Resurgir del “Fin de la Historia” desde las izquierdas y el contexto político de Venezuela y América Latina

Por Francisco González *

El profesor venezolano da cuenta del desarrollo de diversas corrientes político-filosóficas de izquierda que ante el retroceso de los gobiernos progresistas latinoamericanos auguran su crisis terminal. En este marco, la descripción de la experiencia venezolana actual arroja un estado de la cuestión en tiempos de la contraofensiva conservadora a nivel regional.

Se ha visto con mucha suspicacia durante los últimos meses, a partir de los triunfos electorales de partidos políticos de derecha en algunos países de América Latina, una especie de consenso de pensadores críticos con una idea de “fin de ciclo progresista”, “crisis de las izquierdas”, y otras expresiones que pareciesen estructurar corrientes político-filosóficas parecidas al “Fin de la historia” de Fukuyama [1] en los noventa, pero desde la izquierda.

En Venezuela algunas de estas corrientes se autodefinen como oposición de izquierdas al gobierno de Nicolás Maduro. Otras proponen la lucha desde dentro del proceso revolucionario, pero lo cierto es que la mayoría de ellas han pertenecido al equipo político que llegó al poder con el ascenso de Hugo Chávez en 1998. Cabe observar aquí si tienen o no la capacidad de hacer una autocrítica constructiva con respecto a este detalle.

Este acontecimiento sin embargo, no cierra la posibilidad del debate y análisis coherente con respecto a la situación interna de los movimientos y partidos políticos de izquierda en el continente y la búsqueda de la solución a los complicados problemas que se han profundizado en la región desde hace unos cuatro años aproximadamente luego de un periodo de varios años de crecimiento. No podemos obviar aquí la crisis económica mundial de los países industrializados, que ha impactado en la economía china y por ende la merma en la compra de materias primas en América latina. Derivado de esto algunos analistas se han dedicado a describir la situación de auge de estos movimientos populares en el continente como una consecuencia del aumento del precio de los commodities, cuando han sido las políticas de dichos movimientos y partidos políticos en el poder los que invirtieron la relación de precios bajos de estos recursos de la década de los noventa. Este análisis economicista no responde a la pregunta de cómo ocurren dichos procesos, por lo que se hace necesario adentrarse en los contextos internos de cada país, los programas políticos de estos gobiernos en ejecución y la participación real o no del movimiento popular en cada uno de estos ámbitos. También es verificable en la historia que en estos períodos de efervescencia de los movimientos populares los intereses de los países más industrializados como Estados Unidos y algunos de Europa, al mismo tiempo giran en torno a las empresas cuyas casas matrices se encuentran en sus territorios y sus políticas hacia los primeros se hacen muy reactivas.

La década de los noventa, por ejemplo, no se caracteriza precisamente por la participación de los pueblos organizados en las decisiones sino más bien por ser una época en la que la mayoría de los gobiernos aplicaron políticas de reformas estructurales que generaron pobreza, exclusión y desmantelamiento de los estados nacionales. Luego de la llegada al poder de gobiernos con un claro discurso antineoliberal como Chávez en Venezuela, Evo Morales en Bolivia, Lula en Brasil, Néstor Kirchner en Argentina, entre otros, vimos llegar y sentirse comprometidos con estos proyectos que han defendido la idea de que “Otro Mundo es Posible”, a algunos “pensadores críticos” que hoy se desahogan escribiendo en distintos medios internacionales la idea de que estas propuestas alternativas han llegado a su fin.


«Algunos analistas se han dedicado a describir la situación de auge de estos movimientos populares en el continente como una consecuencia del aumento del precio de los commodities, cuando han sido las políticas de dichos movimientos y partidos políticos en el poder los que invirtieron la relación de precios bajos de estos recursos de la década de los noventa.»

El mismo Fukuyama, sin dejar de ser conservador, se ha desmarcado, en su libro “América en la encrucijada” de la política guerrerista de Estados Unidos, luego de la invasión de Afganistán e Irak. Surge entonces la pregunta sobre qué ha pasado con las líneas de pensamiento autocríticas dentro de estas corrientes de izquierda progresista o antisistémicas con respecto a su responsabilidad en las “crisis” actuales de los gobiernos del cambio de época.

