Nueva etapa, perspectiva electoral y nueva mayoría.

Por Edgardo Mocca *

Una gran pregunta actual es cómo se configurará la oposición en las próximas elecciones. En las últimas elecciones, el PJ-Frente para la Victoria, la alianza Cambiemos y el Frente Renovador fueron las fuerzas que realmente disputaron la mayoría y el acceso a la segunda vuelta; una coalición autodenominada de centroizquierda y otra de la izquierda más ortodoxa completaron el cuadro, ampliamente separados de los anteriores. El análisis político convencional, que tiene sus méritos, pone, en el centro de su mirada la novedad más importante ocurrida en el circuito principal de la distribución de los votos: la nueva situación en el justicialismo y la incertidumbre que plantea respecto del comportamiento de sus distintos sectores en la elección del próximo año. Concreta y principalmente se discute cómo será la relación entre los sectores que hoy predominan en la cúpula de ese partido con las fuerzas que lo controlaron hasta las últimas elecciones nacionales y cómo será, en consecuencia, la conducta electoral de cada uno. Y, casi como se tratara de una misma cuestión, surge el interrogante de cómo será la relación entre el PJ y Sergio Massa y cómo se expresará electoralmente.

Cuando de lo que se trata no es de una descripción periodística sino de un intento de previsión política no entra en juego una capacidad adivinatoria sino un recuento de los recursos políticos que cada uno de los actores tenga o pueda alcanzar. Y el análisis no es una observación neutral: como lo enseñara Antonio Gramsci, la previsión, si quiere ser objetiva, tiene que incorporar la voluntad política de quien intenta prever; de otro modo, sin contar con esa voluntad, la realidad se mutila porque solamente se tiene en cuenta lo que harán “los otros”. La previsión es la forma que tiene un programa de acción en una etapa determinada. Por eso, para pensar en la etapa electoral que se abre en los próximos meses es necesario definir la posición en la que está colocado el que analiza. Y esa posición no se reduce a la definición de cuál es el partido, el líder o la coalición política a la que se defiende; no es una identidad formal sino la definición política la que está en juego. El problema de la previsión de las próximas elecciones es cuál es la definición de la etapa que estamos viviendo y cómo se insertan las elecciones en esa coyuntura.

El país ha entrado en una nueva fase caracterizada por el fin del despliegue fácil del gobierno de Macri. El segundo semestre fue un mojón muy importante pero no de la manera en la que lo presentaba el gobierno, como el comienzo de los buenos tiempos, sino como un primer balance social de su gestión y los primeros síntomas de un fuerte divorcio popular de las primeras expectativas respecto del nuevo gobierno. La resistencia al tarifazo fue el detonante de la primera gran tensión social contra el gobierno y la condición para el primer freno político a su ofensiva, consagrado por la Corte pero plenamente atribuible a la movilización popular. Precedidos por la gran movilización de trabajadores del 29 de abril, la Marcha Federal y el acto de cierre en la Plaza de Mayo fue el emblema de esta nueva etapa política. Y el sujeto que ha impulsado este cambio no puede ser reducido a un sector político determinado: es una masa de argentinos que se opone, no en el sentido electoral, sino en el más inmediato de lo que considera un ataque contra sus condiciones de vida. En la calle –y también en los sondeos de opinión sobre los “ruidazos”– aparece un actor colectivo molesto y relativamente activo en contra de las políticas del gobierno. Hay, provisoriamente, una “nueva mayoría” como la que proponía hace un tiempo Cristina. Pero no es una mayoría orgánica, ni estable, ni directamente representable. Es en buena parte resultado de una acción de gobierno rápida y brutalmente orientada a la satisfacción de las demandas del gran capital e igualmente insensible a las necesidades populares.

Un componente del cambio de etapa es el paso de una tendencia de cordialidad a otra crítica con el gobierno en los campamentos del Frente Renovador y del Partido Justicialista. Entre Davos y la Marcha Federal parece haberse tomado nota de un problema en el cuadro de situación establecido por la cadena mediática que preveía una rápida dispersión y licuación de los recursos del kirchnerismo, y una consecuente facilidad en la relación política e institucional entre el gobierno y la oposición más complaciente. Parece claro que la intuición actual de ese segmento opositor ha aconsejado un mayor espíritu crítico y un mayor apego a la dura realidad por la que atraviesan los sectores populares. El movimiento sindical es un registro central de lo que está ocurriendo y no es extraño que así sea: como lo decía Hugo Yasky en el número anterior de HDS [1], los sindicatos son las “salas de guardia” del ajuste; junto con los movimientos sociales populares son los que registran más rápida y dramáticamente los efectos de los despidos públicos y privados, de la carestía, de la pérdida de poder adquisitivo del salario, del golpe inmoral de los tarifazos. La cuestión es muy importante porque insinúa un determinado clima social que empieza a influir en los reagrupamientos políticos. Los problemas de la “unidad de la oposición” empiezan a desplazarse de una vaga referencia al universo electoral que rodea al peronismo para acercarse a la cuestión sustantiva de quién gobierna, para quién y qué significa oponerse a los planes del gobierno.


