Una nueva mayoría contra la restauración

Por Martín Sabbatella *

El referente kirchnerista fundamenta la caracterización del gobierno macrista como una restauración conservadora. El retroceso económico, social y democrático vuelve indispensable la organización de las distintas expresiones del campo nacional y popular para reconstruir una nueva mayoría en las próximas instancias electorales, fortaleciendo la identidad kirchnerista y el liderazgo de Cristina Fernández.

La foto del segundo semestre de 2016 es una evidencia cabal del modelo político, económico y cultural que vino a ejecutar el Gobierno del millonario contratista del Estado Mauricio Macri. Los datos muestran un deterioro severo de la situación social, con una baja preocupante de la actividad industrial, la construcción y el consumo, la multiplicación acelerada de despidos y suspensiones, a la par del aumento de la pobreza y la indigencia, por la caída del poder adquisitivo de salarios, jubilaciones y asignaciones, o directamente por la pérdida del empleo.

Es difícil encontrar antecedentes de un contraste tan drástico en la situación del país en solo 9 meses (amén de que cada etapa histórica es distinta a las anteriores). Lo que hace muy sorprendente y terrible este presente es que no hubo un desvío del rumbo que venía transitando Argentina, sino un vuelco absoluto y un retroceso franco y dramático hacia un proyecto de ajuste fiscal, enfriamiento económico, primarización de la economía, concentración de la riqueza, dependencia financiera internacional y disciplinamiento social. Un proyecto supuestamente innovador que encuentra huellas en el pasado medianamente cercano de nuestro país (sobre todo, en la dictadura cívico militar y el menemismo), pero que además se imprime con similares características en diversas naciones de la región y del mundo, donde sembró las mismas políticas y cosechó el mismo saldo de desigualdad y exclusión.

Pero tal vez lo más distintivo y alarmante de este rápido proceso de restauración conservadora es que el golpe de timón de 180 grados producido por Macri en materia económica no encuentra fundamento sólido en el estado del país a fines del mandato de nuestra compañera presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Inventaron una crisis para justificar la que ellos generaron. ¿Había cuentas pendientes? Claro. Seguir mejorando el poder adquisitivo de los ingresos de trabajadores y trabajadoras formales, reducir hasta su extinción el trabajo en negro, saldar las deudas previsionales, frenar el proceso inflacionario generado sobre todo por el aumento del consumo, controlar aún más el déficit fiscal (cuyo índice no era en absoluto alarmante), aumentar la inversión privada, alcanzar la soberanía energética sin reducir el consumo hogareño y potenciando el desarrollo industrial, mejorar la federalización de los recursos públicos, entre otras. Todas las metas a alcanzar se encontraban en proceso de ejecución y eran perfectamente realizables sin salirse del rumbo de desarrollo con equidad iniciado por Néstor Kirchner y continuado por Cristina. La Argentina que soñamos estaba adelante, en el camino que transitábamos; no atrás, en la dirección asumida por la actual gestión corporativa.