Este panorama no debe hacer perder el análisis sobre las posibles razones que han generado este escenario. En el contexto de Venezuela, después de las elecciones parlamentarias del 6 de diciembre de 2015, la alianza de izquierdas que se nuclea en torno a Nicolás Maduro, el Gran Polo Patriótico, sufrió una contundente derrota por parte de la coalición conservadora de centro derecha llamada Mesa de la Unidad Democrática. La autocrítica se instaló entonces en el discurso del venezolano de a pie más aún que en las dirigencias de los partidos de izquierda. El 7 de diciembre muchas de estas corrientes de base social organizada exigían en asambleas espontáneas, que se sucedían en las calles del centro de Caracas, una profunda revisión de las políticas de los líderes del gobierno, que al mismo tiempo ostentaban los altos cargos políticos, para que corrigieran sus acciones o renunciaran a sus espacios de poder. El mismo presidente Maduro se apareció personalmente en una de estas manifestaciones frente a Miraflores, el palacio de gobierno en Venezuela.


«Surge (…) la pregunta sobre qué ha pasado con las líneas de pensamiento autocríticas dentro de estas corrientes de izquierda progresista o antisistémicas con respecto a su responsabilidad en las ‘crisis’ actuales de los gobiernos del cambio de época.»

Esto ocurría porque el chavismo, desde su ascenso al poder en 1998, rompió con la hegemonía de los dos partidos que habían copado la escena política por cuatro décadas, Acción Democrática y COPEI. En el período de dieciséis años con al liderazgo de Chávez se hizo costumbre electoral, elección tras elección, que se arrollara a la oposición de manera contundente.
Era impensable para muchos analistas, incluso de derecha, que la correlación de fuerzas se volteara a favor de la MUD de esta manera, algunos incluso llegaron a decir de manera deliberada que se quedaron sorprendidos ya que en sus “certeros análisis” daban por ganador al chavismo aunque fuera por un mínimo margen. Esta nueva situación podría ser resultado de la desaparición física del líder del proceso, el Comandante Hugo Chávez en 2013, otros lo endilgan al natural desgaste de un movimiento político en el poder por tanto tiempo; pero más allá de todas estas apreciaciones, la situación de Venezuela y de los países que pertenecen al bloque de experiencias con gobiernos alternativos hay que evaluarla desde distintos ángulos: políticos, económicos, sociales y hasta culturales para entender estas nuevas realidades de contraofensivas conservadoras en América latina.

En el caso de Venezuela, que hace unos años se había convertido en la punta de lanza de la política más radical y avanzada con su propuesta de Socialismo del siglo XXI como modelo antineoliberal para la región y el mundo, paulatinamente y luego de manera más acelerada, este protagonismo parece que ha ido cediendo espacio. Esto no quiere decir que la tesis del fin de la historia desde las izquierdas debe imperar en los debates de discusión crítica, al menos dentro de Venezuela, sino que hay que situar a cada uno de los procesos de emancipación de los últimos años en sus justas dimensiones y de acuerdo a las idiosincrasias y características de cada país y sus liderazgos. Vemos por ejemplo que en Argentina, a partir del ascenso al poder del conservador empresario Macri a finales de 2015, ha crecido el activismo de calle de movimientos sociales y sindicales que defienden las reivindicaciones ganadas en los años del kirchnerismo, ya que la política regresiva de ajustes por parte del PRO va ceñida a una agenda impuesta por las trasnacionales y grupos económicos de poder desesperados en volver a controlar el espacio que han sentido perdido por doce años. Macri no es más que un agente ciego y fiel de esos intereses. Esto se percibió claramente en aquel famoso debate televisivo de cierre de campaña en el cual arremetió contra Venezuela, hablando de la supuesta violación de derechos humanos por lo que exhortaría a los otros miembros de MERCOSUR a aplicar la cláusula democrática contra este país apenas llegara al poder aunque una cosa es el discurso en campaña y otra muy distinta a cargo del aparato de gobierno.


«La situación de Venezuela y de los países que pertenecen al bloque de experiencias con gobiernos alternativos hay que evaluarla desde distintos ángulos: políticos, económicos, sociales y hasta culturales para entender estas nuevas realidades de contraofensivas conservadoras en América latina.»

Algo similar estamos viendo en Brasil luego del golpe de estado institucional que costó la presidencia de Dilma Rousseff por la mayoría conservadora en el Senado. Un montaje del vicepresidente Temer que había acompañado con el Partido del Movimiento Democrático Brasileño al PT de Lula y Dilma en la fórmula de gobierno. Los movimientos sociales de la ciudad industrializada de Sao Paulo, de donde proviene el liderazgo de Lula en su militancia de años de lucha reivindicativa de los trabajadores en los sindicatos metalúrgicos, son los que han ido levantándose en contra de las políticas de ajuste regresivas del gobierno interino de Michel Temer. Estos movimientos son los que en principio habían sostenido la tesis del golpe de estado institucional contra la democracia de Brasil y al mismo tiempo habían sido testigos de la deficiente construcción de estructuras alternativas al poder en Brasil por parte del PT. El mismo PT lo ha dicho en sus últimos congresos en medio de la crisis actual del gigante del sur.


