Volver al pueblo

Por Ariel Colombo

El autor propone un potente análisis de la situación política argentina y de las condiciones para la formación del denominado frente ciudadano. Caracteriza al gobierno del PRO como una nueva expresión de un régimen sustentado en la extorsión, opuesto al proyecto hegemónico que encarnó el kirchnerismo en el Gobierno. Sobre la base de una arquitectura teórica que supera el fetiche de las instituciones partidarias como la única arena de la política, el autor aborda las diferentes opciones para la formación de una subjetividad política alternativa al proyecto extorsivo en curso, basada en la figura del pueblo.

En 2013 Göran Therborn advertía que:

La bandera roja ha pasado de Europa a América latina, la nueva región del mundo donde el socialismo está actualmente en la agenda; los gobiernos de Venezuela, Ecuador y Bolivia hablan del ´socialismo del siglo XXI`. Es también la única región en la que predominan los gobiernos de izquierda gracias al peso de Brasil y Argentina, y donde la desigualdad social está menguando, si bien es cierto que desde niveles tremendos. El ´socialismo` de Morales, Correa y Chávez es un nuevo fenómeno político que insiste en su independencia de los modelos euroasiáticos de izquierda del siglo XX y que a su vez es muy heterogéneo. Obtiene su apoyo de capas sociales muy diversas. Pobres urbanos, gente de origen indígena y africano, elites progresistas de sectores medios, como profesionales y empleados de cuello blanco. Los obreros industriales están rara vez a la vanguardia: mientras los restos del proletariado minero boliviano se unió a los cocaleros para respaldar a Morales, la principal federación sindical de Venezuela apoyó en la práctica el intento de golpe de 2002. Los gobiernos de centroizquierda del cono sur tienen también una base social heterogénea, pero la clase obrera tradicional y los sindicatos desempeñan en ellos un papel mucho mayor en Brasil y Argentina, y que refleja el mayor grado de industrialización… Chávez se inspira en el nacionalismo militar de izquierda del Perú y reconoce a Fidel Castro como un importante mentor, aunque ha desarrollado su propio estilo de populismo democrático recurriendo notablemente, si bien de forma selectiva, a la herencia de Simón Bolívar. Morales es un líder indígena de origen étnico mixto que desarrolló su habilidad negociadora en el sindicato de cocaleros y que cuenta con la colaboración de un indigenista veterano, su vicepresidente Álvaro García Linera. El ecuatoriano Rafael Correa es un economista de sólida formación influido por la teología de la liberación, rodeado por un brillante equipo de jóvenes pensadores cuyas opiniones van desde cierta izquierda nacionalista hasta el marxismo. Los equipos de Dilma Rousseff, Cristina Fernández de Kirchner y José Mugica están algo a la derecha de los anteriores pero son también eclécticos en su pensamiento… Puede que América Latina no ofrezca un modelo exportable al resto del mundo en el futuro cercano, pero si se produce alguna transformación radical en los próximos años, seguramente tendrá más en común con los recientes acontecimientos en la región que con las experiencias de reforma o de revolución durante el siglo XX basados en el proletariado asalariado, agente social que constituye una pequeña minoría de la población trabajadora en la mayor parte de Asia y África…. La izquierda del siglo XX tenía dos fuentes principales de inspiración. Una de ellas se situaba en Europa occidental, sobre todo la Francia de las revoluciones y la Alemania del movimiento obrero marxista… la otra fuente se situaba en la periferia del poder y de la izquierda global donde la revolución se produjo bajo el liderazgo de corrientes políticas inspiradas en el marxismo europeo, la Unión Soviética fue el primer y el mayor de esos centros, seguida por China y Cuba. Ofrecían los aspirantes a revolucionarios de todos los países modelos para tomar el poder y transformar la sociedad, y también ayuda financiera directa. Actualmente es América latina, con sus complejas configuraciones y bricolajes ideológicos, lo más parecido que se tiene hoy a nivel mundial, aunque debe tenerse en cuenta que la izquierda del siglo XXI será casi seguramente descentralizada y que América latina es una región demasiado pequeña para convertirse en faro planetario, incluso si los cambios sociales que se están produciendo ahí se consolidan y maduran hasta su límite máximo. Para que esta nueva izquierda tenga una auténtica importancia global tendría que echar raíces muy profundas en Asia. Estamos asistiendo a una nueva era: se están configurando muevas relaciones de clase y nación, de ideologías e identidades de la izquierda global. El fin de la Guerra Fría no trajo ´dividendos de paz` sino meramente un nuevo ciclo de guerras. El triunfo del capitalismo occidental no fue seguido por la prosperidad universal sino por una creciente desigualdad y una crisis económica recurrente…. los problemas clásicos de la izquierda, el imperialismo y la explotación, se han reproducido en el nuevo siglo. La lucha proseguirá, de eso podemos estar seguros ¿pero quienes estarán allí poner en ellas su sello: la nueva clase media o las masas plebeyas? (Las clases en el siglo XXI, New Left Review, 78, enero-febrero).


