Perú: ¿para siempre a la derecha?

Por Nicolás Lynch *

El autor analiza el avance de la derecha neoliberal en Perú de cara a los resultados electorales de la primera vuelta para las presidenciales, alimentado por los medios de comunicación en manos de corporaciones privadas, la criminalización y represión de la protesta social y el cierre del sistema político, lo que confluye en una democracia sin democratización.

Los resultados electorales de la primera vuelta de las elecciones peruanas del 10 de abril de 2016 son una buena radiografía de la política en este país. Keiko Fujimori con el 40% y Pedro Pablo Kuczynski con el 21%, ambas candidaturas de la derecha neoliberal sin atisbo de duda. La primera heredera del apellido Fujimori y, por lo tanto, del capital político que este representa, en especial, del microclientelismo que caracterizara a la dictadura de su padre en la década del 90 del siglo pasado. El segundo, la mejor síntesis en el país del “tecnopol” que viniera con las reformas neoliberales de un cuarto de siglo atrás, varias veces ministro –sobre todo de economía- y también primer ministro; para muchos la encarnación viva del entreguismo a los Estados Unidos en el Perú.

Sin embargo, hay una tercera que casi entra en la disputa de la segunda vuelta con el 19% de la votación. Se trata de Verónika Mendoza del Frente Amplio, candidata de una coalición de fuerzas de izquierda, principalmente ecologista, que se benefició de una inscripción electoral obtenida en 2011 antes de los sucesivos cambios de la ley electoral que hoy día hacen prácticamente imposible registrar un partido político. Mendoza supo capitalizar el enorme descontento con el modelo económico, que supera el 50% de la población, a pesar de la traición de Ollanta Humala y de la ausencia de opciones creíbles dentro de la izquierda peruana. Su imagen fresca y juvenil y su claridad de puntos de vista le permitieron subir del 2% de las preferencias, donde se encontraba tres meses antes de las elecciones, al 19% de votos que finalmente obtuvo.

Los resultados de los dos primeros, sin embargo, reiteran la hegemonía de la derecha neoliberal que viene del ajuste económico de agosto 1990 y del golpe de Estado de abril de 1992. La mayoría de los peruanos sigue manteniendo una opción mayoritaria por el modelo económico y político del neoliberalismo que ha predominado en los últimos 25 años. ¿En qué consiste este modelo? En lo económico, en el ajuste permanente que privatiza, concentra y reprimariza la economía, llevándola a ser controlada por una docena de grandes empresas, principalmente extranjeras y asentadas en los negocios minero, gasífero y financiero. En lo político, en la constitución de una coalición, no sólo de gobierno sino también de poder, formada por grandes empresarios, tecnócratas, organismos financieros internacionales, con la tutela de las fuerzas de seguridad y finalmente del gobierno de los Estados Unidos.

Pero esta coalición no solo ha construido dominio sobre uno o varios gobiernos sino que ha capturado el Estado, colonizándolo con personal que viene del sector privado y aplica la lógica del mismo. Esta captura busca reducir el espacio de lo público e impulsar la apropiación de los bienes de todos por un pequeño sector social. Potencia así una antigua característica del Estado peruano, el patrimonialismo –la no distinción entre el bolsillo privado y los fondos públicos- que viene de la colonia y nos ha acompañado en toda la historia republicana.


«El control económico y político ha permitido, quizás como nunca antes en la historia peruana, una hegemonía ideológica de proporciones. Se ha vendido exitosamente una supuesta historia de éxito sobre el bienestar que la población habría adquirido.»

El control económico y político ha permitido, quizás como nunca antes en la historia peruana, una hegemonía ideológica de proporciones. Se ha vendido exitosamente una supuesta historia de éxito sobre el bienestar que la población habría adquirido. Si bien se han reducido los índices de pobreza a una cifra que bordea el 22%, se mantiene la desigualdad con un índice Gini de 0.5 y solo un 12% de la PEA cuenta con un trabajo en planilla, con derechos, según los estándares de la OIT, además de un 78% que se mantiene en la informalidad. La reducción de la pobreza se explica por una mayor circulación de dinero y un sensible aumento de la economía delictiva (narcotráfico, trata de personas, minería y tala ilegales, etc.) que llega al 6% del PBI. Sin embargo, la alta desigualdad, el bajísimo empleo y la altísima informalidad señalan que el modelo primario exportador no genera empleo de una mínima calidad y excluye a la abrumadora mayoría de la población. En resumen, tenemos lo que en otro texto hemos denominado la “prosperidad falaz” del Perú actual.