«Hay que situar a cada uno de los procesos de emancipación de los últimos años en sus justas dimensiones y de acuerdo a las idiosincrasias y características de cada país y sus liderazgos.»

En Bolivia la avanzada conservadora toma otros matices. Si bien continúa el gobierno de Evo Morales con su vicepresidente García Linera, luego de perder en febrero de 2016 en un referéndum consultivo sobre la posibilidad de reformar la Constitución para una nueva postulación de Evo a las presidenciales de 2019, el mismo Evo ha radicalizado su discurso a partir de una profunda revisión de sus políticas departamento por departamento a fin de evaluar qué fue lo que pasó allí. En las voces de la militancia crítica del partido de Evo, el MAS, se pueden encontrar visiones que hacen ver la burocratización de muchos cuadros que al ascender al poder se han acomodado en las altas esferas del gobierno pero al mismo tiempo ven una oportunidad de surgimiento de nuevos cuadros con mentes frescas que junto a la experiencia de Evo y Linera darían un matiz distinto a la política de izquierdas en Bolivia de aquí hasta las próximas presidenciales.

En Venezuela, como dijimos en líneas anteriores, a partir del llamado “6D” las luchas estructurales de macro y micro poder dentro del chavismo como en la oposición han tomado otras dimensiones hacia lo interno y externo. La experiencia de estos años ha demostrado que es imposible un proyecto político autonomista para el país si no va unido de la mano con la propuesta de integración regional y en consonancia con los intereses de los pueblos. En los noventa, si bien se hablaba de integración, lo cierto es que las políticas de reformas estructurales utilizaron las plataformas de MERCOSUR para aplicar las políticas de ajuste. La misma CEPAL, que había nacido al calor del pensamiento estructuralista en los años cincuenta y el regionalismo cerrado, mutó en los años noventa hacia políticas de apertura al flujo de capitales foráneos que venían de los países industrializados. Menem en Argentina y Carlos Andrés Pérez en Venezuela serían dos de los defensores de estas reformas.

La aparición de Chávez en la escena política derivó del desgaste del discurso neoliberal que promovían los partidos políticos dominantes, Acción Democrática y COPEI, desde el llamado “Puntofijismo”. Chávez pudo comprender esta deslegitimación de los partidos clásicos y propuso a través de su movimiento MBR 200 (Movimiento Bolivariano 200), luego MVR (Movimiento Quinta República) su agenda alternativa bolivariana que lo hizo llegar al poder en 1998. El discurso de Chávez se estructuró muchas veces en torno a movimientos sociales que habían luchado contra el status quo por más de cuarenta años.


«La experiencia de estos años ha demostrado que es imposible un proyecto político autonomista para [Venezuela] si no va unido de la mano con la propuesta de integración regional y en consonancia con los intereses de los pueblos.»

Las simbologías de representación del poder con Chávez tomarían matices movimentistas en contra de las estructuras clásicas de sistema de partidos en Venezuela. Esta fue la clave de su éxito. Esta crisis de representación de los partidos venezolanos en los años noventa comenzó a manifestarse en la aplicación de políticas de reformas de Carlos Andrés Pérez con su propuesta electoral en 1998 que lo hizo llegar al poder en diciembre de aquel año, “El Gran Viraje”, lo que implicaba la aplicación literal de políticas economicistas emanadas desde el Consenso de Washington y su famosa “Carta de intención al FMI”, lo que hizo explotar el caracazo.

El 28 de febrero de 1989, días después de asumir el poder, se firmaba en Washington la Carta de Intención al FMI por parte del gabinete económico conservador de Carlos Andrés, formado en las universidades ultraliberales de Estados Unidos. El día anterior se había desencadenado el caracazo. El pueblo venezolano había salido masivamente a la calle y de manera espontánea en contra de las políticas de ajuste arrasando con todo. Sin embargo, el día posterior se firmaría de igual manera esta carta de intención para pedir préstamos al Fondo Monetario Internacional. La crisis de representación de los partidos iba en aumento. La propuesta de esa agenda alternativa a los ajustes de los noventa catapultó la carrera de Chávez en 1998 hasta llegar a la presidencia.