«A principios de los ’70, los sectores dominantes iniciaron la transición mundial de un régimen liberal hegemónico a un régimen liberal extorsivo por el cual la sociedad acepta los sacrificios actuales bajo amenaza de estar tan mal como se estuvo en algún momento, real o imaginario, del pasado. La extorsión es políticamente inferior y cualitativamente diferente a la hegemonía.»

Tres años después de interpretaciones por el estilo, Maduro ha perdido holgadamente las elecciones legislativas en Venezuela; el kirchnerismo tuvo que respaldar a un aliado táctico que fue derrotado; Dilma quizás sea destituida por el Congreso ante la impotencia del PT; Evo acaba de perder el referéndum por el derecho constitucional a su reelección; Correa debe enfrentar las constantes acechanzas de la derecha y carece de un sucesor para las próximas elecciones; la coalición chilena capituló en todos los terrenos y la presidente ha perdido su popularidad; el Frente Amplio peruano llegó tercero en las presidenciales; los paramilitares colombianos siguen asesinando a los dirigentes sociales y los avances en el acuerdo con la FARC no se traducen en organizaciones alternativas.

Sin embargo, los procesos de democratización de la primera década del siglo encabezados por gobiernos que se respaldaron en las luchas populares iniciadas en la última década del anterior, preservan su impulso, aún desde la oposición. Con la misma voluntad pero ya en este otro contexto regional, se ha producido el retorno multitudinario y apasionado de Cristina Kirchner que, reubicándose en el centro de la política argentina, propuso un “gran frente ciudadano”, “plural y patriótico”, cuyo eje sea la libertad, amenazada hoy por los impactos destructivos de las políticas macristas, y que Edgardo Mocca, el 24 de abril en Página 12, interpretó concisamente:

Frente ciudadano no es entonces una estructura, ni un molde al que adaptar la realidad política. Es la construcción de un principio de diferenciación central para la disputa política. Un principio que no separa a un partido o a una coalición de otra, a un dirigente de otro, sino que postula el ejercicio de la ciudadanía como el motor que le puede dar impulso a una práctica política. Una concepción que proyecta el debate más allá de los episodios electorales. Que lo coloca en el lugar del “buen vivir” que evocan nuestras culturas originarias. Que entronca con la tradición de luchas de los trabajadores, de los sin tierra y sin techo y las une con el vasto universo de quienes necesitan políticas públicas que protejan a los vulnerables y que defiendan el desarrollo autónomo del país.


«El PRO y sus aliados periféricos pertenecen al partido único del mercado, y, conjuntamente con otras derechas, podrán mantener la credibilidad de la amenaza que encarna siempre que demuestren condiciones para ejecutarla.»

Cristina también expresó su preocupación por el hecho de que la sociedad crea que el sacrificio que se le impone es necesario para estar mejor, y también su impresión de que el pasado nos ha alcanzado nuevamente.

