Temas de conversación

     Por Ariel Colombo

     El mundo parece haberse convertido en un paquete sospechoso, pero solo en parte es así.

    EE.UU finalmente encontró el terrorista pero no el que buscaba, al que ni siquiera ha hecho frente y ha preferido no parar la maquinaria. Aunque la crisis sea su forma de funcionar, al capitalismo le parece intolerable que la sociedad deje trabajar por un mes. El imperio termina como todo genocida, volviéndose suicida.

   Sabemos que el capital ofrece a cada vez menos trabajadores el privilegio de ser explotados, pero es evidente que depende peligrosamente de actividades “esenciales”, que no tienen que ver con el cognitariado. Que ya no será el factor salvífico del capitalismo ni tampoco su liquidador como se pensó. Los laboratorios trabajan contra reloj por una vacuna que resulte un buen negocio, y los médicos no han hecho causa común contra ellos. Es que por encima del intelectual general toda la humanidad es objeto de un experimento que pone a prueba la continuidad de muchas certezas teóricas.

    El riesgo fundamental es el ciudadano que quiere cuidar su salud adhiriendo a una “huelga general permanente”. La financiarización, antes del virus mutante, ya no podía solventarse endógenamente con los mercados de futuro, y apenas la humanidad empezó a cuidarse a sí misma tuvo que aterrizar en la economía real. El gobierno de Trump (el mismo que apostaba a la reindustrialización) lanza por enésima vez la socialización de las pérdidas, y con ello la inversión financiera se resguarda en las acciones de las empresas de producción, con el curioso espectáculo de que las cotizaciones bursátiles se elevan mientras las empresas se caen.

    Lo anterior es cierto, pero para esta parte del mundo. El futuro no nos es completamente desconocido, y la incertidumbre no nos obliga a fantasear de cualquier manera y hacernos los rulos con las debilidades catastróficas del capital. Si el virus obliga a fortalecer el rol del Estado no será por nada de lo anterior. El capitalismo esta más fuerte que nunca, amparado por un Estado comunista que ha reiniciado hace mas de 30 años su fase de expansión material en Oriente, solapada con una fase de contracción financiera en Occidente. Es la quinta vez que nos pasa, esto es, que el capitalismo se desplaza a un nuevo cuartel general.

Según la modelización de Giovanni Arrighi, a la que tantas veces hemos aludido en las notas de Horizontes del sur1, cuando se sobreacumula más capital del que pueden invertir rentablemente, los capitalistas buscan una escala geográfica y estructural ampliada, siempre que sean atraídos por la concentración de poder en un Estado capaz de crear la infraestructura física y social interna y de recrear un sistema interestatal sin beligerancias incontrolables en la disputa por mercados. El pasaje del ciclo genovés-ibérico al holandés a mediados del Siglo XVI, del holandés al británico a mediados del Siglo XVIII, del británico al estadounidense a principios del s. XIX, y del estadounidense al chino a principios del s. XXI, supusieron todos gran concentración de poder en un Estado que ampliaba geográfica y demográficamente una nueva escala de acumulación capitalista.

     Este desplazamiento de capitales a China inició hace unos 25 años la gran transición que corre de la secuencia financiera endeudadora del cuarto ciclo del capitalismo a la secuencia material, productiva “keynesiana” del quinto. El declive político de Estados Unidos comenzó con la burbuja punto.com y con el surgimiento del chavismo a fines del siglo pasado. En contraposición a ciertas opinones, este declive no se inicio con el derrumbe de las Torres gemelas, instancia que brindo la oportunidad de nuevas guerras, aunque sin ganar ninguna y por las que perdió a sus viejos aliados y toda la credibilidad de sus amenazas extorsivas.

    En China el capitalismo se fortalece más y mejor que nunca, y avanzará en los próximos años hacia un nuevo sistema de Estados de bienestar intervencionistas, al modo social – demócrata o nacional-popular de los años 30´a los 60´. En este contexto recién inaugurado se inscribieron las estrategias de Hugo Chávez, Néstor y Cristina Kirchner, Lula da Silva, Correa y Evo. Alberto Fernandez se equivoca si no reivindica la totalidad de los 12 años ganados, porque tendrá que reiterarlos si quiere sobrevivir políticamente a las reacciones de retaguardia del neoliberalismo en retirada, por más que solo demoran lo inevitable.

   El papel del kirchnerismo es ahora pensar y organizar los cuadros para el nuevo Estado de bienestar en ciernes, con empresas públicas en áreas rentables que permitan prescindir sustancialmente de la recaudación tributaria (que ni la evasión ni el desempleo sea más el arma política de la derecha); que los bancos no sean más el enclave de la especulación y de la fuga, y si un servicio público con capacidad de dirigir los ahorros a las acciones de un sistema de cooperativas que compitan en el financiamiento de sus proyectos (a la manera John Roemer); que cambie la moneda de referencia acorde al nuevo liderazgo mundial y se establezca una alianza de largo plazo con China en relación a un plan de infraestructura; del mismo modo que impulse la misma política en América latina, país por país, con cabecera de puente en los aliados que ya existen y se fortalecerán en el escenario posvirus; que instrumente la reducción del tiempo de trabajo (a la André Gorz), y el salario básico garantizado independiente del empleo (a la Pihilippe van Parijs); que ejecute en serio una agenda ecologista ( a la Joan Martinez Allier) y feminista (a la Nancy Fraser) con logros que sean irreversibles. Etc. Etc.