«La reducción de la pobreza se explica por una mayor circulación de dinero y un sensible aumento de la economía delictiva (narcotráfico, trata de personas, minería y tala ilegales, etc.) que llega al 6% del PBI. Sin embargo, la alta desigualdad, el bajísimo empleo y la altísima informalidad señalan que el modelo primario exportador no genera empleo de una mínima calidad y excluye a la abrumadora mayoría de la población.»

¿Cómo se explica el encandilamiento de la gente? Por un control casi total de los medios de comunicación, en el que la televisión de señal abierta y por cable y los medios escritos se encuentran en manos de corporaciones privadas que defienden abiertamente el modelo en curso. Destaca entre ellos el grupo El Comercio que tiene periódicos para diversos públicos y controla el 80% del mercado y canales de TV abierta y por cable. En estos medios se difunde masivamente el emprendedorismo o “salir adelante por cuenta propia” y la expectativa (rara vez realidad) del consumo infinito al alcance de todos.

Esto se ha traducido en la construcción de un Estado neoliberal que, conducido por tecnócratas desde “islas de excelencia” (Ministerio de Economía, Agencia Tributaria, Banco Central, Ministerio de Defensa e Interior), administra la relación Estado–sociedad con dos acciones fundamentales: la represión al movimiento social y el cierre del sistema político. En el Perú se ha desarrollado una frondosa legislación de criminalización de la protesta que lleva a la cárcel a quien reclama sus derechos. Los movimientos contra la gran inversión minera depredadora del medioambiente, ocurridos en los últimos diez años, son prueba de ello. Pero también se cierra la posibilidad de participación para nuevas opciones. Esto, en un país con altísima volatilidad política, es un asunto vital. Hoy se exige 4% del registro electoral –de 23 millones de ciudadanos- para registrar un nuevo partido, más de 900 mil firmas.


«¿Cómo se explica el encandilamiento de la gente? Por un control casi total de los medios de comunicación, en el que la televisión de señal abierta y por cable y los medios escritos se encuentran en manos de corporaciones privadas que defienden abiertamente el modelo en curso. (…) En estos medios se difunde masivamente el emprendedorismo o “salir adelante por cuenta propia” y la expectativa (rara vez realidad) del consumo infinito al alcance de todos.»

La represión social y el cierre político limitan una característica central de la democracia: la participación de la población. La peruana no solo es una democracia sin partidos, como han dicho muchos analistas, por la poca legitimidad de la misma frente a la población, sino una democracia sin democratización, en la cual se impide la acción elemental de la misma que es organizarse, movilizarse y plantear con libertad sus puntos de vista. Por ello señalo que es una democracia precaria, que solo deja satisfechos, tal como lo señala Latinobarómetro, al 24% en promedio de los ciudadanos en un período que va de 1995 al 2015.

A pesar de todo lo anterior, la hegemonía ideológica y política del neoliberalismo empieza a mostrar síntomas de resquebrajamiento. Un dato fundamental es la crisis del modelo primario exportador, estrechamente ligado al mercado mundial, y que sufre directamente los embates de éste. El crecimiento económico, la joya de la corona del neoliberalismo, está ahora alrededor del 3% y a la baja, la mitad de lo que ocurría en los años de auge, entre el 2003 y el 2013. Esto ha repercutido en el movimiento social, especialmente entre los jóvenes, que se han empezado a movilizar como no se había visto en los últimos 30 años. Pero también en el sistema político. Las restricciones de las leyes electoral y de partidos saltaron a la vista para gran disgusto de la población en el último proceso electoral, llevando a la exclusión por parte del Jurado Nacional de Elecciones de dos candidatos que en su momento tuvieron simpatías importantes. Esto pone a la orden del día la reforma del sistema político y permite avizorar de nuevo que el país todavía se rige por la Constitución que aprobara en dictadura y por la vía de un referéndum fraudulento, el gobierno de Alberto Fujimori en 1993.

El tercer lugar de Verónika Mendoza con el porcentaje obtenido no es por ello desdeñable. Una crisis mayor, tanto económica como política, parece estarse preparando y ello podría llevar a un protagonismo de las posiciones de izquierda. Alimentan esta posibilidad las recetas neoliberales de los dos candidatos que pasan a segunda vuelta y que plantean como solución profundizar el modelo y no reformarlo para salir de la crisis. Digo esto porque hoy se trata de una izquierda que ha llegado donde está por sus propios medios y no aupada a un caudillo, como fue el caso del apoyo a Ollanta Humala en las elecciones de 2006 y 2011, con los resultados por todos conocidos.