Es más. A principios de este año, fue el propio Gobierno de Macri el que, mientras fronteras adentro justificaba sus políticas por la supuesta pesada herencia, al norte del Río Grande buscaba inversores con cartillas en las que enumeraba la verdadera herencia. Bajo el título de “Argentina, tierra de oportunidades”, el folleto repartido en febrero por el macrismo en Estados Unidos reconocía que en el país hay un “98 por ciento de alfabetismo y 110 mil graduados de educación universitaria por año”, que “el país está primero en los índices de desarrollo humano y educación”, que tenemos “el coeficiente Gini más bajo de la región”, que existe “una economía robusta” que “es la tercera más grande de la región después de Brasil y México”, que contamos con “el mayor PBI per cápita en la región después de Chile” y que tenemos (teníamos) “menos del 6 por ciento de desocupación”. Además, en ese documento Macri le informaba a los potenciales inversores que Argentina tiene un “sólido esquema institucional”, con “más de treinta años de gobiernos democráticos estables”, que las leyes y los marcos regulatorios están “inspirados en los mercados desarrollados” y que disponemos de una “infraestructura bien desarrollada”, con “43 puertos, 54 aeropuertos y más de 35 mil kilómetros de rutas y vías de trenes”. Mientras el staff de CEOs y empresarios offshore que gobierna trataba de convencer a argentinos y argentinas de que el país era un desastre fruto de los 12 años y medio de gobiernos populistas, los macristas confesaban afuera -en documentos que se filtraron a la prensa- que en nuestro país existen “caminos y vías de tren bien desarrolladas”, que se cuenta con condiciones geográficas naturales con un “53 por ciento de tierra arable, recursos de agua ampliamente disponibles, ocho prolíficas zonas petroleras (cinco convencionales, tres no convencionales y potencial offshore)”. Hasta se llegaba a destacar en esa cartilla “la baja relación deuda/PBI, del 13 por ciento”; es decir, el desendeudamiento que tanto fustigó Macri y su elenco corporativo adentro de Argentina para justificar desembolsos millonarios a los fondos buitres. Pero esos índices y datos concretos del país heredado de parte del kirchnerismo no son fruto de ningún descuido ni error en la estrategia comunicacional: en el reciente show de negocios promovido como “Mini Davos” –previamente organizado en Ruanda, Egipto, Congo y Gabón–, el Gobierno volvió a repartir entre los potenciales inversores extranjeros un documento con las mismas variables positivas que había informado en el último invierno estadounidense.


«Pero tal vez lo más distintivo y alarmante de este rápido proceso de restauración conservadora es que el golpe de timón de 180 grados producido por Macri en materia económica no encuentra fundamento sólido en el estado del país.»

Es decir, excepto para las corporaciones que encarna Macri, el país no tenía ni tiene ninguna necesidad de esta vuelta de campana, menos aún los argentinos y argentinas que durante los últimos doce años y medio atravesaron crisis internacionales severas, con esfuerzo y dignidad, pero sin dramatismo. Mientras otros países del mundo eran arrasados por esas tormentas económicas, Argentina mantuvo el rumbo y se distinguió por su fortaleza. Hubo en estos años algunas dificultades fruto del lobby descomunal de los especuladores financieros internacionales, del boicot destituyente de los agroexportadores, de la presión de devaluacionistas que fogoneaban corridas, de la gula de los formadores de precios, de los cortes de energía (fruto de que las inversiones no alcanzaron el acelerado consumo popular e industrial), de la puja distributiva entre salarios e inflación… todos ellos problemas que fueron agigantados por Magnetto en el comando de operaciones mediáticas. Pero no hubo, en los 12 años y medio de gobierno popular, ninguna situación de zozobra ni de crisis social como las que atravesó el país durante el largo imperio del pensamiento único neoliberal, al que Macri pretende reconducirnos. Por el contrario, en nuestra gestión aumentó la producción, la construcción y el consumo popular, bajó la pobreza y el desempleo, se redujo la mortalidad infantil y mejoraron su calidad de vida todos los trabajadores y trabajadoras activos y jubilados. Las condiciones de la inmensa mayoría de argentinos y argentinas –incluidos los sectores medio y medioalto– eran, hace uno, tres o siete años, mejores que en la actualidad; y mucho mejores que lo que serán en los próximos meses si continúa el plan de redistribución regresiva de la riqueza que puso en marcha el ingeniero multimillonario.

Por eso, el Gobierno de ricos para ricos desplegó una enorme maquinaria propagandística, financiada desde el propio Estado o desde las empresas beneficiarias de sus políticas, mediante pautas publicitarias formales, prebendas a periodistas y ampliación de negocios a empresarios de medios. Las corporaciones que habitan la Casa Rosada cuentan con el plan, los ejecutores y los aliados para llevar adelante una transferencia de ingresos aún más brutal que la que consiguieron en estos primeros 300 días. Les faltan excusas que les permitan seguir avanzando a campo traviesa sobre Argentina.