Sobre esto último es que quisiera reflexionar porque, en efecto, la lucha continúa pero en condiciones más difíciles. Entre otras razones, porque es falso que el macrismo sea un nuevo partido de derecha de masas o con capacidades electorales consistentes. Si fuese así, el problema sería muy simple y la solución consistiría en organizarse para ganar en las próximas elecciones. Por cierto, es obvio que se presenta como un partido modernizante pro negocios y promercado, pero esto no lo hace “hegemónico” en el sentido de encarnar una forma de dominio capaz de reproducir las bases materiales del consenso de los sectores subalternos, esto es, de operar a través del Estado como garante de un intercambio intertemporal por el que se realizan sacrificios en el presente a cambio de la promesa de un futuro de mayor justicia social o, más crudamente, como promotor de un trueque entre una alta tasa de ganancias inmediata por un alto nivel de salarios y empleo posterior. La derecha pudo hacer ésto, aquí y en el mundo, en la década de 1950 y 1960, pero no lo puede hacer ahora. A principios de los ‘70 los sectores dominantes iniciaron la transición mundial de un régimen liberal hegemónico a un régimen liberal extorsivo por el cual la sociedad acepta los sacrificios actuales bajo amenaza de estar tan mal como se estuvo en algún momento, real o imaginario, del pasado. La extorsión es políticamente inferior y cualitativamente diferente a la hegemonía. No promete, chantajea. Si hay promesas las interpone convocando a actos de fe o de esperanza cuasi religiosos, ya que no ofrece ni argumentos ni mecanismos por los cuales se pueda esperar que las ganancias de hoy sean las inversiones de mañana y los salarios de pasado mañana, como decían los socialdemócratas alemanes sesentistas.

¿Quiere decir esto que el kirchnerismo incurrió en una autoderrota? Si se hubiera propuesto constituirse en un partido competitivo en condiciones de ganar al adversario, seguramente lo hubiera logrado. El “problema” es que es un movimiento, una dinámica de transformación que tiene sus puntos de arranque fuera del sistema partidario. Analizarlo de acuerdo al código sistémico es cometer el error de atribuirle objetivos que nunca se propuso o que no podría cumplir. Se yerra el blanco si el analista sigue lo que manda el tablero para detectar cual habría sido su “error”, o qué tendría que hacer ahora, por más que tenga en cuenta las condiciones estructurales y la correlación de fuerzas de cada momento. No es tampoco que haya colocado a un sparring en el centro del ring, justo al que no podía ganar, ya que sus adversarios invariablemente convertidos en enemigos por su cuenta, fueron poderes no fundados en derechos, y, si los kirchneristas no pudieron concurrir con candidatos propios y triunfar las elecciones del 2015 fue simplemente porque no existe algo así como una “revolución permanente”. Tanto como es falso que pueda haber una derecha que pueda ser democrática, lo es que pueda haber una izquierda con objetivos pero sin plazos.


«Como la pesada herencia no es verosímil en relación a ninguno de los indicadores de la realidad nacional, el macrismo ha tenido que producirla por su cuenta para más tarde poder obligar a la sociedad a aceptar que la transferencia masiva de ingresos al capital sea definitivamente naturalizada.»

El macrismo, simple prolongación de un régimen extorsivo con centro en los EEUU desde principios de los ‘70, no puede convertirse en hegemónico reformulando sus estrechos intereses de corto plazo en términos de intereses generales de largo plazo. Si este fuese el caso, el kirchnerismo no tendría que molestarse en cambiar las coordenadas políticas, y podría limitarse a presentar la batalla en el mismo campo del adversario. El PRO y sus aliados periféricos pertenecen al partido único del mercado y, conjuntamente con otras derechas, podrán mantener la credibilidad de la amenaza que encarna siempre que demuestren condiciones para ejecutarla. El arreglo con los fondos buitres para reiniciar un nuevo ciclo de endeudamiento masivo (en abril 2016 ya se ha duplicado la deuda externa en relación al PBI) extorsionando a gobernadores, intendentes y legisladores con un ajuste infinito, representa la derogación del futuro o su delegación al sector privado corporativizado y trasnacionalizado. Para una operación política de tal magnitud tuvo y tendrá que recurrir al recuerdo de un pasado catastrófico para gobernar sobre el presente agitando su posible retorno si la sociedad no se adapta tranquilamente a “la única alternativa que hay”.