«En la calle –y también en los sondeos de opinión sobre los “ruidazos”– aparece un actor colectivo molesto y relativamente activo en contra de las políticas del gobierno. Hay, provisoriamente, una “nueva mayoría” como la que proponía hace un tiempo Cristina. Pero no es una mayoría orgánica, ni estable, ni directamente representable. Es en buena parte resultado de una acción de gobierno rápida y brutalmente orientada a la satisfacción de las demandas del gran capital e igualmente insensible a las necesidades populares.»

El punto de partida estratégico de una política hacia las elecciones es la definición del gran problema de la coyuntura política argentina, el de si la dura reestructuración neoliberal contará con el marco de un orden político consistente. Algo así como fue el menemismo en los años noventa; un arco de partidos formalmente opuestos pero dispuestos a cerrar filas alrededor de los pilares de la “seguridad jurídica” del capital, de la libertad de los “mercados” y el regreso al mundo. Es decir de la Constitución no escrita que hoy intenta retrotraer el mapa político de la región a los tiempos previos al colapso del Consenso de Washington. Si esto es así, aparece algo así como un “destiempo” entre una tendencia a confluir en la protesta (aunque sea silenciosa) que se ve en la sociedad y una tensión interna en la oposición institucional en la que cada sector tiene más interés en fortalecerse a sí mismo que en confluencias de cualquier naturaleza.


«Los problemas de la ‘unidad de la oposición’ empiezan a desplazarse de una vaga referencia al universo electoral que rodea al peronismo para acercarse a la cuestión sustantiva de quién gobierna, para quién y qué significa oponerse a los planes del gobierno.»

Esto no es, como suele simplificarse, un simple efecto de las vanidades individuales y de grupo; los años de kirchnerismo establecieron una frontera política, instituyeron un antagonismo. El modo actual de expresión del antagonismo combina la persecución judicial, la estigmatización, la censura y la adjudicación de designios desestabilizadores a los dirigentes y militantes que sostienen su compromiso con el rumbo nacional de los doce últimos años. No funciona el elixir mágico de los liberales democráticos, la alternancia. La interpretación de lo ocurrido es la de un cambio de régimen y esto funciona como coartada de las más groseras modalidades políticas por parte de los medios de comunicación oligopólicos, la corporación judicial y los funcionarios de gobierno. Está clara la razón de que esto sea así: el establishment necesita extirpar la semilla del mal para que funcione en plenitud la maquinaria de la política neoliberal; ese es el orden que están necesitando, ese es el futuro que se está discutiendo. La importancia que tiene el nuevo momento de activación popular no consiste en que pueda traducirse directamente en el voto del próximo año –ciertamente parece muy lejano octubre de 2017–; consiste en que insinúa la posibilidad de llegar a la elección en un clima de cuestionamiento popular activo a las políticas públicas articuladas en el proyecto neoliberal. Ese sería un terreno que complicaría las aspiraciones del macrismo y también haría más difíciles las diversas formas de cooperación que éste desarrolló junto a Massa y al sector del PJ más decidido a cerrar la brecha kirchnerista.


«El punto de partida estratégico de una política hacia las elecciones es la definición del gran problema de la coyuntura política argentina, el de si la dura reestructuración neoliberal contará con el marco de un orden político consistente.»

Lo que va a intentar el establishment está muy claro. Durante todos estos últimos años su hoja de ruta fue la desestabilización de los gobiernos kirchneristas. La caída anticipada de Cristina en el contexto de un caos económico, social y político hubiera despejado claramente la incógnita del orden político neoliberal al funcionar como prólogo ideal del ajuste y colocar un “nunca más” al final de la experiencia. Ahora intentan el mismo resultado en nuevas condiciones y con otras formas. Necesitan aislar al kirchnerismo y establecer un sistema de dos coaliciones potables para el establishment. El tema es cómo vamos a actuar quienes rescatamos la experiencia nacional-popular de estos años y sostenemos la necesidad de recuperar el gobierno para desarrollar políticas alternativas al neoliberalismo. Va a haber sobre este campo dos presiones contradictorias: con la consigna de la unidad de la oposición se intentará debilitar la frontera antagónica con el neoliberalismo y poner a la administración Macri en el lugar de quienes “no saben hacer las cosas”, lo que justificaría una unidad del peronismo de “este lado” de la frontera, es decir dejando afuera a los que insistan en imposibles retornos o directamente a aquellos a los que se etiqueta como cómplices irredentos de la corrupción. El certificado de admisión a este peronismo reconciliado con el establishment sería automático para todos los que explícita o implícitamente renuncien a la continuidad de la experiencia kirchnerista. La otra gran presión es en dirección a una práctica sectaria en la que la diferencia política equivalga a la renuncia a todo diálogo, a toda apertura. Es la idea de un retorno mítico en el que quede abolida la realidad de este tiempo que nos toca vivir.

