¿Por quién Doblan las Campanas? La nueva política Exterior de los EE.UU

Por Jorge Elbaum

La asunción de Donald Trump supone un cambio estratégico en la relación de América Latina con Estados Unidos. La irrupción del nuevo presidente implica el triunfo de la fracción menos globalizadora de su elite económica, históricamente partidaria de una política de expansionismo bélico, de control militar geoestratégico de los recursos naturales y de posicionamiento unipolar. La fracción desplazada –momentáneamente— responde a una lógica de expansión basada en la transnacionalización de las cadenas de valor (que busca beneficios laborales, impositivos y de acceso a recursos naturales) y en la concomitantes financiearización que sirve como garantía de liquidez para dicha internacionalización. Este último modelo motorizaba la difusión de redes institucionales   de libre comercio y de inversión directa que terminaron convirtiendo a la República Popular China, en el lapso de cuarenta años, en la economía de mayor crecimiento internacional agregado. Este incremento de la competitividad implicó dos retos complementarios para el orden mundial: por un lado, el deterioro de las condiciones de los trabajadores de los países más desarrollados – castigados por la deslocalización productiva generada por el intento de reducir los costos laborales—, y por el otro, el desafío a la hegemonía estadounidense a partir del traslado del eje del comercio internacional hacia el sudeste asiático.

Donald Trump se enfrenta a la lógica “globalista” de acumulación capitalista que abarató la fuerza de trabajo, derivó ingentes capitales de la inversión productiva hacia los mercados financieros, gracias a la inestimable colaboración de las desregulaciones estatales, garantizadas por el estado neoliberal, fundantes de diversas burbujas especulativas. Ese dispositivo fue utilizado para disciplinar la fuerza de trabajo, sometiéndola a la extorsión de la desocupación y la reducción de la capacidad de los sindicatos para negociar mejoras salariales y de condiciones de trabajo. Gracias a la desregulación financiera, las corporaciones lograron escapar de las paritarias, las huelgas y los desafíos proveniente del mercado laboral.

El modelo antisistema que expresa la nueva derecha “americanista” se encuentra sin embargo en un atolladero minado por las corporaciones trasnacionales: ninguna empresa está dispuesta a reducir sus tasas de ganancias en nombre de un “nacionalismo” mercantilizado, ni la lógica financiera está dispuesta a limitarse en nombre del mejoramiento de las condiciones laborales de los trabajadores estadounidenses. La única solución con la que cuenta Trump, parece ser, es relanzar la lógica guerrerista –cíclica, característica de la historia de Washington– como locomotora económica, y al mismo tiempo como forma de reordenamiento de un mundo cada vez multipolar, que desafía el entorno geoestratégico planteado por el pentágono.  La guerra es una de las formas en las que el capitalismo ha maximizado sus ganancias. En la actual fase de “jerarquización forzada”, el complejo industrial militar pretende reordenar el tablero mundial con el objetivo de lograr algunas de las ventajas “perdidas”. Esto supone la elección del camino del unipolarismo, expresado recientemente por el abandono de EE.UU del Acuerdo de Cambio Climático y las críticas a la Comunidad Europea por su política comercial industrialista. Esta adaptación de la política exterior de Trump es utilizada –además—para poner en evidencia las nuevas innovaciones armamentistas, que se ocupan de aleccionar (y disciplinar) a quienes se resisten a respetar “sus” reglas del juego internacional. La utilización de la bomba “más poderosa jamás construida” en Afganistán, por parte de la aviación estadounidense, es un ejemplo del novedoso marketing bélico dispuesto por los “Think-Tanks”, enmarcados en discursos supremacistas y despreciativos hacia cualquier forma de posicionamiento ambientalista.

