Persuadirnos o retroceder en chancletas

Por Sebastián Mauro 

El domingo 10 de febrero, la socióloga Ana Castellani escribió esta columna de opinión en Página/12 señalando que la estrategia comunicacional de la oposición al macrismo es más nostálgica que persuasiva. Si la opinión pública persiste dividida en tres tercios, y quienes transitan la “ancha avenida del medio” coinciden en identificar a la crisis económica como el principal problema público que definirá su voto, no parece muy estratégico -razona Castellani- dirigirse a ese electorado volátil con un discurso de autoafirmación identitaria que sólo promete volver al pasado. Quienes están considerando a Massa, Lavagna o a Urtubey como opciones presidenciales, o quienes aún no han definido su voto, pueden tener una mala imagen del gobierno nacional, pero sienten al mismo tiempo rechazo por la invitación a “resistir con aguante” o por la consigna “vamos a volver”. Persuadir -recuerda Castellani a los activistas opositores- requiere “…soportar la herida narcisista que genera el hecho de dialogar con alguien que no necesariamente acuerda con uno en principios básicos…”.

Cualquiera que entienda la política en términos democráticos y no bélicos no puede no suscribir con el diagnóstico de Castellani: para ganar elecciones hay que persuadir, y para persuadir hay que estar dispuestos a revisar críticamente nuestras propias convicciones y prácticas. Oponerse a estas recomendaciones implicaría recomendar a los militantes de la tradición nacional-popular defender posiciones dogmáticas y sectarias. Sin sostener esto último, las siguientes líneas intentarán advertir sobre los riesgos de la perspectiva planteada por Castellani.

Se ha repetido hasta el hartazgo que el macrismo no cumplió ninguna de sus promesas de campaña: ni pobreza cero, ni millones de viviendas, ni supermercado del mundo, ni políticas más modestas como eximir a los trabajadores de pagar impuesto a las ganancias. En su práctica habitual de degradar la palabra política (fenómeno que Eduardo Rinesi identificó tempranamente en el discurso neoliberal), el macrismo ha señalado que las promesas de campaña eran más bien aspiraciones, tan imaginarias como el cohete estratosférico que Menem describió ante la mirada azorada de alumnos jujeños. El dogmático objetivista -que Castellani critica en su columna- podrá concluir que, si el gobierno no cumplió ninguna promesa y además empeoró todos los indicadores económicos, gran parte de la tarea de batirlo electoralmente está resuelta. Sin embargo, sabemos que no es así: un núcleo duro del electorado, que excede por lejos a los beneficiarios de las políticas económicas, apoya al gobierno incondicionalmente. Probablemente por diversas razones, pero quisiera detenerme en una. El gobierno macrista sí mostró avances en una promesa de campaña, y sigue siendo el principal garante de que esa promesa se cumpla: eliminar a la tradición nacional-popular de la política argentina. Doce años de “los mayores corruptos de la historia global” o “setenta años de peronismo” dan exactamente lo mismo, hay sectores que son un obstáculo para la conformación de un sistema político “normalizado”.

Frente al gobierno y su núcleo duro, parece no haber persuasión posible, sólo una competencia política abierta por la suma de votos para imponerse electoralmente. Eso significa, una competencia por sumar los votos de la ancha avenida del medio. Pero la competencia se juega en una cancha doblemente inclinada, que beneficia al oficialismo y a su cruzada contra la perspectiva nacional-popular.

En primer lugar, hay una galaxia de pequeños liderazgos y partidos que creen posible diferenciarse doblemente del gobierno y de la oposición kirchnerista. En el camino, confirman la perspectiva que el oficialismo intenta instalar: el gobierno es ineficiente en la resolución de todos los males que el kirchnerismo dejó. Debates fundamentales como la orientación de la economía hacia la primarización, los retrocesos de la democratización en un contexto de pérdida de soberanía económica y política, la evolución de los conflictos internacionales, son licuados en una fórmula que identifica todo lo popular con la corrupción y la demagogia populista.

Como si esto fuera poco, en segundo lugar, es muy estrecho el espacio en los medios de comunicación masiva para instalar un discurso crítico del macrismo, de sus aliados y de su agenda. Basta con ver el tratamiento que, en los últimos días, han hecho los principales periódicos, radios y canales de noticias sobre la denuncia de Pedro Etchebest contra el fiscal Carlos Stornelli, para dimensionar la dificultad que encuentra cualquier discurso que ponga en duda la narrativa oficial sobre la megacorrupción kirchnerista.

Entre la competencia con referentes políticos filo-oficialistas y la barrera para acceder a las arenas comunicativas, parece una opción razonable renegar del kirchnerismo (o de la figura de CFK) para sostener una propuesta nacional-popular competitiva. Pero esta es precisamente la trampa tendida en esta cancha inclinada. Repudiar al kirchnerismo es el primer paso para retroceder sistemáticamente frente a cualquier disidencia con la narrativa oficial (según el cual hay que saludar la redistribución regresiva del ingreso, con fe ciega en la llegada de inversiones extranjeras providenciales), por temor a ser identificado con la mentada megacorrupción.

Quienes crean que estas previsiones son exageradas, no tiene más que volver sobre la experiencia de los noventa para identificar cómo un discurso único se instaló en el debate público, basándose en la represión o marginación de quienes se salieran del libreto: Chacho Álvarez saludando los beneficios de la Convertibilidad en 1994, Eduardo Duhalde prometiendo “convertibilidad o muerte” en 1999, o las escaladas del índice de riesgo país cada vez que Raúl Alfonsín abría la boca durante el bienio 2000-2001 son sólo algunos ejemplos de cómo el cierre de la agenda pública sobre un puñado de formas de definir los problemas puede resultar asfixiante.

La coyuntura actual, aunque sombría, encuentra algunos elementos todavía auspiciosos para quienes defienden una perspectiva nacional-popular. En definitiva, Macri resultó electo en 2015 por una diferencia apenas superior a los 600 mil votos, y Esteban Bullrich se impuso en las legislativas de 2017 (el momento más alto del oficialismo frente a la opinión pública) por un margen de apenas 4 puntos porcentuales. Quizás el primer paso que necesitamos para persuadir a nuestros conciudadanos indecisos o volátiles, es persuadirnos a nosotros mismos de que lo construido durante estos años es una buena plataforma sobre la cual apoyarnos.

 

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