A su vez, una tasa inflacionaria por encima de la tasa de interés fijada por el Banco Central en un 38% para evitar una mayor fuga de divisas (sin conseguirlo), provoca un estancamiento que hace todavía más necesario el endeudamiento externo especulativo. La viabilidad de esta espiral mefistofélica depende de la capacidad de demonizar el pasado y de anestesiar a la clase media con odio, desempleo y deuda que aceiten la maquinaria social aunque no contribuyan a la capacidad de repago. Por eso, el problema fundamental que enfrenta el gobierno es que la crisis y caos que las derechas en Argentina intentaron generar durante los gobiernos kirchneristas no fueron tales, y finalmente tuvieron que provocarlos ellas mismas para contar con ese pasado trágico, que nunca dejó de ser un pensamiento desiderativo, en base al cual sustentar sus amenazas, una maniobra que ya se verificó en los ‘80 y en los ‘90 y que contiene rasgos mafiosos, esto es, los de ofrecer protección contra el desastre que ellos mismos provocan. Como la “pesada herencia” no es verosímil en relación a ninguno de los indicadores de la realidad nacional, el macrismo ha tenido que producirla por su cuenta para más tarde poder obligar a la sociedad a aceptar que la transferencia masiva de ingresos al capital sea definitivamente naturalizada. En 1989-1990 pudieron escudarse en las dos hiperinflaciones que sacudieron al gobierno de Alfonsín; ahora, en cambio, la guerra civil encubierta en que consiste el desempleo con inflación, altas tasas de interés con fuga de divisas, tuvo que ser provocada por el mismo gobierno que pretende explotarla políticamente en el mediano plazo. Los indicadores de la Argentina eran a fines de 2015 excepcionalmente buenos, dadas las condiciones externas e internas, y por eso el gobierno de Macri pierde legitimidad rápidamente, algo que se va consolidando en la percepción social, con la que el kirchnerismo como eje de una oposición política territorial e ideológica debería empalmar. Sin embargo, a la vez, la pérdida de credibilidad vuelve al macrismo crecientemente peligroso. Que no haya podido implementar el “protocolo antipiquete” no es indicio en contrario. La persecución política ejecutada por el poder judicial y el poder mediático exhibe a diario un revanchismo dispuesto a todo.


«En contraposición, las experiencias de América del Sur fueron contraextorsivas, prohegemónicas, y además, dados los niveles de autonomía y activación popular, también fueron y son explícita o implícitamente poshegemónicas en el sentido de que adoptan una dinámica y una dirección hacia otro tipo de sociedad.»

Caben aquí dos aclaraciones. El régimen liberal extorsivo no equivale a una variante del fascismo porque éste consiste es una movilización desde arriba en base a una relación hipnótica del líder con las masas, aunque se parezca en algunos aspectos por apoyarse en la exclusión de una parte de la sociedad mediante una metáfora organicista (“hay que extirpar la parte enferma”). Es que el liberalismo respeta al otro mientras que el otro no sea realmente otro. Necesita de la exclusión como autoafirmación, y hoy el papel del indio o del negro o del judío conceptual lo asumimos los kirchneristas, con toda la fisiología y anatomía de un autoritarismo macrista que se oculta envolviéndose en una brutal despolitización que hoy pasa por la deskirchnerización. Tampoco equivale simplemente a un fenómeno mafioso puro, ya que el macrismo no es portador de valores premodernos pese a su fideísmo individualista y pretendidamente apolítico como el de los curas carismáticos y de los pastores electrónicos. No obstante, en las sociedades liberales no se podría comprar ni vender un alfiler sin la fe que las religiones aportan. No es posible el cálculo capitalista sin una base profundamente religiosa, más en la extorsión que en la hegemonía. La hegemonía explota la esperanza, la extorsión explota el miedo, y ambos demandan componentes escatológicos para ser operativos. ¿O acaso puede extrañar la invasión parasitaria del evangelismo (promovida no casualmente desde Nixon y Kissinger a principios de los ‘70) ante el repliegue de los católicos frente a la teología de la liberación?

En contraposición, las experiencias de América del sur aludidas por Therborn fueron contraextorsivas, prohegemónicas y, además, dados los niveles de autonomía y activación popular, también fueron y son explícita o implícitamente poshegemónicas en el sentido de que adoptan una dinámica y una dirección hacia otro tipo de sociedad. Esto último ha sido detectado con furia por las clases dominantes y sus cortesanos de las academias y del periodismo y objeto de preocupación para el centro de dominación política mundial, los EEUU, al descentrarse la acumulación capitalista en tanto la globalización hizo más igualitaria la relación entre Estados y más profunda la desigualdad dentro de ellos. Lo que en algún momento llamamos “régimen mundial de la extorsión” (Página 12, 13 de julio de 2014) ha pasado nuevamente a la ofensiva frente a los Brics y al multipolarismo naciente y su propósito es el debilitamiento de los Estados nacionales a través de los tratados de libre comercio que requieren poner a los gobiernos en manos del partido único de los banqueros, una réplica del capitalismo avanzado gobernado por un sistema bifronte con alternancia simulada.