Usaron la legitimidad inicial que otorga una elección democrática, más el repiqueteo manipulador de los medios oficialistas y el show distractivo y persecutorio del partido judicial, para imponer, entre otras, tres medidas redistributivas severas: la devaluación de la moneda, la quita de retenciones al agro y la minería y el pago a los fondos buitres bajo las condiciones impuestas por Singer. Junto a ellas, el despido de estatales, el freno a la obra pública, la reducción de programas sociales y el desaliento de las negociaciones paritarias, quitaron ingresos a los sectores trabajadores, ya castigados por la inflación y los tarifazos de gas, luz, transporte, celulares, prepagas, educación, etcétera. Les sobran intenciones y proyectos para liquidar bienes patrimoniales del Estado, privatizar empresas públicas o saquear la caja previsional; pero aún deben sortear un escollo para nada menor: la conciencia creciente de un Pueblo que fue empoderado de derechos, que reconquistó durante los gobiernos de Néstor y Cristina la dignidad que le fuera saqueada y que demuestra cada día una mayor capacidad de organización y movilización para enfrentar el ajuste.


«La consecuencia de esa feroz campaña difamatoria impulsada por Macri con la complicidad del partido judicial y el partido mediático no ha sido el deterioro de la popularidad de Cristina, ni la ruptura del fuerte lazo que la une a millones de argentinos y argentinas, sino la profundización de un peligroso clima de violencia política contra kirchneristas.»

La imponente Marcha Federal que recorrió el país, la unidad en la acción del movimiento obrero, las multisectoriales contra el tarifazo, la creciente militancia social, estudiantil, política y gremial que se reproduce en lugares de trabajo, universidades, barrios y espacios públicos, así como las masivas concentraciones kirchneristas que despidieron a Cristina en Plaza de Mayo, que la recibieron en Aeroparque, que la acompañaron a Comodoro Py o que la abrazaron en Ensenada o Villa 31, son algunas de las muchas muestras de lo que Macri tiene enfrente.


«Por todo esto, el desafío es, junto a otros y a otras, aportar a la construcción de una nueva mayoría que no solo resista las políticas de ajuste… sino que permita ganar en el 2017 y volver mejores en el 2019.»

La campaña persecutoria desplegada por las corporaciones económicas, judiciales y mediáticas contra CFK, la dirigencia y la militancia del Proyecto Nacional y Popular, no logran hacer mella en la memoria positiva de gran parte del Pueblo argentino, en especial de los trabajadores y trabajadoras, que añoran el pasado reciente en el que tenían garantizados sus derechos y contaban con un contexto favorable para seguir creciendo con dignidad. La consecuencia de esa feroz campaña difamatoria impulsada por Macri con la complicidad del partido judicial y el partido mediático no ha sido el deterioro de la popularidad de Cristina, ni la ruptura del fuerte lazo que la une a millones de argentinos y argentinas, sino la profundización de un peligroso clima de violencia política contra kirchneristas, que ha derivado en ataque con armas de fuego a militantes o el incendio de locales partidarios, entre otras barbaridades.


«Por lo tanto, sin creernos los únicos, sin mezquindad, sin sectarismos, los kirchneristas debemos abocarnos con compromiso a la construcción de esa nueva mayoría.»

Por todo esto, el desafío es, junto a otros y a otras, aportar a la construcción de una nueva mayoría que no solo resista las políticas de ajuste, los tarizafos, los recortes de la inversión pública, la inflación y la pérdida de derechos políticos, sociales, económicos y culturales; sino que permita ganar en el 2017 y volver mejores en el 2019. Una nueva mayoría para recuperar el rumbo de construcción de una matriz productiva y distributiva más justa, basada en el trabajo, la producción, el consumo, como círculo virtuoso en el camino del crecimiento con inclusión. El kirchnerismo es, a nuestro entender, la identidad más gravitante del pensamiento nacional, popular y democrático en esta etapa de la historia argentina, y cuenta con el liderazgo más potente del campo popular, lo cual no nos convierte en el único espacio. Por lo tanto, sin creernos los únicos, sin mezquindad, sin sectarismos, los kirchneristas debemos abocarnos con compromiso a la construcción de esa nueva mayoría.

*Dirigente Kirchnerista. Referente nacional de Nuevo Encuentro – Frente para la Victoria. Fue presidente del Directorio de la Autoridad Federal de Servicios de Comunicación Audiovisual, desde octubre de 2012 hasta diciembre de 2015, cuando fue desplazado por una intervención irregular del gobierno de Mauricio Macri.

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