América Latina, junto al sudeste asiático y el Medio Oriente, son los tres pilares de ese relanzamiento político belicista, sustentado básicamente en la necesidad imperiosa de retomar el control de la gobernanza internacional. La flota marítima desplegada recientemente frente a las costas de Corea del Norte cumple el mismo rol que la base ubicada en Qatar (la más grande de medio oriente), desde donde –curiosamente—trasmite Al-Jazzera, la cadena de noticias alternativas a la mirada de “occidente”, motorizada por los conglomerados mediáticos oligopólicos mundiales.  El 25 de mayo, el destructor USS Dewey recaló en los arrecifes de Mischief, en el mar del sur de la china, en la cercanía de Corea del Norte. En esa zona, la República Popular China construyó islas artificiales donde residen los hangares de gran parte de su flota de bombarderos estratégicos.   Por la misma época, en el marco de la gira de Trump por Medio Oriente, Estados Unidos efectivizó la mayor venta de armamento de su historia –en contrato único—  ante la autocracia wahabita de Arabia Saudita, por un total de 110 mil millones de dólares, comprometiéndose a vehiculizar convenios posteriores por un total de 380 mil millones de dólares. El acuerdo suscripto (qué implica el mayor monto total de venta de armas en la historia) supone aspectos de seguridad y de ciber inteligencia claramente enmarcados en los conflictos que entre Arabia Saudita e Irán, por la hegemonía al interior del mundo musulmán.

La ofensiva sobre América Latina, –que ha sido una de las regiones menos sumisas al control estratégico de Washington desde los inicios del siglo XXI– se expresa en el nuevo endurecimiento contra Cuba, a quien se acusa de “comerciar con Corea del Norte” y no responder a los estándares democráticos. Y tiene, como es de esperar, un fuerte componente miliar basado en tres aspectos: por un lado, la oferta de material bélico, y por el otro, la estrategia de cooptación de funcionarios civiles y militares ligados a las fuerzas armadas, actualizando el modelo ejecutado en los años ´70 y ´80 del siglo pasado, en la denominada “Escuela de las Américas” instalada en Panamá.  Por último, la instauración de modelos estratégicos de resolución de situaciones conflictivas a partir de la realización de ejercicios militares combinados.

A principios de junio se iniciaron los ejercicios militares conocidos con el nombre de “Tradewinds 2017” frente al territorio caribeño de la República Bolivariana de Venezuela, exactamente a 11 kilómetros de su frontera. Los ejercicios se desarrollan dos meses después que el jefe del Comando del Sur de los Estados Unidos, el Almirante Kurt W. Tidd, solicitara ante el Senado de su país “respuestas” ante la “creciente crisis humanitaria en Venezuela”, consignado además el peligro de la presencia de Rusia, China e Irán en la región, ante lo que se “debe prestar atención, sobre lo que está sucediendo en América Latina.” El despliegue, enunciado por el “Comando Sur” del pentágono estadounidense, referido a los ejercicios en las costas de Venezuela, es descripto como como “una maniobra multinacional de seguridad marítima y respuesta a desastres” incluye dos fases, destinadas a que los países “socios colaboren en maniobras conjuntas para contrarrestar el crimen organizado trasnacional, el terrorismo y las operaciones de socorro en casos de desastre”. Por su parte, los ejercicios combinados con las Fuerzas Armadas de Brasil, Perú y Colombia –dentro del perímetro de la triple frontera que comparten–, se realizarán en noviembre próximo, y se convertirán en el primer capítulo de los acuerdos afianzados entre el gobierno de Temer y los EE.UU.  La “Operación América Unida” (ese es su apelativo) supondrá simulaciones militares por el lapso de diez días, a ejecutarse en una “base temporal” ubicada en la intersección de las fronteras de dichos países.

Las nuevas tensiones que devienen de este reacomodamiento y endurecimiento de las políticas del Departamentos de Estado, implican grandes desafíos para América Latina y para la humanidad toda. En la medida que la lógica de las armas y de la guerra se vuelvan  a convertir en las lógicas prioritarias de la política internacional, los peligros de conflagraciones y crímenes masivos se empiezan a percibir como más probables. Las campanas, otra vez, suenan por nosotros.

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