«Lo que llamamos régimen mundial de la extorsión ha pasado nuevamente a la ofensiva frente a los Brics y al multipolarismo naciente, y su propósito es el debilitamiento de los Estados nacionales a través de los tratados de libre comercio que requieren poner a los gobiernos en manos del partido único de los banqueros, una réplica del capitalismo avanzado gobernado por un sistema bifronte con alternancia simulada.»

Las corporaciones multinacionales que han capturado el gobierno como expresión de las 500 empresas más poderosas del país no tienen base territorial clara (al igual que el terrorismo islámico) pero dependen de que el régimen liberal representativo funcione como sistema de partido único. Este último no enfrenta los problemas de la acción colectiva, sino que depende del “normal” funcionamiento del sistema, de un automatismo reflejo en la defensa de intereses predefinidos y custodiados dogmáticamente en la Constitución Nacional, la que no los encubre sino que los explicita en su primera parte. El macrismo expresa, precisamente, al estrato superior de una burguesía trasnacionalizada y antimercado que cuenta con el apoyo de una burguesía paraestatal sobreasalariada y de una burguesía corporativa multisectorial, un trío que constituye esa minoría ultraliberal que cree en el mercado competitivo sólo como mecanismo de disciplinamiento de los trabajadores y de los consumidores, y que obtuvo un amplio consenso electoral sin tener que prometer nada, y que ahora ajusta las variables macro sociales a ese régimen político mundial que prolonga la etapa financiera o monetarista modelizada por Giovanni Arrighi como segunda secuencia del cuarto ciclo del capitalismo iniciado con el fin de la Segunda Guerra. Tal “normalización” aún le demandará un largo proceso de destrucción que no tiene nada de creatividad schumpeteriana, sino que engendra en la sociedad la fantasía generalizada, más allá de los expertos, de que el dinero produce dinero. El último eslabón de este capitalismo de corporaciones son sus gerencias financieras, que funcionan prestando y pidiendo prestado sin que deudores y acreedores queden enfrentados ni nada que los haga acudir a un tercero en busca de apoyos. Dolarizadores y devaluadores pujan por un dólar más caro o más barato, pero sin contradicción. Lo mismo respecto a la divergencia entre la necesidad de desmantelar al Estado y a la vez de preservarlo en provecho propio. Se han apropiado de la inmaterialidad del capital, demencialmente desproporcionada en relación al tamaño de la economía real, por lo cual es ingenuo pensar que necesitan un 20% de desempleo: en realidad, sólo es rentable en sus términos un 20% de la masa laboral. Mientras la tasa de intereses sea inferior a la inflación interna y superior a la inflación externa, el estancamiento con inflaciones reprimidas será inevitable, pero políticamente viable si logran imponer a la sociedad una visión cortoplacista y al país la fuga hacia adelante permanente mediante la anestesia del endeudamiento externo. Es decir, males conjuntos que en la Europa anterior al 2008 se presentaban separados: Alemania estancada por mantener una inflación inferior a la tasa de interés finada por el Banco Central europeo, y el sur europeo endeudándose a mansalva para mantener una inflación inferior a dicha tasa. Aquí ambos problemas se imponen a la vez, todo lo cual parece surrealista. El compromiso de la Unión Europea de no endeudarse más allá del 60% del PBI y de no contraer un déficit fiscal superior al 3% fue más que cumplido por el gobierno de Cristina que tuvo un déficit fiscal del 2,3% (del 2,7% para las consultoras de la derecha), un crecimiento del 2,5% (según las cifras del actual gobierno), un crecimiento incesante del empleo, en 2015 inclusive, y una deuda externa en dólares con privados inferior al 10% del PBI. El rasgo fascista del macrismo más evidente surge precisamente de esto mismo. En su destrucción deliberada ha renegado aun de los impuestos para la sobrevida de las masas “descartables”.

