Populismo: un término en disputa

Por Jorge Aleman *

El autor analiza la nueva legitimidad teórica que ha adquirido en la izquierda el término populismo en el marco de la estructura de poder capitalista y lo contrapone a la idea de “auténtica” lucha de clases como camino hacia el socialismo, propia de una posición esencialista.

Desde hace un tiempo el término populismo ha adquirido en la izquierda europea una nueva legitimidad teórica y política. Ya no se lo rechaza de entrada, tal como era usual en su régimen de circulación en los debates teóricos y políticos. Por supuesto, esto no hubiera sido posible sin el impacto teórico de la obra de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, especialmente a partir de esa obra clave del pensamiento político que constituye La razón populista.

No obstante, ahora que el tema circula en los ámbitos de la izquierda, especialmente en la Europa del sur, donde nos encontramos con frecuencia que se considera al populismo como un mal menor, un contenido político empírico que debe ser admitido por las dificultades propias de la coyuntura en su dominación neoliberal, una suerte de entretiempo, hasta que vuelva la “auténtica” lucha de clases y el camino al socialismo. Esta posición esencialista, propia de una metafísica marxista, imagina al populismo como un hecho superestructural que no afecta seriamente a la “base económica” donde de verdad se juega –según esta posición– el verdadero proyecto transformador.


«Especialmente en la Europa del sur, donde nos encontramos con frecuencia que se considera al populismo como un mal menor, un contenido político empírico que debe ser admitido por las dificultades propias de la coyuntura en su dominación neoliberal, una suerte de entretiempo, hasta que vuelva la “auténtica” lucha de clases y el camino al socialismo.»

Si bien debemos reconocer que esta posición esencialista últimamente se ha vuelto más elaborada y sofisticada, sigue siendo notable cómo se ignora el planteamiento de Laclau. En la obra de Ernesto y Chantal no se admite por definición una ruptura total que se imponga por sí misma, no se trata de atemperar o suavizar la naturaleza del proyecto transformador, sino de radicalizarlo a partir de su condición de posibilidad: la construcción de un proyecto hegemónico vehiculizado por una voluntad colectiva; teniendo en cuenta que esta voluntad colectiva, por razones de estructura, nunca está garantizada de entrada, tal como sueña el esencialismo que se autodefine como marxista. El esencialismo marxista desconoce que el Discurso y aquéllo que el mismo engendra y soporta, pulsiones, afectos, rituales o liturgias, no pertenecen a la denominada superestructura sino que constituyen una fuerza material, tan infraestructural como la propia economía que también pertenece al orden de la construcción discursiva de la política.

Por otro lado, las nuevas izquierdas ahora admiten que es necesario para su propio proyecto hacer un claro reconocimiento del papel que juegan las pasiones plebeyas, las pulsiones o el goce de las identificaciones, y que estos elementos constitutivos del ser hablante no pueden ni deben ser regalados a las derechas en sus distintas variantes.

Sin embargo, lo que entendemos por populismo no implica establecer como recurso último de la política a las pasiones, los afectos, los rituales arcaicos o plebeyos. Cuando se lo presenta así, se impone oponer el populismo a la razón ilustrada y los valores republicanos. Pero esto es un malentendido.

Populismo, según la Razón construida por Laclau, nombra la imposibilidad del Discurso de nombrar objetivamente a la totalidad de lo social. Al igual que en la emergencia del sujeto dividido por el lenguaje, lo social se presenta fracturado y dividido en su propia constitución por el Discurso.


«En la obra de Ernesto y Chantal no se admite por definición una ruptura total que se imponga por sí misma, no se trata de atemperar o suavizar la naturaleza del proyecto transformador, sino de radicalizarlo a partir de su condición de posibilidad: la construcción de un proyecto hegemónico vehiculizado por una voluntad colectiva.»