En la actualidad se puede percibir en Venezuela un cierto desgaste relativo de los partidos en los que se nuclea el chavismo, pero también ocurre en la oposición, cuya representación mayoritaria en el Parlamento eligió como Presidente a uno de los políticos de más experiencia en la llamada Cuarta República cuando gobernaban los adecos antes de aparecer Chávez. El discurso de esta corriente conservadora dio un ultimátum al gobierno de Maduro apenas asumieron esos espacios en el Parlamento unicameral venezolano. Hablaban de que en seis meses sería el plazo para salir del gobierno socialista. Lo que no se sabía era si saldría por referéndum consultivo, contemplado en la Constitución venezolana, o por golpe de estado como lo hicieron en 2002.

En este semestre hemos presenciado todas las maniobras posibles, dentro y fuera de Venezuela para causar la salida Maduro. En enero de este mismo año asesinaron a un conocido periodista militante de las fuerzas del chavismo y las últimas pericias condujeron a esclarecer que todo fue perpetrado por bandas criminales en conjunción con las policías de los barrios ricos de Caracas donde gobierna un alcalde conservador. Otros casos emblemáticos tienen que ver con el asesinato de policías de alcaldías del chavismo y de militares, de manera selectiva, con el mismo modus operandi, cooptación de bandas delictivas paramilitares y las mismas policías de las zonas de clase alta de Caracas. Este tipo de acciones distorsionantes de la paz social por parte de sectores de la oposición son percibidas por el pueblo venezolano, acostumbrado por muchos años a participar en política en Venezuela, y como consecuencia levanta la moral y genera movilización en las filas de la militancia chavista.

El gobierno de Maduro puso en práctica recientemente la “Operación Liberación y Protección del Pueblo” (OLP) como un plan para contrarrestar el dominio y amedrentamiento de estas bandas de delincuentes y paramilitares que han ido controlando territorios en los sectores populares de Caracas y otras ciudades de Venezuela. En medio de este conflicto los medios de comunicación, controlados por las transnacionales de comunicación, han jugado un papel preponderante al pretender hacer ver a través de sus mecanismos de difusión, radio, televisión, Internet y hasta el cine, que dicho plan es violatorio de derechos fundamentales de los criminales líderes de estas bandas que pagan, ejecutan, extorsionan y controlan poder político. Sobre esto último no dicen nada.

Aunado a esto tenemos el problema de los alimentos y medicinas que escasean ya por todo el territorio nacional, lo que ha contribuido a la proliferación de colas enormes y el surgimiento del “bachaqueo”, como se llama popularmente a la compra y reventa de productos subsidiados y no subsidiados por grupos empresariales económicos desde las altas esferas de inversión, dentro y fuera del estado, que llega hasta los vendedores ambulantes.

Toda la cadena de importación, distribución y compra-venta de casi todos los productos adquiridos fuera y producidos en Venezuela cayeron en esa espiral de mercado negro, aupada por las mafias de cambio de divisas que desde Cúcuta, en Colombia, han generado que el diferencial entre el precio de la moneda venezolana, el bolívar, y el dólar sea cada vez más amplio debido también a la baja de los precios petroleros y a escasez de divisas en el país.

Los mecanismos de control de cambios en Venezuela, si bien al principio buscaban evitar una estampida de dólares durante el gobierno de Chávez, durante el gobierno de Maduro sucesivas devaluaciones, en un país que depende tremendamente de las importaciones hasta de los productos básicos de consumo, como alimentos y medicinas, junto a la entrega discrecional de divisas por parte de funcionarios corruptos en conjunción con empresarios que buscan la riqueza fácil, ha llevado al desbarajuste de la economía. Esto lo podemos verificar en los últimos datos publicados en el Instituto Nacional de Estadística y el Banco Central de Venezuela, donde se puede ver claramente que la aceleración del desabastecimiento, sumado a subidas inflacionarias, tiene su tope en momentos de crisis políticas más que económicas, como quieren hacer ver algunos economistas de corriente opositora. Según estos, el problema de la economía de Venezuela tiene que ver con la aplicación de la Ley de Precios Justos que solo permitía una ganancia neta de 30% a los empresarios. En la realidad concreta los precios están por encima del 500% de su valor original y la asignación de divisas para importaciones ha crecido, incluso luego de la desaparición física de Chávez. Más del 70% de las importaciones dependen del empresariado privado y este sector, de una manera u otra, ha sido beneficiado con la asignación de divisas para importación en un país tan dependiente históricamente del rentismo petrolero pero también de importaciones de los países que claramente no se identifican con el proceso venezolano. Todo esto se conjuga en una especie de tormenta perfecta.