El cierre de la Marcha Federal en la plaza fue una expresión muy rica de las posibilidades políticas que se abren y de la actitud con la que conviene desarrollarlas. Fue una convocatoria amplia y generosa y a la vez un marco de discursos claramente colocados del lado popular de la frontera. Del lado del salario digno, de la intervención redistributiva del Estado, de la solidaridad con el pueblo brasileño víctima de un golpe de Estado institucional. No hay posibilidad de confundir la Marcha y su cierre ni con un negacionismo respecto de las banderas populares por parte de ninguno de sus organizadores ni con la expresión de una secta divorciada de la vida. Muchos de los participantes en el acto tuvieron diferencias políticas muy importantes entre ellos. Seguramente muchos deben tener distintas orientaciones respecto de la elección del año próximo. Pero lo que juntó a todos en la plaza fue muy claro y muy político. Para que el antagonismo con la política neoliberal sea viable y aspire a retomar el gobierno es necesario procesar correctamente la experiencia, revisar el camino recorrido sin temor a encontrar errores de diferente gravedad. La experiencia de estos años es la experiencia de todo el pueblo y no de una mitad de él.


«Para que el antagonismo con la política neoliberal sea viable y aspire a retomar el gobierno es necesario procesar correctamente la experiencia, revisar el camino recorrido sin temor a encontrar errores de diferente gravedad. La experiencia de estos años es la experiencia de todo el pueblo y no de una mitad de él.»

Una vez más las definiciones políticas tienen como epicentro al peronismo. Están en marcha distintas iniciativas de confluencia, todas ellas se presentan como una renovación “desde abajo”, es decir no como reagrupamientos alrededor de liderazgos preexistentes sino como movimientos impulsados desde gobernadores e intendentes. En el centro de ese proceso está la interpretación de los gobiernos liderados por Néstor y Cristina Kirchner y de la etapa que se abrió con el triunfo de Macri. La experiencia de la derrota está siempre acompañada por los reacomodos internos en la fuerza que perdió. Lo original de la actual situación es que está precedida por una experiencia particularmente importante dentro de nuestra historia, por una ruptura manifiesta de los consensos implícitos que acompañaron nuestra recuperación democrática, del pacto tácito que acepta la democracia electoral siempre que no se pongan en duda los cimientos de un modo de dominación. Una experiencia que se reconoció y fue reconocida como parte de una grieta del neoliberalismo de alcance regional. El debate peronista, se acepte o no, no puede saldarse en una discusión interna a la estructura partidaria, aún cuando ésta ostente un alto grado de representación del país federal. ¿Qué es el peronismo en la época de la restauración neoliberal y de la contraofensiva imperial en Sudamérica, después del desarrollo de importantes desafíos políticos al statu quo en el país y en la región?, tal parece la implícita agenda de la discusión. Si se corre la hojarasca de toda la pirotecnia judicial y mediática concentrada en cerrar definitivamente la etapa política kirchnerista, queda el interrogante de cuál va a ser el sello distintivo de la tradición política peronista en los años próximos.


«El debate peronista, se acepte o no, no puede saldarse en una discusión interna a la estructura partidaria, aún cuando ésta ostente un alto grado de representación del país federal. ¿Qué es el peronismo en la época de la restauración neoliberal y de la contraofensiva imperial en Sudamérica, después del desarrollo de importantes desafíos políticos al statu quo en el país y en la región?, tal parece la implícita agenda de la discusión.»

Aún en las adversas condiciones en las que se mueve hoy el bloque político que encabezó la experiencia reciente, tiene a su favor un liderazgo como el de Cristina Kirchner que lejos de haberse diluido o retirado de la escena sigue siendo un punto de referencia central de la disputa política. Cuenta también con la identificación difusa, intensa y muy numerosa de un amplio sector de nuestro pueblo en todo el territorio nacional; un sector que ha fusionado la cultura peronista con otras formas del imaginario popular. A pesar de los pronósticos respecto de su rápida evaporación después de la derrota electoral, este conglomerado sigue siendo un animador central de las actuales luchas populares, como paradójicamente lo reconoce la maquinaria mediática al atribuirle potencia desestabilizadora. Hay un marcado déficit de articulación de los grupos orgánicos que forman parte de este espacio y problemas evidentes para combinar el compromiso con una política con la flexibilidad política y táctica necesaria en esta etapa, con un lenguaje más arraigado en la nueva realidad, capaz de reconocer nuevos actores, de construir nuevas alianzas que permitan avanzar hacia una nueva mayoría política capaz de expresarse electoralmente.

*Politólogo y docente de la UBA.

Notas al pie:

[1] Entrevista a Hugo Yasky, Revista Horizontes del Sur #3.

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