A esta brecha ontológica, no cancelable históricamente por una dialéctica “finalística”, sólo se la puede nombrar a través de nominaciones límites: el número 0, la cosa en sí kantiana, el ser heideggeriano, el objeto a lacaniano, etc. Estos nombres marcan en las respectivas teorías el lugar donde la teoría se detiene frente a un “real innombrable” por la realidad construida simbólicamente. Y, por lo mismo, estos nombres son siempre el resultado de una disputa hegemónica que muestra que nunca hay una totalidad unificable de lo social y que “el antagonismo es el límite de la objetividad”. Se dice límite y no extinción de la objetividad, tal como lo pretendería un relativismo posmoderno.

Este denso problema ontológico alrededor de una división, fractura o brecha no superable dialécticamente es a lo que llamamos populismo. Por ello, es una forma y no un contenido empírico específico de tal o cual estrategia política. Es un “saber hacer” de la izquierda cuando admite que lo social no se puede tratar objetivamente por una Ley Trascendental. Ni siquiera por la lucha de clases cuando se pretende que la misma, sin construcción política mediante, puede transformar la historia.


«El esencialismo marxista desconoce que el discurso y aquello que el mismo engendra y soporta, pulsiones, afectos, rituales o liturgias, no pertenecen a la denominada superestructura sino que constituyen una fuerza material, tan infraestructural como la propia economía que también pertenece al orden de la construcción discursiva de la política.»

A su vez, sobre la insistente analogía entre fascismo y populismo, es pertinente señalar que el fascismo se presenta como un proyecto homogeneizador que pretende alcanzar una totalidad plena siempre amenazada por la excepción que la socava desde adentro: extranjeros, inmigrantes, judíos, etc. Totalmente diferente de la heterogeneidad y la diferencia irreductible de la cadena equivalencial y su articulación hegemónica planteada en La Razón Populista. La hegemonía siempre está agujereada, es inestable y heterogénea, y no se puede clausurar en identidad alguna. La hegemonía, en este aspecto y en su punto de partida, es el grado cero de la homogeneidad. Su construcción sólo es posible si se parte de diferencias que nunca se reabsorben en la cadena equivalencial que hace posible a la voluntad popular y que de un modo contingente irrumpe en el proceso histórico. Desde esta perspectiva, no aceptamos que exista un “populismo de derechas”. En el sentido riguroso en que Laclau presenta su lógica hegemónica no es pertinente decir por ejemplo que el lepenismo es un “populismo de derechas” y que Podemos es “populismo de izquierdas”. Es una descripción que sólo retiene los aspectos descriptivos del asunto y no la cuestión formal que está implicada en la articulación hegemónica del populismo de izquierda.


«La hegemonía siempre está agujereada, es inestable y heterogénea, y no se puede clausurar en identidad alguna. La hegemonía, en este aspecto y en su punto de partida, es el grado cero de la homogeneidad. Su construcción sólo es posible si se parte de diferencias que nunca se reabsorben en la cadena equivalencial que hace posible a la voluntad popular y que de un modo contingente irrumpe en el proceso histórico.»

En cuanto a quienes enfrentan al comunismo cómo posibilidad más radical y auténtica que el populismo, habría que plantear si nos referimos al comunismo en su realidad histórica, como en los casos de la Unión Soviética o China, admitiendo que en esas revoluciones aún habita en reserva algo por descifrar sobre lo que es una irrupción igualitaria en el tiempo histórico. Sin embargo, sólo si el comunismo es otra cosa que ese “ser histórico” y es un saber hacer con lo Común de los seres hablantes, entonces el populismo es el camino siempre inconcluso por estructura y no por déficit alguno al comunismo o incluso habla del mismo proyecto emancipador.


«El capitalismo definitivamente es la estructura de poder del mundo contemporáneo, homogéneo, circular, capaz de borrar cualquier diferencia o heterogeneidad y, por tanto, es un Poder y no una Hegemonía.»

Pero todos estos apuntes sólo son válidos si se admite que habitamos, en el sentido fuerte de la expresión, en la época del capitalismo. En definitiva, un poder que es capaz de homogeneizar cualquier tentativa política a su favor. En este aspecto, éste vendría a ser otro malentendido, el capitalismo definitivamente es la estructura de poder del mundo contemporáneo, homogéneo, circular, capaz de borrar cualquier diferencia o heterogeneidad y, por tanto, es un Poder y no una Hegemonía.

*Psicoanalista y escritor

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