El común de los venezolanos en la calle culpa al gobierno de Maduro en mayor cuantía por esta situación. Pero si bien es cierto que hay responsabilidades de algunos funcionarios, esto también ocurre por las mafias empresariales privadas que promueven estas importaciones fraudulentas de productos que algunas veces son de mala calidad o están vencidos o sobrevaluados en mercados internacionales con tal de obtener su porcentaje de ganancias. Esto tiene que ver con una hábil campaña mediática de simplificación del problema de parte de los aparatos mediáticos dentro y fuera de Venezuela aunado, en contrapartida, a la débil explicación por parte de los medios oficiales de la guerra económica.

La situación de desabastecimiento se puede transpolar a niveles locales de distribución. En la calle mucha gente ha optado por comprar productos que escasean y revenderlos sobrevaluados hasta un mil por ciento o más de su valor original. Sin embargo, algunas veces, para solventar el día a día no se tiene otro remedio que comprarlos a ese precio. Esto es una bomba de tiempo que a veces explota cuando oportunistas políticos de derechas, queriendo aprovechar el tedio y cansancio de la gente por horas en las colas para comprar alimentos o artículos de primera necesidad, aúpan saqueos y robo de productos de los locales comerciales.

En algunas ocasiones de descontrol por parte de la población el gobierno ha optado por sacar a la Guardia Nacional y las policías para evitar que este problema llegue a un nivel mayor, lo que ha generado en ciertas oportunidades encuentros fuertes entre estos organismos del estado y la población, a veces de manera espontánea, otras generadas por grupos de oposición política de base y es en este momento en que los medios de comunicación controlados por la derecha venden fuera del país que hay un problema de crisis humanitaria, de salud y alimentos y violación de derechos humanos. Lo cierto es que el pueblo venezolano, a pesar de esta situación tan delicada, en la mayoría de los casos hace las colas para adquirir los alimentos y productos de primera necesidad subsidiados sin generar turbulencia.

La situación no es la misma de los años ochenta donde había bajo nivel adquisitivo, lo que imposibilitaba la compra de productos y generó el caracazo. Hoy en día existe mayor nivel adquisitivo pero no se consiguen los productos, de allí que el gobierno para paliar este dilema ha propuesto crear en las bases del chavismo los comités locales de abastecimiento y producción (CLAP). Estos comités se organizan en un ámbito geográfico de los sectores populares donde se encuentran los consejos comunales, que abarcan entre 300 y 450 familias y en algunos casos hasta 600. Los medios de comunicación conservadores ya han comenzado su ataque hacia estos organismos tildándolos de parcializados a beneficiar a los sectores populares. Y es en esos sectores de la sociedad venezolana donde precisamente ha arreciado con más contundencia el desabastecimiento de productos de primera necesidad.

Junto a las matrices de opinión generadas desde las empresas mediáticas corporativas, el actual Parlamento de Venezuela se ha conjugado con las instancias de integración regionales como la OEA en principio, y ahora con el MERCOSUR, para buscar la manera de generar una abierta intervención foránea, primero política pero también militar hacia Venezuela. Aupados por estos triunfos de las derechas latinoamericanas y en conjunción con un sistema de organismos internacionales estructurado a la usanza de los países industrializados, el gobierno revolucionario se encuentra en una disyuntiva de buscar alianzas que cada vez se van moviendo hacia sus intereses particulares y alejan del ideal de unión continental desde la época de la independencia.

Los intelectuales de izquierda, entonces, deberían pensar mejor lo que dicen porque sus discursos son utilizados por las derechas oportunistas para sus intereses económicos. Deberían ver con más cuidado que nuestros pueblos tienen una larga historia antiimperialista que en los últimos veinte años ha vuelto a ser ejemplo en el mundo conflictivo y guerrerista en que vivimos.


«Los intelectuales de izquierda (…) deberían pensar mejor lo que dicen porque sus discursos son utilizados por las derechas oportunistas para sus intereses económicos.»

*Abogado y magister en Integración Latinoamericana. Profesor de la Universidad Central de Venezuela (UCV) y de la Universidad Bolivariana de Venezuela (UBV).

Notas al pie:

[1] Fukuyama Francis (2007) América en la Encrucijada, Ediciones B, Barcelona.

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