«Una crisis mayor, tanto económica como política, parece estarse preparando y ello podría llevar a un protagonismo de las posiciones de izquierda. Alimentan esta posibilidad las recetas neoliberales de los dos candidatos que pasan a segunda vuelta y que plantean como solución profundizar el modelo y no reformarlo para salir de la crisis.»

Sin embargo, una gran dificultad para un cambio de tendencia en el Perú, además de la fuerza interna de la derecha, es el entorno regional. Si durante una década se miró desde la izquierda con expectativa lo que sucedía en la región con los llamados gobiernos progresistas, hoy se mira su crisis con gran recelo. El punto central se da en torno a la democracia. La derecha ha logrado instalar en la opinión pública peruana la idea de que la crisis de los gobiernos progresistas se debe a que estos han sido dictaduras corruptas al servicio de un caudillo, contrastándolos con la democracia que supuestamente tendríamos en el Perú. Desde la izquierda no hemos sabido, ni tenido el coraje de refutar esta afirmación que hoy nos cae encima con todo su peso. A ello contribuyen las crisis, con sus particularidades, de los diversos gobiernos de izquierda que no parecen hasta ahora encontrar un camino de salida.


«La represión social y el cierre político limitan una característica central de la democracia: la participación de la población. La peruana no sólo es una democracia sin partidos, como han dicho muchos analistas, por la poca legitimidad de la misma frente a la población, sino una democracia sin democratización, en la cual se impide la acción elemental de la misma que es organizarse, movilizarse y plantear con libertad sus puntos de vista.»

En todo caso, estamos ante una nueva oportunidad para cuestionar la hegemonía neoliberal. Esto significa un trabajo de mediano plazo, en el que se deben encontrar nuevos caminos para alternativas tanto económicas como políticas al neoliberalismo, retomando el legado de lo sucedido en la región, pero también aprendiendo de los errores y retrocesos de los que hoy somos testigos.

Luego del triunfo de Kuczynski en la segunda vuelta

El triunfo político de Pedro Pablo Kuczynski en la segunda vuelta electoral en el Perú sobre la favorita Keiko Fujimori se debe a una reacción antiautoritaria de los peruanos, frente al peligro de que vuelva al gobierno la familia Fujimori. Los casi 30 puntos que ha tenido que sumar Kuczynski a su 22 por ciento inicial se deben al apoyo de la izquierda, primero del pueblo izquierdista y luego de la líder del Frente Amplio Verónika Mendoza, que sólo lo hizo en los últimos días. Una buena parte de los peruanos todavía no olvidan las tropelías de la dictadura de Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos en la década del ‘90, ni tampoco la actividad delictiva de la familia Fujimori en uso del poder en la época.


«Una gran dificultad para un cambio de tendencia en el Perú, además de la fuerza interna de la derecha, es el entorno regional. Si durante una década se miró desde la izquierda con expectativa lo que sucedía en la región con los llamados gobiernos progresistas, hoy se mira su crisis con gran recelo. El punto central se da en torno a la democracia. La derecha ha logrado instalar en la opinión pública peruana la idea de que la crisis de los gobiernos progresistas se debe a que estos han sido dictaduras corruptas al servicio de un caudillo contrastándolos con la democracia que supuestamente tendríamos en el Perú.»

Kuczynski ha prometido un gobierno amplio convocando a todos los sectores políticos, sin embargo, es difícil saber cuáles serán sus puntos de unidad del Frente Amplio ya que él es un hombre de negocios proyanqui y con un programa claramente neoliberal. Empero, el apoyo izquierdista es entendible porque Kuczynski, a diferencia de Fujimori, puede preservar mejor los precarios espacios de la democracia peruana muy venidos a menos en los últimos años.

Todo esto hace que debamos seguir preocupados por una situación, tanto económica como social, para la cual Kuczynski ni tampoco Fujimori han planteado soluciones viables. El futuro de la democracia peruana se continúa presentando así difícil, más en una región en la que se han puesto de moda los retrocesos democráticos.

*Doctor en Sociología en el New School for Social Research de Nueva York y Magíster en Ciencias Sociales en FLACSO-México. Ex Embajador de Perú en Argentina.

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