Ciertas previsiones más o menos obvias anticipan que la danza entre sector dolarizante y el sector devaluacionista del bloque dominante persistirá hasta que la capacidad de repago se agote y retorne la etapa de los “estallidos”. ¿Será a esto que se refiere el Papa Francisco cuando dice que “ve” sangre en la Argentina futura? No es un adivino. La dictadura neoliberal se fue con una masacre interna y con los muertos de una guerra externa absurda; Alfonsín fue licuando su legitimidad a medida que cedía frente al ataque despiadado de los poderes corporativos; el menemismo se agotó con la muerte social del 50% de la sociedad; la Alianza y acólitos se fueron con más de 30 muertos tirados en las calles de Buenos Aires y Rosario. Es que cuando la amenaza se vuelve inverosímil porque el presente pasa a ser mucho peor que cualquier pasado imaginario o real, reciente o remoto, entonces comienzan a perfilarse abiertamente una represividad y un endurecimiento del estado de derecho liberal, al que ya no se puede enfrentar ni con los partidos ni con los sindicatos ni con la protesta social ni con las movilizaciones callejeras. La contraextorsión, por esta razón, no pasará por confrontaciones inmanentes al sistema, sino que procederá, en todo caso, de un antagonismo que se constituirá desde fuera del mismo, como el de la desobediencia civil.


«Esta parte de la sociedad que volcó el resultado electoral no fue engañada por los medios de comunicación ni por el macrismo. Su respuesta, por más que no fuera razonable, fue racional: se volvió furiosamente contra Cristina, que pretendía ayudar a los negros y vagos en base a su duro y sacrificado esfuerzo, sin renunciar a sus viajes al exterior año tras año o mandar a sus quinceañeras a Disneylandia. Se trata de una reacción endógena al sistema y no hace falta que nadie la programe.»

La extorsión no cambia “el espíritu del capitalismo”, que siempre es el mismo y afinca en la acumulación infinita o en la seudotemporalidad de la procrastinación o de realizaciones siempre pospuestas, pues la política de derechas es siempre de aplazamiento, de postergación sine die. Pero sus patologías, sí. Si la hegemonía todavía puede producir al autocrítico kantiano y al culposo freudiano, la extorsión produce al sinvergüenza, incapaz de crítica y de sentir culpa. El antikirchnerista que votó a Macri y que expresa ahora su malestar pero no su responsabilidad es una manifestación aproximada. Más que un adocenado consumista, el sujeto que produce el chantaje político es el que busca un amo a quien temer, que imponga el orden a cualquier precio, y no un amo a quien amar porque esto último lo comprometería. La patología que produce la seudotemporalidad de la extorsión es la del asténico. Llamado a obedecerse sólo a sí mismo, a ser “auténtico” y a no tener amo como mandato del superyó mercante universal, y relacionado con los otros sólo a través de su capacidad de compra, no tiene que rendirle cuentas a nadie ni a quien pedírselas, pero el precio es el de intentar siempre lo mismo para lo mismo porque no tiene tampoco un sí mismo a quien responder. La vacuidad y el “mal de la banalidad” que tematizábamos en el primer número de Horizontes del sur, se relaciona con este personaje que liberado de todo es “un don nadie”, alguien al que la repetición incesante no sólo lo llevará a la imposibilidad de descansar; el objetivo de rendimiento sin topes ni objetivos, de salvarse a costa de los demás conduce, en medio de una sociedad que solo le propone la fe y/o el cálculo, a un agobio que desemboca en la parálisis psíquica y en el dopaje.