   La reconexión de la vida social con la inversión productiva, dejando atrás el ahorro en dólares como pesadilla autodestructuiva, modificará radicalmente el lenguaje y los medios de comunicación, que hablan y hacen hablar con la lógica financiera. El secreto de la mutación cognitiva lo ha sacado a la luz entre otros el Bifo Berardi, que opone lo conectivo a lo conjuntivo. Se trata de la captura del lenguaje en la red digital por la cual las reglas de significación preexisten al significado, que hacen de la conexión un proceder automatizado que nos pone fuera de la política y de la moral, mientras que el lenguaje conjuntivo no está obligado a ajustarse a un orden externo al proceso significante. Los neo-humanos conectivos se integran a un comportamiento de enjambre, y cada vez necesitan menos signos para expresarse. El sentido es producido en concordancia con la máquina digital, y por eso la voluntad política parece impotente para enfrentar al poder financiero, que es el de los medios.

   El cambio de ciclo capitalista puede cambiar esto, y recuperar la comunicación alfabética secuencial del individuo consciente y afectivo. Los medios son el partido único de la derecha mundial, y lo único que los puede dividir y debilitar no son “medios alternativos” sino una nueva fase capitalista. La gran transición es y será lo suficientemente brutal como para sacarnos del estado hipnótico de nuestra mirada dirigida por siglos a un norte que nos ignora, salvo para endeudarnos y cobrarnos. La mirada tiene que ser hacia adentro para explorar la potencia de la fortuna, como proponía Maquiavelo ambiguamente: a la fortuna no hay que oponérsele, más bien secundarla, pero tampoco darse por vencido ante ella. Maquiavélicamente esta debería ser la actitud ante el nuevo orden mundial que surge.

   La estructura de esta coyuntura tiene esta tendencia subyacente y representa un viento favorable para nuestros países y para todo el mundo. Los capitalistas han encontrado un patrón extraburgués para imponer la racionalidad capitalista, sin la cual son una patrulla perdida en el caos. Pacífico, amarillo, oriental, y comunista. Con un apacible ingeniero civil a cargo. Una píldora indigesta para el occidente liberal y cristiano, racista y anticomunista. Pero el desplazamiento hacia un nuevo centro de poder y de acumulación recreará a los Estados, y estos darán sentido al juego de las poliarquías, que despertará del sueño de los justos a la izquierda. Pero será un despertar duro después de haberse dopado con la “democracia liberal y la economía de mercado”. Tendrá que dejar de lado, también, los falsos escrúpulos liberales: el sistema de partido único no será un problema, también lo tienen Estados Unidos y Europa bajo la competencia simulada de la alternancia sin alternativas.

   El fundamentalismo mercante, racista, colonial, antiinmigrante, especulativo es una miseria de la derecha. Los demócratas no deben pensar a la democracia como sistema sino como una regla interna de la acción, esto es, el modo de decidir dentro de un movimiento que aplique al enemigo su propia medicina, sin contemplaciones. La ventaja es que hoy contamos con un aliado para ello, inimaginable para los maoístas de los 60´pero no para los espectros de Chávez y de Néstor.

  El Estado recuperará soberanía sobre el capital, China la ha reconquistado en su nombre, y es autoconciente del papel que representa, más allá de lo que quiera y sepa cumplir. No es el triunfo del socialismo ni siquiera del Estado, pero representa una nueva oportunidad para la izquierda en todo el mundo. Las oleadas insurreccionales que ofrecieron tal oportunidad a la izquierda en los años 60´ y parte de los 70´, la izquierda no las supo aprovechar, y la teoría no se encargó de averiguar por qué. Un déficit a saldar en lo que queda hasta una nueva oleada.

  China no es la revolución, pero le abrirá las puertas si logra impedir lo que hizo EE.UU, cuando para enfrentar a las insurrecciones desató al dólar del patrón oro para inflacionar al mundo y poner al movimiento popular a la defensiva. Y evitar que la secuencia de acumulación material del quinto ciclo pase a la financiera. Si logra frenarla cuando llegue el momento, entonces será la hora de una revolución que interrumpa definitivamente la historia (cíclica) del capitalismo, y concluir la Revolución francesa.

   Simón Bolívar tuvo sus sueños pero Juan José Castelli y Mariano Moreno también los suyos. Son los mismos. Bolívar fue educado por Simón Rodriguez, que fue educado en las obras de Rousseau. Moreno, además de traductor del «Contrato social» que hizo leer en los atrios, fue asesinado por tratarse del Robespierre del Rio de la Plata, según lo confiesa la carta de Saavedra a Chiclana. ¿Hace falta decir que el populismo latinoamericano es hijo del jacobinismo a través del cual se mantuvo la tradición ilustrada entre nosotros? ¿Qué es el jacobinismo de la democracia radicalizada de Saint-Just y Robespierre, sino la confianza incondicional en la insurrección popular, y en la justicia inmediata, sin dilaciones? Lo que hicieron nuestros Castelli y Moreno durante la década del 2000 volverá si la generación que está y viene detrás del actual gobierno, advierte que tiene un camino firme por delante.

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  1. http://horizontesdelsur.com.ar/cuidado-con-la-oscuridad/
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