mirada sobre el genocidio dictatorial… Pero hay una que es la más difícil de las normalizaciones: la de la política. Para lograr la normalidad política hay que extirpar el virus del kirchnerismo, colocar nuevamente al PJ en el lugar de los años noventa, el de una fuerza capaz de contribuir al orden político en un país que vuelve al mundo, es decir que vuelve a la extorsión como modo de dominación. El problema que existe para esa normalización, y que hay que lograr que se profundice, es el de compatibilizar un discurso popular como el que ha recuperado el peronismo a partir de los Kirchner con la complacencia frente a un gobierno que ejerce una profunda violencia social contra los sectores más vulnerables de la sociedad; es decir enfrentar a un gobierno de derecha con un peronismo corrido a la derecha. Esa contradicción es la que abre el espacio para iniciativas amplias y novedosas, como la que unió a todas las centrales sindicales en la gran jornada de movilización del último 29 de abril. Las estructuras políticas y sindicales existentes no serán fácilmente permeables a las demandas de movilización y lucha que plantea nuestra realidad. No hay que cerrarse a acuerdos amplios en ese plano. Pero el planteo del frente ciudadano por parte de Cristina no se limita a esos acuerdos. Más bien es de alguna manera la expresión del planteo que hace Colombo, la de la construcción (o autoconstrucción) de un pueblo. Es una construcción que solamente puede concebirse desde la acción. En la acción hay que recuperarse de la derrota, construir una nueva subjetividad política del proceso transformador, alejada por igual del espíritu de secta y de la lógica del empresario político que mira encuestas, calcula y trata de flotar afrontando las menores tensiones y los más elementales compromisos políticos.


«En la acción hay que recuperarse de la derrota, construir una nueva subjetividad política del proceso transformador, alejada por igual del espíritu de secta y de la lógica del empresario político que mira encuestas, calcula y trata de flotar afrontando las menores tensiones y los más elementales compromisos políticos.»

Al entrar este número en la etapa de edición, el país ha sido conmovido por la inédita televisación en vivo y en directo de un acto de corrupción. El uso que del extravagante unipersonal de López están haciendo los medios concentrados, la corporación judicial y el gobierno macrista revela lo que venimos diciendo. La disputa política argentina gira en torno de un problema principal: el futuro del kirchnerismo como plataforma política central de cualquier alternativa al neoliberalismo. Ningún proyecto político puede asegurar que no haya en su interior fenómenos de corrupción, lo que expresa el intercambio ilegal e ilegítimo entre el capital y la política, un fenómeno propio del capitalismo. Es mucho más dañino cuando se expresa dentro de un movimiento popular y transformador como el kirchnerismo porque facilita la tarea de quienes quieren borrar la experiencia de estos años reduciéndola a un decorado vacío para decorar la acumulación de poder y de dinero. La derecha clama el “fin del kirchnerismo” confundiendo los propósitos de su estrategia con la realidad. Horizontes del Sur trabajó y seguirá trabajando para que en el país y en la región la huella de los procesos populares desarrollados en los primeros años de este siglo se mantenga y profundice en la dirección de la justicia social, la soberanía y la integración de la patria grande.

*Politólogo. Director de la Revista Horizontes del Sur.

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