Nunca se podría exagerar la influencia que tienen los medios monopólicos de comunicación, pero hay algo a la vez más profundo y simple que llevó a la clase media a los brazos de la derecha. Todo proyecto de hegemonía amplía y mejora a la clase media. En los inicios del kirchnerismo, el individuo que recibía el ingreso promedio per cápita estaba por encima del individuo que ocupaba la mediana de la distribución, por la inmensa concentración del ingreso y las desigualdades extremas que caracterizaron a esa época. Desde alrededor de mediados del 2003 hasta 2011, la clase media pudo votar el distribucionismo keynesiano y el intervencionismo público porque no la afectaba, pero cuando el ingreso promedio empezó a bajar por efecto de la desconcentración de la riqueza y quedó por debajo del elector mediano, el que divide en dos partes iguales a la distribución, quienes quedaron colocados entre el individuo que recibe el ingreso promedio nacional y el individuo que ocupa la mediana en la distribución del ingreso, ya no tuvieron motivos para acompañar políticas progresistas porque éstas podían afectarlos también a ellos. Ese ingreso nacional promedio baja no porque caiga el crecimiento (que siguió en ascenso), sino por efecto mismo de la política distributiva. Se ensancha la clase media y esta comienza a percibir que, progresivamente, en lugar de ser financiada por los ricos, ella misma ha comenzado a financiar el ascenso de pobres y desocupados, como lo expresó en su rechazo al impuesto a las ganancias de la cuarta categoría. Además, la caída en los precios y volúmenes de bienes exportables, al ser compensada con la expansión del mercado interno, hicieron aflorar las presiones inflacionarias. En ese punto se necesitaba una reforma tributaria integral fuertemente progresiva, entendida como reforma política de los precios relativos para terminar estructuralmente con las presiones inflacionarias provenientes del hecho de que, dada la regresividad vigente, siempre ha resultado más barato importar que industrializarse y más ventajoso exportar que producir para el mercado interno. Reconstituir a la coalición gobernante compuesta por sectores populares y medios, ante las modificaciones del contexto económico internacional, requería de una reforma que no se intentó. La nueva clase media empezó a pagar impuestos que antes no pagaba y percibió que el gobierno estaba trasladando sus ingresos a los sectores populares y a otros fines del desarrollo. Preservar el electorado original, sin esa reforma y en la perspectiva del 2015, implicaba girar a la derecha. Como Cristina no lo hizo y no tuvo un candidato propio, Scioli fue la repuesta “sensata” para esa parte del electorado que había quedado a la derecha del votante de ingreso medio y a la izquierda del votante de ingreso mediano, y que creyó que la estaban confiscando impositivamente, aunque no fue suficiente. Esta parte de la sociedad que volcó el resultado electoral no fue engañada por los medios de comunicación ni por el macrismo. Su respuesta, por más que no fuera razonable, fue racional: se volvió furiosamente contra Cristina, que pretendía ayudar a los negros y vagos en base a su duro y sacrificado esfuerzo, sin renunciar a sus viajes al exterior año tras año o mandar a sus quinceañeras a Disneylandia. Se trata de una reacción endógena al sistema y no hace falta que nadie la programe. No hay ningún complot, aunque la derecha mediática pueda sumarle un complemento histérico. Algo parecido ocurrió durante el gobierno de Allende y después con el de Mitterrand, y sucede constantemente en la región con los gobiernos de Maduro, Correa, Morales y Dilma. La izquierda nunca pudo avanzar con cambios revolucionarios dentro del régimen liberal más allá de cierto rango de variación, y hasta el presente se detienen en el punto en que la clase media empieza a creer que está siendo expropiada. Esta es una de las razones por las cuales un sistema, liberal o cualquier otro, nunca podrá ser democrático. O las alternativas son reales pero no puede verificarse la alternancia sin que las reglas finalmente sean quebradas, o la alternancia se verifica pero, no habiendo alternativas reales, las reglas pierden todo su significado político.

Cristina ¿debió girar a la derecha para tener un candidato ganador en el 2015? No. Una vez cometidos pecados izquierdistas, es imposible obtener la adhesión de la derecha y ninguna prueba ofrecida de buen comportamiento será suficiente. A menos que las circunstancias demandaran un garante del orden, que no era el caso ya que si las instituciones estuvieron en riesgo fue por la irresponsabilidad de las mismas fuerzas que reagrupadas a través de un fantoche podían salir victoriosas. ¿Debía confiar en el pueblo? Es lo que hizo constantemente con llamados a tomar la iniciativa, a unirse y organizarse libremente, a convocar y a convencer, a “empoderarse”, etc. “porque vendrán por ustedes”. La pregunta era y es más bien si había un pueblo en quien confiar, que, como la genialidad de Ernesto Laclau ha explicado mil veces, no es un dato ni una unidad preestablecida. ¿Podía el gobierno de Cristina llevar a cabo, cuando tuvo oportunidad, cambios tributarios que implicaran descomprimir impositivamente a la clase media y a los sectores populares (reducción del IVA y de los ingresos brutos en contrapartida a una mayor coparticipación) redistribuyendo la carga impositiva? ¿Podía, sin expropiarlos ni pedirles prestado, cobrarle más impuestos a los ricos impidiendo la fuga de capitales y cercando aún más el acceso al dólar? ¿Podía partir de una alta imposición nominal para luego desgravar la reinversión en tipos seleccionados de actividad productiva? ¿Podía matar tres pájaros en un tiro, controlar la inflación, aumentar los salarios por la vía de reducir los impuestos indirectos, y castigar los usos improductivos o destructivos de los beneficios empresarios? Habiendo sacado del infierno a la sociedad, ¿estuvo el kirchnerismo en condiciones políticas de hacerla entrar al paraíso? Se necesitaba para ello un pueblo, ¿pero había que construirlo según el concepto laclausiano de populismo o debía constituirse a sí mismo en sujeto capaz de respaldar activamente este tipo de reformas? Esta pregunta es la que se plantean las izquierdas de todas las épocas que se enraízan en el movimiento popular; la misma que podemos hacernos ahora, luego de la vuelta de la Cristina. ¿Surge como articuladora de múltiples demandas fragmentadas y dispersas, despojadas de derechos o agraviadas por igual como resultado de las políticas neoliberales, estableciendo una cadena de equivalencias al definir el enemigo común a todas ellas? ¿O surge como encarnadura de la regla de la unanimidad al reconocer confiadamente las potencialidades de una multitud de ciudadanos que resiste autónomamente en plazas y calles, oficinas y fábricas, la refundación extorsiva del liberalismo? ¿Es el populismo la lógica política de construcción hegemónica que Cristina tiene por delante, o son los ciudadanos que por medio de su rebeldía dan pruebas de su compromiso con principios de justicia a tal punto que una parte del poder, como lo es Cristina, puede confiar en ellos como sujetos de cambio?

Hay, ante todo, algunos fetiches a evitar pero que el kirchnerismo puede hacer suyos fácilmente. Por ejemplo, sostener que la lucha es sólo cultural o predominantemente cyber. Adoptar una posición defensiva concentrada en recuperar lo perdido, en restaurar la “década ganada” en términos de un regreso del Estado de bienestar keynesiano, prescindiendo de una fuerza contraextorsiva. Creer que puede coexistir tranquilamente, encerrándose en una oposición principista, bajo una coalición derechista dispuesta a sostener a sangre y fuego los cánones de la gobernanza. Incurrir en dos errores opuestos, que el líder es sustituible por una nueva organización política, y/o esperar pasivamente el pronunciamiento insustituible del líder. Ensayar críticas que oscilan entre la autoinculpación deprimente y la omnipotencia infantil, soslayando en este último caso que las fuerzas con las que hay que contar para sostener transformaciones viables tienen que ser como mínimo equivalentes a la magnitud de las fuerzas que se les opondrán. Finalmente, repensar al kirchnerismo según un único tablero, el sistémico, cuando sus raíces se encuentran en otro plano, el partisano, el cual nos devuelve en esta coyuntura a esos interrogantes que debimos hacernos desde 2008 o en el 2011: ¿construir un pueblo o constituirse en pueblo? ¿En cuál de los dos significados debería buscarse un Frente Ciudadano en circunstancias como las que describimos?

No podemos abordar aquí el edificio categorial de Laclau, que es el que corresponde a la construcción de un pueblo, ni oponerle otra lógica política como lo es la autoconstitución del pueblo a partir de actos de rebelión consistentes con reglas de justicia procesal constitutivas, que reafirman la voluntad de autogobierno frente al automatismo inintencional de los sistemas. Pero podemos extraer algunas previsiones de todo lo anterior: a) el macrismo es de tal naturaleza política que no podrá ser enfrentado eficazmente sólo a través de los mecanismos o recursos institucionales disponibles; b) el retorno de lo político pasará por la confrontación extra o antiinstitucional a través de actos de disrupción en los que se exponen cuerpos y vidas; c) la fuerza de estos actos no procederá meramente de su masividad sino fundamentalmente de la extrema coherencia práctica que puedan demostrar; d) el reconocimiento o la confianza en este tipo de resurgimiento del pueblo por parte de un liderazgo como el de Cristina, es otro requisito para encauzar un Frente Ciudadano o cualquier formación de este tipo para reasumir la transformación del país.

LinkedInFacebookTwitterEmailFlipboardGoogle+